lunes, 10 de noviembre de 2014

La Prueba del Espejo

I

La sombra recorrió aquella sala hedionda saltando de madera en madera, intentando no dejar reflejos de ningún tipo. Los agujeros en el suelo eran abundantes, así que de vez en cuando dio algún pequeño salto para no perderse en la infinita espesura de la frontera que separa la existencia del abismo. Algunas voces austeras parecían provenir de aquel infierno, de aquel sheol enturbiado por el nunc fluens, por el elixir de los perdidos que han perdido el tiempo y las esperanzas.

II 

El que debía ser puesto a prueba imitó a su anfitrión, intentó correr con superior velocidad, con destreza felina... pero durante esa carrera de la que salió agotado, él fue la sombra y el otro la esencia real que guarda la virtud del sigilo. Entonces llegaron a una sala innominable de aspecto nada acogedor. Sus vigas tiempo hacía que habían desaparecido podridas por el envejecimiento y la humedad. Aquella cúpula se mantenía en pie, suspendida mágicamente por fuerzas inexplicables que en los últimos días del Edén colocaron los habitantes de otros lugares muy lejanos, aquellos que algunos eruditos llaman ocultos y que albergan las esencias de aquellas cosas que todavía no han sido provistas de existencia. 

III 

Cuantos misterios debe haber en aquella sala maldita. El que debe ser puesto a prueba mira con atención a la sombra que no revela ningún ápice de maldad o indulgencia. Sólo espera de pie la llegada de algo o de alguien. Pronto hacen su aparición dos grandes espejos enclaustrados en una especie de armarios de madera vieja. Surgen de la oscuridad del norte, amparadas por el ruido que provocan sus movimientos paralelos. Poco a poco son arrastradas por agentes invisibles y se colocan uno frente a otro. La realidad se vuelve infinita y se duplica en sí misma hasta un nivel que sólo el gran artífice es capaz de medir con sus instrumentos de colosal magnitud y majestuosa precisión. 

IV 

La sombra señala con el brazo izquierdo la parte donde antes debió haber una cabeza y con el derecho lo señala en afán de comunicarse. Una frase resurge en su cabeza. Debe ver la realidad entre los espejos. Sólo la auténtica realidad se esconde detrás de un mundo de mentiras proyectadas. Lo demás sólo es abismo, negligencia existencial, dualismo, inexactitud. Entonces se coloca entre los dos espejos y alternando la vista cambia de uno a otro intentando descubrir la gran verdad. Todo parece igual, una gran sala que se repite en el borde de un elemento ocular finito. El descubrimiento le va a llevar días, o quizá años. No importa. La sombra es inmortal, imperecedera, estará allí de pie hasta que el que debe ser puesto a prueba descubra la gran verdad. 


A cada movimiento la realidad cambia, el mundo cambia, el universo se transforma, pero él sigue igual. Gira la cabeza a la izquierda y parte el infinito en dos. La mitad de las realidades dejan de existir en su mente. Sin embargo, la desesperación se duplica en cada una de ellas, se incrementa hasta alcanzar los vórtices exteriores de su paciencia. Nada tiene solución. Sólo observa y calla. El silencio le apremia. Muere en su silencio, contemplando un mundo que se ve a sí mismo y se recrea en el vacío de su interior. La agonía se refleja de vez en cuando en aquellas miradas. Sus ojos cada vez están más irritados, pero no hay marcha atrás, no puede volver a su hogar hasta saber la gran verdad. 

VI 

Cuando el destino pasa la página marcada la sombra se agita, el final está cerca, lo presiente. Los espejos se mueven ligeramente como si un sismo milagroso recorriera el mundo conectando cada una de sus fibras, cada uno de sus seres. En mitad de aquel mural de colectividad unificada descubre la individualidad. Ve por fin uno de sus reflejos que es diferente a todos los demás; está en un rincón tan alejado y a la vez tan cerca que si pestañeara por un instante perdería aquella figura para siempre, sería como devolver una gota de agua al mar y esperar recuperarla algún día. Mira su cara y se asombra. Se ve, en mitad de aquella maraña de caras ambiciosas, de ojos inmisericordes, es la cara de una persona muy diferente, parecida a la suya pero a la vez desconocida. La sombra se desvanece no sin antes despedirse abriendo su palma de la mano. Los espejos se vuelven opacos y la realidad cambia. El que debe ser puesto a prueba vuelve a su hogar; ahora conoce la gran verdad, ha descubierto que no es feliz.

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