lunes, 20 de noviembre de 2017

And You And I (Yes)



I. Cord of Life

A man conceived a moment's answers to the dream
Staying the flowers daily, sensing all the themes
As a foundation left to create the spiral aim
A movement regained and regarded both the same
All complete in the sight of seeds of life with you

Changed only for a sight of sound, the space agreed
Between the picture of time behind the face of need
Coming quickly to terms of all expression laid
Emotion revealed as the ocean maid
All complete in the sight of seeds of life with you, oh


jueves, 2 de noviembre de 2017

El Juego del Ángel

Aurélien Villette

I

Cuando cruzó aquel umbral de arco abocinado, comprendió que jamás podría haber adivinado lo que se escondía detrás de aquel viejo taller de lámparas. Mientras el exterior estaba conformado con vidrios desgastados y finas vigas de hierro oxidado, aquella habitación parecía discurrir en otra realidad y se alzaba a una altura que superaba el casco de la ruinosa fábrica. Antes de aceptar la última prueba del juego, había acaparado información valiosa sobre aquel polígono abandonado e incluso se había hecho con antiguas fotos de hemeroteca, pero en aquella habitación sólo debía haber un horno de carbón utilizado. En su lugar, ahora había una escalera que ascendía por aquel espacio extraño y cuadrangular, cubierta de polvo granulado y protegida por una vieja barandilla ferrosa de temática floral. Estaba claro que aquella reconstrucción requería un poderío inmenso, capaz de realizar reformas en lugares abandonados, sin levantar sospechas y encima utilizando materiales ajenos, desgastados por el tiempo y utilizados en su vida útil para otros fines.

Entremezclado con el aire viciado y las partículas volátiles de aquel polvo industrial, se podía ver la cara majestuosa y bella del ángel. Gérard quedó estremecido por su presencia, que se erguía sobre el aire como un fantasma resucitado. Hacía unos meses apenas había oído hablar del último peldaño, fue en la red oscura cuando advirtió el desafío que le obsesionaría durante un año entero. Una simple imagen digital, una crisálida con el nombre de Coleoptera 557 fue el punto de partida de varios adultos que se perderían en la memoria del tiempo. No se trataba de una simple fotografía, sino de un mensaje oculto que requería de unos mínimos conocimientos en informática y manejo de archivos digitales. El mensaje final conducía a coordenadas y éstas, en su conjunto y en relación a los carteles y grafitis hábilmente camuflados, conducían a servidores y webs escondidos tras redes ocultas, túneles virtuales y tráfico de datos enmascarados. Muchos emprendieron el camino, algunos amparados en sus capacidades especializadas y otros en la conjunción de los equipos multidisciplinares; sin embargo, muy pocos fueron los que aguantaron lo suficiente antes de que las pistas empezaran a desdibujarse y las redes caídas dificultaras el acceso a nuevos exploradores.

Con cada prueba, la dificultad se volvía exponencial y la capacidad para atacar las vulnerabilidades de ciertos servidores se volvían en vano. Los mensajes una vez descodificados, hacían referencia a libros antiguos, a una hermenéutica muy avanzada que no sólo incluía el análisis literario más sofisticado sino también la inclusión de secretos encontrados en la propia red, cuyo contenido mutaba y se deformaba hasta adquirir connotaciones grotescas que impedían rastrear la naturaleza original. La única posibilidad de acertar en aquel camino sinuoso era ser poseedor de una mente perseverante, un espíritu aventurero y la actitud de adentrarse en todas las facetas del conocimiento. Al igual que él, otros también habían seguido el mismo camino y habían llegado lejos, aunque los celos y las desconfianzas mutuas pronto incrementaron la lejanía y esa sensación de aislamiento social que se cobró más de una vida.

Por eso, cuando vio la mirada de aquel ángel fantasmal de pie sobre el primer peldaño, su alma encontró por primera y última vez, la emoción que había estado necesitando toda su vida. No podía creer lo que estaba viendo allí, pero de alguna manera lo intuía, lo recordaba de sueños sepultados por la locura. Su cuerpo era medio traslúcido y su fabulosa visión quedaba mermada por la penetrante oscuridad de aquel lugar. Sin embargo, su rostro no era de este mundo, al igual que sus dos grandes alas blancas. Aquellos ojos bondadosos miraban directo a su interior y reconocían en él, el héroe que había estado esperando. Gérard asintió con la mirada, nervioso por el incesante escudriñamiento del ángel, pero alegre al fin y al cabo por haberlo encontrado después de tanto tiempo sin descanso. Él no decía nada, sólo le miraba y miraba a su cielo, esperando que el ansiado héroe subiera la escalera que conectaba la materia con la verdad.

Gérard no se lo pensó dos veces, dejó su equipo y sus aparatos electrónicos entre el carbonizado suelo de esquisto y se apresuró en su elevada travesía. En aquella habitación la temperatura era muy baja y conforme subía, el frío parecía estar más presente. El ángel le seguía en silencio, caminando sobre aquellos escalones sucios de polvo y escombros sin dejar testimonio de sus pies descalzos. La oscuridad parecía desaparecer o al menos esa era la impresión que tenía de aquel lugar. Cuando miraba abajo sólo veía un suelo descolorido tras su marcha, con objetos abandonados a su suerte, que un día lo significaron todo y que tarde o temprano no serían más que polvo. Empero, a pesar de su relativa resistencia muscular, la marcha se demoraba hasta dejar atrás el día y la noche. El frío recorría su piel por debajo de su gruesa sudadera y el aliento vaporoso de sus consternados pulmones le recordaban a un tren viejo recorriendo la noche siberiana.

II

Con cada ciclo, con cada vuelta atrás, veía al ángel más cansado. No expresaba un agotamiento físico, sino una denotada expresión de temor, de disimulada desesperación, contagio directo del que portaba su luz al otro mundo. Eso no significaba algo bueno. El abandono ni siquiera se le podía pasar por la cabeza; su vida ya no existía fuera de aquel camino, toda su vida había estado destinada a encontrar el ángel que le conduciría al éxtasis del alma, al descanso verdadero del ser. Pero no ocurrió. El frío cada vez era más intenso y el calor abandonaba todo su cuerpo, dejando sus huesos gélidos y sus músculos inflamados por los movimientos dolorosos de sus extremidades. A veces se detenía y miraba en silencio el agujero sideral entre los diferentes espacios. No había nada salvo oscuridad en el fondo y una opaca y dolorosa luz en el ansiado firmamento. Atrapado entre esos dos mundos, empezó a ver los cuerpos de varios desconocidos, algunos ataviados con prendas antiguas; un explorador perdido en su propio amazonas, un monje franciscano ofuscado en su herejía, un viajero mundano acurrucado sobre sí mismo tratando de conservar el calor que ya no le pertenecía. Vio a Gustavo Taddei, un famoso buscador de enigmas del siglo pasado y finalmente a su viejo amigo Arlie, experto en cifrado. Hace unos años vivía atrapado en una terminal, ahora simplemente yacía sentado en aquel escalón. Gérard hubiera querido saber cómo fueron sus últimos momentos, pero no llegó a plantearse aquella posibilidad sabiendo que sus destinos cada vez estaban más cercanos el uno del otro.

Al cabo de unos minutos los cuerpos dejaron de aparecer y con cada vuelta, algo nuevo estaba sucediendo, un calor inmenso estaba empezando a apoderarse de su cuerpo. Tenía un deseo muy fuerte de quitarse la muda superior o parar a descansar, pero continuaba pese a todo, ignorando aquel dolor punzante, aquella ilusión provocada por la hipotermia extrema. Al final no pudo más, simplemente se reclinó sobre el último escalón, tratando de alcanzar con sus manos el peldaño siguiente. El frío volvió a dejarse sentir en todo su cuerpo, notaba el abrazo de su ángel, tratando de calentarlo desesperadamente con un cuerpo que no era material, desprovisto de toda cualidad terrena. El corazón empezó a latir con una lentitud anómala y perdió rápidamente el control de sus extremidades. Giró sobre su cuerpo tendido y reclinado, se puso enfrente de su acompañante. El ángel era cada vez más real y su luz realmente cobraba fuerza como si la fuente de todo su poder estuviera a sólo unos pasos. Mientras tanto, Gérard agonizaba, la vida abandonaba su cuerpo y como un calor cualquiera, se disipaba hasta desaparecer como si nunca hubiera existido. A los dos minutos cerró los ojos y ya jamás despertó. El ángel quedó confuso, cabizbajo, triste por la vida extinta, se reclinó sobre aquel cuerpo mortificado y le regalo el último ósculo que le quedaba. Gérard era el único que podía mostrarle a Dios.

viernes, 20 de octubre de 2017

Reina de la Noche

The Pulp Girls, Black Magic

Cuando las dos estrellas de neutrones colisionaron, cantidades inimaginables de metales pesados destellearon durante unos instantes en el rincón más oscuro de aquella galaxia. Aquel viejo dios confería nuevas posibilidades y movía los anillos que emergían de su cuerpo configurando nuevas sustancias químicas, nuevas formas con las que alterar la realidad a la que él mismo se había sometido. Miró durante eones aquellos kilómetros amorfos de oro puro y recordó el sueño que significó su propio nacimiento. Miraba aquel mundo reluciente no por su valor sagrado, sino por su recuerdo, pues evocaban en él una paz interior que la realidad le había terminado arrebatando. Dorado era el cielo de aquel primer planeta al igual que eran dorados los dos primeros ojos que le habían observado desde la más tenebrosa oscuridad. Aquel viejo artífice seguía allí, moviéndose en secreto, rescatando antiguos recuerdos, tratando de reconstruir el mundo tal como lo había conocido, esforzándose por encontrar la proporción y los secretos ocultos con las que habían sido forjadas las galaxias más primigenias. Pero entonces la luz abandonaba el universo y sus manos quedaban inertes en aquella oscuridad inflexible, torpes e incapaces de manejar con maestría sus ancestrales dotes de alquimista. Aquella entidad anciana quedaba pues en el silencio más absoluto, anhelando deseos sin nombre y temblando mientras la oscuridad y el frío penetraban en sus entrañas.

Y no era el único, con cada paso del tiempo, con cada temblor lejano, una estrella moría y uno de aquellos viejos seres se agrietaba y fallecía en su propio olvido. La reina de la noche, la diosa muta del cosmos originario danzaba en silencio, rodeada de soles moribundos y tormentas de destrucción. Sus movimientos eran gráciles pero portentosos, sensuales pero a la vez terroríficos. Sus saltos se producían con esmerada serenidad. Ella, que navegaba entre nubes de polvo de estrellas, se entregaba a su extraño frenesí; en su inconsciencia bailaba, manejaba con sutil manera la danza del fin del mundo y con ella, el tiempo se hacía cada vez más temeroso de su propia existencia. Con innata habilidad se posaba sobre planetas y estrellas, ensuciando su vasto cuerpo con magma, desiertos y nubes de exótica lluvia. Los planetas enmudecían tras su paso y las estrellas se extinguían, consumiéndose en el más flagrante silencio. La diosa apenas era consciente de su propio destino, sólo bailaba animada por la extraña música que motivaba cada recoveco de su hermoso pero estremecedor cuerpo inmortal. Nada salvo la sombra podía equipararse a su sustancia, a su espectral presencia le acompañaba el recuerdo material de los mundos que había visitado en tal infortunio movimiento. A pesar de haber estremecido corazones ya olvidados, la diosa ahora sólo era sombra, oscuridad y forma. No obstante, dos ojos como dos soles azules alumbraban su rostro y giraban al unísono con cada uno de sus intensos giros.

Poco a poco, el universo iba quedándose a oscuras y los planetas empezaban a colisionar entre ellos, animados por el gélido aliento de la desesperación y la ceguera de los dioses mortecinos. Las constelaciones de estrellas quedaban convertidas en tristes tumbas de recuerdos inalcanzables y las galaxias enteras se iban llenando de nubes y tormentas de polvo mancillado, en la esencia mínima a la que había sido reducida la última gran vida. Nada parecía evitar el fatal destino del cosmos. Lentamente, todo se convertía en muerte silenciada, en la desintegración de toda alma capaz de percibir con cualquiera de los sentidos. La danza de aquella diosa nunca terminó en un punto exacto, sólo se extinguió con la última de las velas del firmamento supremo. Ya no había luz, sino silencio, frío y oscuridad. Aquellos dos ojos de azul celeste se cerraron para siempre en algún lugar, cuando ya no había nada que contemplar.

jueves, 10 de agosto de 2017

Duelo en Azul

Hiro Isono (mod.)


Cuando cierro los ojos, me olvido durante unos segundos del dolor, pero luego los abro y recuerdo que fui maldecido para siempre, desde aquel primer dolor de abril hasta las noches eternas de verano. Daba igual donde estuviera, cerca del mar o anclado en la meseta central, rodeado de inmensos kilómetros de tierra yerma. Respiraba mi propio sufrimiento, bebía las lágrimas de espíritus cegados por la ira. No muchos reconocen el derecho a negar la vida, pero aún lo son menos quienes reconocen el poder del silencio, la vida no vivida, la negación de la propia existencia. Con cada respiración, una pincelada de dolor moldea mi rostro, desfigura la esencia exterior que me da forma. No hay cura, no hay milagros. Entonces elijo el silencio y la entrega a ese Dios que me presentó Marcos. Es un Dios del silencio, un ente superior a todo lo que puede ser pensado, superior al tiempo y rey cruel del silencio supremo, del universo sin vida que nosotros nunca llegaremos a ver. Entonces caigo en ese sopor y trato de evadirme de todo.

Pero nunca hay escapatoria. A veces me veo de nuevo envuelto entre brumas, rodeado de flora ya extinta y animales decrépitos que sólo son ruido y sombra. Visualizo aquellos acantilados insólitos y densas selvas cubiertas de vientos cálidos. Me maravillo ante ese sistema frágil que es la vida y durante horas me dejó llevar por una esperanza sutil que trata de armonizar los pensamientos y las causalidades. Todo ese despliegue de natural belleza me sepulta sobre la propia historia del hombre, se produce mi encuentro con el espíritu final de los tiempos y entonces la congoja se hace conmigo, porque olvido el silencio, el dolor, el frío firmamento sobre el que caminan mis pies y donde se pierde mi vista al anochecer. En ese mundo de esferas relucientes y ríos cargados de vida, escuché un estruendo ensordecedor. Para algunos fue un trueno de los dioses, para otros un grito angustioso o tambores de guerra. Para mí, un llanto desgarrador.

Algunos de aquellos hombres acudieron a la llamada y bordeando el río desde la otra orilla me reclamaron con sus brazos abiertos. Sostenían las lanzas con fuerza, pero, sin embargo, sus caras no mostraban la más mínima emoción. Eran cinco aguerridos guerreros de la tribu Harroka que parecían advertirme de algo o quizá de pedirme un favor. Cuando estuve en la otra orilla, todos soltaron sus lanzas para no tratar de resultar hostiles y señalaron con gran tristeza el interior del bosque azul, el lugar de donde emergía un gran árbol de sombras rojizas. Sus caras estaban pálidas, desanimadas, no como los recordaba de otros sueños. Esta vez parecían preocupados. Señalaban el interior de su recinto sagrado, pero lo hacían con un miedo desconocido por mí. Antes de perderme en la maleza sagrada, trataba de demostrarles mi interés, de calmar sus aterrados espíritus, pero no había manera. Ya había abandonado el lecho del río y ellos seguían señalando hacia mi dirección, estáticos, ignorantes quizá de nuestro breve diálogo de intuiciones y símbolos. No eran espíritus, sino guerreros que habían perdido el alma en algún lugar de la selva. Permanecían de pie, abandonados a su suerte, expectantes de reencontrarse con su parte inmortal.

En ese transcurso húmedo y hostil, el agotamiento me venció y no pude sino guarecerme de la propia vergüenza de fracasar ante tal osado viaje. No había señal ni devota significación en aquel mar de homogénea vegetación. Las sombras del gran árbol eran confusas y aunque trataba de sentarme y encontrar el silencio, no lo encontraba en ningún rincón. Los ecos ensordecedores del viento hacían vibrar las hojas de los árboles y se volvían de vez en cuando tan fuertes que despejaban momentáneamente la cúpula arbórea para mostrar un cegador firmamento de lunas y estrellas argénteas. No entendía que había cambiado en el mundo para que aquel lugar sagrado se hubiera convertido en un cementerio de almas perdidas. Quería gritar, como aquellos gritos que me atrajeron a mi propio destierro, pero elegí de nuevo el silencio. Él era mi consolación, la noche estrellada, el vacío de forma, la vida no vivida. No podía gritar y hacer que otros se perdieran por mi culpa. La quietud a veces era una pequeña recompensa, pero aquel páramo seguía siendo un mal lugar donde perecer. El calor asfixiaba, la humedad carcomía cada uno de los poros de mi cuerpo enfermizo y llegó el momento en el que ya no pude recordar cual era en verdad la motivación que me había llevado a perderme en aquellos bosques tropicales. Un día, olvidado por el tiempo y los malos infortunios, me encontré con el tronco de aquel gran árbol, perdido en mitad de un mar de sombras y dudas. No pude alcanzar a ver su altura, pero a su alrededor navegaban cientos de almas moribundas convertidas en pájaros sombríos. Hacían ruidos enternecedores, ajenos al mal que me carcomía por dentro. Todos volaban hacia arriba menos yo. Entonces me volví a perder cerca de aquel recinto sagrado y lloré hacía mis adentros. Sólo allí encontré un silencio verdadero. El dolor se hizo más potente y el sufrimiento y la angustia se cebaron con mi alma maldita. Ya no quedaba nada en mí salvo el dolor y nada, ni alma ni espíritu, podían hacerme despertar de aquel infierno.

sábado, 15 de julio de 2017

Sótano de Hormigón

Chris Moody
I

Aquella tarde de principios de agosto, José Luís cumplía los treinta años. Por primera vez, había olvidado aquella fecha, en antaño, tan especial. Realmente el objetivo de aquellas celebraciones no eran marcar el tiempo y subdividir algo que ya no pertenecía al aspecto tangible, sino consolidar las relaciones familiares y fortalecer las amistades de acuerdo a los fenómenos ancestrales del don y contra-don que tanto había estudiado la antropología. Pero en este contexto, ya nada tenía sentido. José Luís ya no guardaba ningún vínculo familiar y sus amistades habían desaparecido con el precipitado despegue del mundo universitario. Después de una carrera, un máster y varios cursos, se había convertido en una de las personas más amargadas de la ciudad; estaba al borde de la ruina económica y aunque podía acceder a ciertos trabajos de baja cualificación, la desesperación le desbordaba con cada uno de los jefes ineptos con los que se encontraba, todos ellos sin titulación, pero con apellidos deslumbrantes. Alrededor de su persona, parecía florecer una nueva generación de jóvenes emprendedores, obsesionados con los viajes, los tintes para el pelo y los trabajos poco convencionales. La nueva etapa de virtualización y materialismo desbocado habían sepultado los anhelos de José Luís en un lugar que algunos teóricos denominaban sótano de hormigón.

En eso consistían sus sueños, en la simple y llana oscuridad. Hacía años que sus viajes oníricos eran cada vez más escasos y con el tiempo el color también había huido de su inconsciencia. De noche sudaba la cama y exclamaba con agónicos gritos de terror las pocas horas dormidas. De día, se pasaba los tiempos libres errático, medio somnoliento, insultando y amenazando de muerte a todo el que se cruzara por aquel mundo virtual llamado internet. Hacia años, él era un estudiante modelo, un futuro sociólogo con grandes conocimientos que trascendían los manuales de la carrera y estanterías llenas de libros de Lévi-Strauss, Althusser, Michelet, Foucault, Zizek, Lukács, Habermas, Adorno y Chomsky entre otros. Ahora la oscuridad se había apoderado de todo, la música había desaparecido de su vida y la única luz en su casa era la del monitor, la cual dejaba entrever el acumulado polvo sobre los libros descuidados de su pasado. Ya nada tenía sentido en aquel infierno sin normas, sin posibilidad de cambio, sin camino hacia la superficie.

II

Mientras, su interior se había convertido en un paradigma reichiano, con los intestinos inflamados, llenos de bilis negra y una fuerte coraza muscular que trataba de protegerlo de una inminente combustión espontánea. En su sótano de hormigón, se marchitaba entregándose a la voluntad del mal, en ese mundo abismal, simbólico, horrendo, que iba engullendo y atrapando a cada vez más adultos incapaces de adaptarse al infierno de la vida. Sólo una cosa cambió en aquella ocasión, algo escapó de su maltrecha consciencia y del halo de resentimiento que le carcomía, quizá animado por aquella fecha especial que había tratado de ocultarse. Sin saber muy bien dónde dirigirse, subió al coche que había heredado de su padre y marchó por las calles anochecidas de la capital, lentamente, calmado por las extrañas vibraciones de aquella antigualla. Al llegar a un paso de cebra, la luz roja del semáforo le alumbró el rostro. Aquella luz, peligrosa, cargada de un vestigial rastro de odio, debió activar algo en su interior, algo oscuro y reprimido durante años. Sus ojos se encendieron con un desconcertante furor y el pedal de aceleración quedó aprisionado bajo sus pies de plomo. No vio muy bien quién era la víctima, pero recuerda de aquel momento fugaz un fuerte golpe en el capó y un rostro juvenil de pelo azul marcado por el miedo y el dolor. No hizo nada, sólo aceleró y se perdió en aquellas calles como si nada hubiera ocurrido. No era dueño de sí mismo, cambiaba las marchas y la dirección del volante como si estuviese poseído por un alma ajena. Cuando volvió a casa aparcó el coche y lo revisó. No había ni un solo rasguño. Más tarde se durmió temblando por un miedo que hacía años que no sentía. Sabía que iría a la cárcel, que moriría entre las rejas frías de una celda gris y eso le aterraba sobremanera.

Esa noche, sin embargo y a pesar de toda la agitación, no soñó. Cuando despertó, estaba sudado y sus manos manchadas de sangre. Pero no una sangre reciente, sino de una suciedad medio seca, como si su piel se hubiese cubierto de una sustancia delatora, mitad real, mitad imaginaria. Durante el día escuchó las noticias, la policía buscaba a un conductor en fuga; decían que la víctima no había sido escogida al azar y que podía tratarse de una venganza. No obstante, no mencionaron nada más de la víctima. Ni siquiera dijeron si seguía con vida. Todo era muy extraño, como si las noticias trataran de ocultar información, sabedoras de la expectante inquietud del conductor. La somnolencia se apoderó de su alma y cuando volvió a entreabrir los ojos, estaba de nuevo, sentado en el coche de su fallecido padre y solo, en medio de un gran descampado a las afueras de la ciudad. La vieja radio estaba en marcha, reproduciendo con un volumen moderado un viejo cassette de Tino Casal. El cristal estaba medio roto y había salpicaduras de sangre hasta en el techo. Trató de lavar las pruebas, pero cada vez que pasaba el paño, esparcía la suciedad y engrandecía la evidencia de sus crueles actos. Tras un duro trabajo y después de lavar levemente el coche con algunas botellas de agua, lo puso en marcha y volvió a la ciudad. Cuando entró, la conductancia de su piel estalló en nervios de acero. El resplandor de aquellas luces brillantes le poseía como si todo su ser sólo fuera una máquina inerte y respondiente al entorno. Al volver a casa, se encontró de frente con un coche policial, en mitad de un cruce de difícil maniobrabilidad. Los policías se quedaron mirando su vehículo, todavía húmedo por el lavado nocturno y parte del cristal frontal estriado. José Luís paró en seco y se quedó a merced del destino. Sin embargo, los policías avanzaron por el cruce y giraron hacia su derecha, como si no hubiesen visto realmente su vehículo. Todo era muy extraño, demasiado para ser realidad, pero las noticias del día siguiente revelaban el oscuro secreto. Un conductor asesino andaba suelto por la ciudad. Era ya un asesino en serie y nadie parecía haber visto nada.

III

Desde entonces, pasaba las tardes sentado, mirando la tele apagada y esperando que la oscuridad despertara su vileza. Tenía unos guantes de conducción puestos y unas grandes gafas de sol redondas. No quería ser identificado fácilmente pero también temía aquella primera luz rojiza, aquella energía anómala que le hacía perder el control. Con gran talento parecía circular por las calles de Madrid, atento a cada despiste, a cada alma en pena. Quería que todos quedaran como él, muertos. Durante semanas ocurrieron varios atropellos, siempre sin testigos, con un supuesto coche que parecía haber salido de la nada. Algunos decían que el vehículo era verde, otros que era rojo o quizá marrón. Acertaban a veces, pero nunca con conocimiento real del objeto. José Luís estaba ya atado a ese mundo extraño, vaporoso y cruel, convertido en un devorador de vidas, en un héroe desalmado condenado a vagar sin rumbo, esperando a encontrar la fuente de su tremendo odio visceral. Conducía atrapado en el asfalto, sin vida, esperando el día en que pudiera encontrarse a sí mismo en mitad de aquellas calles nocturnas, mirarse de frente y acelerar sin piedad hasta atropellar su propia persona. Pasaron los años, pero nadie supo nunca más de José Luís; los crímenes simplemente cesaron tras tres años de largas investigaciones y cientos de muertes sin resolver. Un día simplemente José Luís vio una oscuridad tremenda que lo rodeaba todo y que en poco tiempo había devorado la ciudad. Las luces de los faros no podían ni siquiera reflejar el pavimento y su propio cuerpo había dejado de tener luz. Al poco rato, se metió dentro del coche y arrancó. Conduciendo en medio de la oscuridad se dio cuenta de que no había nada, ya no quedaba nadie vivo en su mundo.

martes, 23 de mayo de 2017

El Arquiteuta


I

Hace ya algunos años, en proximidad con nuestra realidad más inmediata, ocurrieron una suerte de fenómenos catastróficos cuya autoría quedó en el más oportuno olvido. Las revueltas ocasionadas y el malestar generalizado de la ciudadanía fueron hábilmente transducidas en el sentido humanitario. La solidaridad entre las personas logró que parte de la sociedad restableciera su nivel de vida, pero nadie, salvo rara excepción, aprendió una lección de toda aquella historia, pues todos desconocían quien era Emilio Santana, uno de los mayores sinvergüenzas de nuestra época. Y como él, otros le siguieron en el futuro, protegidos por el silencio de los grandes hombres y el miedo o la ignorancia de los ciudadanos de a pie.

Emilio Santana nació en algún lugar de las tierras de Aragón, aunque algunos lo sitúan en la costa atlántica. Tuvo una infancia normal; al igual que sus hermanos, nació y se desarrolló con aparente normalidad. Jugaba con los demás niños, hacía los deberes y obedecía a sus padres. No había en el algún rasgo o temperamento que delatara algún tipo de alteración o trastorno, más bien parecía una persona del montón. Era una persona normal, pero demasiado normal, tan normal que eso representó el inicio de una fuerte patología en nuestro pequeño truhan. Cuando acudía a clase los tutores no sabían qué decir a sus padres; no se portaba del todo bien, pero tampoco mal. No era ni de lejos el más listo de la clase, pero tampoco presentaba problemas en el aprendizaje, simplemente aprobaba todo por los pelos. Y esta aparente indefinición representó para nuestro pequeño bribón el inicio de una larga patología, pues su realidad chocaba con las fantasías de superioridad y distinción que le empezaban a poseer. Así pues, nadie percibió el desborde de sus fantasías narcisistas y los intentos aciagos de destacar en algo. Los profesores y sus padres simplemente lo ignoraron hasta la edad adulta.

Su patología, desconocida en aquel momento, se conoció más tarde como trastorno hiperadaptativo mayor. La ausencia total de diagnóstico empeoró su curso hasta volverlo inmune a cualquier tipo de tratamiento, su mente había llegado por azar o través de algún mecanismo anímico-inconsciente, a alcanzar una idea pura, algo que algunos filósofos denominan idea a priori. Y ésta era una idea tan pura y firme, que ninguna terapia cognitiva o discusión filosófica podía arrebatársela. Esa coronación llegó el día en que Emilio estaba contemplando el cielo, era una tarde apacible y la nube cumulonimbus que oteaba el horizonte le proporcionó la impresión de que sobre su superficie afloraban edificios y murallas propias de la ciudad de Dios. Fue en ese preciso instante cuando comprendió una cosa muy profunda y cierta: que no quería trabajar ni estudiar en toda su vida. Sin desarrollar la metafísica ni la introspección había llegado a descubrir, al igual de Lacan, que Freud estaba equivocado. El principio del placer no era la obtención de alguna gratificación o la evitación de dolor, sino el principio mismo de no hacer nada, de hacer lo menos posible.

Así pues, nuestro joven gandul creció y terminó los estudios cuando el estado ya le permitió dejarlos, a los dieciséis años. No hizo falta que sus padres esperaran dos años más para llamar a la policía ni que le hicieran la maleta. Él mismo volvió de la escuela con el certificado de estudios básicos y se marchó de casa sin despedirse. Aquel título regalado, equiparable al certificado de la primera comunión, sería el único trofeo verdadero que tendría en su vida, aunque ostentaría una docena de títulos más de igual o peor calibre. Sus padres no se extrañaron; más bien quedaron aliviados al saber que la persona más vaga del mundo se había marchado de su hogar. Se dice que por aquel entonces se le podía ver por las estaciones de autobuses y trenes, vagando de ciudad en ciudad, cometiendo una y mil fechorías. No tenía grandes capacidades analíticas, pero el don de robar le venía de fábrica. Habría hecho fortuna como ladrón o estafador si no fuera porque era tan vago que buscaba el dinero fácil allá donde lo hubiere. Muy pronto se ganó el sobrenombre de Francisco Jeta, pues se cambió el nombre durante una temporada. Pero tarde o temprano, al igual que el bachiller Trapaza, tuvo que cambiar de tácticas y mudarse de ciudad para no ser reconocido. Algunas personas lo reconocieron de pueblos cercanos e incluso algún que otro cliente estafado se volvió a topar con él. A veces hacía de vendedor ambulante y otras de falso comprobador de la empresa de gas. Pese a sus contratiempos y desavenencias, nunca lo cogieron ni recibió su merecido. Siempre se mudaba a tiempo y su cara excesivamente normal hacía que no dejara rasgos fácilmente recordables.

Algo extraño sucedía cada vez que abandonaba una ciudad. La gente lo olvidaba. A los pocos días de que él abandonara una ciudad, ésta lo olvidaba para siempre, hiciera lo que hiciera y dejase lo que dejase en ella. Eso sí, su rostro parecía ir envejeciendo con los años, pero no fue a partir de los últimos años cuando él empezó a notar que aquella vida de jetismo ilustrado no siempre le iba a ir bien. Estando en algún tren perdido de la Mancha, vio su rostro reflejado en el cristal. Su incipiente barba descuidada, sus ojos pequeños y psicopáticos, su larga mandíbula de oral-satisfecho… todo parecía igual que siempre, pero había una nueva necesidad. Sentía que había llegado el momento de hacer algo grande. Sentía que esa vida que llevaba, llena de miseria y planes a medias, era en realidad una tapadera, un mecanismo o una barrera creada por su propio inconsciente para no dejarle ver quién era realmente. Él no era Emilio Santana, el pillastre, el pájaro… él era Emilio Santana, el Fucking King de España.

II

Cuando llegó a Valencia, bajó de la estación de tren y caminó atraído por aquella ciudad encantada. La ciudad era una meca para todo tipo de sectario, estafador o magufo. Allí los sabios recorrían las calles buscando trabajos temporales mientras los más reconocidos caraduras ocupaban altos cargos. Corrían horripilantes rumores sobre fieros chamanes urbanos y algunos que otros goetas y salisatores tenían sus despachos en los centros universitarios más destacados. Animado por el espíritu burbujístico y la creciente demanda de edificios vacíos, nuestro hombre se sintió en su salsa y probó suerte en la construcción. Pronto averiguó, ante la falta de liquidez para convertirse en constructor, que la única manera de entrar en el negocio era siendo arquitecto. Entonces se sentía tan preparado que marchó a la universidad para sacarse la titulación. Pensaba que esa misma tarde podría disponer del título si se daba prisa y los profesores notaban su sofisticado don. Pero no fue así, la secretaria lo envió de un lado a otro y después de muchos quebraderos de cabeza y días enteros de formularios, se vio sentado en un pupitre, preparando el acceso a la universidad. Estaba tan lleno de energía que sus conocimientos en sumas y multiplicaciones no le sirvieron para resolver aquellas integrales de bachiller. Todo le sonaba a chino y no parecía entender el cero en el examen. Ni siquiera había aprobado el test de lengua y eso que tenía palique y salero para dar y tomar.

Ese día, enfermó como un demonio y largas fiebres le dejaron catapultado en un extraño de semisonambulismo callejero. Su cuerpo no podía aceptar la injusticia con la que había sido juzgado. Aquella negativa de la universidad era para él, un puñetazo en todo el hígado. Únicamente uno de aquellos delirios de grandeza podía sacarle de aquel azote de realidad. Su cerebro maniobró en consecuencia y su sangre se alteró hasta bullir por los ojos. No hizo falta azúcar valenciano para llevarlo a la realidad que él experimentaba diariamente. En ese sentir de transformación, en esa transición de renovación mística, los ojos de Emilio brillaron como señal de fluidez. Había ideado un nuevo plan. Pronto lo vieron aparecer en las obras, vestido con un traje azul y el pelo artísticamente reorganizado. Se presentaba a todos con una tarjeta. Era Emilio Santana, arquiteuta. Al principio sus trucos no funcionaban, pero muchos constructores, después de su larga insistencia, se dejaron embaucar por sus novedosas ideas. Sus márgenes de beneficios eran impensables y hasta la fecha, ningún caradura los había siquiera igualado. Pronto lo trataron de a usted y lo invitaron a cenas y reuniones. A las pocas semanas ya tenía un gabinete propio y todo el mundo empezaba a conocer al arquiteuta.

Cuando le preguntaban sobre su titulación, realizaba numerosas parábolas y aspavientos hasta desviar el tema con preguntas retóricas y frases sinsentido. No quería dejar claro que era arquitecto, pero tampoco lo negaba cuando el otro lo asumía. Ante el problema de la titulación, él siempre decía que la titulitis estaba empeorando este país, que él era un arquitecto de la calle, un arquitecto de la vida. No necesitaba más que su intuición y sus habilidades personales para construir lo que quisiera. Así pues, pronto empezó a salir en la tele, a ofrecer charlas e incluso consiguió el beneplácito de la universidad, al regular la formación de los arquiteutas. Los propios arquitectos callaron y su silencio le hizo más fuerte. Nuestro sinvergüenza, en menos de dos meses, ya estaba dando cursos y conferencias. Su trabajo seguía prosperando. Al principio copiaba y pegaba los mismos planos una y otra vez, planos procedentes de obras ya realizadas y firmados originalmente por arquitectos de gran reputación. Luego empezó a realizar pequeños cambios, a cambiar el orden de las paredes e incluso el tamaño de los pilares y puntos de apoyo. Ahorrar en material era una necesidad innata en él, pero también quería innovarse, darse a conocer como un artista. Emilio Santana no sólo era arquitecto, era también un artista incomprendido, un saltimbanqui de la filosofía continental, un yogi de la ciencia experimental. Pronto no sólo realizaba planos de edificios y jardines, sino que escribía artículos sobre la materia oscura y ensayos donde defendía que el general Washington y Aristóteles eran la misma persona.

III

El desastre empezó con el primer edificio caído. Los planos indicaban que el error estaba en el diseño. No obstante, él sólo se colocaba de lado, con una capa roja y anunciando con mirada furiosa palabras sacadas de la biblia. Los jueces enviaban a todos a la cárcel, constructores, jefes de obra y técnicos, antes que a él. Su potestad era tan contagiosa que todo el mundo lo reverenciaba con una ceguera digna de análisis. Fueron quince los edificios y varios centenares de familias las que se truncaron debajo de los escombros que él iba dejando. Mientras, su cuenta bancaria no paraba de crecer y su cara se volvía de una tenacidad indescriptible. Se decía que ni siquiera una almádena medieval podía partirle la cara. La extraña admiración que seguía teniendo nuestro rapaz amigo vino acompañada de una evolución última en su patología. No obstante, antes de aquel extraño desenlace se tornara leyenda, un contratiempo le sobrevivo. Tuvo las pocas luces de pasear cerca de uno de sus edificios en el momento de su caída. No perdió la vida, pero una piedra de los escombros le golpeó la cabeza con una potencia magnífica. La poca corteza prefrontal que tenía quedó totalmente diezmada por aquel garrotazo divino. Su cerebro había quedado convertido en un pan bimbo inflado con las más estultas visiones. Eso le permitió ser considerado mártir y patrón en vida de la arquitectura y en gobernador general de la ciudad de manera perpetua.

En ese estado alterado, su espíritu más puro, su genio más descarado salió a la luz. Nada lo podía ya retener. Nadie sabe qué tipo de pensamientos ocurrieron por su mente, pero Emilio Santana quedó alterado para siempre. A los pocos días apareció ataviado con una larga toga y como una especie de Heliogabalo, empezó a hablar de una realidad distinta. Su marcada barba de modernillo quedó convertido en una larga barba blanca de flipado y unas gafas de sol de marca ocultaban dos ojos enrojecidos por la altura que había alcanzado su espíritu. Su glándula pineal en aquellos momentos había estallado incapaz de albergar un alma tan grande y grandilocuente. Pronto empezó a realizar extraños diseños, animado por visiones lejanas y los escupitajos que daba sobre la pared, vociferando al afirmar que se trataba de arte moderno. Cuando terminó, empezó a reír con una malignidad que empezaba a competir con su fama de santo respetable. La ciudad pronto se llenó de obras y los arquitectos que veían los planos se echaban las manos a la cabeza. Nadie decía nada, pues la voluntad máxima era incuestionable y el poder ejecutivo fulminaría a cualquiera que abriese la boca. El arquiteuta estaba por encima de todo y ahora su obra final se debía cumplir. Cada vez que alguien tiraba de la cadena, las calles se empezaban a empapar y pronto la mierda corría junto a los pies de las personas. Los desagües habían sido tapiados y las cañerías desviadas hacia la calle. Ésta empezaba a llenarse con los excrementos de sus propios ciudadanos y aunque en internet todo el mundo gritaba con mayúsculas, nadie se atrevía a protestar en la calle ni a realizar ningún cambio. Emilio conocía muy bien la vagancia, sabía muy bien cuál era el principio de placer. Se sentí un genio que pronto vería su obra culminada. Las calles de Valencia empezaron pronto a quedar inundadas de mierda, era una Fecal Venice. Todos protestaban y gritaban aterrorizados desde sus casas, incapaces de mantener más de dos minutos la cabeza fuera de las ventanas, pero pronto corrían al baño y volvían a utilizar el inodoro con tal frustración que pronto las heces se volvieron más virulentas. En una semana, las casas empezaron a caerse y algunas fachadas se deshicieron por el contacto con aquel pútrido viento. Muchos vecinos murieron ahogados en aquel mar de mierda, construido sólo y exclusivamente por ellos, ya que Emilio Santana, el arquiteuta, el aborrecible y miserable, no tenía más poder que el que los demás le habían otorgado.

IV

La ciudad finalmente se había vuelto explícita. El inconsciente colectivo desbordaba las aceras y mostraba el verdadero néctar de la vida, aquello que las normas sociales habían sepultado bajo mares de hormigón y plástico. Mientras unos despertaban de su letargo, embrutecidos por la marea de realidad en la que se había convertido Valencia, otros seguían adorando al arquiteuta y le daban las gracias por los bienes recibidos. Aquellos rezos y oraciones catapultaron el ego de Emilio, quien pronto hizo magia y se subió a los lomos de una nube blanca, para marcharse levitando lentamente hacia el mar, hacia el mismo mar que había sido sobrevolado por el Papa Luna y que siglos atrás había embrujado a Roís de Corella y Joanot Martorell. Sus risas seguían sonando en todo el horizonte, mientras la ciudad se hundía y estallaba como un polvorín. No hizo falta que la ciudad lo olvidara pues nada quedó de ella a los dos días. Convertido en Simón el Mago, nuestro viejo amigo sobrevoló el cielo, hinchado por la ignorancia ajena y deseoso de drenar otros lares.

domingo, 9 de abril de 2017

Waldeinsamkeit

Del Vinilo Elegy for rusted souls (Factrix & Control Unit)

Aquella noche una parte de mí se despertó. Lo sentí en mi interior, en todo mi ser y aunque no volví a tener la misma experiencia exactamente, mi concepción de mundo cambió para siempre. Había sido un verano muy cálido y los incendios habían dejado su huella cerca de donde vivía por aquel entonces, en medio del campo y rodeado de un espeso bosque de pinos. Era extraño pasear en aquel mundo de contrastes. Siempre había asociado el verano a la libertad y al descanso, a la ausencia de la mala educación del instituto y sin embargo en mi casa sólo había lugar para el enfado y el hastío, cosa poco habitual en aquellas fechas. El terrible incendio había consumido una parte de los terrenos de mi familia y mi padre estaba tan enfadado que acompañaba todos sus jadeos con un fuerte golpe en la mesa. Yo no podía entender por qué no trataba de reparar el daño causado en lugar de hacernos sentir culpables a todos. En aquella época comprendía perfectamente la frustración y no es que no sintiera pena por el trabajo de mi padre, pero me era muy fácil pensar las respuestas a preguntas que no provocaban daño emocional. El seguro iba a pagar los desperfectos, pero había algo más en aquel bosque que no comprendía.

Cuando salía a pasear, me olvidaba del ambiente de pesimismo, pero de alguna manera lo arrastraba por dentro; con cada patada al suelo o cada rama arrancada, cercenaba una bondad latente. Los animales evitaban mi presencia, al igual que la de cualquier hombre. Era curioso comprobar como aun siendo realmente primates, los demás animales no nos reconocían como tales; sólo los animales terribles o gravemente enfermos se dejaban ver por aquellos páramos desoladores. De vez en cuando sorprendía al horizonte la aparición de algún jabalí o la desesperada búsqueda de una serpiente hambrienta. Del bosque abierto pasé a la parte quemada. Era extraño ver como dos realidades tan distintas se abrazaban en silencio, como si una mitad de bosque quisiera curar a la otra, como si los árboles chamuscados lucharan después de muertos por seguir en pie y demostrar que siguen formando parte del bosque. En aquella naturaleza, ausente de vegetación y cubierta por las cenizas, vi reflejada una parte de mí que se había marchitado. Es esa parte que quizá todos habían visto pero no habían querido asumir. Por eso todo el mundo estaba tan triste por el bosque.

Aquel complejo mundo de formas y colores así me lo mostraba. Era un animal durmiente, vasto e inmortal que crecía y moría hasta la infinitud. Con su propio lenguaje me enseñaba la miseria que suponía ser humano. Vi aquellos árboles agrietados, carbonizados, me miraban como figuras traumatizadas por mi destino, aterrorizados por la mortalidad del alma humana. Poco a poco atardecía y el sol dejaba de estar presente. Las sombras sustituyeron el manto de ceniza y los vientos aullantes empezaron a parecer mensajes sacados de otro mundo; hablaban entre ellos, susurrantes, tristes, desgraciadamente eternos, pero potencialmente optimistas con su destino. A veces respiraban felices y aullaban levemente las canciones que les contaron los primeros dioses y otras, sin embargo, chirriaban agrietados como si quisieran despertar y caminar libres por el mundo. Aquellas canciones eran viejas profecías que sólo los árboles conocen y que ningún hombre ha sido capaz de descifrar por su falta de paciencia y la crueldad del tiempo que pronto los hace envejecer y morir. Pronto, un relámpago iluminó el firmamento y suavizó las terribles formas de las nubes negras del norte. Los matorrales inciertos se iluminaron con pequeñas luces rojizas, recordando la fatalidad de su sacrificio. Decidí entonces, ya en creciente oscuridad, abandonar aquel lugar y refugiarme en casa. El camino se mostraba ambiguo y ciertos ruidos me avisaban de la presencia de animales cercanos. Pronto un conejo deambuló saltando sobre la ceniza y por poco se libró de chocar contra mis pies. Pensé entonces si era verdad esa leyenda que dice que los conejos esconden los huevos huérfanos en las cenizas después del incendio para que eclosionen del calor latente de sus entrañas.

Después de aquella reflexión, dejé de escuchar el oleaje de las ramas y brincos de animales inquietos y me dejé guiar por la explanada que me indicaba que ya estaba casi fuera de la parte quemada. En medio de aquella sentida quietud, un rayo estalló a pocos metros de mi presencia y partió un árbol en dos. Tan fuerte fue el estruendo que todo mi cuerpo se paralizó como si aquel tronco inerte fuera mi propio cuerpo visto desde fuera. Trueno y relámpagos cayeron a la vez, iluminaron el espacio e imbuyó con su mágico despertar un mensaje grabado a grito de furia y certeza. Era un mensaje escrito para un monte que sueña, para un bosque que escucha y quizá también para un hombre que observa. No puedo describir con total precisión todo lo que vi en aquellos tres segundos, pero mi mente, que acostumbra a estar repartida en varios procesos incongruentes y acelerados, quedó concentrada en la existencia exclusiva de aquel fenómeno. Viví esos segundos como si fuesen eternos. Vi descender el rayo, formado por algo más que luz y descarga; era como si un ser habitara en aquella maraña de incertidumbre, me miraba con ojos electrizantes, con la sorpresa de un hombre que ve una especie nueva. Finalmente cayó sobre el árbol y lo partió en dos, penetrando indiferente en cada poro de su estructura, como si fuera conocedor de su huésped. Y luego salió despedido, transformado, como si se hubiera llevado el alma de aquel árbol de vuelta a un mundo muy lejano. Me escudriñaba desde su misterio, sabedor de mi capacidad innata para recibirlo en mi mirada. El rayo se volvía a formar y en esa milésima de segundo ascendía de nuevo al cielo, siguiendo la estela que él mismo había dejado y uniéndose a toda una serie de relámpagos inacabados que hebraban la realidad más elevada. Era un camino fugaz y que muy pocas cámaras son capaces de captar hoy en día, pero yo lo vi desde mis ojos como si todo aquello pasara a cámara lenta. Era como si todo el bosque enmudeciera y los árboles dejaran de respirar ese mismo segundo para ensalzar el retorno de una parte de su ser al misterio más profundo.

Aquella noche descubrí uno de los aspectos más extraños de la naturaleza divina, aquella que se esconde detrás de las partículas más finitas que constituyen el tiempo. Fue una experiencia que despertó en mí muchas dudas, pero ninguna certeza. Esa noche, castigado por mi tardanza, no dejé de mirar el cielo nocturno y enfurecido por el fin del verano. Me preguntaba si algún día mí alma o lo que quedara de mí, realizara ese mismo recorrido y se reencontrara con aquel ser que me dio esperanzas.

sábado, 18 de febrero de 2017

Genio Maligno


Bajo el reino de la diosa Arinna, una mujer dio a luz a un ser diferente, raro en apariencia. Era material, pero invisible; se manifestaba bajo las propiedades del peso y del espacio-tiempo, pero aquel pequeño individuo era liviano como el aire, volátil como una nube de bruma azul y su cuerpo-alma parecía estar ungido por la eternidad. Tradicionalmente, aquellos seres nacían alimentados por alguna de las lunas invisibles del otro mundo, quizá imbuidos por una extraña magia o la voluntad de algún ser de incalculable poder. No obstante, muchos solían ser abandonados en los arrecifes más violentos por sus madres después del parto, temiendo que la sociedad los rechazase o que su naturaleza no fuera benévola. Casi todos ellos volvían al cielo donde pertenecían y se mezclaban con el viento, hogar que convirtieron en su reino. Las variadas corrientes del mar y los vendavales eran la prueba viviente de su existencia. A pesar del feliz desenlace de algunas de estas criaturas, algunos hombres malvados, motivados por sus ansias de riqueza y poderr, encerraban a estos seres en viejas lámparas y los arrojaban al mar. Nunca se conoció a la perfección su método, pero para ello utilizaban materiales preciosos y fuelles con los que meter a las pequeñas criaturas en sus prisiones doradas. Los atraían con espejos y gemas preciosas. Cuando estos seres traslúcidos veían aquellas luces paraban de danzar sobre el aire y se quedaban frente al espejo, pensando que su cuerpo estaba formado de piedras preciosas y luces de colores. En ese estado de asombro y aparente felicidad, los mercaderes de almas se acercaban por detrás y los absorbían con los fuelles, metiéndolos después en las famosas lámparas. Después de grabar en éstas sus sellos secretos y encantarlos con sus miserables salmos, los arrojaban al mar, en lugares propicios que sólo ellos conocían y que previamente habían marcado en sus mapas.

Todos permanecían en el interior de aquellas pequeñas cárceles, atrapados y condensados en pequeños reflejos de luces doradas, congelados en el tiempo y sumergidos en la soledad más pura. Con el tiempo, la desesperación y el miedo transformaban sus almas y desataban en aquellas criaturas los poderes más grandiosos que ningún mortal ha podido alcanzar. Algunas se volvían excesivamente poderosas y otras no tanto, pero todas se doblegaban ante sus salvadores por el temor a aquel abismo de silencio y oscuridad. Los sellos garantizaban que aquellas criaturas no se escaparan, pero también lo hacía la intuición, pues todos estos seres nacían con el miedo a perderse y diluirse en un océano de aguas turbias. Cuando más tiempo pasaban aquellas lámparas en el fondo del mar, su interior se volvía más poderoso, pero también la inestabilidad de su poder y la posibilidad de que la criatura de su interior enloqueciera provocando desastres tras su liberación. Los mercaderes de almas conocían todos estos secretos y por ello volvían en los momentos precisos para rescatar las urnas repletas de lámparas y venderlas más adelante a través de toda una serie de rutas comerciales y relaciones diplomáticas con las grandes jefaturas. Ninguna lámpara había estado más de cuatrocientos años en el fondo del mar. En uno de sus viajes de recuperación, los mercaderes lograron encontrar con las cuerdas y los anclajes las urnas de sus cultivos de manera rápida y efectiva. No obstante, la fuerza del oleaje hizo que alguna de aquellas urnas, que no había sido tapiada correctamente, se inclinara demasiado y dejara escapar una de las lámparas. Al sacar del mar la urna y colocarla sobre la barcaza, los mercaderes juntaron las lámparas y sin contarlas, se marcharon hacia los lugares marcados, dejando en el fondo de aquel abismo, una lámpara sin dueño.

Los secretos de los mercaderes se perdieron con el tiempo y decenas de grandes imperios fueron borrados de la faz de la tierra. Todo el mundo olvidó el secreto de las lámparas mágicas y sólo la tradición oral, acompañada a veces de la religión, transformó aquellas criaturas en efrit, yinn o genios. Y así pasaron los siglos, sumergido en la soledad más profunda, en el aislamiento anímico más corrosivo. Durante los primeros años, el genio suplicó en silencio su liberación y gritaba en sueños palabras de libertad y esperanza. Sus poderes se desataron y pronto se prometía a si mismo que concedería un deseo a la primera criatura que lo liberase e incluso que le serviría durante un tiempo para devolverle todo el bien que le había hecho. Pasaron las décadas y mientras todas las lámparas ya habían sido vendidas, él permanecía allí, en silencio, sumergido en sus súplicas y añoranzas. Con el poder totalmente desatado, prometía ahora tres deseos y una bendición que sólo criaturas de semejante poder podían otorgar. No obstante, el olvido sepultó aquel mar de incógnitas y corrompió su principal destino. Pasaron las décadas y luego los siglos sin que nadie apareciera. El genio seguía en su interior, ignorante del día y la noche, pero plenamente consciente del tiempo. Cada segundo era una gota emponzoñada que caía sobre su alma. Pronto empezó a gritar enfurecido que arrasaría a aquel humano que lo liberase y al mismo tiempo prometía que le daría todo lo que pidiese. Luego volvía a vociferar palabras de castigo y tortura para su liberador. Quería beneficiar a los humanos, pero el odio hacia ellos, por no acudir en su ayuda, lo llevaba hacia posturas contrarias. Así pasaron los siglos y luego los milenios, cambiaba de opinión con cada siglo, tratando de visualizar todas las posibles opciones que le permitieran ser libre. Finalmente, la locura invadió la mente de aquella alma encarcelada y la desquició hacia las fronteras más siniestras que algunos llamaban la vil sabiduría. Mientras, su poder no paraba de crecer y alcanzó la cima más alta que ninguno de los de su especie pudo haber alcanzado. El sello de su superficie iba perdiendo color y la lámpara se oxidaba mecida por las corrientes marinas y el salitre. El extraño halo de malignidad que despedía su interior hacía que bancos de peces huyeran de su presencia e incluso los cangrejos no se atrevían a pasar por aquel lecho marino. Con cada pensamiento, la corriente se volvía turbia y la conducta de los animales cambiaba hasta el punto que muchos peces de la misma especie empezaron a devorarse unos a otros.

Un año, milagrosamente, después de que todos los ecosistemas sufrieran transformaciones y la propia historia de la humanidad cambiara de rumbo, un submarinista anónimo encontró aquel objeto mágico en el fondo del mar. Fue la ausencia total de vegetación y de peces la que hizo que le llamara la atención aquel espacio tan concreto. La lámpara permanecía allí, reclinada sobre el fondo del mar, como si hubiese sido depositada en el mismo instante en que él fijo su mirada. Cuando la cogió, sintió un escalofrío y una corriente de aire helado empezó rodearlo como si todo aquel objeto, de palmo a palmo, estuviese maldito. Al salir a la superficie, se subió a la embarcación y empezó a examinar aquel aparato sin quitarse el equipo de buceo. Parecía de oro, pero su superficie estaba muy lastimada; lo que sí parecía factible es que aquello valiera una fortuna. En su inspección, frotó sin querer la superficie de la lámpara y el sello dibujado se borró. Pronto un silbido metálico y unas chispas emergieron del cacharro. El humano soltó la lámpara de su mano y se apartó, tratando de quitarse el traje que le impedía ver lo que estaba pasando. Un humo amarillento empezó a envolver la barca del submarinista y pronto el aire se llenó con una pestilencia insana, como si cientos de ballenas muertas anidaran en su interior. Una explosión hizo que la lámpara quedara ennegrecida y que de ella saliera un ser fluido, rojizo como un mar de lava y oscuro como las historias bíblicas que hablaban de infiernos y demonios alados. Éste no tenía alas, pero se erguía victorioso sobre el cielo hasta casi alcanzar las nubes. Parecía medir varios kilómetros de altura. Su rostro era diabólico y de él emanaban fuertes chispas de fuego y relámpagos. Sus ojos eran dos esferas relucientes de color azul, como si éste fuera el único color que revelasen su primera naturaleza. Con su sonrisa malévola y su rostro cincelado por la locura, absorbió varias nubes y exhaló mares de fuego que quemaron todos los pájaros que se atrevieran a volar a su alrededor. El genio, pronto miró hacia abajo y vio aquel insignificante ser. Ya no recordaba nada, ni quien era, ni dónde había estado ni donde debía ir. Sólo reconocía en su interior unas frases que emergieron de su boca sin medir palabra.

En la mente del submarinista se formaron varias frases inconexas, que, bajo una especie de telepatía, aparecieron en forma de imágenes y significados. Comprendió que el genio le iba a ofrecer todos los deseos que él quisiera. Entonces la luz acudió a su mirada y su semblante cambió del miedo al júbilo. Era un genio como el de las leyendas y todos sus sueños se harían realidad. Pronto acudieron a su mente imágenes de riqueza, fama, salud, inmortalidad, poderes… lo quería todo, incluyendo amar y ser amado, ser temido, pero también respetado, poseer el poder de la inmortalidad, pero a la vez el poder de detener su vida cuando quisiera. Durante minutos enteros trasladó a la mente de aquel ser omnipotente todo lo que le había garantizado. El genio sonreía de una manera malévola y hacía remover el mar con cada una de sus risotadas. Las luces rojas que emanaban de sus pies flotaban sobre la superficie del mar y hacían bullir aquel mar con un calor que parecía sacado del propio infierno. Cuando terminó de desfilar todas las imágenes posibles y hechos, incluyendo la felicidad y el bienestar de todo lo que puede desear un hombre para él y los que le rodean, el genio cruzó sus brazos y sonrío complacido. Le comunicó con su extraño poder que a partir de ahora no envejecería y que permanecería vivo seis milenios, pues no podía darle más vida de la que él había estado encerrado. No obstante, le dijo, entre sonrisas de fuego y relámpagos, que le concedería todos y cada uno de los deseos. Ninguno de éstos se haría realidad, pero él los desearía con toda su alma el resto de su vida, siendo el más infeliz del mundo hasta que no se cumplieran todos y cada uno de los deseos que había soñado.

El rostro del submarinista cambió del asombro al terror. El genio dejó de cruzar sus brazos y emitió un ruido tan vestigial de odio que todos los mares se agitaron con miedo. Acto seguido movió con su magia la lámpara ennegrecida y la tiró al mar, arrastrándose con ella hacia el abismo materno que le había convertido en lo que era. El mar se volvió rojizo y más tarde verde, como si toda su superficie se hubiera convertido en ácido. Miles y miles de peces y seres marinos flotaron muertos en aquel mar corrupto. El cielo se oscureció un poco y el viento paró durante las siguientes horas como luto ante la muerte y autodestrucción del último de los genios.

miércoles, 8 de febrero de 2017

Verduros


Los disparos anunciaron el trágico desenlace de la batalla. El ejército principal del duque de Rochester había sido derrotado en el campo de batalla. No había sido una victoria pírrica, sino más bien una carnicería. Las tropas malignas no sólo habían conseguido romper la línea defensiva principal y aislar una parte del ejército de la línea de mando, sino que además provocaron la deserción de los batallones mercenarios de las franjas más alejadas e impidieron el fuego de cobertura por parte de unos arqueros que ya no podían distinguir la línea enemiga del horizonte. Aquel campo repleto de calor y furia era un mar donde se entrecruzaban dos corrientes marinas de diferente densidad. Después del oleaje y los gritos desgarrados de los últimos supervivientes, el ejército enemigo siguió hacia adelante, sin detenerse lo más mínimo ante aquel pasto de tierra sanguinolenta. No eran humanos, no sentían piedad por aquellos a los que sólo querían destruir. Eran un entramado de vida que reclamaba la soberanía del mundo.

Pronto la carretera que llevaba a la fortaleza quedó ensombrecida por el ejército invasor que corría a una velocidad alarmante. Los disparos cesaron, conforme aquel mar tragaba los restos de los supervivientes que corrían despavoridos, disparando sin mirar atrás, tratando de encontrar el único refugio seguro sobre la faz de la tierra, la morada del rey de Kenhaven. Pronto silbaron los cañones de salvas y las culebrinas hicieron vibrar los propios cimientos del mundo. El aire se volvía turbio mientras la pólvora blanca y negra se entremezclaba en un extraño vendaban de aire esperanzador. Sonaron las trompetas y los portones de la puerta principal fueron cerrados. El puente que daba acceso desde el acantilado fue derruido con explosivos y pronto la fortaleza quedó totalmente aislada en esa especie de montículo en medio del mar, repleto de escarpados arrecifes y prominentes paredes verticales. Todas las tropas fueron movilizadas hacia las almenas. Los cañones dispararon sin cesar, haciendo estallar el horizonte con sus duras sacudidas de plomo. No se escuchaba nada, todo el mundo permanecía ensordecido por aquellos truenos de poder. Los ballesteros preparaban sus saetas, los mosqueteros sus mosquetes. Los arqueros untaron sus flechas con venenos intensos, con bálsamos proscritos que se inflamaban al recorrer el aire con fuerza y los caballeros a pie, armados con sus feroces alabardas y martillos de lucerna, apretaban las manos y rechinaban los dientes alcanzando el punto justo de dolor, tratando de encontrar las fuerzas necesarias para el fin de los tiempos.

Fuera, las tropas enemigas pronto se encontraron con la fiereza de los humanos y su determinación de llevar la guerra hasta el final. Las primeras divisiones cayeron al precipicio. Tal era su fanatismo y fervor que no percibieron la presencia del vacío. Pronto la artillería hizo estragos en sus compañeros y miles de verduras fueron batidas o incendiadas. Los hombres-verdura, hortalizas y cosechas varias alzadas en rebelión, empezaron a organizarse y trataron de buscar un modo posible de acceder al torreón. Cada segundo, una lluvia de muerte y destrucción caía sobre ellos. Pronto las catapultas empezaron a cebarse con las líneas más avanzadas y derramar sobre sus cabezas cientos de piedras en llamas. La mente inconsciente de aquellos seres pronto encontró en nuevo tipo de formación. La densidad de las tropas hizo que empezaran a formar un cuerpo sólido semejante a un puente verde, de tal manera, que se reestableciera un nuevo punto de conexión entre los dos lados del abismo. Mientras, un ejército insospechado de verduras y algas fluorescentes emergía del mar y escalaba los acantilados a una velocidad amenazadora. Los matacanes pronto soltaron galones de aceite hirviendo. El fuego griego caldeó las paredes de aquel monte y el mar llegó a inundarse de llamas potentes que impregnaron todo el abismo con un extraño aroma a apio y espárragos. En el frente principal, las catapultas consiguieron frenar la consolidación del puente orgánico en varias ocasiones, pero finalmente éste se formó en el espacio de tal forma que su destrucción resultaba asombrosamente difícil. Aunque los hombres-verdura traspasaron el puente, las vasijas llenas de brema neutralizaron el avance del ejército varios minutos. No obstante, pronto llegaron las catapultas orgánicas y el panorama empezó a mostrar un carácter más desolador. El cielo se llenó de fuego y verduras. Los hombres-calabaza se lanzaron hacia la ciudad y algunos ya se atrevieron a presentar batalla en las propias almenas del castillo principal. Sus escorpiones pronto lanzaron zanahorias gigantes que atravesaban las armaduras de cuero de los arqueros peor afortunados y las catapultas empezaron a lanzar melones explosivos que bajaban la moran de cualquier guerrero. Ni hizo falta que la puerta callera. Los hombres-verdura, junto con los hombres-calabaza y las algas del mar, se reptaron por las murallas y se cebaron con los últimos defensores del rey. Algunos hombres se lanzaron hacia el mar esperando pasar desapercibidos entre tanto caos y otros deponían las armas pensando que las verduras tenían alguna especie de sentimiento.

Los hombres-alcachofa remataron a los heridos y los micónidos se llevaron los cadáveres a los oscuros rincones donde moraban los de su estirpe. Los aposentos del rey pronto fueron abiertos allí permanecía el viejo, sosteniendo tembloroso una espada mientras sus enemigos le rodeaban. Sólo un hombre-verdura cayó ante su espada. Los demás lo rodearon y se hicieron con él. Pronto los hombres-acelga entraron en la habitación y se fueron metiendo uno tras otro en su boca. El rey suplicaba clemencia. Los hombres-verdura sólo sonreían, malvados como eran, insípidos. Sanos pero perversos.

sábado, 7 de enero de 2017

La Despedida de Estibaliz


Elena, ekkolapsis (ἐκκόλαψις) la schiusa dell'uovo, S.V a.C

Cuando abrió la puerta de su casa, lo hizo tembloroso, no por lo que en ella iba a encontrar sino por la ausencia de lo que había perdido. Hacía unas horas había discutido con Estibaliz, su novia. No había sido una discusión acalorada ni llena de rencores pasados, pero algunas frases parecían querer salir de ambos, aunque al final no lo hicieron y quedaron reprimidas en la inconsciencia del tiempo, esperando que la solución llegara por sí sola. Ella ya no estaba en la casa y él así lo parecía notar, antes incluso de abrir la cerradura. En aquellos momentos solo deseaba tumbarse en algún lugar y dormir largas días, esperando que el dolor que todavía no sentía, no se pronunciara jamás. Sin embargo, el juego de llaves sobre la mesa sonó en su corazón como un adiós. Reposaban armónicamente sobre una nota blanca, escrita a tinta y con aparente calma. Decía así:

Querido Robert,

Ahora mismo miro en mi interior y trato de encadenar las palabras precisas para expresar lo que siento, intentando no hacerte sentir más mal de lo que ya debes estar pasando. A pesar de todo lo que nos dijimos y lógicamente obviamos, he decidido escribirte esta carta para que entiendas cuales son las razones por las que nuestra relación estaba condenada al fracaso. Sí, he decidido marcharme y esta vez será para siempre. Ambos lo sabíamos, pero lo negábamos con todo el empeño del mundo, reprimiendo unas emociones que nos habrían destruido por completo. Cada día nos levantábamos y vivíamos el día como si fuera el fin del mundo, pero las noches… las noches eran el infierno. ¿Cómo saber si mañana iba a estar a tu lado?, ¿y si dejabas de verme tal como era? Tú te arrimabas a mí y dormías plácidamente, seguro por mi presencia, pero yo fingía serenidad y me levantaba en mitad de la noche mirando al cielo, ¿cuál era mi lugar en el mundo? Nadie me respondía, pero el tiempo corría en mi interior como un caballo desbocado en una playa virgen.

Quizá me odies por mi decisión, pero intuyo en mi interior que algún día lo entenderás. Para mí ésta ha sido una de las decisiones más importantes de mi vida. No, no ha sido fácil. Si supieras donde estoy ahora. Veo esas luces de las que te hablaba, esas nubes efervescentes que vagan por el mundo y me miran con su rareza. No sabes la pena que sienten al verme, al ver mi destino. Llorarían si pudieran condensarse sólo al sentir lo desgraciada que soy. Intento ver lo positivo, ver el tiempo que hemos tenido, pero ahora mismo estoy en ese lugar extraño del que te hablé, incapaz de llorar, de saber si esto sucedió ya alguna vez. Para ti eran simples fábulas; escuchabas entusiasmado mis historias como si fueran fantasías íntimas que compartía contigo, como una locura secreta que me hacían especial. Pero no lo eran y al final lo supiste. Ahora esa realidad ha llegado y sólo veo oscuridad y formas extrañas. La lluvia cae hacia arriba, formada por palabras que formas espirales infinitas. No sé dónde estoy, pero hace mucho frío.

No sé qué será de mí. Estoy tan confusa que mientras escribo estas palabras no sé si voy a desaparecer en cualquier instante. Ojalá las formas hablaran y me prometieran que alguna vez volveríamos a vernos, aunque sea dentro de veinte años. Me acuerdo ahora cuando nos conocimos, fue un extraño error, algo del destino. Tú estabas tan solo y de golpe me tuviste a tu lado. Y ahora, sin embargo, soy yo quien sufre la separación. ¿Cuánto tiempo estuvimos juntos?, ¿un año? Lo recuerdo como si fueran cientos. Incluso creo que nos casamos en secreto y compartimos viajes a lugares que ya no puedo recordar. Quizá es mi mente quien reconstruye esos recuerdos y nuestros momentos juntos fueron mucho más breves. ¿Recuerdas aquella vez que estuvimos en el bosque? Se nos hizo de noche y tratamos de volver a casa tanteando entre los arbustos. Tú te caíste y me llevaste contigo al suelo. Como nos besamos, mirando las estrellas desde aquel lugar recóndito. Nos abrazamos tan fuerte que me quedé embarazada de ti. Sí, nunca te lo dije, porque cuando más lo pensaba, más angustia sentía al no saber qué iba a ser de nuestra criatura. Había escuchado muchas cosas, pero no sabía que esas cosas pudieran pasar así porque sí. Era algo mágico y yo me lo guardé hacia mis adentros. Poco a poco te apartaba de mis sentimientos. Cuando discutíamos, tu pensabas que lo hacíamos por mis emociones; pensabas que no era feliz y que en el fondo no te quería tanto como tú a mí. No era verdad, si no te quisiera no podría haber sucedido aquel milagro. Me pasaba los días pensando en qué sucedería, cómo reaccionarías. Tenía miedo de todas las posibilidades y nadie me daba la solución más razonable. La tuve que encontrar por mí misma.

Al final he decidido volver a mi hogar por muchas razones, algunas de las cuales no puedo contarte porque no estás preparado para entenderlas. Sólo quería pedirte una cosa y sé de todo corazón, que la aceptarás. Quiero que cuides de nuestra hija. Que crezca y sea feliz, que la protejas y enseñes todo lo que sabes hasta que ella pueda pensar y cuidarse por sí misma. Sé que por el amor que me tienes lo harás y porque ella será la prueba viviente de que nuestra historia fue real. Cuando crezca y se convierta en una persona adulta, podrás contarle nuestra historia si así lo decides, pero nunca temas por ella en mi memoria, porque a ella no le va a pasar lo que me está pasando a mí. Yo debo volver a mi mundo, pero ella pertenece ahora al tuyo. Espero que algún día comprendas que, si tomo esta decisión, es porque es la mejor para los tres, especialmente para ella. Un beso. Se feliz.
Estibaliz.

Cuando Robert terminó de leer la carta, se sentó mareado en el suelo. Entre toda aquella historia, surgieron nociones de sus recuerdos, como si todo aquella ya hubiera sido vivido en alguna parte de su ser. No obstante, se quedó durante un tiempo pensativo, sin saber qué hacer. En aquellos momentos lo hubiera dado todo, por estar junto a ella en cualquier otro lugar, pero no comprendía lo que le decía al final, no tenía sentido y simplemente no podía ser. Al cabo de unos minutos trató de recomponerse y secar sus lágrimas, marchó hacia la cocina a por agua y lo que vio allí le sobrecogió. Encima de la mesa de la cocina había un huevo blanco con puntitos de colores. Parecía un huevo de avestruz. Cuando lo tocó estaba caliente, casi ardiendo. Algo se movía en su interior.