miércoles, 26 de noviembre de 2014

La Caja 33

I

Camina por el pasillo a un ritmo ágil y marcado. Sus pies avanzan rítmicamente trasladándole por aquellos pasillos de suelo reluciente. Parece muy joven y sí, efectivamente lo es. Luce un traje nuevo, de corte italiano, con unos zapatos a juego que le dan un toque de elegancia y seriedad impecable. Sus facciones destacan por ser juveniles, como si su cara todavía no hubiera adquirido los últimos rasgos de la adolescencia; frunce el ceño como si detrás de toda aquella maniobra astutamente planeada se escondiera un miedo muy grande. Es demasiado joven para estar allí; todos lo saben, incluido él mismo, pero así son las cosas, camina como puede, sin forzar la marcha y sin resultar molesto salvo por el ruido que emiten sus zapatos al caminar.

Las puertas empiezan a abrirse, parecen cápsulas invisibles que se deshacen en el aire. Todo está limpio, impoluto, los cristales son invisibles, ni siquiera el viento reconoce los límites. Son puertas de cristal corredizas que se mueven a su paso de izquierda a derecha. Pequeñas luces rojas indican la presencia de una cámara de vigilancia. Él no arriesga su postura, mira de frente y camina erguido como si aquellos pasillos desconocidos le fueran familiares. Nunca fue así, nunca pisó aquel lugar y esta será la última vez que se adentre en aquel laberinto de túneles y puertas de cristal. No quiere recordar cómo ha llegado a aquel lugar, pero si alguna vez soñara con ello, jamás lo recordaría al despertar.

II

Los guardias permanecen de pie, tocándose la oreja a su paso como si confirmaran la efectividad de un plan demasiado ambicioso para ser traducido a palabras o imágenes. Todos susurran cosas, alejando las miradas detrás de aquellas gafas opacas que sólo ocultan ojos obedientes capaces de obedecer las órdenes más contradictorias. Nadie sonríe, sólo mueven los labios. Él tampoco sonríe, sus ojos descubiertos intentan revelar a gritos la preocupación de una carga superior, pero se contienen y siguen inertes como si fueran realmente dos ojos de cristal. A veces le llegan susurros, son palabras de temor, riesgos inciertos que él ha asumido. Todas parecen encaminadas a la locura más perniciosa.

Cuando llega a una sala, aparecen dos hombres con traje y corbata. Parecen dos clones e incluso aparecen cada uno de ellos de una parte de la sala, haciendo un número irrepetible que esconde la esencia prima de la simetría. No dicen nada, simplemente acompañan al sujeto hacia la puerta blindada que les espera. Allí se mantiene de pie, inmóvil, atolondrado ante la majestuosa puerta metalizada. No consigue ver nada a través del ojo de buey, está un poco por encima de sus posibilidades físicas, pero la luz que resplandece a través le indica que sus ojos serían incapaces de distinguir nada a simple vista. Sólo puede esperar.

III

A los dieciocho minutos y cuarenta y seis segundos aparece un hombre mayor de aspecto saludable que le abre la cámara con un simple gesto de manos. Todo está informatizado. La luz incluso se adapta a los nuevos huéspedes. Entran en la sala y todo se muestra con una claridad abrumadora. Allí, repartidas en pequeñas celdas hay como unas setenta cajas fuertes inyectadas en la pared de la sala. No cabe ni una más. Todas ocupan su lugar y asoman en relieve mostrando dos oberturas que serán las responsables de revelar los misterios que esconden tras de sí.

Con gesto impaciente el joven saca una llave de su cuello. La llevaba sujeta a una cadena de oro blanco. Mostrando algo más de cordura la muestra al caballero que tiene en frente. Él repite la misma operación unos segundos después de comprobar la autenticidad de la llave. Juntos colocan sus respectivas llaves en las oquedades de la caja correspondiente, la número treinta y tres en este caso. Se escucha un sonido muy grande, unas pequeñas vibraciones les llegan desde el suelo. La puerta de la sala empieza a cerrarse con una delicadeza sorprendente. Se cierra en banda sin omitir ningún sonido. El aire acondicionado pronto empieza a notarse en el interior. De repente hace mucho frío.

IV

La caja se abre lentamente. Ambos relajan las manos y dejan las llaves en su lugar. El viejo abre la pequeña puerta que finalmente parece pedir respuesta manual. Con las manos muy temblorosas coge un objeto y lo saca dejando que la potente luz del lugar lo ilumine por completo. El sudor empieza a correr por sus mejillas, sus ojos parecen no dar crédito a lo que ven. El caballero mayor acerca su mano al joven y sin poder disimular su terror le hace entrega del objeto. Es otra llave, una llave simple y corriente de las que parecen abrir puertas antiguas; en su cabeza hay atado un mechón de pelo marrón en perfecto estado. Él la coge, notando aún el temblor del caballero en sus manos. Cuando toca aquella llave mil sensaciones recorren su piel. Se la coloca en el bolsillo y sale de la sala sin despedirse, justo cuando la puerta empieza a abrirse.

El viejo recoge las dos llaves, las deja dentro de la caja y la cierra provocando otro crujido sonoro. Sacando un pañuelo se seca la frente. Todavía no es consciente de lo que ha tocado su mano; ahora es decisión del joven, no suya. El joven sale de aquel lugar haciendo el mismo recorrido. Todo parece distinto pero no lo es. Pronto estará fuera. En algunos momentos mete su mano derecha en el bolsillo, asegurándose de que lleva encima el objeto que ha venido a buscar. Esa llave abre muchas puertas y a la vez ninguna.

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