domingo, 9 de abril de 2017

Waldeinsamkeit

Del Vinilo Elegy for rusted souls (Factrix & Control Unit)

Aquella noche una parte de mí se despertó. Lo sentí en mi interior, en todo mi ser y aunque no volví a tener la misma experiencia exactamente, mi concepción de mundo cambió para siempre. Había sido un verano muy cálido y los incendios habían dejado su huella cerca de donde vivía por aquel entonces, en medio del campo y rodeado de un espeso bosque de pinos. Era extraño pasear en aquel mundo de contrastes. Siempre había asociado el verano a la libertad y al descanso, a la ausencia de la mala educación del instituto y sin embargo en mi casa sólo había lugar para el enfado y el hastío, cosa poco habitual en aquellas fechas. El terrible incendio había consumido una parte de los terrenos de mi familia y mi padre estaba tan enfadado que acompañaba todos sus jadeos con un fuerte golpe en la mesa. Yo no podía entender por qué no trataba de reparar el daño causado en lugar de hacernos sentir culpables a todos. En aquella época comprendía perfectamente la frustración y no es que no sintiera pena por el trabajo de mi padre, pero me era muy fácil pensar las respuestas a preguntas que no provocaban daño emocional. El seguro iba a pagar los desperfectos, pero había algo más en aquel bosque que no comprendía.

Cuando salía a pasear, me olvidaba del ambiente de pesimismo, pero de alguna manera lo arrastraba por dentro; con cada patada al suelo o cada rama arrancada, cercenaba una bondad latente. Los animales evitaban mi presencia, al igual que la de cualquier hombre. Era curioso comprobar como aun siendo realmente primates, los demás animales no nos reconocían como tales; sólo los animales terribles o gravemente enfermos se dejaban ver por aquellos páramos desoladores. De vez en cuando sorprendía al horizonte la aparición de algún jabalí o la desesperada búsqueda de una serpiente hambrienta. Del bosque abierto pasé a la parte quemada. Era extraño ver como dos realidades tan distintas se abrazaban en silencio, como si una mitad de bosque quisiera curar a la otra, como si los árboles chamuscados lucharan después de muertos por seguir en pie y demostrar que siguen formando parte del bosque. En aquella naturaleza, ausente de vegetación y cubierta por las cenizas, vi reflejada una parte de mí que se había marchitado. Es esa parte que quizá todos habían visto pero no habían querido asumir. Por eso todo el mundo estaba tan triste por el bosque.

Aquel complejo mundo de formas y colores así me lo mostraba. Era un animal durmiente, vasto e inmortal que crecía y moría hasta la infinitud. Con su propio lenguaje me enseñaba la miseria que suponía ser humano. Vi aquellos árboles agrietados, carbonizados, me miraban como figuras traumatizadas por mi destino, aterrorizados por la mortalidad del alma humana. Poco a poco atardecía y el sol dejaba de estar presente. Las sombras sustituyeron el manto de ceniza y los vientos aullantes empezaron a parecer mensajes sacados de otro mundo; hablaban entre ellos, susurrantes, tristes, desgraciadamente eternos, pero potencialmente optimistas con su destino. A veces respiraban felices y aullaban levemente las canciones que les contaron los primeros dioses y otras, sin embargo, chirriaban agrietados como si quisieran despertar y caminar libres por el mundo. Aquellas canciones eran viejas profecías que sólo los árboles conocen y que ningún hombre ha sido capaz de descifrar por su falta de paciencia y la crueldad del tiempo que pronto los hace envejecer y morir. Pronto, un relámpago iluminó el firmamento y suavizó las terribles formas de las nubes negras del norte. Los matorrales inciertos se iluminaron con pequeñas luces rojizas, recordando la fatalidad de su sacrificio. Decidí entonces, ya en creciente oscuridad, abandonar aquel lugar y refugiarme en casa. El camino se mostraba ambiguo y ciertos ruidos me avisaban de la presencia de animales cercanos. Pronto un conejo deambuló saltando sobre la ceniza y por poco se libró de chocar contra mis pies. Pensé entonces si era verdad esa leyenda que dice que los conejos esconden los huevos huérfanos en las cenizas después del incendio para que eclosionen del calor latente de sus entrañas.

Después de aquella reflexión, dejé de escuchar el oleaje de las ramas y brincos de animales inquietos y me dejé guiar por la explanada que me indicaba que ya estaba casi fuera de la parte quemada. En medio de aquella sentida quietud, un rayo estalló a pocos metros de mi presencia y partió un árbol en dos. Tan fuerte fue el estruendo que todo mi cuerpo se paralizó como si aquel tronco inerte fuera mi propio cuerpo visto desde fuera. Trueno y relámpagos cayeron a la vez, iluminaron el espacio e imbuyó con su mágico despertar un mensaje grabado a grito de furia y certeza. Era un mensaje escrito para un monte que sueña, para un bosque que escucha y quizá también para un hombre que observa. No puedo describir con total precisión todo lo que vi en aquellos tres segundos, pero mi mente, que acostumbra a estar repartida en varios procesos incongruentes y acelerados, quedó concentrada en la existencia exclusiva de aquel fenómeno. Viví esos segundos como si fuesen eternos. Vi descender el rayo, formado por algo más que luz y descarga; era como si un ser habitara en aquella maraña de incertidumbre, me miraba con ojos electrizantes, con la sorpresa de un hombre que ve una especie nueva. Finalmente cayó sobre el árbol y lo partió en dos, penetrando indiferente en cada poro de su estructura, como si fuera conocedor de su huésped. Y luego salió despedido, transformado, como si se hubiera llevado el alma de aquel árbol de vuelta a un mundo muy lejano. Me escudriñaba desde su misterio, sabedor de mi capacidad innata para recibirlo en mi mirada. El rayo se volvía a formar y en esa milésima de segundo ascendía de nuevo al cielo, siguiendo la estela que él mismo había dejado y uniéndose a toda una serie de relámpagos inacabados que hebraban la realidad más elevada. Era un camino fugaz y que muy pocas cámaras son capaces de captar hoy en día, pero yo lo vi desde mis ojos como si todo aquello pasara a cámara lenta. Era como si todo el bosque enmudeciera y los árboles dejaran de respirar ese mismo segundo para ensalzar el retorno de una parte de su ser al misterio más profundo.

Aquella noche descubrí uno de los aspectos más extraños de la naturaleza divina, aquella que se esconde detrás de las partículas más finitas que constituyen el tiempo. Fue una experiencia que despertó en mí muchas dudas, pero ninguna certeza. Esa noche, castigado por mi tardanza, no dejé de mirar el cielo nocturno y enfurecido por el fin del verano. Me preguntaba si algún día mí alma o lo que quedara de mí, realizara ese mismo recorrido y se reencontrara con aquel ser que me dio esperanzas.

sábado, 18 de febrero de 2017

Genio Maligno


Bajo el reino de la diosa Arinna, una mujer dio a luz a un ser diferente, raro en apariencia. Era material, pero invisible; se manifestaba bajo las propiedades del peso y del espacio-tiempo, pero aquel pequeño individuo era liviano como el aire, volátil como una nube de bruma azul y su cuerpo-alma parecía estar ungido por la eternidad. Tradicionalmente, aquellos seres nacían alimentados por alguna de las lunas invisibles del otro mundo, quizá imbuidos por una extraña magia o la voluntad de algún ser de incalculable poder. No obstante, muchos solían ser abandonados en los arrecifes más violentos por sus madres después del parto, temiendo que la sociedad los rechazase o que su naturaleza no fuera benévola. Casi todos ellos volvían al cielo donde pertenecían y se mezclaban con el viento, hogar que convirtieron en su reino. Las variadas corrientes del mar y los vendavales eran la prueba viviente de su existencia. A pesar del feliz desenlace de algunas de estas criaturas, algunos hombres malvados, motivados por sus ansias de riqueza y poderr, encerraban a estos seres en viejas lámparas y los arrojaban al mar. Nunca se conoció a la perfección su método, pero para ello utilizaban materiales preciosos y fuelles con los que meter a las pequeñas criaturas en sus prisiones doradas. Los atraían con espejos y gemas preciosas. Cuando estos seres traslúcidos veían aquellas luces paraban de danzar sobre el aire y se quedaban frente al espejo, pensando que su cuerpo estaba formado de piedras preciosas y luces de colores. En ese estado de asombro y aparente felicidad, los mercaderes de almas se acercaban por detrás y los absorbían con los fuelles, metiéndolos después en las famosas lámparas. Después de grabar en éstas sus sellos secretos y encantarlos con sus miserables salmos, los arrojaban al mar, en lugares propicios que sólo ellos conocían y que previamente habían marcado en sus mapas.

Todos permanecían en el interior de aquellas pequeñas cárceles, atrapados y condensados en pequeños reflejos de luces doradas, congelados en el tiempo y sumergidos en la soledad más pura. Con el tiempo, la desesperación y el miedo transformaban sus almas y desataban en aquellas criaturas los poderes más grandiosos que ningún mortal ha podido alcanzar. Algunas se volvían excesivamente poderosas y otras no tanto, pero todas se doblegaban ante sus salvadores por el temor a aquel abismo de silencio y oscuridad. Los sellos garantizaban que aquellas criaturas no se escaparan, pero también lo hacía la intuición, pues todos estos seres nacían con el miedo a perderse y diluirse en un océano de aguas turbias. Cuando más tiempo pasaban aquellas lámparas en el fondo del mar, su interior se volvía más poderoso, pero también la inestabilidad de su poder y la posibilidad de que la criatura de su interior enloqueciera provocando desastres tras su liberación. Los mercaderes de almas conocían todos estos secretos y por ello volvían en los momentos precisos para rescatar las urnas repletas de lámparas y venderlas más adelante a través de toda una serie de rutas comerciales y relaciones diplomáticas con las grandes jefaturas. Ninguna lámpara había estado más de cuatrocientos años en el fondo del mar. En uno de sus viajes de recuperación, los mercaderes lograron encontrar con las cuerdas y los anclajes las urnas de sus cultivos de manera rápida y efectiva. No obstante, la fuerza del oleaje hizo que alguna de aquellas urnas, que no había sido tapiada correctamente, se inclinara demasiado y dejara escapar una de las lámparas. Al sacar del mar la urna y colocarla sobre la barcaza, los mercaderes juntaron las lámparas y sin contarlas, se marcharon hacia los lugares marcados, dejando en el fondo de aquel abismo, una lámpara sin dueño.

Los secretos de los mercaderes se perdieron con el tiempo y decenas de grandes imperios fueron borrados de la faz de la tierra. Todo el mundo olvidó el secreto de las lámparas mágicas y sólo la tradición oral, acompañada a veces de la religión, transformó aquellas criaturas en efrit, yinn o genios. Y así pasaron los siglos, sumergido en la soledad más profunda, en el aislamiento anímico más corrosivo. Durante los primeros años, el genio suplicó en silencio su liberación y gritaba en sueños palabras de libertad y esperanza. Sus poderes se desataron y pronto se prometía a si mismo que concedería un deseo a la primera criatura que lo liberase e incluso que le serviría durante un tiempo para devolverle todo el bien que le había hecho. Pasaron las décadas y mientras todas las lámparas ya habían sido vendidas, él permanecía allí, en silencio, sumergido en sus súplicas y añoranzas. Con el poder totalmente desatado, prometía ahora tres deseos y una bendición que sólo criaturas de semejante poder podían otorgar. No obstante, el olvido sepultó aquel mar de incógnitas y corrompió su principal destino. Pasaron las décadas y luego los siglos sin que nadie apareciera. El genio seguía en su interior, ignorante del día y la noche, pero plenamente consciente del tiempo. Cada segundo era una gota emponzoñada que caía sobre su alma. Pronto empezó a gritar enfurecido que arrasaría a aquel humano que lo liberase y al mismo tiempo prometía que le daría todo lo que pidiese. Luego volvía a vociferar palabras de castigo y tortura para su liberador. Quería beneficiar a los humanos, pero el odio hacia ellos, por no acudir en su ayuda, lo llevaba hacia posturas contrarias. Así pasaron los siglos y luego los milenios, cambiaba de opinión con cada siglo, tratando de visualizar todas las posibles opciones que le permitieran ser libre. Finalmente, la locura invadió la mente de aquella alma encarcelada y la desquició hacia las fronteras más siniestras que algunos llamaban la vil sabiduría. Mientras, su poder no paraba de crecer y alcanzó la cima más alta que ninguno de los de su especie pudo haber alcanzado. El sello de su superficie iba perdiendo color y la lámpara se oxidaba mecida por las corrientes marinas y el salitre. El extraño halo de malignidad que despedía su interior hacía que bancos de peces huyeran de su presencia e incluso los cangrejos no se atrevían a pasar por aquel lecho marino. Con cada pensamiento, la corriente se volvía turbia y la conducta de los animales cambiaba hasta el punto que muchos peces de la misma especie empezaron a devorarse unos a otros.

Un año, milagrosamente, después de que todos los ecosistemas sufrieran transformaciones y la propia historia de la humanidad cambiara de rumbo, un submarinista anónimo encontró aquel objeto mágico en el fondo del mar. Fue la ausencia total de vegetación y de peces la que hizo que le llamara la atención aquel espacio tan concreto. La lámpara permanecía allí, reclinada sobre el fondo del mar, como si hubiese sido depositada en el mismo instante en que él fijo su mirada. Cuando la cogió, sintió un escalofrío y una corriente de aire helado empezó rodearlo como si todo aquel objeto, de palmo a palmo, estuviese maldito. Al salir a la superficie, se subió a la embarcación y empezó a examinar aquel aparato sin quitarse el equipo de buceo. Parecía de oro, pero su superficie estaba muy lastimada; lo que sí parecía factible es que aquello valiera una fortuna. En su inspección, frotó sin querer la superficie de la lámpara y el sello dibujado se borró. Pronto un silbido metálico y unas chispas emergieron del cacharro. El humano soltó la lámpara de su mano y se apartó, tratando de quitarse el traje que le impedía ver lo que estaba pasando. Un humo amarillento empezó a envolver la barca del submarinista y pronto el aire se llenó con una pestilencia insana, como si cientos de ballenas muertas anidaran en su interior. Una explosión hizo que la lámpara quedara ennegrecida y que de ella saliera un ser fluido, rojizo como un mar de lava y oscuro como las historias bíblicas que hablaban de infiernos y demonios alados. Éste no tenía alas, pero se erguía victorioso sobre el cielo hasta casi alcanzar las nubes. Parecía medir varios kilómetros de altura. Su rostro era diabólico y de él emanaban fuertes chispas de fuego y relámpagos. Sus ojos eran dos esferas relucientes de color azul, como si éste fuera el único color que revelasen su primera naturaleza. Con su sonrisa malévola y su rostro cincelado por la locura, absorbió varias nubes y exhaló mares de fuego que quemaron todos los pájaros que se atrevieran a volar a su alrededor. El genio, pronto miró hacia abajo y vio aquel insignificante ser. Ya no recordaba nada, ni quien era, ni dónde había estado ni donde debía ir. Sólo reconocía en su interior unas frases que emergieron de su boca sin medir palabra.

En la mente del submarinista se formaron varias frases inconexas, que, bajo una especie de telepatía, aparecieron en forma de imágenes y significados. Comprendió que el genio le iba a ofrecer todos los deseos que él quisiera. Entonces la luz acudió a su mirada y su semblante cambió del miedo al júbilo. Era un genio como el de las leyendas y todos sus sueños se harían realidad. Pronto acudieron a su mente imágenes de riqueza, fama, salud, inmortalidad, poderes… lo quería todo, incluyendo amar y ser amado, ser temido, pero también respetado, poseer el poder de la inmortalidad, pero a la vez el poder de detener su vida cuando quisiera. Durante minutos enteros trasladó a la mente de aquel ser omnipotente todo lo que le había garantizado. El genio sonreía de una manera malévola y hacía remover el mar con cada una de sus risotadas. Las luces rojas que emanaban de sus pies flotaban sobre la superficie del mar y hacían bullir aquel mar con un calor que parecía sacado del propio infierno. Cuando terminó de desfilar todas las imágenes posibles y hechos, incluyendo la felicidad y el bienestar de todo lo que puede desear un hombre para él y los que le rodean, el genio cruzó sus brazos y sonrío complacido. Le comunicó con su extraño poder que a partir de ahora no envejecería y que permanecería vivo seis milenios, pues no podía darle más vida de la que él había estado encerrado. No obstante, le dijo, entre sonrisas de fuego y relámpagos, que le concedería todos y cada uno de los deseos. Ninguno de éstos se haría realidad, pero él los desearía con toda su alma el resto de su vida, siendo el más infeliz del mundo hasta que no se cumplieran todos y cada uno de los deseos que había soñado.

El rostro del submarinista cambió del asombro al terror. El genio dejó de cruzar sus brazos y emitió un ruido tan vestigial de odio que todos los mares se agitaron con miedo. Acto seguido movió con su magia la lámpara ennegrecida y la tiró al mar, arrastrándose con ella hacia el abismo materno que le había convertido en lo que era. El mar se volvió rojizo y más tarde verde, como si toda su superficie se hubiera convertido en ácido. Miles y miles de peces y seres marinos flotaron muertos en aquel mar corrupto. El cielo se oscureció un poco y el viento paró durante las siguientes horas como luto ante la muerte y autodestrucción del último de los genios.

miércoles, 8 de febrero de 2017

Verduros


Los disparos anunciaron el trágico desenlace de la batalla. El ejército principal del duque de Rochester había sido derrotado en el campo de batalla. No había sido una victoria pírrica, sino más bien una carnicería. Las tropas malignas no sólo habían conseguido romper la línea defensiva principal y aislar una parte del ejército de la línea de mando, sino que además provocaron la deserción de los batallones mercenarios de las franjas más alejadas e impidieron el fuego de cobertura por parte de unos arqueros que ya no podían distinguir la línea enemiga del horizonte. Aquel campo repleto de calor y furia era un mar donde se entrecruzaban dos corrientes marinas de diferente densidad. Después del oleaje y los gritos desgarrados de los últimos supervivientes, el ejército enemigo siguió hacia adelante, sin detenerse lo más mínimo ante aquel pasto de tierra sanguinolenta. No eran humanos, no sentían piedad por aquellos a los que sólo querían destruir. Eran un entramado de vida que reclamaba la soberanía del mundo.

Pronto la carretera que llevaba a la fortaleza quedó ensombrecida por el ejército invasor que corría a una velocidad alarmante. Los disparos cesaron, conforme aquel mar tragaba los restos de los supervivientes que corrían despavoridos, disparando sin mirar atrás, tratando de encontrar el único refugio seguro sobre la faz de la tierra, la morada del rey de Kenhaven. Pronto silbaron los cañones de salvas y las culebrinas hicieron vibrar los propios cimientos del mundo. El aire se volvía turbio mientras la pólvora blanca y negra se entremezclaba en un extraño vendaban de aire esperanzador. Sonaron las trompetas y los portones de la puerta principal fueron cerrados. El puente que daba acceso desde el acantilado fue derruido con explosivos y pronto la fortaleza quedó totalmente aislada en esa especie de montículo en medio del mar, repleto de escarpados arrecifes y prominentes paredes verticales. Todas las tropas fueron movilizadas hacia las almenas. Los cañones dispararon sin cesar, haciendo estallar el horizonte con sus duras sacudidas de plomo. No se escuchaba nada, todo el mundo permanecía ensordecido por aquellos truenos de poder. Los ballesteros preparaban sus saetas, los mosqueteros sus mosquetes. Los arqueros untaron sus flechas con venenos intensos, con bálsamos proscritos que se inflamaban al recorrer el aire con fuerza y los caballeros a pie, armados con sus feroces alabardas y martillos de lucerna, apretaban las manos y rechinaban los dientes alcanzando el punto justo de dolor, tratando de encontrar las fuerzas necesarias para el fin de los tiempos.

Fuera, las tropas enemigas pronto se encontraron con la fiereza de los humanos y su determinación de llevar la guerra hasta el final. Las primeras divisiones cayeron al precipicio. Tal era su fanatismo y fervor que no percibieron la presencia del vacío. Pronto la artillería hizo estragos en sus compañeros y miles de verduras fueron batidas o incendiadas. Los hombres-verdura, hortalizas y cosechas varias alzadas en rebelión, empezaron a organizarse y trataron de buscar un modo posible de acceder al torreón. Cada segundo, una lluvia de muerte y destrucción caía sobre ellos. Pronto las catapultas empezaron a cebarse con las líneas más avanzadas y derramar sobre sus cabezas cientos de piedras en llamas. La mente inconsciente de aquellos seres pronto encontró en nuevo tipo de formación. La densidad de las tropas hizo que empezaran a formar un cuerpo sólido semejante a un puente verde, de tal manera, que se reestableciera un nuevo punto de conexión entre los dos lados del abismo. Mientras, un ejército insospechado de verduras y algas fluorescentes emergía del mar y escalaba los acantilados a una velocidad amenazadora. Los matacanes pronto soltaron galones de aceite hirviendo. El fuego griego caldeó las paredes de aquel monte y el mar llegó a inundarse de llamas potentes que impregnaron todo el abismo con un extraño aroma a apio y espárragos. En el frente principal, las catapultas consiguieron frenar la consolidación del puente orgánico en varias ocasiones, pero finalmente éste se formó en el espacio de tal forma que su destrucción resultaba asombrosamente difícil. Aunque los hombres-verdura traspasaron el puente, las vasijas llenas de brema neutralizaron el avance del ejército varios minutos. No obstante, pronto llegaron las catapultas orgánicas y el panorama empezó a mostrar un carácter más desolador. El cielo se llenó de fuego y verduras. Los hombres-calabaza se lanzaron hacia la ciudad y algunos ya se atrevieron a presentar batalla en las propias almenas del castillo principal. Sus escorpiones pronto lanzaron zanahorias gigantes que atravesaban las armaduras de cuero de los arqueros peor afortunados y las catapultas empezaron a lanzar melones explosivos que bajaban la moran de cualquier guerrero. Ni hizo falta que la puerta callera. Los hombres-verdura, junto con los hombres-calabaza y las algas del mar, se reptaron por las murallas y se cebaron con los últimos defensores del rey. Algunos hombres se lanzaron hacia el mar esperando pasar desapercibidos entre tanto caos y otros deponían las armas pensando que las verduras tenían alguna especie de sentimiento.

Los hombres-alcachofa remataron a los heridos y los micónidos se llevaron los cadáveres a los oscuros rincones donde moraban los de su estirpe. Los aposentos del rey pronto fueron abiertos allí permanecía el viejo, sosteniendo tembloroso una espada mientras sus enemigos le rodeaban. Sólo un hombre-verdura cayó ante su espada. Los demás lo rodearon y se hicieron con él. Pronto los hombres-acelga entraron en la habitación y se fueron metiendo uno tras otro en su boca. El rey suplicaba clemencia. Los hombres-verdura sólo sonreían, malvados como eran, insípidos. Sanos pero perversos.

sábado, 7 de enero de 2017

La Despedida de Estibaliz


Elena, ekkolapsis (ἐκκόλαψις) la schiusa dell'uovo, S.V a.C

Cuando abrió la puerta de su casa, lo hizo tembloroso, no por lo que en ella iba a encontrar sino por la ausencia de lo que había perdido. Hacía unas horas había discutido con Estibaliz, su novia. No había sido una discusión acalorada ni llena de rencores pasados, pero algunas frases parecían querer salir de ambos, aunque al final no lo hicieron y quedaron reprimidas en la inconsciencia del tiempo, esperando que la solución llegara por sí sola. Ella ya no estaba en la casa y él así lo parecía notar, antes incluso de abrir la cerradura. En aquellos momentos solo deseaba tumbarse en algún lugar y dormir largas días, esperando que el dolor que todavía no sentía, no se pronunciara jamás. Sin embargo, el juego de llaves sobre la mesa sonó en su corazón como un adiós. Reposaban armónicamente sobre una nota blanca, escrita a tinta y con aparente calma. Decía así:

Querido Robert,

Ahora mismo miro en mi interior y trato de encadenar las palabras precisas para expresar lo que siento, intentando no hacerte sentir más mal de lo que ya debes estar pasando. A pesar de todo lo que nos dijimos y lógicamente obviamos, he decidido escribirte esta carta para que entiendas cuales son las razones por las que nuestra relación estaba condenada al fracaso. Sí, he decidido marcharme y esta vez será para siempre. Ambos lo sabíamos, pero lo negábamos con todo el empeño del mundo, reprimiendo unas emociones que nos habrían destruido por completo. Cada día nos levantábamos y vivíamos el día como si fuera el fin del mundo, pero las noches… las noches eran el infierno. ¿Cómo saber si mañana iba a estar a tu lado?, ¿y si dejabas de verme tal como era? Tú te arrimabas a mí y dormías plácidamente, seguro por mi presencia, pero yo fingía serenidad y me levantaba en mitad de la noche mirando al cielo, ¿cuál era mi lugar en el mundo? Nadie me respondía, pero el tiempo corría en mi interior como un caballo desbocado en una playa virgen.

Quizá me odies por mi decisión, pero intuyo en mi interior que algún día lo entenderás. Para mí ésta ha sido una de las decisiones más importantes de mi vida. No, no ha sido fácil. Si supieras donde estoy ahora. Veo esas luces de las que te hablaba, esas nubes efervescentes que vagan por el mundo y me miran con su rareza. No sabes la pena que sienten al verme, al ver mi destino. Llorarían si pudieran condensarse sólo al sentir lo desgraciada que soy. Intento ver lo positivo, ver el tiempo que hemos tenido, pero ahora mismo estoy en ese lugar extraño del que te hablé, incapaz de llorar, de saber si esto sucedió ya alguna vez. Para ti eran simples fábulas; escuchabas entusiasmado mis historias como si fueran fantasías íntimas que compartía contigo, como una locura secreta que me hacían especial. Pero no lo eran y al final lo supiste. Ahora esa realidad ha llegado y sólo veo oscuridad y formas extrañas. La lluvia cae hacia arriba, formada por palabras que formas espirales infinitas. No sé dónde estoy, pero hace mucho frío.

No sé qué será de mí. Estoy tan confusa que mientras escribo estas palabras no sé si voy a desaparecer en cualquier instante. Ojalá las formas hablaran y me prometieran que alguna vez volveríamos a vernos, aunque sea dentro de veinte años. Me acuerdo ahora cuando nos conocimos, fue un extraño error, algo del destino. Tú estabas tan solo y de golpe me tuviste a tu lado. Y ahora, sin embargo, soy yo quien sufre la separación. ¿Cuánto tiempo estuvimos juntos?, ¿un año? Lo recuerdo como si fueran cientos. Incluso creo que nos casamos en secreto y compartimos viajes a lugares que ya no puedo recordar. Quizá es mi mente quien reconstruye esos recuerdos y nuestros momentos juntos fueron mucho más breves. ¿Recuerdas aquella vez que estuvimos en el bosque? Se nos hizo de noche y tratamos de volver a casa tanteando entre los arbustos. Tú te caíste y me llevaste contigo al suelo. Como nos besamos, mirando las estrellas desde aquel lugar recóndito. Nos abrazamos tan fuerte que me quedé embarazada de ti. Sí, nunca te lo dije, porque cuando más lo pensaba, más angustia sentía al no saber qué iba a ser de nuestra criatura. Había escuchado muchas cosas, pero no sabía que esas cosas pudieran pasar así porque sí. Era algo mágico y yo me lo guardé hacia mis adentros. Poco a poco te apartaba de mis sentimientos. Cuando discutíamos, tu pensabas que lo hacíamos por mis emociones; pensabas que no era feliz y que en el fondo no te quería tanto como tú a mí. No era verdad, si no te quisiera no podría haber sucedido aquel milagro. Me pasaba los días pensando en qué sucedería, cómo reaccionarías. Tenía miedo de todas las posibilidades y nadie me daba la solución más razonable. La tuve que encontrar por mí misma.

Al final he decidido volver a mi hogar por muchas razones, algunas de las cuales no puedo contarte porque no estás preparado para entenderlas. Sólo quería pedirte una cosa y sé de todo corazón, que la aceptarás. Quiero que cuides de nuestra hija. Que crezca y sea feliz, que la protejas y enseñes todo lo que sabes hasta que ella pueda pensar y cuidarse por sí misma. Sé que por el amor que me tienes lo harás y porque ella será la prueba viviente de que nuestra historia fue real. Cuando crezca y se convierta en una persona adulta, podrás contarle nuestra historia si así lo decides, pero nunca temas por ella en mi memoria, porque a ella no le va a pasar lo que me está pasando a mí. Yo debo volver a mi mundo, pero ella pertenece ahora al tuyo. Espero que algún día comprendas que, si tomo esta decisión, es porque es la mejor para los tres, especialmente para ella. Un beso. Se feliz.
Estibaliz.

Cuando Robert terminó de leer la carta, se sentó mareado en el suelo. Entre toda aquella historia, surgieron nociones de sus recuerdos, como si todo aquella ya hubiera sido vivido en alguna parte de su ser. No obstante, se quedó durante un tiempo pensativo, sin saber qué hacer. En aquellos momentos lo hubiera dado todo, por estar junto a ella en cualquier otro lugar, pero no comprendía lo que le decía al final, no tenía sentido y simplemente no podía ser. Al cabo de unos minutos trató de recomponerse y secar sus lágrimas, marchó hacia la cocina a por agua y lo que vio allí le sobrecogió. Encima de la mesa de la cocina había un huevo blanco con puntitos de colores. Parecía un huevo de avestruz. Cuando lo tocó estaba caliente, casi ardiendo. Algo se movía en su interior.

miércoles, 21 de diciembre de 2016

Soy un Osito



A todo el mundo le resulta imposible creer mis palabras cuando escribo, pues no soy un ser humano, sino un osito. No un osito cualquiera, sino uno de peluche, de esos blanditos y peludos. Cuando atardece y el frío empieza a empapar el aire del exterior con su extraño espíritu, enchufo el ordenador, dejo que se cargue Linux y me pongo a escribir historias extrañas que surgen de mi cerebro de algodón. Es muy difícil escribir con mis gruesas manos desprovistas de dedos y muchas veces pulso cuatro o cinco teclas a la vez. Se me hace muy duro ser un osito en este país, el hecho de tener que pulsar cien veces los botones de los electrodomésticos para que funcionen correctamente o cocinar tratando de no arder en el intento, me deja agotado. No puedo ponerme zapatillas y por eso cuando voy por la calle me ensucio muy rápidamente el pelaje y después, los viajes dentro de la lavadora se me hacen eternos, por no hablar de cuando no hace sol y tardo en secarme o cuando a mi gata le da por arañarme, secuestrarme y llevarme a rastras por el pasillo o esconderme en algún inhóspito rincón. El otro día, caminando por la calle, unas chicas empezaron a manosear mi barriga sin pedir permiso, pensando que emitía alguna especie de rayo de amor. Alguna vez alguna quiso llevarme como trofeo a su habitación, para dejarme colgado en una estantería y convertirme en un triste testigo de sus otros amoríos. Lo peor fue cuando ayer fui por fin al cine y no pude ver la película por la altura de las butacas. Me negué en redondo a utilizar uno de esos bancos de plásticos para niños y cuando reclamé un asiento reservado para ositos, la encargada me echó a la calle de una patada. Nadie respeta ya a los ositos. A veces cierro los ojos fuertemente y deseo que, al despertar, mi cuerpo sea el de un ser humano, para poder defenderme y darles a los demás su merecido. Cuando me enfado lucho afanosamente y golpeo pero la gente sólo suelta carcajadas y me acarician, pues piensan que estoy intentando dar uno de mis famosos abrazos de oso.

Mi vida había sido un tránsito constante entre la aceptación y el rechazo al hecho de ser como soy. Han sido muchas las fórmulas que he elaborado para tratar de sobrevivir en este mundo, pero las que más me han generado decepción fueron dos. La primera fue el tratar de encontrar a otros ositos. Siempre que encontré a otros como yo, parecían muertos, sin vida, no tenían la capacidad de hablar y algunos como mucho repetían la misma frase una y otra vez, envueltos de luces o motivados por una extraña magia artificial. Otros incluso eran exactamente iguales a mí, hasta el punto de hacerme creer que tenía algún hermano gemelo escondido, pero cuando los tocaba o trataba de hablarles, no se movían y permanecían inertes, en silencio. Yo era el único que hablaba y si realmente hay otros como yo, nunca los he encontrado y creo ahora que jamás lo conseguiré. El otro aspecto más negativo ha sido mi creencia en los deseos, en el hecho de que cuando deseas algo, se cumple, como si el universo fuera consciente de mi presencia. Éste ha sido el peor de todos. Con cada estrella fugaz, crecía en mí una nueva esperanza, pero han ido pasando los años y esa esperanza ha florecido transformándome lentamente en algo que me ha ido envileciendo por dentro. Poco a poco, mi cuerpo se ha ido ensanchando a causa de la humedad, mis ojos de azabache se han convertido en canicas desgastadas donde se entrevé un cierto trasfondo rojizo. Parte de los hilos que contenían mi forma se han deshilachado y por mis costados asoman mis entrañas de algodón. Cuando salgo a la calle, la gente no sólo no me habla, sino que se apartan de mí, como si fuera un trasto viejo y sucio. Incluso echo de menos cuando se acercaban las mujeres a tocar mi barriga o hacerme fotos con sus móviles caros; ahora sólo se acercan los perros para intentar mojarme con su repulsiva orina y al final sólo me queda la escritura como un modo provisional de crear otras realidades y evadirme de mi miserable existencia. En ese mundo de imaginación, me he convertido a veces en pirata, en detective privado o incluso en un literato del siglo XVII, pero al final siempre termino siendo un osito viejo mal cosido. Estas navidades la cosa ha sido extremadamente complicada. Al haber sido creado en una fábrica, desconozco el término familia. Mientras todos comparten mesa, comen pavo y se hacen regalos, yo me veo obligado a quedarme varios días tumbado en el sofá, mirando al techo y dándole a la botella como un poseso. El alcohol no me favorece, me empapa por dentro y me hace más inflamable. A veces estoy tan triste que me tumbo sobre la cama y cierro los ojos, engañándome a mí mismo al pensar que algún día podré soñar, fingiendo que soy humano, fingiendo que estoy vivo.

sábado, 17 de diciembre de 2016

Era Invierno



Cuando L. no pudo más, dio un largo paseo por la ciudad. En menos de una hora se encontró más solo de lo que había estado toda su vida y volvió a casa, allí empezó a beber hasta que las tinieblas dejaron de lanzar relámpagos en su interior. Entonces pensó en lanzarse por el balcón y terminar con todo. Algo extraño se lo impedía, lloraba y reía al mismo tiempo, mientras se rasgaba la cara y la barba a zarpazos. Fantaseaba con el día de su muerte. Un día de aquellos iría al cielo y entonces Dios le diría que todo aquello era una broma, que ahora le esperaba su verdadera vida.

viernes, 2 de diciembre de 2016

Manos Trémulas

(Dedicado a Artemisa)



En oquedad anímica, desdibujado por la promesa incumplida del tiempo, te imagino ausente, invisible, sumergida en un extraño océano de pétalos azules y resplandores áureos. Allí donde no hay vida, recuerdos o fracasos, allí te espero. Empedrado en la perturbación del alma enferma, en la tesitura de lo incognoscible, susurro tu nombre con palabras prohibidas, la idea de ti, tu sombra y tu desconcertante mirada.

¿Recuerdas la promesa? Vino y rosas bajo el sol de Buenos Aires. Ahora te siento como una diosa lejana, irascible, colérica… y te invoco aplacando tu dura venganza. Susurro tu nombre en medio del frío viento de invierno, en medio de la oscuridad más perpetua. Cierro los ojos y aparezco en aquel lugar mágico que construiste para mí, pero esta vez no encuentro tu rostro, tu esencia encarnada. Miro al cielo y veo el sol blanquecino y las estrellas rojas que anuncian tu llegada. Entonces desciende sobre mí el miedo más absoluto.

La niebla todo lo cubre; enmascara la cruda realidad y se expande como una alfombra para recibir tus pasos enérgicos. El ábside del mundo desaparece engullido por la bruma, la fatalidad del mundo se desdibuja y veo tus ojos en algún lugar, perdidos en un mar de dudas, en la ambigüedad de un pájaro que surca el mar o el destello de un mundo lejano. Me siento en un rincón proscrito y apartado del mundo, en la propia silla de Asterión, prisionero de símbolos desconocidos y rituales que desvelan mi extrañeza. Bebo y observo, me detengo en las oscuridades del mundo, en el fiel reflejo de mi alma convertida espejos negros, esperando a mi santo redentor.

Entonces me coges la mano y me recorres en escalofríos. Me despiertas de un sueño enfermizo y me observas en tu sepulcral silencio, congelando el espacio a tu voluntad, transformando la existencia en un mito eterno. Te miro y no vislumbro tus límites, eres la bruma y el viento, la noche y la voz del océano más profundo. Te comprendo a través de ojos ajenos, a través de las bellas estatuas que has construido alrededor de la vasta ciudad de plata. Te veo cazando letras noctámbulas, incendiando el mar con tus poesías, rescatando héroes perdidos en los abismos más profundos. Enmudezco ante la incertidumbre de tu presencia. Sólo asiento, bebo y rezo en mis adentros esperando que todo aquello no sea un simple sueño.

Las rosas florecen y los ríos dionisiacos se desbordan en tu sonrisa, discreta pero feliz. Entonces paseamos por las calles nocturnas, amparados por la soledad de figuras incorpóreas, por la pacífica piedra de tumbas legendarias, hasta que te arrimas hasta rozar mi rostro y acariciar mis labios curtidos de silencio. Respiras mis silencios, acaricias mi fría piel y aprietas fuerte mis manos. Con un violento gesto me aprisionas entre tus brazos y colocas tu cabeza sobre mi pecho. La ausencia de corazón, la frialdad de mis venas, la ácida melodía que resuena en mi interior. Todo ello lo presientes, lo sientes y no puedes evitar sonreír jubilosa, segura al descargar en mi tu extraña bendición. Entonces desapareces, sin anunciación, protegida de la conjunción hierogámica de nuestras almas. La leve niebla permanece inalterable tras tu presencia, pero yo me siento desvanecer entre dos realidades hasta que finalmente despierto en un nuevo mundo, quebrado por la bebida y la ensoñación.

Así pasan los días y las semanas. En mi soledad nocturna te recuerdo, te añoro y a la vez te desconozco, incapaz de concebir la naturaleza de tu alma, de leer tu presencia en mis sueños.

jueves, 24 de noviembre de 2016

El Sol de Termidor

Portada de Shadows of the Sun (Ulver)
I

Cuando se embarcó en su nave, olvidó durante unos minutos que aquella era la última vez que vería la atmósfera terrestre. El joven carabinero anduvo dubitativo durante el breve despegue, pero finalmente surcó los cielos y desapareció en un horizonte verde plagado de luces amarillentas. Nadie acudió a despedirse de él; las circunstancias propias le habían impedido formar familia y su oficio no era algo realmente estimable en un mundo donde se valoraba más la cercanía y la constancia. La sociedad shaggali era simple pero difícil de entender para un forastero. Tenían nociones mentales avanzadas y habían alcanzado varios fulcros de conciencia, algo loable para una especie que había evolucionado anclada en su cosmos particular, con tres lunas y dos soles. Sin embargo, sus redes sociales seguían basándose en la pertenencia a un clan y al significado que otorgado por el sistema de producción. Aquel joven nació en un poderoso clan, con la forma y el nombre shaggali, pero su espíritu parecía pertenecer a otro mundo, quizá al de los extraños místicos de Sirio o los impetuosos aventureros de Cygnus. Había nacido en una época de intercambios comerciales y formación de milicias interplanetarias; cuando apenas tenía 7 años, fue reclutado forzosamente para la guerra y así pasó toda su infancia, sometido a continuos traslados y entrenamientos. Cuando llegó de vuelta, había pasado unos quince años, pero su clan ya había desaparecido entre matrimonios y cambios de linaje, y aquellos a los que había llamado progenitores se habían perdido entre sus nuevos descendientes. Sus costumbres eran eclécticas, diferentes; era un forastero en su propia tierra. El joven sólo había recorrido una pequeña parte de cosmos conocido, pero eso significaba haber sobrevivido a los abruptos cambios de galaxias y haber aterrizado en varios cientos de sistemas planetarios, cada una con su propia manera de entender el universo y estar en el mundo. Formaba parte de su labor como explorador y soldado y aunque la larga guerra contra los seres tubulares de Fornax había terminado hacía ya muchos años, la red de vigilancia e intercambio diplomático seguía siendo una prioridad bajo el panorama de un universo que parecía expandirse y separar los espacios cada vez con mayor rapidez.

Un año atrás había realizado un viaje de reconocimiento a la inhóspita estrella de Lamda Gruis. Algo no debió ir bien en su misión, pues los allí presentes empezaron a sufrir síntomas de enfermedad y algunos no llegaron vivos a sus hogares. La cuarentena sobre aquella malévola estrella había llegado demasiado tarde y su nave fue puesta bajo protección de los mandos de Tucana. Lo separaron de sus compañeros y a estos entre sí. A algunos los llevaron a algún lugar seguro y otros simplemente los dejaron morir incapaces de curar algo que no podían comprender. Los científicos analizaron cientos de muestras, pero no lograron encontrar signos de radioactividad, gérmenes o cambios significativos en la anatomía celular. Cada caso tenía una particularidad anomalía y eso hizo pensar que podían haber sido víctimas de algún arma provista de inteligencia o de gran capacidad para mutar. No obstante, aquel joven logró escapar de la cuarentena y se esfumó con la nave en medio de lo que pareció ser un motín. Los soldados no se atrevieron a perseguirle o derribarle, temerosos de que alguna sustancia de su interior sobreviviera a la explosión y cayera sobre su planeta. Así, pues, vagó sin rumbo por aquel espacio de luces y oscuridad perpetua, zozobrante y frenético, conduciendo inconscientemente al único lugar que su mente podía reconocer como un hogar. Cuando llegó al planeta que le vio nacer, no reconoció ni el espacio ni la fauna. Tanto tiempo había permanecido con Zishis y Hajonis, que su propia raza ahora le parecía extraña. Por eso despegó sin mirar atrás, sin anunciar su regreso. Por un lado, temía ser repudiado expresamente por alguna autoridad, pero también pensó en lo que podía tener dentro y del peligro que ello suponía para los demás.

Entonces volvió al espacio y recordó el significado especial que había tenido éste en su vida. Casi toda su juventud había estado observando detenidamente aquella oscuridad, absorbido por sus misterios, con la única guía de la tecnología y de las pequeñas luces de las estrellas; algunas vivas, otras muertas. Ahora aquel espacio oscuro se presentaba de una manera negativa, era un vacío tan frío que su significado se cubría de misterio y sólo parecía conducir hacia una muerta segura. Pasaron los días y los viajes parecieron hacerse interminables. Aunque viajaba a una velocidad desorbitada, propia de una nave de guerra, su presencia parecía una mera ilusión inmóvil en medio de un gran abismo carente de origen y sentido. Pensó detenidamente la idea de quedar suspendido en el frío absoluto o de ponerse a investigar sobre su propio cuerpo en busca de una cura. A las pocas semanas, alrededor de su violácea piel empezaron a aparecer una especie de manchas blancas y aunque no se extendieron inicialmente más allá del rostro, su degradación psíquica fue en aumento. Pronto empezaron los mareos y la sensación de irrealidad. Durante unos días estuvo alejado del mando por miedo a sufrir delirios febriles y dejó el control a la inteligencia artificial de la nave. Cuando la ansiedad y la angustia extrema dieron paso a un extraño estado de abatimiento y pesimismo exacerbado, el joven se colocó al frente de la nave y algo le llevó a reprogramar el trayecto y poner rumbo hacia uno de los planetas más extraños de los que había podido hablar. Se trataba de Termidor, un sistema planetario en plena decadencia alimentado por KOI-1422, una enana roja al borde de la extinción. A su alrededor, se decía que habitaban los últimos descendientes de los humanos. No era un plan nada seguro, pero había escuchado historias sobre los misterios de aquella vestigial civilización.

II

Cuando llegó allí, el extraño gris palpable de su atmósfera no le hizo cambiar de opinión. Parecía tóxico y contaminado, pero había visto panoramas más agresivos sin peligro real. Era en verdad un planeta oscuro y aquellas planicies que se extendían a lo largo de su superficie bien parecían desiertos desprovistos de vida. Cuando la nave atravesó aquella humareda, empezó a vislumbrar un cielo extrañamente azulado y una tierra marrón como los desiertos de algunos planetas. Había grandes superficies de agua. Eran océanos verdes de aguas calmadas, sin viento alguno, como si la densidad de aquellos mares fuera colosal e indiferente a los fenómenos. Conforme descendía, descubrió que estaba justo encima de una ciudad de bello colorido anaranjado, repleta de torres y grandes habitáculos construidos de piedra maciza y rocas brillantes. Se decía que los humanos habían vagado por el universo desde los inicios de la historia y que fueron una de las especies más avanzadas en los primeros ciclos del universo, llegando a alcanzar todos los niveles de inteligencia que los investigadores habían podido describir. Sin embargo, se habían extinguido eones atrás, dejando decenas de grandes incógnitas sin resolver. Lo único que quedaba de ellos eran civilizaciones sucesoras, híbridos de humanos y otras especies con las que habían coexistido y que parecían rechazar todo contacto extranjero. Eran en verdad una raza ancestral, temida y respetada por muchos, alejada ahora de los entresijos de las nuevas civilizaciones. Y ahora él se encontraba allí, pensando que ellos sabrían algo de su enfermedad.

Al salir de la nave, notó la presencia de un ser que se aproximaba desde muy lejos. Era escuálido y sobre su espina dorsal se erguía una cabeza de gran tamaño. Su cuerpo era aparentemente traslúcido, tanto que podía ver pequeños objetos moverse en su interior, como una red de pequeños corazones que bombeaban la sangre lentamente. Estaba desprovisto de pelo y sus dos ojos negros parecían intentar comunicarse con él a través de otros medios. Cuando se acercó lo suficiente, pudo ver sus largas extremidades y la fragilidad de su largo y estrecho cuerpo blanquecino. Al cabo de unos instantes, el humano pareció intuir la necesidad de aquel forastero y mirando sus manchas más de cerca le señaló una colina repleta de pequeñas casas repletas de símbolos y figuraciones arcaizantes. Antes de abandonar aquel extraño diálogo, no pudo dejar de contemplar su cuerpo. Se decía que los humanos anteriormente sólo tenían dos brazos, aunque mirando aquella estructura le costaba comprender la razón historia de su evolución. Sin embargo, ignoraba el que tuvieran terminaciones nerviosas en las palmas de las manos y restos de lo que parecían ser branquias, quizá atrofiadas desde hacía milenios debido a la sequedad de los planetas que solían habitar o fruto de algún entrecruzamiento no determinado. No obstante, lo que más le extrañó fue ver aquella sustancia recorrer su piel. Es algo que vio en las personas de aquel poblado que lo miraban con extraña neutralidad, como si examinaran con su presencia, no a una persona, sino a la historia de toda una especie. Aquella sustancia parecía ser una especie de vegetal u hongo que recubría la superficie de su piel. No se apreciaba a simple vista, pero los shaggali tenían el don de distinguir con la vista los espacios más insignificantes de la materia. Se decía que habían entrado en simbiosis con una especie de organismo que les proporcionaba alimento con el simple acto de respirar. Era algo verdaderamente apasionante, pero el joven siguió por aquel camino hacia la colina, pensando que la prisa era fundamental en su estado.

Al pasear por los alrededores, pudo ver como el cielo dejaba de ser gris para convertirse en un tapiz de colores pardos, amarillentos y anaranjados. Una mirada lo despertó de su leve trance y lo guio hacia una torre. Allí, varios humanos se concentraban sentados en unos grandes cojines azules. Uno de aquellos seres extraños portaba una gran máscara que cubría su rostro. Era una máscara poco rotunda, hecha de arena cocida e inexpresiva, al menos desde su punto de vista. El joven intentó hablar, pero un gesto ajeno impidió que pronunciara cualquier ruido. Entonces aquel ser le volvió a insistir con un gesto extraño. Le pedía silencio y le indicaba la presencia de la enfermedad de su interior. Cuando el joven dejó de intentar pronunciar palabra, el extraño le indicó que se sentara junto a ellos. Al hacerlo vio la oquedad por la que miraban al firmamento. Aquella torre formaba una especie de estructura semicilíndrica, abierta a la extrañeza de aquel cielo lejano. Entonces y sólo entonces lo comprendió. Vio el sol morir en el firmamento y algo en su interior removerse, alimentado por una energía que no podía comprender, algo que quizá sólo había permanecido latente en él desde siempre. Los humanos lo habían descubierto hacía eones y ahora se lo mostraban. Fuera, los planetas se alejaban entre sí y la red de civilizaciones parecía desvanecerse en medio de un vacío que cada vez ocupaba mayor espacio. Todo se diluía en la oscuridad más impenetrable. Mientras tanto, los últimos humanos habían decidido rendir culto a una fuerza superior. En esa transición de mundos, estaba situado el sol moribundo de Termidor, señal inconfundible de una luz que ahora llenaba todas sus oscuridades. El joven había comprendido por fin el poder del silencio. Había comprendido y abrazado el significado de su muerte.

sábado, 22 de octubre de 2016

Verdadero Detective


I

Cuando salió de su casa a las cinco de la mañana, se cruzó con su vecina Puri en el portal. Los vecinos siempre lo miraban con una mezcla de miedo y admiración. José Ramón era un verdadero detective, de esos de gabardina y gafas oscuras. Corría el año de nuestro señor de 1963. Eisenhower había visitado la dictadura española unos años atrás y el acercamiento de la España franquista al bando atlántico, propició todo tipo de intercambios, algunos en plano económico e ideológico, otros en el plano oculto. José Ramón era uno de esos antiguos agentes de la BPS que había sido trasladado al cuerpo de policía, pero con el objetivo claro de construir una tapadera factible y seguir con otro tipo de investigaciones. Él era un detective de asuntos turbios, de cosas modernas que estaban más allá de la atmósfera. Esta vez le había tocado un nuevo caso de avistamiento ovni. El mundo rural a veces era el lugar propicio para la aparición de aquellos lejanos visitantes. Sólo Dios sabía que tramaban aquellos hombrecillos verdes; algunos consideraban que se trataba de una civilización forastera, pero nuestro detective desconfiaba de estas historias y aunque había estado detrás de su pista varios años, nunca había tenido una prueba factible de su existencia. Para él todo eran cuentos americanos que trataban de algún modo de alimentar un temor oculto, el de una posible invasión soviética.

Antes de salir del portal se dio cuenta de las miradas indiscretas de Puri. Era una mujer casada y decente, pero su presencia, irremediablemente, despertaba cierto grado de atracción. Él lo sabía y lo comprendía, porque al fin y al cabo era detective y era natural que las mujeres sintieran algo ante su presencia. Quizá era su aroma avinagrado o el extraño olor a anís que desprendía al abrir la boca. Quizá su bigote aceitoso o los restos de comida frita entre sus dientes amarillentos. Lo cierto es que su figura despertaba cierto halo de autoridad y misterio que muchas personas no podían desatender. Cuando salió a la calle, emitió un potente eructo, signo supremo de su poder. Puri se metió en su casa emitiendo una cara de asco extremo que por suerte nadie pudo observar. Aquel hombre le despertaba tal grado de repugnancia que no podía dejar de sonreírle nerviosamente cada vez que lo veía para evitar revelar alguna grosería. El detective se movió furtivo por las calles, saludando de vez en cuando a algún agricultor precoz que madrugaba esperando la gracia divina. Los sonidos de saludo en aquel pueblo no eran humanos, sino algo más bien gutural, gestual y simbólico. Lentamente caminó hacia aquel santuario forjado desde tiempos inmemoriales, buscando el combustible y la fe que todo hombre necesitaba. Entró en el bar del pueblo y el dueño inmediatamente fue buscando las ampollas necesarias. Aquel hombre buscaba néctar del bueno.

El dueño le sirvió una copita de brandy seguida de un buen herbero. La primera copa entró rápido, castigadora y fulminante. Luego el herbero entró silencioso, acompañado de otro tipo de recuerdos y sensaciones. Pronto la mirada del detective cambió de forma, su expresión ruda se suavizó y las manos dejaron de temblarle. La vida parecía volver a sus mejillas y los ojos empezaron a denotar una inteligencia noble. Al poco rato empezaron los diálogos referidos al tiempo y al precio de los productos agrícolas. Todavía estaba escondido el sol detrás de los campos de naranjos, cuando el detective se enfrentó a tres copitas de cazalla. Una trinidad desafiante que sus venas transformaron en una única sustancia. Cuando terminó, picó algunas olivas y sujetando el palillo con la boca, marchó por la puerta de aquel bar-casino. Tenía un asunto turbio entre manos. Caminó hacia el garaje, sacó la moto y se marchó portando un gran macuto en la espalda. Tras varios minutos de zancas y derrapes, llegó a un lugar apartado en el monte, allí donde las zarzas bien podrían engullir un hombre y hacerlo desaparecer.

Unos vecinos habían visto unas luces descender del cielo y temerosos de los ladrones, llamaron al cuartel denunciando los hechos. No obstante, el asuntó pasó al estado mayor y aquí es cuando llamaron al detective. La misión podía ser peligrosa, pero los objetivos a priori parecían claros, sólo debía observar y analizar la situación. Podía tratarse de un contacto amistoso, pero por otra parte también estaba el peligro de las llamadas abducciones. Por si acaso, y desobedeciendo a sus superiores, José Ramón se llevó consigo un revolver Ruby y una escopeta de cartuchos. Esperaba no tener que utilizarlas, pero su intuición de policía le obligaba a tomar precauciones.

II

Cuando llegó a la ermita del monte, una luz en el horizonte le obligó a frenar en seco. José Ramón casi se salió del camino, pero logró mantener el vehículo estable. Tras parar el motor, escuchó unos ruidos muy extraños cerca de donde se encontraba, así que desenfundó la escopeta y alimentándola con dos cartuchos, marchó por el camino hacia la ermita. Su estado espirituoso le obligaba a caminar encorvado y mantener los pies firmes en un pavimento que parecía moverse por momentos. Tanto se acentuaba esa sensación de irrealidad que no sabía si lo que le estaba pasando era fruto de su embriaguez o de las vibraciones de alguna nave supralunar. Ese zumbido metalizado, ácido y molesto parecía proceder de la parte frontal de la propia ermita, así que el detective decidió alejarse de la infraestructura y ver la nueva perspectiva desde una posición ventajosa. Enredado y castigado por las malezas, el detective se adentró en aquel mar de argilagas y rodeó la estructura desde la izquierda. Habían sido movimientos peligrosos pero necesarios ya que la visibilidad del camino le podía convertir en un blanco fácil. Cuando llegó a visualizar la entrada de la ermita, su cara se trastocó de asombro y se le cayó el palillo de la boca. Tres figuras extrañas caminaban flotando sobre el aire, aunque movían las dos piernas lentamente como si pedalearan una bicicleta. Portaban unos faldones negros y sus largos brazos blancos se movían de una manera perezosa. No podía ver más detalles, pero detrás de ellos destacaba una potente luz blanca que parecía provenir seguramente de alguna de esas naves voladoras.

La puerta de la ermita se encontraba abierta y uno de aquello seres parecía deambular por el interior, pues una de las vidrieras parecía resplandecer. Delante de la puerta misma había una higuera. El detective la recordó, pues fue plantada en tiempos de su padre y cada año parecía dar más frutos. Uno de aquellos seres extraterrestres se subía a una escalera de madera y portando un cesto de mimbre, recolectaba aquellos frutos de uno en uno. Todo parecía muy extraño. Era difícil pensar que seres tan avanzados habían recorrido la galaxia para recoger higos. Lentamente el detective se adelantó y trató de acercarse lo más que pudo sin salir de los arbustos. La falta de claridad todavía le impedía ver sus rostros, ya que eran tan escuálidos y pequeños que no podía distinguir si se trataba de niños disfrazados. Pero en alguno de aquellos movimientos, el detective forzó demasiado la musculatura y una potente ventosidad alertó a los forasteros. Aquellos seres lo miraron fijamente y algunos de ellos empezaron a moverse nerviosos de vuelta a la nave. Dos figuras salieron de unas malezas cercanas a la higuera y empezaron a levitar hacia su posición. José Ramón se puso nervioso y atinó la escopeta. Apuntó y disparó dos veces. Un disparo se perdió en la maleza y otro dio con la campana de la ermita. Tal era la mirla que llevaba que no sabía ni donde había dejado el revólver y los demás cartuchos.

Aquellos seres se aproximaron cada vez de una manera más veloz y lo miraron fijamente. En esa mirada sostenida y recíproca, el detective cayó en un trance profundo y empezó a perder la sensación de su propio cuerpo. Miraba fijamente sus rostros, ocultos tras máscaras de porcelana. No eran ojos los que miraban a través de sus hendiduras, sino estructuras biológicas complejas que alguien de su entendimiento no podía ni siquiera describir. Poco a poco se le cerraron los ojos y el sopor inducido se llevó toda sensación de espacio, tiempo y temor. Cuando se despertó era de noche y unas luces le cegaron. Estaba de pie en medio de una carretera, pero no sabía cómo había llegado hasta allí. El mareo todavía le invadía y al parecer se había defecado encima. Las luces se volvieron visibles y pararon a su alrededor. No eran aquellos seres verdes, sino la benemérita. Le estaban buscando dos días enteros y al fin lo habían encontrado, a treinta kilómetros de la ermita y con un estado de enajenación digna de estudio. El cuerpo de investigadores archivó el caso y atribuyó su declaración a un estado de delirium tremens, aunque siguió investigando los hechos y la presión estatal hizo que oficialmente él había sido herido por dos ladrones en pleno monte. Así lo reflejó la prensa. No obstante, en la cabeza del detective resonaba una y otra vez la misma pregunta. ¿Qué pintaban los higos en toda aquella historia?

jueves, 29 de septiembre de 2016

L'impression



Una puerta se abrió lentamente en medio de un largo pero moderado crujido. Dos rostros enlutados se apartaron inmediatamente de sus posiciones y, apagando sus velas, se retiraron a lugares ocultos por un tenebroso manto de oscuridad. Los invitados de la noche entraron en fila uno detrás de otro en el más estricto silencio. Algunos portaban antifaz y otros, máscaras de origen oriental donde se destacaban el color del jade y del rubí. Algunas bocas quedaban al descubierto, mostrando labios variados, perillas y algún que otro bigote. Rostros aparentemente masculinos y anónimos. No obstante, nadie llevaba reloj y todos llevaban guantes de piel, ya que todo contacto con el tiempo quedaba exclusivamente prohibido en aquella sala. Todos cruzaron la estancia y se adentraron en aquel extraño ritual al que habían sido invitados. Amparados por el orden y el respeto, caminaron en círculos y se sentaron en las sillas alrededor de una antigua bañera blanca cubierta en su periferia por una gran cortina morada que no dejaba ver nada a su alrededor. Además, la luz tampoco acompañaba, ocho candelabros mantenían una especie de dualidad lumínica entre aquellas paredes angostas y el interior del círculo, protegido por una densidad de sombras que pronto se unirían en comunión. Un péndulo que hasta el momento permanecía invisible en la habitación empezó a descender y girar por encima de ellos, en el centro mismo de la sala, en sentido horario. Al poco rato llegó una mujer de mediana estatura, cubierta con un velo enlutado que caída desde su cabello hasta cubrir sus pies. A pesar de la parcial desnudez que se dejaba entrever a través de la fina tela, no se podía advertir nada salvo que aquella mujer caminaba con una lentitud extrema, pues sus pies arrastraban de una manera peligrosa la tela que ocultaba su cuerpo y su caminata requería de un gran cuidado. Entonces un sonido metálico marcó el principio de la ceremonia, justo después de que el último de los allí presentes tomara asiento. Las puertas se cerraron al unísono.

Todos parecían absortos con el gran misterio. La mujer se acercó a la bañera y despejó la pesada cortina con un movimiento tenaz que dejó sorprendidos a todos los allí presentes. Detrás de ella había un hombre de colosal envergadura, con un rostro extraño, bizarro en todos los sentidos. Su cuerpo grotesco denotaba una obesidad mórbida, con una barriga que sobresalía del agua en la que reposaba, una larga papada y dos brazos bien nutridos. El abundante vello de su espalda disimulaba débilmente un centenar de cicatrices, pero lo más extraño de aquel hombre eran sus articulaciones. Se podía apreciar que uno de sus brazos era más grueso que el otro. Una de sus manos terminaba en unas afiladas manos de araña mientras la otra presentaba unos dedos gruesos y menudos, alimentando la duda en esa frontera de oscuridad, de si sus dedos estaban enteros o amputados parcialmente.

El hombre pronto agarró con su mano de araña una gran esponja y empezó a empapar su vasto cuerpo con su superficie, escurriendo el agua de su interior y mojando todo su cuerpo. Los allí presentes miraban en silencio, absortos con el ritual del que eran partícipes. Algunos tragaban saliva y los más osados, empezaban a respirar con una cargada marca de emoción al respecto. El hombre siguió durante un par de minutos aquel recorrido con la esponja hasta que ésta estuvo realmente seca. Entonces sonó otro ruido desconcertante en algún lugar de la sala y se acercó de nuevo alguien. Esta vez entró una mujer alta y esbelta, completamente desnuda y cubierta con una exótica máscara africana. Sus brazos eran muy fibrosos, sus piernas eran largas y la fuerte estructura muscular de su cuerpo, advertían de unos conocimientos muy prácticas en las artes marciales. Sobre su piel olivácea se advertían los reflejos de una reluciente bandeja de plata. No obstante, nadie se fijaba en ella y menos aún en su desnudez. Todos los allí presentes estaban intrigados por la figura de aquel hombre metido en la bañera. La visitante caminó con la mirada perdida, y sin perder la vista de un horizonte imaginario, vertió sobre aquel hombre el contenido de aquella bandeja. Aquello no era visible y no emitió sombra alguna, pero los chapoteos indicaron que algo había caído al agua. Pronto miles de pompas de jabón empezaron a surgir del agua y un extraño aroma a lavanda inundó la habitación.

El hombre aprovechó la retirada de la mujer para volver a repasar su cuerpo con la esponja. Lo hacía minuciosamente, con una delicadeza y un esmero que pronto empezaron a crear expectación en los allí presentes. Algunos miraban boquiabiertos la escena, hechizados por la presencia de aquel ser, otros apretaban los párpados al cerrar los ojos, como si lo que vieran no formara parte de su mundo, de su historia. Un hombre de aspecto menudo afilaba su extraño bigotito mientras en sus labios se podía leer una clara sensación de lascivia. El cuerpo del hombre pronto quedó cubierto de una burbujeante capa de espuma y fragancias. Todos los allí presentes fueron testigos de aquel paraíso para la mirada y más de alguno casi se desmaya de la excitación.

Al poco rato entró una mujer menuda, de extremada delgadez y rasgos neutros. Iba cubierta con una túnica azul y portaba una copa dorada con sus dos manos. Un antifaz de calavera cubría su rostro y desde atrás podía advertirse de que su cabeza estaba totalmente rapada. Cuando llegó al frente de aquel hombre, alzó las manos y vertió allí el jugo de su copa. El agua cayó sobre el rostro de aquel hombre y la espuma empezó a desaparecer. Todos disfrutaron aquel minuto de gloria, que se hizo sumamente interesante en la mente de los más recatados. Algunos apretaban sus manos o doblaban los pies, tratando de contener una emoción que la máscara sólo podía disimular. El hombre de la bañera miró hacia arriba y luego a los allí presentes. Su rostro había cambiado, su cuerpo permanecía igual pero su piel facial se había vuelto más fina, las arrugas habían desaparecido y sus ojos se habían vuelto verdes. Su rostro se asemejaba más al de un bebé que al de un hombre de su edad, con un color rosado y unos mofletes hinchados. Las exclamaciones de asombro pronto inundaron la sala y se escucharon muchas palabras de júbilo, especialmente en francés y en alemán. Cuando todos los invitados habían visto su rostro, la mujer se alejó con la copa vacía, invertida hacia abajo y mirando hacia arriba como si algo hablara con ella directamente.

Entonces el péndulo dejó de girar y paró en seco, quedándose parado a la altura de la bañera. En ese preciso instante el cuerpo colosal de aquel hombre empezó a moverse hacia delante, sus ojos se cerraron y su espalda dio un giro hacia atrás, haciendo que poco a poco, todas sus carnes quedaran sumergidas en el agua de aquella extraña bañera blanca. Los allí presentes se levantaron atónitos y sorprendidos. No podían ver lo que estaban viendo. Algunos pocos vieron algo dentro de la bañera que no comprendían, aunque la mayoría sólo vio a un hombre muerto hundido bajo las aguas. Sólo un hombre exclamó de miedo. La cortina se extendió como por arte de magia, sola, y rodeó la bañera, impidiendo a los allí presentes descubrir el destino de aquel hombre. Las puertas pronto se abrieron y las luces del pasillo exterior se iluminaron, invitando a los presentes a abandonar la sala y seguir su camino de regreso. La puerta pronto quedó cerrada y la luz se apagó. La bañera seguía cubierta, en eterno silencio, ajena al sentido de aquel extraño ritual que no se celebraría hasta la siguiente luna nueva.