lunes, 22 de enero de 2018

Vida no Vivida



Cuando encendí la televisión aquella noche no entendí el fenómeno del cual mi mente estaba siendo testigo. Parecía que la sociedad que había conocido durante toda mi adolescencia de golpe hubiera madurado y se enfocara excesiva en alcanzar los horizontes culturales más distantes. Hacía años que mis ojos no habían visto la televisión y de hecho sólo reservaba aquella caja tonta cuando tenía invitados o mi familia venía a verme. No era como aquellas personas que afirmaban sólo ver ciertos dibujos falsamente atribuidos a la gente adulta y menos aún de las que seguían con fervor los falsos programas científicos dirigidos por abuelas sabiondas. Pero unos cohetes en la calle me advertían de que algo estaba pasando sin que internet diera conocimiento de causa. Algunos gritos resonaban en casas vecinas y de vez en cuando los sonidos huracanados de los aparatos más ventajosos rebotaban en la pared de mi comedor, despertando en mi la doble sensación de miedo y curiosidad.

Como los ruidos parecían proceder de televisores ajenos, decidí conectar mi viejo aparato -fruto de un regalo bancario- y conectarme a la dimensión costumbrista del que no era muy conocedor. Entonces mi miedo se transformó en extrañeza y de ahí pasé a un estado de suspicacia inasumible para cualquier alma no preparada para el asombro. El canal prefijado me mostró lo que parecía ser un debate entre conocedores profundos de la realidad política, había una conversación pausada y respetuosa entre tertulianos de gran calibre; salían a relucir temas del pasado y otros de neta actualidad. Se escuchaban personas de interés, referencias a autores y a libros, durante los pocos minutos que atisbé cierta discusión entre dos tertulianos escuché mencionar a Stanley G. Payne, Emilio Gentile o Gramsci y obras de actualidad como Ciber-Comunismo de Paul Cockshott, La pesadilla que no acaba nunca de Pierre Dardot y Christian Laval y varias de las obras de Adam Przeworski. El debate parecía abierto y variado, pues también llegué a escuchar a algún seguidor de la escuela austriaca o las ideas de Murray. No obstante, decidí cambiar de canal y ver qué emitían sus vecinos digitales. Era extraño imaginar una tele sin periodistas pantuflos ni siniestros demagogos con camisa negra, pero la realidad superó por primera vez la ficción.

Entonces puse el canal nacional. Estaban emitiendo un programa histórico de rigurosa calidad, acompañado de recreaciones audiovisuales, fuentes primarias y un nutrido debate entre varias autoridades académicas especialistas en la materia. El tema en cuestión era la vida y obra de Jovellanos. A pesar de conocer el autor en el contexto de la España napoleónica y la obra de Goya, nunca pensé que pudiera aprender tanto en tan poco tiempo. Por ello, tuve que comprobar que aquello no era una excepción. No, no lo era. Indagando en el apartado de la programación diaria, descubrí que en media hora comenzaba un debate político sobre la censura y el papel de los corresponsales de guerra en el conflicto de oriente medio y esa misma tarde la parrilla informativa había estado llena de debates sobre política y sociedad, incluyendo algunos documentales históricos especializados en las guerras carlistas o en los ilustres inventores españoles. Y ese nivel parecía mantenerse durante toda la semana. Mañana había algunos documentales sobre el papel de los españoles en Norteamérica y sobre la realidad sociocultural de la guerra de los treinta años. El programa secundario no se quedaba tampoco corto, parecía estar especializado en el cine y el teatro. En aquellos momentos estaban echando La casa roja, de Delmer Daves y a continuación iban a emitir El gabinete del Doctor Caligari, acompañado de una interesante tertulia de analistas de cine. No obstante, no podía quedarme allí atrapado, mirando películas del pasado, el mundo había cambiado y había otros canales que suspiraban por mi atención.

Haciendo uso de mi habilidad investigativa, no pude dejar de asombrarme. El tercer canal había sido reconvertido en un programa de ciencia y matemáticas. Estaban emitiendo una entrevista a varios astrofísicos sobre los descubrimientos de la última semana, pero aquello no era lo extraordinario. Estaban programados varios documentales sobre biología, genética y geología, incluyendo también un programa de aprendizaje sobre las ecuaciones no lineales y su incorporación en la investigación académica. No lo podía creer, el siguiente canal había sido igualmente transformado en un canal de arquitectura, arte y fotografía. Vi varios cuadros de Frans van der Mijn, Jef Leempoels y Nicolaas Bastert, pero el programa estrella del día había sido un documental de cuatro horas sobre el movimiento prerrafaelita y un pequeño avance de la arquitectura brutalista en el marco de la guerra fría. Telecinco se había transformado en un canal especializado en las ciencias humanas. La tertulia era difícil de seguir a mitad de programa, pero por lo visto se entremezclaban humanistas y científicos, algunos defensores de la antipsiquiatría y otros partidarios de una mayor conceptualización de los trastornos mentales. Era un debate que desde luego trascendía las meras dicotomías entre lo más biologicista y lo ambientalista, pero que incorporaba a la vez un sentido racional que no daba pie a ninguna mala interpretación y menos aún la agitación de los participantes. Bien podías escuchar referencia a los manuales tradicionales o a libros más incómodos como El hombre unidimensional, El síntoma comunitario o La invención de trastornos mentales. Y todo parecía así, sacado de un sueño. Los siguientes canales no bajaban en ningún momento el nivel intelectual y por lo visto tampoco el nivel de audiencia, porque los gritos en los bares se debían a una competición de preguntas y respuestas que en aquellos momentos se centraba en los temas de la filosofía antigua. El acierto a una pregunta sobre teúrgia neoplatónica hizo que las calles se llenaran de cohetes. El finalista había ganado un viaje organizado a diferentes museos italianos, de esos que despiertan el espíritu de Stendhal. 

Pronto descubrí que había canales que nunca había visto ni escuchado de la boca de otras personas. En ellos deambulé mi noche, extasiado por la variedad y el nivel de la información. Había documentales sobre la cultura Tahuantinsuyu, una entrevista a directores poco conocidos como Marçal Forés, un programa didáctico sobre la agricultura ecológica, un repaso por la obra de los mangakas Inio Asano y Wataru Yoshizumi, más películas como La laguna negra de Arturo Ruiz-Castillo o las diversas obras de Medem, análisis literarios sobre obras variadas, desde La grieta, de Doris Lessing, El sueño de una cosa, de Pasolini o El run run de la calavera de Ramón Rocha Monroy. A partir de ahí, mi memoria se vuelve confusa. Me perdí en imágenes del río Amazonas, en documentales sobre el sistema sexo-género y en complejas clases magistrales de codicología medieval. Sólo recuerdo un último fogonazo de luz. El televisor emitió unas chispas de color verde y se apagó, en el mismo momento en el que mi ser perdía la consciencia. No fue un sueño artificial, sino un sueño natural, fruto del cansancio y la necesidad biológica de dormir. Cuando me desperté, el televisor estaba encendido. Un hombre histérico, cargado de músculos y poca educación, conversaba con un grupo de mujeres, entremezcla de modelos y personajes de barrio. Los demás canales habían vuelto a la normalidad, llenos de gente moviendo el trasero, cantantes mediocres y castuzos dignos de la más pútrida endogamia española. No entendía nada de lo que decían, ni la forma, ni el contenido y menos aún el objetivo de todo ello. Pobre de mí, desperté de un miserable sueño. Había olvidado por un momento la realidad.

sábado, 6 de enero de 2018

Raíces



En el reino antiguo de Luringia había un pequeño pueblo creciente, generoso en habitantes y cabañas de barro. La población había crecido próspera sobre una cima cubierta de bosque y densos matorrales hasta el punto que ya se contaban más de cien hogueras durante las noches de frío invierno. El rey, aconsejado por sus súbditos había decidido retirar una parte de los grandes árboles de la cima y construir sobre ella un pequeño castillo que sirviera a la vez de hogar y punto de vigilancia en el caso de que los bandidos decidieran hacer acto de presencia. Al principio el castillo iba a ser un simple castro de madera, circular, construido sobre una base de ladrillos de barro y una pequeña empalizada para evitar la fuerte sacudida del viento. No obstante, animado por el espíritu floreciente del momento, optaron por arriesgarse y construir una pequeña torre del homenaje. Una fortificación hecha de piedra, con tejado y mirador, que sirviera además de vigilancia, para albergar bienes materiales e inocentes habitantes en caso de guerra. La torre no sólo era un símbolo de importancia demográfica o riqueza, sino también un gesto proclamado por un caudillo que quería ser reconocido como rey de la región. 

Y si el tiempo era benévolo y la suerte les sonreía, construirían también una fuerte empalizada que se extendería aglutinando todas las casas de la cima y que contarían con dos fuertes portones de madera para impedir la entrada de animales salvajes durante la noche. El gran problema residía en la tala de árboles. Los expertos leñadores afirmaban que era posible deshacer gran parte de la cima arbolada en unas semanas y que eso además les proporcionaría la materia prima necesaria para las construcciones. Sin embargo, la decisión de construir la torre iba acompañada de la necesidad de escarbar en la tierra y afianzar fuertes cimientos y aquella obra despertó por primera vez un problema mayor. Nadie sabía qué hacer con los tocones. Es más, ni siquiera los leñadores más veteranos sabían qué había detrás de ellos, siempre los dejaban tal cual en su labor diaria. El rey, enojado por su desvelada ignorancia, hizo que enviaran varios mensajes a las aldeas vecinas para que alguien arrojara un poco de luz sobre aquella cuestión. Los leñadores le decían que no hacía falta, podrían cavar zanjas y dejar los tocones a ras del nuevo horizonte, pero el rey temía que los árboles volvieran a crecer e irrumpieran en su lecho, quebrando la dura piedra de su torre. 

Tras varios días sin interrupciones, gran parte de los árboles habían sido talados y los talleres improvisados sobre la planicie estaban siendo ocupados por los esmerados trabajadores del rey. Pronto llegaron varios personajes extranjeros, viajeros barbudos, de aquellos que algunos llamaban filósofos o matemáticos. Todos discutían al aire libre sobre el principio del árbol y el rey escuchaba atónito su extraña verborrea extranjera. No parecía entender mucho de lo que decían, pero al escuchar una palabra por primera vez, un tormentoso escalofrío recorrió su ancha espalda. Era la palabra raíz. Los árboles podían tener raíces, como las plantas y los seres orgánicos afines a su constitución. Lo que no estaba claro era como eran éstas. El rey sentía miedo, ¿qué significado podía tener que un árbol tuviera raíces?, ¿qué sería de su derecho a la corona si su torre tampoco se fundamentaba en unas raíces? Un filósofo vestido con harapos de lo que antes parecía haber sido una túnica blanca dijo que las raíces eran como terminaciones imperfectas del árbol. El tronco, debajo de su tocón, se desviaba hacia formas inusuales, con el simple objetivo de hacer permanecer al árbol sobre la tierra. Al principio crecía así, imperfecto e impulsivo como un adolescente y sólo cuando alcanzaba la luz del sol, crecía de manera noble adquiriendo la forma que le correspondía desde un principio. Aquello tranquilizó al monarca, pues si su naturaleza era divina de nacimiento, no debía haber rastro de imperfección sobre el que se fundamentara su poder. Otro filósofo, vestido con pieles, dijo que las raíces eran la inversión de la copa y que de igual manera que existía unas ramas, con hojas y frutos dorados por el astro rey, también los debía haber en el interior de la tierra. Muchos acudieron asombrados, nadie había visto la otra parte del árbol, las ramas de la tierra, sus raíces. Todos se preguntaban entonces como serían sus frutos. Unos temían que aquellos frutos fueran venenosos al no estar vinculados con el mundo visible; sin embargo, el filósofo los tranquilizó y fue fácil porque los hombres conocían muchos frutos de la tierra como los tubérculos o las setas. Argumentó que aquellos frutos eran de color y naturaleza opuesta a la que tenía la mitad superior del árbol y que por tanto dependían en cada caso del árbol de referencia. Si los frutos de un árbol eran dulces, los frutos de sus raíces serían salados. Si éstos eran demasiado ácidos, los de abajo serían amargos en exceso. Y lo mismo ocurría con su color, textura y forma. 

Algunos consideraron que este conocimiento les podía ser realmente de utilidad ya que algunos inviernos el alimento escaseaba y obtener nuevos frutos sería una verdadera bendición. Mientras mucha gente todavía seguía comentando la existencia de unos frutos inversos, otro filósofo prosiguió la charla y argumentó que los troncos no tenían fin. Alarmados por tal descripción, algunos filósofos empezaron a acalorarse y pronto entraron en debate otras ideas que trascendían el propio contexto local. Para algunos la tierra estaba compuesta por capas situadas sobre una gran balsa de nubes oceánicas, pero para otros pocos la tierra era redonda y los troncos eran el ejemplo del fabuloso diseño de Dios. Los troncos en este caso atravesaban todo el subsuelo y terminaban en el propio núcleo, en una especie de bola gigantesca que era a la vez padre y raíz de todos los árboles. Pero un nuevo filósofo que acababa de llegar se aventuró al decir que el tronco recto de los árboles también era ejemplo del planteamiento inicial y los árboles eran los fundamentos mismos de la corteza sobre la cual se asentaba todo el reino. En este caso lo que planteaba es que no existían cuatro pilares sino todo un conjunto de árboles que atravesaban la tierra y la vez la sostenían. En este caso sus palabras sólo provocaron una estampida de airados y truculentos discursos. Se abría una nueva discusión. Si la tierra se sostenía entre troncos de árboles, ésta podía caer si se abusaba de la tala indiscriminada y lo peor era asumir hacia dónde caía, porque si los árboles atravesaban la tierra tenían que reposar a su vez en otra tierra y eso abría un nuevo esquema que parecía perpetuarse hacia la infinitud. El rey quedó malhumorado ante tanta incertidumbre y vio que con tanta discusión los propios trabajadores habían dejado de talar con tal de escuchar a aquellos presuntos sabios. La idea de que no poder construir la torre disgustaba al rey, ¿qué sería de su reino si no podía erigir una construcción que le sobreviviera? Aquellos frutos extraños, del subsuelo e invertidos desde la naturaleza original, quedaban en su imaginación cada vez más lejos de su paladar. Si tan profunda era la tierra, las raíces quedaban fuera de su control. 

Antes de que llegara el mediodía se acercó un campesino osado, famoso por su arte en la carpintería y le dijo directamente al rey: “Mi señor, si vosotros andáis deseos de conocer los secretos de vuestra tierra, ¿por qué no disponéis de ellos sin más y averiguáis la verdad no con el pensamiento sino con el acto?”. En eso, el rey, que sentía tanto dolor de las promesas de la mente y la fanfarronería de lenguas inteligentes, emitió un grito, cogió un pico y se puso a cavar como un loco alrededor del tocón. La gente, al verlo, se contagió de una histeria colectiva y todos los allí presentes, incluyendo los raquíticos sabios, se pusieron a escarbar alrededor del tocón más alto de la cima. Cuando llevaban varios minutos excavados y el tronco, sometido a la siniestra forma del submundo, empezaba a adquirir una forma extraña, llena de finas hebras de cuerda y bulbos deformes, todo un gran temblor de tierra sacudió el pueblo. La gente soltó las azadas y los picos y corrió despavorida de un suelo que parecía hundirse. El rey contempló como la tierra cedía, no sólo por el hundimiento, sino porque parte de aquella caía al propio firmamento, levantada por arte de magia como si el propio cielo reclamase parte de su misterio.

Entonces sólo quedó un gran boquete en la cima. Pero en el suelo no había una oscuridad tenebrosa ni una herida vestigial que se arremolinara hacia los infiernos más ignotos, sino un resplandor fuerte, un cielo de verano cargado de nubes y luces incorpóreas. Todos quedaron extrañados ante la visión de lo que parecía ser otro mundo. El rey fue el primero en acercarse al borde y mirar a través. En el otro lado había también un valle lleno de montañas y casas rodeadas de bosque. Alrededor del agujero cientos de campesinos parecidos a los de su mundo y un rey armado con un pico lo miraban desde el otro lado, con caras blancas y ojos alucinados. Todos esos desconocidos habían empezado cavando para descubrir las raíces y terminaron descubriendo a sus antípodas.

viernes, 29 de diciembre de 2017

Cena de Monstruos


Hans Bellmer, La Poupée, 1934
I

En la antigüedad, el solsticio de invierno era un periodo de renovación terrenal y espiritual, el reinicio de un nuevo ciclo que se perpetuaba a través de las generaciones venideras y que tenía un profundo anclaje simbólico con el cambio de la luz solar y la alternancia entre las cuatro estaciones. En algún lugar del mundo los sabios esperaban doce días de oscuridad donde el mundo podía no resurgir de sus cenizas y quedar olvidado para siempre en un invierno eterno. Era una posibilidad lejana pero aterradora; para evitarlo, encendían grandes hogueras, así le daban fuerzas a un sol agonizante y garantizaban que su resurrección se completase, a veces a través de la suscitatio de rituales figurativos o la enarbolación de gruesas maderas erectas. Mientras, en otras partes de aquel mundo cóncavo, almas atormentadas, víctimas de su debilidad, sufrían el sino de aquellos que honraban al sol y de algún modo siniestro, anhelantes de una venidera fractal desconocida y susurrante, agonizaban atrapados en su propia rueda del sufrimiento. 

Ellos sólo tenían una cosa en común, la posesión de un nombre. Todos y cada uno de ellos nacían con nombre, a pesar de que sus familiares erraran en su identificación. Sin embargo, pronto lo olvidaban y dejaban aquellas nominaciones en lo más oscuro de la inconsciencia. El terror de perderlo para siempre era mayor que la idea de olvidarlo. Y no era una mera quimera, muchos intuían que había algo que podía arrebatárselo; esos otros eran los monstruos. Estos seres eran inmortales, poderosos y maléficos, pero dentro de su diversidad, había algo que los unía y que a la vez los diferenciaba de los humanos: no tenían nombre. Milenios atrás nacían de las rocas acantiladas o en las arenas húmedas del litoral, pero ahora simplemente se formaban dentro de las propias ciudades, coagulados en alguna siniestra alcantarilla o reproducidos por aquellas parejas teratónicas, vicarias del coito animal. 

Cuando crecían aprendían a utilizar máscaras y a protegerse de su verdad. A diferencia de otros seres terroríficos, los monstruos preferían la luz del sol, pues ésta ocultaba su verdadera apariencia. Era en horas noctámbulas cuando estos desalmados seres debían esconderse para evitar mostrar su verdadero aspecto. Bajo la luz, sus máscaras relucían perfectas y sus humildes sonrisas les permitían nadar tranquilamente como tiburones entre bancos de peces ciegos. Cuando la luna iluminaba su rostro, sin embargo, sus máscaras se convertían en cal blanca y desaparecían, dejando a relucir rostros inhumanos, fauces animales y ojos abismales. Todos tenían pues, una única misión en la vida: hacerse con un nombre. Cuando lo conseguían, el solsticio llegaba de nuevo y renacían dejando atrás su anterior vida como un caparazón caduco. Algunos tenían mayor fortuna y evolucionaban, aprendiendo técnicas más corrosivas y fabricando máscaras más atractivas. Con cada invierno debían entregar un nombre al viento; si no lo hacían, quedaban debilitados y sus máscaras se volvían frágiles hasta el punto de revelar pequeñas grietas antinaturales. Con cada fracaso, el invierno se volvía más crudo y el hambre que los atravesaba, más insaciable. Aquel estado de frenesí los volvía más violentos, pero también más susceptibles de ser descubiertos. Si con los años, no saciaban su apetito, el invierno eterno se hacía con ellos y jamás volvían a ver la luz del sol. Algunos morían, incapaces de alimentarse en un mundo sin luz. 

No obstante, otros destacaban por ser auténticos depredadores. Todos los años llegaban al solsticio con un nombre escrito en sus máscaras de porcelana y algunos incluso portaban dos, uno en cada mejilla. Estos asesinos natos se volvían más fuertes con cada invierno y rejuvenecían, capaces de construir máscaras más bellas y escarbar con facilidad en las almas ajenas. Se volvían hábiles, manipulativos y con el tiempo incluso despedían un aura de magia propia que hechizaba a las almas más inocentes y que incluso les permitía vagar levemente de noche sin ser descubiertos. Varios cientos de monstruos pasaban cada año desapercibidos mientras otros más seguían llegando al mundo de los mortales. En la lejanía veían posible una guerra por los escasos nombres de los humanos, pero por el momento se contentaban con grandes ceremoniales y reuniones secretas donde reafirmaban su más condicional fraternidad. Nadie sabía ni lo más absoluto lo que les deparaba a sus víctimas; simplemente desaparecían como si nunca hubieran existido. Algunas veces, sus verdugos ocupaban su lugar pero la mayoría de las veces simplemente se difuminaba todo rastro de su recuerdo. Al perder sus nombres, nadie los podía recordar. 

II 

En aquel salón variopinto, adornado con caros cuadros decimonónicos y candelabros de oro, se habían reunido tres de los monstruos más viejos de la ciudad. En el momento preciso de brindar, alzaron sus copas hacia el falso firmamento del techo, un fresco realizado con las manos más finas y entonces se quitaron las máscaras que tantas almas habían segado. Bebieron mostrando sus fauces diabólicas antes de la gran ceremonia. A la izquierda de todos se encontraba el cinecéfalo negro, un monstruo con cabeza de perro, tres grandes ojos amarillos y miles de pequeños cuernos que emergían de su rostro como tumores blanquecinos. Era entre los tres el más débil, pero sus poderes tampoco debían ser ignorados. Éstos eran los secretos, la lujuria y la furia. Con la máscara hablaba con un tono muy moderado, casi femenino, mostraba ignorancia disimulada como ingenuidad y utilizaba la lealtad como camino hacia la traición. Su falta de integridad moral y sociopatía se manifestaban a través de ataques violentos, delitos menores y conspiraciones continuas para tratar de que todos a su alrededor empezaran a enfrascarse en disputas. A veces aparecía como un personaje siniestro, con barbita y gafas, construido bajo un narcisismo que sólo encerraba una personalidad inacabada y miserable; otras veces portaba la máscara de un joven antisocial, envidioso y obsesionado con el liderazgo. Siempre solía tener una gran pasión por las artes marciales, la violencia y más de alguna desviación sexual. Siempre trataba de atacar a través de otras personas, pero cuando no le quedaba más remedio, se quitaba la máscara y atacaba sin pensar en su tapadera. Desde luego, su punto débil era la estupidez que siempre le acompañaba y la impulsividad que le impedía ser todo lo prudente que tenía que ser con las víctimas. 

El otro monstruo, más poderoso y letal, era la araña roja, caracterizada por el tono bermellón y carmín de su rostro, los numerosos ojos de su frente y una poderosa mandíbula arácnida, con terminaciones nerviosas y agujas por dientes. Su cabellera, una maraña de pelo negro mojado sacado de alguna tubería, resultaba suelta y agradable con la máscara puesta; en tales casos, adquiría un tono rojizo, cargado de fuerza y erotismo. Su poder era la gula, la seducción y el espejismo. Nunca atacaba directamente, simplemente sacaba a relucir su más bello aspecto y luego se acercaba lentamente a sus víctimas para trataba de escudriñar cuales eran sus deseos más viscerales. Cuando ya los tenía, cancelaba misteriosamente sus planes de conquista y huía hacia otro lugar. Dejaba que las víctimas degustasen un trozo del cebo para posteriormente centrarse en el siguiente objetivo. Este aparente cambio de presa escondía en el fondo una cadena de dolor punzante que se perpetuaba a veces incluso con años, con la muda de cada piel. Su objetivo no era cambiar a una víctima más atractiva, sino que ésta fuera la que marchara detrás de su futuro verdugo, hechizado por el deseo y la esperanza de terminar de probar ese fruto prohibido de la que tanto hacía gala. Cuando mordía el anzuelo, ya era demasiado tarde, la presa había abandonado su zona de seguridad y se encontraba ahora a merced de su atacante, atascado en lodos y ambientes hostiles a cualquier persona con el menor atisbo de alma. Si tenía suerte, la primera víctima podía competir con la segunda y éstas quedaban agotadas y vulnerables, a veces, provocando la aparición de terceras personas en este juego tan macabro. Cuando el juego concluía, la araña atacaba al pecho y extraía el corazón para comérselo con tal habilidad y rapidez, que éstas seguían vivas durante unos segundos antes de apagarse. Lo que más le gustaba era matarlas mientras éstas todavía albergaban la esperanza de remover en ella algún resto de empatía. La araña solía aparecer como una mujer seductora, alternativa, jovial, a veces con colores relampagueantes o con ideales que camuflasen un vacío interior. Su máscara escondía contradicciones oportunas: vencía la incapacidad de sentir amor con una gula desmesurada por el amor ajeno, contrarrestaba su materialidad con la apropiación de valores que no entendía e incluso a veces, escondía tras su dieta vegetariana, complejos deseos canibalísticos. Su única debilidad era el vacío, un hambre exacerbado e insaciable que a veces podía, ante tal cantidad de posibles víctimas, hacer saltar un eslabón de su cadena alimenticia sin que ella se diera cuenta. No obstante, todo ser humano que se encontrara dentro de su llamada red, tarde o temprano sucumbiría a sus deseos impúdicos. Sólo ciertas personas vacunadas contra el amor o desprovistas de ananke, podían escapar de sus garras. Cada año traía una serie de nombres a la ceremonia, pero sólo ella sabía que en el momento en el que todo el mundo escapara de su red por un instante, aunque fuera un mísero segundo, su cuerpo quedaría reducido a cenizas. 

El tercero de ellos, sin embargo, era el más mortífero. Era el quebrantahuesos, un carroñero voraz, teatral y manipulador. A veces sólo traía un nombre y otras veces disfrutaba de la sequía en sus carnes durante años, más allá del límite, para más tarde llevar cientos de nombres a la ceremonia y verse a sí mismo como vencedor. En la propia ceremonia, su máscara revelaba otra máscara y ésta otra de singular belleza. Nadie le había visto nunca el rostro pero los más osados decían que detrás de su último disfraz sólo había un vacío caduco o una cara insípida e inexpresiva. Le gustaba llevar en esas ceremonias una máscara de bebé, adornado con rosados mofletes y una ondulada cabellera dorada. Sus poderes eran el engaño, la envidia y el sadismo, pero dentro de su vasta configuración, se encontraban otros poderes latentes que nunca mostraba en público. Siempre aparecía como un amigo, tenía un ojo de incalculable valor para distinguir las almas heridas o necesitadas. Se amoldaba a sus almas y las envolvía de nutridos elogios. Dejaba que confiaran hasta fechas inverosímiles sólo para saborear primero los jugos de su futura victoria. Cuando ya tenía a su víctima atrapada empezaba con juegos de máscaras, tratando de evocar en ella emociones contrariadas. Primero amistad, luego miedo, asco, comprensión y empatía hasta terminar finalmente en una confusión inmanente. Entonces atacaba con su más directo sadismo y destruía a la víctima, a veces dejándola sólo herida de muerte. A diferencia de la araña roja, este ser pútrido jugaba con contradicciones a gran escala, creaba redes que luego deshacía, pero no para enlazar con otras víctimas, sino para que fuera la propia red quien dejara a la presa sin salida. Muchos eslabones salían de su esquema, pero nunca de su memoria; quien entraba en su mundo nunca salía de él. Tarde o temprano volvía a cosechar las almas perdidas. En esos momentos la bestia salía al escenario, dañaba y volvía a cambiar de rostro, convirtiéndose en la víctima y haciendo creer a los demás que el monstruo era el otro. No tenía por tanto debilidad, porque la debilidad era su mayor fortaleza. Atacaba y se hacía la víctima, insultaba y luego exigía disculpas, destrozaba vidas y luego narraba sus historias, a la inversa, en las redes sociales. Se inventaba enfermedades o sucesos traumáticos, tergiversaba las conversaciones ajenas, creaba máscaras irrisorias y ficticias donde trataba de encuadrar a los humanos que le rodeaban, haciendo que se reflejasen en espejos distorsionados de su propio ser. Era el único ser capaz de matar a una persona y perdonarse a sí mismo delante de su público, deformando el mundo de tal manera que los demás lo aceptaban. El quebrantahuesos a veces tenía algún temor, alguna pesadilla donde se veía sin rostro o sufriendo un hambre atroz en un mundo vacío y sin luz. Sin embargo, se entretenía con sus vuelos de ave carroñera, convirtiendo el mundo en un juego de estrategia, lleno de reglas que él mismo cambiaba a su medida. Era un depredador nato, el más peligroso de todos y que tarde o temprano uno siempre termina conociendo. 

Los tres monstruos disfrutaban de aquel momento con fauces lascivas y poco pudientes. Disfrutaban del renacimiento del sol, del futuro. Disfrutad monstruos, el futuro os pertenece.

domingo, 3 de diciembre de 2017

Hexa, Boceto del Mal



Cuando Ari creó el universo, lo hizo con una precisión deliberada, exclusiva. La realidad había sido creada esta vez de otra singular manera, no siguiendo el esquema intangible del espectro lumínico ni la geométrica consonancia de la música celestial que vibraba por encima y por debajo de todas las esencias, sino con una resonancia inusual, disconforme y dinámica que diluía la existencia permanente de los cuerpos a la vez que mantenía unido todos y cada uno de los puntos que lo conformaban. En ese entresijo de realidades temporales se manifestaba una esencia tal que no podía explicarse sin la existencia de verdades opuestas. Todo fluía en una geometría oblicua, incesante y difícil de percibir. De ella emanaban formas y también formulaciones, reglas fijas que sostenían el dinamismo del ser y que se desarrollaban con una aparente autonomía hasta alcanzar una dialéctica infinita de leyes y voluntades. De aquella primera instancia surgieron dos mundos opuestos que giraban alrededor de un vacío común. Entre aquel mar de energías enfrentadas, surgía un océano de materia, tiempo y energía.

Sobre aquel manto de fuerzas convulsas y combustiones inestables, surgieron otros dos mundos, unidos cada uno de ellos a uno de los dos primeros planetas imperecederos. El primero de ellos, lleno de tierra, lagos verdes y acantilados dorados, lo llamó Senna. En ella se percibía el sol azul de Iru y en los cielos resplandecían todas y cada una de las estrellas, incluso en las tardes más lluviosas y los amaneceres más lumínicos. La gente era feliz y todo parecía discurrir con un orden que los hombres llamaban bien. Cuando la energía era demasiado intensa, los rayos aliviaban la tensión del firmamento y la gente de vez en cuando sentía el miedo, no como castigo, sino como una simple herramienta para discriminar la paz y no olvidar aquello que siempre reinaba en sus corazones. No todo era eternidad, porque también habitaba la muerte y el olvido, pero cuando aquello sucedía, el nacimiento de un nuevo ser traído del mar aliviaba el temor de la nada y todos podían ver a los nuevos viajeros, convertidos en almas, caminar hacia aquel sol azul donde morarían para siempre jamás. Aquel sol, llamado Zamara, era un verdadero paraíso. Todo era eterno, indivisible e indestructible. No existía nada que no fuera el uno y todo ser era la actualización máxima de aquello de lo que formaba parte, es decir, de todo lo bueno. No existía allí ni el odio ni el miedo e incluso cuando se reencontraban los amantes perdidos por la materia, no existía allí una sensación de alivio o reencuentro, porque tal era el gozo y la satisfacción, que todos se sentían como si nunca hubiesen salido de aquel mundo. En aquel lugar, las almas solitarias se daban cuenta de que todos eran un sólo ser.

En cambio, movido por la alteridad y la confluencia de equilibrios cósmicos, en aquel lugar había otro planeta llamado Xul, conformado más por agua que por tierra y alimentado por un extraño sol rojizo que cubría la superficie de un amarillo pestilente. Todos los habitantes de Xul llamaban a su tierra Senna, pues creían que estaban iluminados por la estrella del bien. Allí la muerte y el sufrimiento estaban por encima de la vida y reinaba la discordia y la corrupción en todas las manifestaciones antrópicas. Las almas condenadas creían que cuando morían irían a Zamara, el paraíso de las antiguas leyendas; sin embargo, todos iban sin excepción a Neraki, el sol menguante, un mundo herido y sangriento de donde emana todo el mal concebido. La guerra siempre destruía todo lo que el hombre podía haber construido y la paz solo servía para provocar a la larga guerras más crueles y duraderas. El mundo estaba cada vez más azotado por el mal y el cielo poco a poco dejó de ser azul y empezó a ser gris, como el mar y como el aire de sus pulmones. Sin embargo, al contrario que Senna, Xul albergó el crecimiento de una extraña cultura que emergió entre la más recóndita putrefacción del subsuelo. Los ocultos, así se llamaban, rechazaban todo rastro del bien y consideraban que sólo aquel infierno lejano podía darles la libertad que ellos anhelaban por encima de todo. Comprendieron que la existencia frágil del bien sólo hacía prolongar el sufrimiento humano; mientras en el otro mundo, el mal les recordaba su privilegiada existencia, en el suyo, éste sólo les daba falsas esperanzas, aletargaba el infierno de la vida en espera de un castigo mayor, la purga eterna de sus esencias. Los ocultos, tétricos sectarios convertidos en místicos del mal, habían sintonizado con el Egelios, la energía que mantenía unida el destino de las cosas.

En sus extraños sueños, vieron el rostro de Ari y la existencia de las corrientes modales y circunstanciales. Comprendieron su desgracia al saber que Ari había jugado con las posibilidades; si había un mundo ideal y perfecto, por contrapartida debía existir un lugar donde se concentraba toda la fatalidad. Dios concibió muchos mundos posibles, pero había uno donde la fatalidad se sedimentaba y las probabilidades configuraban una perdición infinita. Ese mundo imposible, ese mundo que era a la vez el peor de todos los mundos posibles, era en cierto modo su hogar. En otra realidad, el místico estaba en éxtasis o bien disfrutaba de un sol bondadoso; pero en aquel plano específico, en aquel justo sentir del tiempo, el permanecía perdido, sujeto al bien sólo como fantasía mientras meditaba en la oscuridad más perpetua. Entonces los ocultos decidieron entregarse al mal y dar caza a las únicas bondades que habían podido recibir. Sólo así los hombres quedarían sin su Egelios y el dinamismo se rompería, quizá colapsando la propia creación. Cada vez que un habitante de su planeta arrebataba el bien a otro, a través del engaño o la traición, éste se liberaba al mundo y aliviaba momentáneamente el alma de los descorazonados. La víctima a su vez requería infundir primero el bien para arrebatárselo a otra persona. Era como un calor que percibían sólo al perderlo. Podían atraerlo o disiparlo, pero nunca crearlo ni almacenarlo, porque el bien les era ajeno en su naturaleza y se trataba de una moneda con la que comprar el tiempo no vivido. Los ocultos hacía siglos que habían desechado la posibilidad de crear el bien; ahora sólo querían destruirlo, desterrarlo para siempre de sus almas. Matarían a todos, destruirían sin piedad y nunca sentirían placer por ello; harían el mal por el mal pero nunca buscarían de ninguna manera su propio bien.

lunes, 20 de noviembre de 2017

And You And I (Yes)



I. Cord of Life

A man conceived a moment's answers to the dream
Staying the flowers daily, sensing all the themes
As a foundation left to create the spiral aim
A movement regained and regarded both the same
All complete in the sight of seeds of life with you

Changed only for a sight of sound, the space agreed
Between the picture of time behind the face of need
Coming quickly to terms of all expression laid
Emotion revealed as the ocean maid
All complete in the sight of seeds of life with you, oh


jueves, 2 de noviembre de 2017

El Juego del Ángel

Aurélien Villette

I

Cuando cruzó aquel umbral de arco abocinado, comprendió que jamás podría haber adivinado lo que se escondía detrás de aquel viejo taller de lámparas. Mientras el exterior estaba conformado con vidrios desgastados y finas vigas de hierro oxidado, aquella habitación parecía discurrir en otra realidad y se alzaba a una altura que superaba el casco de la ruinosa fábrica. Antes de aceptar la última prueba del juego, había acaparado información valiosa sobre aquel polígono abandonado e incluso se había hecho con antiguas fotos de hemeroteca, pero en aquella habitación sólo debía haber un horno de carbón utilizado. En su lugar, ahora había una escalera que ascendía por aquel espacio extraño y cuadrangular, cubierta de polvo granulado y protegida por una vieja barandilla ferrosa de temática floral. Estaba claro que aquella reconstrucción requería un poderío inmenso, capaz de realizar reformas en lugares abandonados, sin levantar sospechas y encima utilizando materiales ajenos, desgastados por el tiempo y utilizados en su vida útil para otros fines.

Entremezclado con el aire viciado y las partículas volátiles de aquel polvo industrial, se podía ver la cara majestuosa y bella del ángel. Gérard quedó estremecido por su presencia, que se erguía sobre el aire como un fantasma resucitado. Hacía unos meses apenas había oído hablar del último peldaño, fue en la red oscura cuando advirtió el desafío que le obsesionaría durante un año entero. Una simple imagen digital, una crisálida con el nombre de Coleoptera 557 fue el punto de partida de varios adultos que se perderían en la memoria del tiempo. No se trataba de una simple fotografía, sino de un mensaje oculto que requería de unos mínimos conocimientos en informática y manejo de archivos digitales. El mensaje final conducía a coordenadas y éstas, en su conjunto y en relación a los carteles y grafitis hábilmente camuflados, conducían a servidores y webs escondidos tras redes ocultas, túneles virtuales y tráfico de datos enmascarados. Muchos emprendieron el camino, algunos amparados en sus capacidades especializadas y otros en la conjunción de los equipos multidisciplinares; sin embargo, muy pocos fueron los que aguantaron lo suficiente antes de que las pistas empezaran a desdibujarse y las redes caídas dificultaras el acceso a nuevos exploradores.

Con cada prueba, la dificultad se volvía exponencial y la capacidad para atacar las vulnerabilidades de ciertos servidores se volvían en vano. Los mensajes una vez descodificados, hacían referencia a libros antiguos, a una hermenéutica muy avanzada que no sólo incluía el análisis literario más sofisticado sino también la inclusión de secretos encontrados en la propia red, cuyo contenido mutaba y se deformaba hasta adquirir connotaciones grotescas que impedían rastrear la naturaleza original. La única posibilidad de acertar en aquel camino sinuoso era ser poseedor de una mente perseverante, un espíritu aventurero y la actitud de adentrarse en todas las facetas del conocimiento. Al igual que él, otros también habían seguido el mismo camino y habían llegado lejos, aunque los celos y las desconfianzas mutuas pronto incrementaron la lejanía y esa sensación de aislamiento social que se cobró más de una vida.

Por eso, cuando vio la mirada de aquel ángel fantasmal de pie sobre el primer peldaño, su alma encontró por primera y última vez, la emoción que había estado necesitando toda su vida. No podía creer lo que estaba viendo allí, pero de alguna manera lo intuía, lo recordaba de sueños sepultados por la locura. Su cuerpo era medio traslúcido y su fabulosa visión quedaba mermada por la penetrante oscuridad de aquel lugar. Sin embargo, su rostro no era de este mundo, al igual que sus dos grandes alas blancas. Aquellos ojos bondadosos miraban directo a su interior y reconocían en él, el héroe que había estado esperando. Gérard asintió con la mirada, nervioso por el incesante escudriñamiento del ángel, pero alegre al fin y al cabo por haberlo encontrado después de tanto tiempo sin descanso. Él no decía nada, sólo le miraba y miraba a su cielo, esperando que el ansiado héroe subiera la escalera que conectaba la materia con la verdad.

Gérard no se lo pensó dos veces, dejó su equipo y sus aparatos electrónicos entre el carbonizado suelo de esquisto y se apresuró en su elevada travesía. En aquella habitación la temperatura era muy baja y conforme subía, el frío parecía estar más presente. El ángel le seguía en silencio, caminando sobre aquellos escalones sucios de polvo y escombros sin dejar testimonio de sus pies descalzos. La oscuridad parecía desaparecer o al menos esa era la impresión que tenía de aquel lugar. Cuando miraba abajo sólo veía un suelo descolorido tras su marcha, con objetos abandonados a su suerte, que un día lo significaron todo y que tarde o temprano no serían más que polvo. Empero, a pesar de su relativa resistencia muscular, la marcha se demoraba hasta dejar atrás el día y la noche. El frío recorría su piel por debajo de su gruesa sudadera y el aliento vaporoso de sus consternados pulmones le recordaban a un tren viejo recorriendo la noche siberiana.

II

Con cada ciclo, con cada vuelta atrás, veía al ángel más cansado. No expresaba un agotamiento físico, sino una denotada expresión de temor, de disimulada desesperación, contagio directo del que portaba su luz al otro mundo. Eso no significaba algo bueno. El abandono ni siquiera se le podía pasar por la cabeza; su vida ya no existía fuera de aquel camino, toda su vida había estado destinada a encontrar el ángel que le conduciría al éxtasis del alma, al descanso verdadero del ser. Pero no ocurrió. El frío cada vez era más intenso y el calor abandonaba todo su cuerpo, dejando sus huesos gélidos y sus músculos inflamados por los movimientos dolorosos de sus extremidades. A veces se detenía y miraba en silencio el agujero sideral entre los diferentes espacios. No había nada salvo oscuridad en el fondo y una opaca y dolorosa luz en el ansiado firmamento. Atrapado entre esos dos mundos, empezó a ver los cuerpos de varios desconocidos, algunos ataviados con prendas antiguas; un explorador perdido en su propio amazonas, un monje franciscano ofuscado en su herejía, un viajero mundano acurrucado sobre sí mismo tratando de conservar el calor que ya no le pertenecía. Vio a Gustavo Taddei, un famoso buscador de enigmas del siglo pasado y finalmente a su viejo amigo Arlie, experto en cifrado. Hace unos años vivía atrapado en una terminal, ahora simplemente yacía sentado en aquel escalón. Gérard hubiera querido saber cómo fueron sus últimos momentos, pero no llegó a plantearse aquella posibilidad sabiendo que sus destinos cada vez estaban más cercanos el uno del otro.

Al cabo de unos minutos los cuerpos dejaron de aparecer y con cada vuelta, algo nuevo estaba sucediendo, un calor inmenso estaba empezando a apoderarse de su cuerpo. Tenía un deseo muy fuerte de quitarse la muda superior o parar a descansar, pero continuaba pese a todo, ignorando aquel dolor punzante, aquella ilusión provocada por la hipotermia extrema. Al final no pudo más, simplemente se reclinó sobre el último escalón, tratando de alcanzar con sus manos el peldaño siguiente. El frío volvió a dejarse sentir en todo su cuerpo, notaba el abrazo de su ángel, tratando de calentarlo desesperadamente con un cuerpo que no era material, desprovisto de toda cualidad terrena. El corazón empezó a latir con una lentitud anómala y perdió rápidamente el control de sus extremidades. Giró sobre su cuerpo tendido y reclinado, se puso enfrente de su acompañante. El ángel era cada vez más real y su luz realmente cobraba fuerza como si la fuente de todo su poder estuviera a sólo unos pasos. Mientras tanto, Gérard agonizaba, la vida abandonaba su cuerpo y como un calor cualquiera, se disipaba hasta desaparecer como si nunca hubiera existido. A los dos minutos cerró los ojos y ya jamás despertó. El ángel quedó confuso, cabizbajo, triste por la vida extinta, se reclinó sobre aquel cuerpo mortificado y le regalo el último ósculo que le quedaba. Gérard era el único que podía mostrarle a Dios.

viernes, 20 de octubre de 2017

Reina de la Noche

The Pulp Girls, Black Magic

Cuando las dos estrellas de neutrones colisionaron, cantidades inimaginables de metales pesados destellearon durante unos instantes en el rincón más oscuro de aquella galaxia. Aquel viejo dios confería nuevas posibilidades y movía los anillos que emergían de su cuerpo configurando nuevas sustancias químicas, nuevas formas con las que alterar la realidad a la que él mismo se había sometido. Miró durante eones aquellos kilómetros amorfos de oro puro y recordó el sueño que significó su propio nacimiento. Miraba aquel mundo reluciente no por su valor sagrado, sino por su recuerdo, pues evocaban en él una paz interior que la realidad le había terminado arrebatando. Dorado era el cielo de aquel primer planeta al igual que eran dorados los dos primeros ojos que le habían observado desde la más tenebrosa oscuridad. Aquel viejo artífice seguía allí, moviéndose en secreto, rescatando antiguos recuerdos, tratando de reconstruir el mundo tal como lo había conocido, esforzándose por encontrar la proporción y los secretos ocultos con las que habían sido forjadas las galaxias más primigenias. Pero entonces la luz abandonaba el universo y sus manos quedaban inertes en aquella oscuridad inflexible, torpes e incapaces de manejar con maestría sus ancestrales dotes de alquimista. Aquella entidad anciana quedaba pues en el silencio más absoluto, anhelando deseos sin nombre y temblando mientras la oscuridad y el frío penetraban en sus entrañas.

Y no era el único, con cada paso del tiempo, con cada temblor lejano, una estrella moría y uno de aquellos viejos seres se agrietaba y fallecía en su propio olvido. La reina de la noche, la diosa muta del cosmos originario danzaba en silencio, rodeada de soles moribundos y tormentas de destrucción. Sus movimientos eran gráciles pero portentosos, sensuales pero a la vez terroríficos. Sus saltos se producían con esmerada serenidad. Ella, que navegaba entre nubes de polvo de estrellas, se entregaba a su extraño frenesí; en su inconsciencia bailaba, manejaba con sutil manera la danza del fin del mundo y con ella, el tiempo se hacía cada vez más temeroso de su propia existencia. Con innata habilidad se posaba sobre planetas y estrellas, ensuciando su vasto cuerpo con magma, desiertos y nubes de exótica lluvia. Los planetas enmudecían tras su paso y las estrellas se extinguían, consumiéndose en el más flagrante silencio. La diosa apenas era consciente de su propio destino, sólo bailaba animada por la extraña música que motivaba cada recoveco de su hermoso pero estremecedor cuerpo inmortal. Nada salvo la sombra podía equipararse a su sustancia, a su espectral presencia le acompañaba el recuerdo material de los mundos que había visitado en tal infortunio movimiento. A pesar de haber estremecido corazones ya olvidados, la diosa ahora sólo era sombra, oscuridad y forma. No obstante, dos ojos como dos soles azules alumbraban su rostro y giraban al unísono con cada uno de sus intensos giros.

Poco a poco, el universo iba quedándose a oscuras y los planetas empezaban a colisionar entre ellos, animados por el gélido aliento de la desesperación y la ceguera de los dioses mortecinos. Las constelaciones de estrellas quedaban convertidas en tristes tumbas de recuerdos inalcanzables y las galaxias enteras se iban llenando de nubes y tormentas de polvo mancillado, en la esencia mínima a la que había sido reducida la última gran vida. Nada parecía evitar el fatal destino del cosmos. Lentamente, todo se convertía en muerte silenciada, en la desintegración de toda alma capaz de percibir con cualquiera de los sentidos. La danza de aquella diosa nunca terminó en un punto exacto, sólo se extinguió con la última de las velas del firmamento supremo. Ya no había luz, sino silencio, frío y oscuridad. Aquellos dos ojos de azul celeste se cerraron para siempre en algún lugar, cuando ya no había nada que contemplar.

jueves, 10 de agosto de 2017

Duelo en Azul

Hiro Isono (mod.)


Cuando cierro los ojos, me olvido durante unos segundos del dolor, pero luego los abro y recuerdo que fui maldecido para siempre, desde aquel primer dolor de abril hasta las noches eternas de verano. Daba igual donde estuviera, cerca del mar o anclado en la meseta central, rodeado de inmensos kilómetros de tierra yerma. Respiraba mi propio sufrimiento, bebía las lágrimas de espíritus cegados por la ira. No muchos reconocen el derecho a negar la vida, pero aún lo son menos quienes reconocen el poder del silencio, la vida no vivida, la negación de la propia existencia. Con cada respiración, una pincelada de dolor moldea mi rostro, desfigura la esencia exterior que me da forma. No hay cura, no hay milagros. Entonces elijo el silencio y la entrega a ese Dios que me presentó Marcos. Es un Dios del silencio, un ente superior a todo lo que puede ser pensado, superior al tiempo y rey cruel del silencio supremo, del universo sin vida que nosotros nunca llegaremos a ver. Entonces caigo en ese sopor y trato de evadirme de todo.

Pero nunca hay escapatoria. A veces me veo de nuevo envuelto entre brumas, rodeado de flora ya extinta y animales decrépitos que sólo son ruido y sombra. Visualizo aquellos acantilados insólitos y densas selvas cubiertas de vientos cálidos. Me maravillo ante ese sistema frágil que es la vida y durante horas me dejó llevar por una esperanza sutil que trata de armonizar los pensamientos y las causalidades. Todo ese despliegue de natural belleza me sepulta sobre la propia historia del hombre, se produce mi encuentro con el espíritu final de los tiempos y entonces la congoja se hace conmigo, porque olvido el silencio, el dolor, el frío firmamento sobre el que caminan mis pies y donde se pierde mi vista al anochecer. En ese mundo de esferas relucientes y ríos cargados de vida, escuché un estruendo ensordecedor. Para algunos fue un trueno de los dioses, para otros un grito angustioso o tambores de guerra. Para mí, un llanto desgarrador.

Algunos de aquellos hombres acudieron a la llamada y bordeando el río desde la otra orilla me reclamaron con sus brazos abiertos. Sostenían las lanzas con fuerza, pero, sin embargo, sus caras no mostraban la más mínima emoción. Eran cinco aguerridos guerreros de la tribu Harroka que parecían advertirme de algo o quizá de pedirme un favor. Cuando estuve en la otra orilla, todos soltaron sus lanzas para no tratar de resultar hostiles y señalaron con gran tristeza el interior del bosque azul, el lugar de donde emergía un gran árbol de sombras rojizas. Sus caras estaban pálidas, desanimadas, no como los recordaba de otros sueños. Esta vez parecían preocupados. Señalaban el interior de su recinto sagrado, pero lo hacían con un miedo desconocido por mí. Antes de perderme en la maleza sagrada, trataba de demostrarles mi interés, de calmar sus aterrados espíritus, pero no había manera. Ya había abandonado el lecho del río y ellos seguían señalando hacia mi dirección, estáticos, ignorantes quizá de nuestro breve diálogo de intuiciones y símbolos. No eran espíritus, sino guerreros que habían perdido el alma en algún lugar de la selva. Permanecían de pie, abandonados a su suerte, expectantes de reencontrarse con su parte inmortal.

En ese transcurso húmedo y hostil, el agotamiento me venció y no pude sino guarecerme de la propia vergüenza de fracasar ante tal osado viaje. No había señal ni devota significación en aquel mar de homogénea vegetación. Las sombras del gran árbol eran confusas y aunque trataba de sentarme y encontrar el silencio, no lo encontraba en ningún rincón. Los ecos ensordecedores del viento hacían vibrar las hojas de los árboles y se volvían de vez en cuando tan fuertes que despejaban momentáneamente la cúpula arbórea para mostrar un cegador firmamento de lunas y estrellas argénteas. No entendía que había cambiado en el mundo para que aquel lugar sagrado se hubiera convertido en un cementerio de almas perdidas. Quería gritar, como aquellos gritos que me atrajeron a mi propio destierro, pero elegí de nuevo el silencio. Él era mi consolación, la noche estrellada, el vacío de forma, la vida no vivida. No podía gritar y hacer que otros se perdieran por mi culpa. La quietud a veces era una pequeña recompensa, pero aquel páramo seguía siendo un mal lugar donde perecer. El calor asfixiaba, la humedad carcomía cada uno de los poros de mi cuerpo enfermizo y llegó el momento en el que ya no pude recordar cual era en verdad la motivación que me había llevado a perderme en aquellos bosques tropicales. Un día, olvidado por el tiempo y los malos infortunios, me encontré con el tronco de aquel gran árbol, perdido en mitad de un mar de sombras y dudas. No pude alcanzar a ver su altura, pero a su alrededor navegaban cientos de almas moribundas convertidas en pájaros sombríos. Hacían ruidos enternecedores, ajenos al mal que me carcomía por dentro. Todos volaban hacia arriba menos yo. Entonces me volví a perder cerca de aquel recinto sagrado y lloré hacía mis adentros. Sólo allí encontré un silencio verdadero. El dolor se hizo más potente y el sufrimiento y la angustia se cebaron con mi alma maldita. Ya no quedaba nada en mí salvo el dolor y nada, ni alma ni espíritu, podían hacerme despertar de aquel infierno.

sábado, 15 de julio de 2017

Sótano de Hormigón

Chris Moody
I

Aquella tarde de principios de agosto, José Luís cumplía los treinta años. Por primera vez, había olvidado aquella fecha, en antaño, tan especial. Realmente el objetivo de aquellas celebraciones no eran marcar el tiempo y subdividir algo que ya no pertenecía al aspecto tangible, sino consolidar las relaciones familiares y fortalecer las amistades de acuerdo a los fenómenos ancestrales del don y contra-don que tanto había estudiado la antropología. Pero en este contexto, ya nada tenía sentido. José Luís ya no guardaba ningún vínculo familiar y sus amistades habían desaparecido con el precipitado despegue del mundo universitario. Después de una carrera, un máster y varios cursos, se había convertido en una de las personas más amargadas de la ciudad; estaba al borde de la ruina económica y aunque podía acceder a ciertos trabajos de baja cualificación, la desesperación le desbordaba con cada uno de los jefes ineptos con los que se encontraba, todos ellos sin titulación, pero con apellidos deslumbrantes. Alrededor de su persona, parecía florecer una nueva generación de jóvenes emprendedores, obsesionados con los viajes, los tintes para el pelo y los trabajos poco convencionales. La nueva etapa de virtualización y materialismo desbocado habían sepultado los anhelos de José Luís en un lugar que algunos teóricos denominaban sótano de hormigón.

En eso consistían sus sueños, en la simple y llana oscuridad. Hacía años que sus viajes oníricos eran cada vez más escasos y con el tiempo el color también había huido de su inconsciencia. De noche sudaba la cama y exclamaba con agónicos gritos de terror las pocas horas dormidas. De día, se pasaba los tiempos libres errático, medio somnoliento, insultando y amenazando de muerte a todo el que se cruzara por aquel mundo virtual llamado internet. Hacia años, él era un estudiante modelo, un futuro sociólogo con grandes conocimientos que trascendían los manuales de la carrera y estanterías llenas de libros de Lévi-Strauss, Althusser, Michelet, Foucault, Zizek, Lukács, Habermas, Adorno y Chomsky entre otros. Ahora la oscuridad se había apoderado de todo, la música había desaparecido de su vida y la única luz en su casa era la del monitor, la cual dejaba entrever el acumulado polvo sobre los libros descuidados de su pasado. Ya nada tenía sentido en aquel infierno sin normas, sin posibilidad de cambio, sin camino hacia la superficie.

II

Mientras, su interior se había convertido en un paradigma reichiano, con los intestinos inflamados, llenos de bilis negra y una fuerte coraza muscular que trataba de protegerlo de una inminente combustión espontánea. En su sótano de hormigón, se marchitaba entregándose a la voluntad del mal, en ese mundo abismal, simbólico, horrendo, que iba engullendo y atrapando a cada vez más adultos incapaces de adaptarse al infierno de la vida. Sólo una cosa cambió en aquella ocasión, algo escapó de su maltrecha consciencia y del halo de resentimiento que le carcomía, quizá animado por aquella fecha especial que había tratado de ocultarse. Sin saber muy bien dónde dirigirse, subió al coche que había heredado de su padre y marchó por las calles anochecidas de la capital, lentamente, calmado por las extrañas vibraciones de aquella antigualla. Al llegar a un paso de cebra, la luz roja del semáforo le alumbró el rostro. Aquella luz, peligrosa, cargada de un vestigial rastro de odio, debió activar algo en su interior, algo oscuro y reprimido durante años. Sus ojos se encendieron con un desconcertante furor y el pedal de aceleración quedó aprisionado bajo sus pies de plomo. No vio muy bien quién era la víctima, pero recuerda de aquel momento fugaz un fuerte golpe en el capó y un rostro juvenil de pelo azul marcado por el miedo y el dolor. No hizo nada, sólo aceleró y se perdió en aquellas calles como si nada hubiera ocurrido. No era dueño de sí mismo, cambiaba las marchas y la dirección del volante como si estuviese poseído por un alma ajena. Cuando volvió a casa aparcó el coche y lo revisó. No había ni un solo rasguño. Más tarde se durmió temblando por un miedo que hacía años que no sentía. Sabía que iría a la cárcel, que moriría entre las rejas frías de una celda gris y eso le aterraba sobremanera.

Esa noche, sin embargo y a pesar de toda la agitación, no soñó. Cuando despertó, estaba sudado y sus manos manchadas de sangre. Pero no una sangre reciente, sino de una suciedad medio seca, como si su piel se hubiese cubierto de una sustancia delatora, mitad real, mitad imaginaria. Durante el día escuchó las noticias, la policía buscaba a un conductor en fuga; decían que la víctima no había sido escogida al azar y que podía tratarse de una venganza. No obstante, no mencionaron nada más de la víctima. Ni siquiera dijeron si seguía con vida. Todo era muy extraño, como si las noticias trataran de ocultar información, sabedoras de la expectante inquietud del conductor. La somnolencia se apoderó de su alma y cuando volvió a entreabrir los ojos, estaba de nuevo, sentado en el coche de su fallecido padre y solo, en medio de un gran descampado a las afueras de la ciudad. La vieja radio estaba en marcha, reproduciendo con un volumen moderado un viejo cassette de Tino Casal. El cristal estaba medio roto y había salpicaduras de sangre hasta en el techo. Trató de lavar las pruebas, pero cada vez que pasaba el paño, esparcía la suciedad y engrandecía la evidencia de sus crueles actos. Tras un duro trabajo y después de lavar levemente el coche con algunas botellas de agua, lo puso en marcha y volvió a la ciudad. Cuando entró, la conductancia de su piel estalló en nervios de acero. El resplandor de aquellas luces brillantes le poseía como si todo su ser sólo fuera una máquina inerte y respondiente al entorno. Al volver a casa, se encontró de frente con un coche policial, en mitad de un cruce de difícil maniobrabilidad. Los policías se quedaron mirando su vehículo, todavía húmedo por el lavado nocturno y parte del cristal frontal estriado. José Luís paró en seco y se quedó a merced del destino. Sin embargo, los policías avanzaron por el cruce y giraron hacia su derecha, como si no hubiesen visto realmente su vehículo. Todo era muy extraño, demasiado para ser realidad, pero las noticias del día siguiente revelaban el oscuro secreto. Un conductor asesino andaba suelto por la ciudad. Era ya un asesino en serie y nadie parecía haber visto nada.

III

Desde entonces, pasaba las tardes sentado, mirando la tele apagada y esperando que la oscuridad despertara su vileza. Tenía unos guantes de conducción puestos y unas grandes gafas de sol redondas. No quería ser identificado fácilmente pero también temía aquella primera luz rojiza, aquella energía anómala que le hacía perder el control. Con gran talento parecía circular por las calles de Madrid, atento a cada despiste, a cada alma en pena. Quería que todos quedaran como él, muertos. Durante semanas ocurrieron varios atropellos, siempre sin testigos, con un supuesto coche que parecía haber salido de la nada. Algunos decían que el vehículo era verde, otros que era rojo o quizá marrón. Acertaban a veces, pero nunca con conocimiento real del objeto. José Luís estaba ya atado a ese mundo extraño, vaporoso y cruel, convertido en un devorador de vidas, en un héroe desalmado condenado a vagar sin rumbo, esperando a encontrar la fuente de su tremendo odio visceral. Conducía atrapado en el asfalto, sin vida, esperando el día en que pudiera encontrarse a sí mismo en mitad de aquellas calles nocturnas, mirarse de frente y acelerar sin piedad hasta atropellar su propia persona. Pasaron los años, pero nadie supo nunca más de José Luís; los crímenes simplemente cesaron tras tres años de largas investigaciones y cientos de muertes sin resolver. Un día simplemente José Luís vio una oscuridad tremenda que lo rodeaba todo y que en poco tiempo había devorado la ciudad. Las luces de los faros no podían ni siquiera reflejar el pavimento y su propio cuerpo había dejado de tener luz. Al poco rato, se metió dentro del coche y arrancó. Conduciendo en medio de la oscuridad se dio cuenta de que no había nada, ya no quedaba nadie vivo en su mundo.

martes, 23 de mayo de 2017

El Arquiteuta


I

Hace ya algunos años, en proximidad con nuestra realidad más inmediata, ocurrieron una suerte de fenómenos catastróficos cuya autoría quedó en el más oportuno olvido. Las revueltas ocasionadas y el malestar generalizado de la ciudadanía fueron hábilmente transducidas en el sentido humanitario. La solidaridad entre las personas logró que parte de la sociedad restableciera su nivel de vida, pero nadie, salvo rara excepción, aprendió una lección de toda aquella historia, pues todos desconocían quien era Emilio Santana, uno de los mayores sinvergüenzas de nuestra época. Y como él, otros le siguieron en el futuro, protegidos por el silencio de los grandes hombres y el miedo o la ignorancia de los ciudadanos de a pie.

Emilio Santana nació en algún lugar de las tierras de Aragón, aunque algunos lo sitúan en la costa atlántica. Tuvo una infancia normal; al igual que sus hermanos, nació y se desarrolló con aparente normalidad. Jugaba con los demás niños, hacía los deberes y obedecía a sus padres. No había en el algún rasgo o temperamento que delatara algún tipo de alteración o trastorno, más bien parecía una persona del montón. Era una persona normal, pero demasiado normal, tan normal que eso representó el inicio de una fuerte patología en nuestro pequeño truhan. Cuando acudía a clase los tutores no sabían qué decir a sus padres; no se portaba del todo bien, pero tampoco mal. No era ni de lejos el más listo de la clase, pero tampoco presentaba problemas en el aprendizaje, simplemente aprobaba todo por los pelos. Y esta aparente indefinición representó para nuestro pequeño bribón el inicio de una larga patología, pues su realidad chocaba con las fantasías de superioridad y distinción que le empezaban a poseer. Así pues, nadie percibió el desborde de sus fantasías narcisistas y los intentos aciagos de destacar en algo. Los profesores y sus padres simplemente lo ignoraron hasta la edad adulta.

Su patología, desconocida en aquel momento, se conoció más tarde como trastorno hiperadaptativo mayor. La ausencia total de diagnóstico empeoró su curso hasta volverlo inmune a cualquier tipo de tratamiento, su mente había llegado por azar o través de algún mecanismo anímico-inconsciente, a alcanzar una idea pura, algo que algunos filósofos denominan idea a priori. Y ésta era una idea tan pura y firme, que ninguna terapia cognitiva o discusión filosófica podía arrebatársela. Esa coronación llegó el día en que Emilio estaba contemplando el cielo, era una tarde apacible y la nube cumulonimbus que oteaba el horizonte le proporcionó la impresión de que sobre su superficie afloraban edificios y murallas propias de la ciudad de Dios. Fue en ese preciso instante cuando comprendió una cosa muy profunda y cierta: que no quería trabajar ni estudiar en toda su vida. Sin desarrollar la metafísica ni la introspección había llegado a descubrir, al igual de Lacan, que Freud estaba equivocado. El principio del placer no era la obtención de alguna gratificación o la evitación de dolor, sino el principio mismo de no hacer nada, de hacer lo menos posible.

Así pues, nuestro joven gandul creció y terminó los estudios cuando el estado ya le permitió dejarlos, a los dieciséis años. No hizo falta que sus padres esperaran dos años más para llamar a la policía ni que le hicieran la maleta. Él mismo volvió de la escuela con el certificado de estudios básicos y se marchó de casa sin despedirse. Aquel título regalado, equiparable al certificado de la primera comunión, sería el único trofeo verdadero que tendría en su vida, aunque ostentaría una docena de títulos más de igual o peor calibre. Sus padres no se extrañaron; más bien quedaron aliviados al saber que la persona más vaga del mundo se había marchado de su hogar. Se dice que por aquel entonces se le podía ver por las estaciones de autobuses y trenes, vagando de ciudad en ciudad, cometiendo una y mil fechorías. No tenía grandes capacidades analíticas, pero el don de robar le venía de fábrica. Habría hecho fortuna como ladrón o estafador si no fuera porque era tan vago que buscaba el dinero fácil allá donde lo hubiere. Muy pronto se ganó el sobrenombre de Francisco Jeta, pues se cambió el nombre durante una temporada. Pero tarde o temprano, al igual que el bachiller Trapaza, tuvo que cambiar de tácticas y mudarse de ciudad para no ser reconocido. Algunas personas lo reconocieron de pueblos cercanos e incluso algún que otro cliente estafado se volvió a topar con él. A veces hacía de vendedor ambulante y otras de falso comprobador de la empresa de gas. Pese a sus contratiempos y desavenencias, nunca lo cogieron ni recibió su merecido. Siempre se mudaba a tiempo y su cara excesivamente normal hacía que no dejara rasgos fácilmente recordables.

Algo extraño sucedía cada vez que abandonaba una ciudad. La gente lo olvidaba. A los pocos días de que él abandonara una ciudad, ésta lo olvidaba para siempre, hiciera lo que hiciera y dejase lo que dejase en ella. Eso sí, su rostro parecía ir envejeciendo con los años, pero no fue a partir de los últimos años cuando él empezó a notar que aquella vida de jetismo ilustrado no siempre le iba a ir bien. Estando en algún tren perdido de la Mancha, vio su rostro reflejado en el cristal. Su incipiente barba descuidada, sus ojos pequeños y psicopáticos, su larga mandíbula de oral-satisfecho… todo parecía igual que siempre, pero había una nueva necesidad. Sentía que había llegado el momento de hacer algo grande. Sentía que esa vida que llevaba, llena de miseria y planes a medias, era en realidad una tapadera, un mecanismo o una barrera creada por su propio inconsciente para no dejarle ver quién era realmente. Él no era Emilio Santana, el pillastre, el pájaro… él era Emilio Santana, el Fucking King de España.

II

Cuando llegó a Valencia, bajó de la estación de tren y caminó atraído por aquella ciudad encantada. La ciudad era una meca para todo tipo de sectario, estafador o magufo. Allí los sabios recorrían las calles buscando trabajos temporales mientras los más reconocidos caraduras ocupaban altos cargos. Corrían horripilantes rumores sobre fieros chamanes urbanos y algunos que otros goetas y salisatores tenían sus despachos en los centros universitarios más destacados. Animado por el espíritu burbujístico y la creciente demanda de edificios vacíos, nuestro hombre se sintió en su salsa y probó suerte en la construcción. Pronto averiguó, ante la falta de liquidez para convertirse en constructor, que la única manera de entrar en el negocio era siendo arquitecto. Entonces se sentía tan preparado que marchó a la universidad para sacarse la titulación. Pensaba que esa misma tarde podría disponer del título si se daba prisa y los profesores notaban su sofisticado don. Pero no fue así, la secretaria lo envió de un lado a otro y después de muchos quebraderos de cabeza y días enteros de formularios, se vio sentado en un pupitre, preparando el acceso a la universidad. Estaba tan lleno de energía que sus conocimientos en sumas y multiplicaciones no le sirvieron para resolver aquellas integrales de bachiller. Todo le sonaba a chino y no parecía entender el cero en el examen. Ni siquiera había aprobado el test de lengua y eso que tenía palique y salero para dar y tomar.

Ese día, enfermó como un demonio y largas fiebres le dejaron catapultado en un extraño de semisonambulismo callejero. Su cuerpo no podía aceptar la injusticia con la que había sido juzgado. Aquella negativa de la universidad era para él, un puñetazo en todo el hígado. Únicamente uno de aquellos delirios de grandeza podía sacarle de aquel azote de realidad. Su cerebro maniobró en consecuencia y su sangre se alteró hasta bullir por los ojos. No hizo falta azúcar valenciano para llevarlo a la realidad que él experimentaba diariamente. En ese sentir de transformación, en esa transición de renovación mística, los ojos de Emilio brillaron como señal de fluidez. Había ideado un nuevo plan. Pronto lo vieron aparecer en las obras, vestido con un traje azul y el pelo artísticamente reorganizado. Se presentaba a todos con una tarjeta. Era Emilio Santana, arquiteuta. Al principio sus trucos no funcionaban, pero muchos constructores, después de su larga insistencia, se dejaron embaucar por sus novedosas ideas. Sus márgenes de beneficios eran impensables y hasta la fecha, ningún caradura los había siquiera igualado. Pronto lo trataron de a usted y lo invitaron a cenas y reuniones. A las pocas semanas ya tenía un gabinete propio y todo el mundo empezaba a conocer al arquiteuta.

Cuando le preguntaban sobre su titulación, realizaba numerosas parábolas y aspavientos hasta desviar el tema con preguntas retóricas y frases sinsentido. No quería dejar claro que era arquitecto, pero tampoco lo negaba cuando el otro lo asumía. Ante el problema de la titulación, él siempre decía que la titulitis estaba empeorando este país, que él era un arquitecto de la calle, un arquitecto de la vida. No necesitaba más que su intuición y sus habilidades personales para construir lo que quisiera. Así pues, pronto empezó a salir en la tele, a ofrecer charlas e incluso consiguió el beneplácito de la universidad, al regular la formación de los arquiteutas. Los propios arquitectos callaron y su silencio le hizo más fuerte. Nuestro sinvergüenza, en menos de dos meses, ya estaba dando cursos y conferencias. Su trabajo seguía prosperando. Al principio copiaba y pegaba los mismos planos una y otra vez, planos procedentes de obras ya realizadas y firmados originalmente por arquitectos de gran reputación. Luego empezó a realizar pequeños cambios, a cambiar el orden de las paredes e incluso el tamaño de los pilares y puntos de apoyo. Ahorrar en material era una necesidad innata en él, pero también quería innovarse, darse a conocer como un artista. Emilio Santana no sólo era arquitecto, era también un artista incomprendido, un saltimbanqui de la filosofía continental, un yogi de la ciencia experimental. Pronto no sólo realizaba planos de edificios y jardines, sino que escribía artículos sobre la materia oscura y ensayos donde defendía que el general Washington y Aristóteles eran la misma persona.

III

El desastre empezó con el primer edificio caído. Los planos indicaban que el error estaba en el diseño. No obstante, él sólo se colocaba de lado, con una capa roja y anunciando con mirada furiosa palabras sacadas de la biblia. Los jueces enviaban a todos a la cárcel, constructores, jefes de obra y técnicos, antes que a él. Su potestad era tan contagiosa que todo el mundo lo reverenciaba con una ceguera digna de análisis. Fueron quince los edificios y varios centenares de familias las que se truncaron debajo de los escombros que él iba dejando. Mientras, su cuenta bancaria no paraba de crecer y su cara se volvía de una tenacidad indescriptible. Se decía que ni siquiera una almádena medieval podía partirle la cara. La extraña admiración que seguía teniendo nuestro rapaz amigo vino acompañada de una evolución última en su patología. No obstante, antes de aquel extraño desenlace se tornara leyenda, un contratiempo le sobrevivo. Tuvo las pocas luces de pasear cerca de uno de sus edificios en el momento de su caída. No perdió la vida, pero una piedra de los escombros le golpeó la cabeza con una potencia magnífica. La poca corteza prefrontal que tenía quedó totalmente diezmada por aquel garrotazo divino. Su cerebro había quedado convertido en un pan bimbo inflado con las más estultas visiones. Eso le permitió ser considerado mártir y patrón en vida de la arquitectura y en gobernador general de la ciudad de manera perpetua.

En ese estado alterado, su espíritu más puro, su genio más descarado salió a la luz. Nada lo podía ya retener. Nadie sabe qué tipo de pensamientos ocurrieron por su mente, pero Emilio Santana quedó alterado para siempre. A los pocos días apareció ataviado con una larga toga y como una especie de Heliogabalo, empezó a hablar de una realidad distinta. Su marcada barba de modernillo quedó convertido en una larga barba blanca de flipado y unas gafas de sol de marca ocultaban dos ojos enrojecidos por la altura que había alcanzado su espíritu. Su glándula pineal en aquellos momentos había estallado incapaz de albergar un alma tan grande y grandilocuente. Pronto empezó a realizar extraños diseños, animado por visiones lejanas y los escupitajos que daba sobre la pared, vociferando al afirmar que se trataba de arte moderno. Cuando terminó, empezó a reír con una malignidad que empezaba a competir con su fama de santo respetable. La ciudad pronto se llenó de obras y los arquitectos que veían los planos se echaban las manos a la cabeza. Nadie decía nada, pues la voluntad máxima era incuestionable y el poder ejecutivo fulminaría a cualquiera que abriese la boca. El arquiteuta estaba por encima de todo y ahora su obra final se debía cumplir. Cada vez que alguien tiraba de la cadena, las calles se empezaban a empapar y pronto la mierda corría junto a los pies de las personas. Los desagües habían sido tapiados y las cañerías desviadas hacia la calle. Ésta empezaba a llenarse con los excrementos de sus propios ciudadanos y aunque en internet todo el mundo gritaba con mayúsculas, nadie se atrevía a protestar en la calle ni a realizar ningún cambio. Emilio conocía muy bien la vagancia, sabía muy bien cuál era el principio de placer. Se sentí un genio que pronto vería su obra culminada. Las calles de Valencia empezaron pronto a quedar inundadas de mierda, era una Fecal Venice. Todos protestaban y gritaban aterrorizados desde sus casas, incapaces de mantener más de dos minutos la cabeza fuera de las ventanas, pero pronto corrían al baño y volvían a utilizar el inodoro con tal frustración que pronto las heces se volvieron más virulentas. En una semana, las casas empezaron a caerse y algunas fachadas se deshicieron por el contacto con aquel pútrido viento. Muchos vecinos murieron ahogados en aquel mar de mierda, construido sólo y exclusivamente por ellos, ya que Emilio Santana, el arquiteuta, el aborrecible y miserable, no tenía más poder que el que los demás le habían otorgado.

IV

La ciudad finalmente se había vuelto explícita. El inconsciente colectivo desbordaba las aceras y mostraba el verdadero néctar de la vida, aquello que las normas sociales habían sepultado bajo mares de hormigón y plástico. Mientras unos despertaban de su letargo, embrutecidos por la marea de realidad en la que se había convertido Valencia, otros seguían adorando al arquiteuta y le daban las gracias por los bienes recibidos. Aquellos rezos y oraciones catapultaron el ego de Emilio, quien pronto hizo magia y se subió a los lomos de una nube blanca, para marcharse levitando lentamente hacia el mar, hacia el mismo mar que había sido sobrevolado por el Papa Luna y que siglos atrás había embrujado a Roís de Corella y Joanot Martorell. Sus risas seguían sonando en todo el horizonte, mientras la ciudad se hundía y estallaba como un polvorín. No hizo falta que la ciudad lo olvidara pues nada quedó de ella a los dos días. Convertido en Simón el Mago, nuestro viejo amigo sobrevoló el cielo, hinchado por la ignorancia ajena y deseoso de drenar otros lares.