miércoles, 22 de octubre de 2014

El Reloj Sin Horas

I

Estoy en una sala circular adornada con figuras geométricas ambiguas que se pierden en sus formas indiscriminadas. Mis pies pisan una gran alfombra roja y blanca que cubre todo el espacio, como si debajo de ella no hubiera más que un abismo profundo que sólo termina allí donde termina el tiempo y la vida. Las ventanas están tapiadas pero de mala manera, las maderas que las cruzan de izquierda a derecha dejan pasar unos rayos de sol oblicuos que se curvan hacia arriba y van a buscar algo que quizá exista en lo alto de aquella infraestructura cuasi cilíndrica que me mantiene en su propio sueño.

Me giro para poder contemplar mejor aquello que me rodea. A ambos lados de mi presencia hay dos espirales que ascienden y giran en sentido contrario hasta alcanzar alturas vertiginosas. Esas dos espirales con forma de escalera se van cruzando con cada giro y se pierden en lo oculto. Recorro sus peldaños con la mirada y sigo su misteriosa ruta; descubro que conforme la altura aumenta, las dos escaleras se funden en una sola y ambas, o quizá mejor dicho, la única escalera, sigue hasta perder el contacto con la luz terrenal. Me es imposible descubrir el punto exacto en el que ambas espirales, que ascienden en sentido contrario, se vuelven una. Es algo que sólo se puede descubrir, nunca comprender.

II

Cuando vuelvo a girarme un reloj suena. Enfrente a mí oculto entre dos pilares lisos y blancos hay un reloj antiguo que hasta el momento permanecía oculto en ese pequeño intervalo de oscuridad. Me acerco y descubro ahora su forma. Es un reloj marrón, de madera curada y cuerpo vidriado desde el que se ven dos largos péndulos dorados que dan vida a los mecanismos internos encargados de ordenar el tiempo y convertir el pasado en recuerdos. Tiempo paso escudriñando sus misterios pero el reloj vuelve a sonar antes que me dé cuenta de un elemento curioso y desconcertante: la esfera no marca las horas. En su interior hay dos varillas que giran en sentido contrario, provocando un sonido similar a un chasquido eléctrico cada vez que ambas se cruzan. A veces lo hacen donde debería marcar las seis, otras a las tres... cada vez se cruzan en un lugar distinto. El reloj parece marcar las horas del limbo o de algún lugar más caótico si es que existe. De vez en cuando suena un sonido más fuerte que los anteriores y una de las ventanas parece oscurecerse como si algo externo hubiera pasado ante la obertura.

III 

Así pasa el tiempo y mis ojos giran siguiendo los movimientos aparentemente caóticos de las varillas, esperando encontrar algo que me indique la naturaleza de aquella máquina. Deben haber pasado muchas horas, pero fuera sigue habiendo luz. Al final desisto y me autoconvenzo, quizá con razón, de aquella máquina sigue patrones que no se pueden traducir ni en números ni en coordenadas. Entonces doy la espalda al reloj y lo dejo en la oscuridad que le corresponde y contemplo las dos espirales. En ese preciso instante tengo una revelación que no puedo describir más que con meras simplificaciones.

El reloj es una analogía de aquella espiral. No puedo predecir dónde se cruzan. Ni dónde llevan. Pero puedo comprender que ambas terminan en la misma dirección, apuntan a algo desconocido que no se puede describir ni ver, sólo vivir y experienciar. Ante esta idea subo por una de las espirales y me elevo hacia lo desconocido. Con cada vuelta suena un chasquido eléctrico que me llega desde la sala principal, la cual apenas logro distinguir como un pequeño haz de luz a cientos de metros por debajo de mis pies.

IV

En cierto momento una de las ventanas se abre de par en par, haciendo que las maderas que la cruzaban cayeran indefensas por el abismo circular. A través de la ventana se ve una mano gigante que oculta el sol. La intensidad de la luz hace que algunas partes de su mano se vuelvan medio transparentes. Veo en su interior un cielo de nubes rojizas y ríos de agua celestial que se mezclan con el firmamento. Sigo subiendo y el sol asciende conmigo. Las ventanas se van abriendo poco a poco, de par en par. Llega un momento en que la mano tiene dificultades para tapar la presencia cada vez más notable del astro.


Mi estómago deja de tener hambre. Ya no noto la sed en el paladar, ni siquiera el cansancio de una marcha forzada. Cuando menos me doy cuenta descubro que ya sólo hay una espiral y el final está cerca. Es el omega de todas las verdades; es el mar primigenio donde desembocan todos los ríos. 
Estoy a punto de llegar al final de la escalera. A unos metros por encima de mi cabeza hay una puerta de hierro oxidada. Está abierta y desde mi posición logro descubrir un cielo azul imperecedero, sin nada que pueda ocultar su magnificencia. Ya estoy muy cerca, empiezo a notar el viento en mi cara. Sólo quedan unos pasos.

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