jueves, 16 de octubre de 2014

La Flecha

I

Don Carlos se ha levantado hoy temprano y malhumorado porque anoche estuvo leyendo un relato de terror que no le dejó dormir bien. Logró echar una ligera cabezada pero los terrores que le invadieron hicieron que saliera de nuevo despedido hacia la angosta vigilia. Sobre el relato hay poco que decir, pero resulta anecdótico para esta historia. Era un relato que pertenece a un libro recopilatorio de esos que suelen contener decenas de relatos de diversos artistas, uno por capítulo. El libro era gordo, debía tener unas mil páginas más o menos y seguramente más de cien relatos cortos, todos ellos escritores rusos, alemanes y norteamericanos poco conocidos. Su cubierta era marrón y presentaba una cuantiosa cantidad de arañazos, lo justo para dar al libro un aspecto terrorífico acorde con el contenido. Las páginas estaban amarillentas y desgastadas y la letra muchas veces presentaba una textura borrosa como si la tinta se hubiera corroído por el tiempo o a causa de unos dedos poco precavidos. El libro lo había conseguido en una feria del libro, estaba claro que era antiquísimo, el precio estaba muy ajustado debido a los desperfectos y parecía ser una obra única por la ausencia de cualquier referencia editorial. Don Carlos era un aficionado a la lectura y precisamente tratándose de un libro de terror, debía de tenerlo enseguida en su colección, no había escusas. Sin pensárselo una vez más se hizo con él, no podía permitir que otra persona le echara el ojo antes que él. 

II 

Eso había pasado unos días antes, cuatro concretamente. Anoche Don Carlos decidió por fin echarle un ojo al libro. Separó sus páginas en dos bloques angulares y empezó a leer la primera entrada que pilló. Era un relato de un tal W.T.J. Oheliot, un autor poco conocido que sólo había escuchado como referencias bibliográficas en aquellos autores que estudian la evolución y los orígenes de la literatura de terror. El relato se titulaba "La Flecha" y precedía a otro relato llamado "La Ladrona de Sueños" que quizá otro día leería. Al principio le pareció un poco soso, una historia muy liviana, falta de detalles y de protagonistas. Todo fluía desde la mente de un paranoico, las letras eran pensamientos hechos palabra y en ellos se notaba la ausencia total de sentimientos y emociones humanas. Conforme transcurría la historia aprendió a disfrutar de los detalles del lenguaje, de esa cortesía y vocabulario que deja a los libros modernos como basura hecha papel. El relato avanzaba con algunos cambios incoherentes de pensamientos e historias paralelas que poco tenían que ver con la historia principal, pero de repente algo pasó y a Don Pedro se le formó un nudo en la garganta, el protagonista, Ser Arthur Mancell sufría una dura estocada, una flecha se clavaba en su corazón y moría sólo en el callejón de una ciudad anónima, como si el arquero fuera el propio destino y la dirección del proyectil, la de la simple casualidad. Ser Arthur moría en el suelo, empapado en sudor, condenado a pensar en sus últimos momentos que nadie más sabía su historia y que a los pocos días estaría pudriéndose en algún lugar marchito en el interior de una tumba sin nombre. 

III 

Así terminó el relato, sin ningún detalle final, sin ninguna pista sobre quién podría haber sido el cobarde asesino del gran Ser Arthur Mancell. Cuando dejó el libro las manos le temblaron como si el peso de aquel tomo se hubiera triplicado. Al principio sintió algo de angustia en su corazón, pero a los pocos minutos se tranquilizó y decidió marcharse a la cama. Cuando sus ojos se cerraron sintió un dolor leve en la espalda. Escuchó sus propia respiración y unos jadeos que no podían provenir de nadie más que salvo él mismo; se intentó levantar pero no pudo, su cuerpo parecía una masa inamovible de piedra dura y estuvo así durante más o menos una hora escuchándose a sí mismo, respirando con fuerza, luchando afanosamente por sobrevivir. Cuando cesó aquel ataque decidió permanecer en la cama, inmóvil y silencioso como si alguien más pudiera ser testigo de su miedo y pudiera hacerle daño de una manera u otra. Había algo que no encajaba en aquel ambiente, no podía ver nada con la luz apagada, pero cuando miraba la oscuridad es como si algo detrás de ésta tomara formas malvadas, como seres escurridizos y pecaminosos que luchaban por encontrarle y matarle. 

IV 

Así pasaron las horas. Llegó la primera luz matinal y las formas desaparecieron. Don Carlos comprendió que todo había sido un sueño, el sudor que antes había generado se había secado y el miedo había dejado espacio al alivio de encontrarse a salvo. Sus ojos le dolían, como si se le hubieran formado dos ojeras nocturnas alrededor de los ojos. No obstante en el cuarto de baño comprobó que no era así, simplemente era una sensación de agotamiento ocultar. Se duchó con lentitud, se puso la ropa de los domingos y salió al comedor hecho un hombre nuevo. Después del desayuno decidió seguir con el trabajo de la empresa para así tener la tarde para sí mismo y sus extrañas aficiones solitarias. No pasó más de una hora cuando Don Carlos terminó los informes. Desde luego la eficacia y el buen hacer siempre le habían acompañado. Se levantó pues ansioso por continuar con sus quehaceres matinales, pero entonces decidió comprobar el correo antes de enfrascarse en su rutina. La rendija del buzón estaba abierta pero no había ninguna carta en el interior de la casa. Abrió la puerta por si se diera el caso de que el cartero hubiera hecho otras de las suyas y entonces vio sobre la alfombra del pasillo exterior una pequeña cajita de madera que por poco hubiera pasado por el hueco del buzón. 


Lo abrió sin mirar el remitente ni nada. Tenía tantas ganas de saber qué era que pensó que daba igual saber de dónde venía ni quién le enviaba aquel presente. En el interior había simplemente una flecha negra que hizo que Don Carlos quedara ensombrecido, en una especie de inquietud disimulada por su auto-control. Cerró la puerta y contempló aquel antiguo proyectil a la luz del salón para ver si tenía algún detalle. Sus ojos vieron una pequeña mancha de sangre reseca. Cuando Don Carlos la tocó superficialmente con el dedo la mancha se extendió y se volvió húmeda como si la herida se estuviera haciendo en estos momentos. No se había pinchado lo más mínimo, aquella sangre salía sola como si la propia flecha tuviera vida. Sintió un pinchazo en el corazón, la sangre goteó de la flecha, corrió por sus dedos gruesos y goteó finalmente sobre la alfombra del salón. Antes de caer al suelo partió aquella flecha en dos, pero eso no evitó que muriera solo pensando en sí mismo al igual que hizo en su momento el gran señor Arthur Mancell.

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