domingo, 30 de noviembre de 2014

Luz de Luna

I

La noche es fría y poco agradable, fuera del hospital la lluvia retira los pequeños copos de nieve que han ido acumulándose a lo largo del día. La ventana, opaca por el frío intenso emborrona el reflejo de la luna y lo disuelve hasta convertirlo en un simple halo fantasmal que anuncia su propia debilidad. El paciente desconocido se entumece por el frío. Su piel está caliente, bulle de dolor, pero algo se remueve por dentro, como una bilis embrutecida por los malos recuerdos que pugna por salir. Sus labios sangran, sus dientes relucen en la oscuridad. Nadie le observa, pero él llora porque su pasado no le abandona, nunca se van sus recuerdos, son su escolta personal que en tropel y amparados por la imaginación, lo acompañarán hasta la tumba. Son como una marea que asciende y desciende movidos por fuerzas extrañas ajenas a su persona. Cuando se van sólo le queda el malestar, la culpa y la impotencia. A veces incluso sueña con mares de inmundicia en los que su alma naufraga. El sudor siempre empapa su rostro; cuando despierta, aquel mar embravecido lo atormenta y le devuelve una mirada de inmenso terror.

II

Los salones de la locura brillan con extraño fulgor. El final está cerca. Ella ha descendido sobre el mundo y le mira, pero no con indulgencia sino con pena. Siente lástima por él, quiere abrazarlo, besarlo, decirle que le quiere porque sabe que ya está muerto y que es prisionero de las malas estrellas que le han visto nacer. Pide clemencia en su nombre, pero no se lo conceden. Las normas no pueden ser quebrantadas. Él debe sufrir. Entonces ella se ilumina y conoce la verdadera naturaleza de su deseo. Ha venido a buscar, en el enfermo, aquello que todavía permanece lúcido, la perla íntima de su alma, aquello por lo que ella suspira. Con pasos ligeros los pájaros se posan sobre el suelo gris. Avanzan a pequeños pasos. Sus picos señalan el cielo, sus alas el infierno. Sus ojos lo han localizado. Huelen su miedo, sienten su locura. Las plumas se agitan. Su presa está perdida en un mar de pútrida esperanza. Avanzan a pequeños saltos, camuflados en la oscuridad reinante, ajenos a las miradas lúcidas y a los malos espíritus. Son los portadores de la fantasía, los que se alimentan de las migajas de la esperanza. Han venido para traerle un nuevo deseo.

III

El desconocido inclina la cabeza con brusquedad, su garganta se oprime con fuerza mientras sus ojos imaginan la serpiente que repta por la oscuridad. Miles de ojos se abren en aquel vacío desolador y lo observan atentamente, con furia y odio férreo, provocándole los más íntimos dolores que lo llevan a la rendición. Con suspiros entrecortados agita los labios, pide perdón mil veces. Los ojos no descansan, no perdonan, no suspiran por su vida. Finalmente se cierran agitando la oscuridad reinante. La oscuridad se vuelve monótona. Sus pecados le queman por dentro, está maldito, está obstruido por los errores del pasado. Pide clemencia pero nadie se la concede. Los dioses callan, el mundo está en calma. Sólo su espíritu se retuerce desamparado.

Pronto aparecen los pájaros. Los ve, de colores vítreos, parecen borrosos y con ojos de cristal líquido que lloran eternamente. Sus plumas son afiladas y se mueven con soltura nunca pisando el mismo lugar dos veces. Aquellos pequeños huéspedes lo reclaman. Uno de ellos emite un débil sonido. Los demás enfermos se mueven en sus camas, pero nadie se levanta, todos están absorbidos por el miedo. Todos sueñan con un profundo pozo que los engulle hasta los lugares más viscerales del mundo. Sienten miedo y serenidad. No quieren despertar, no quieren saber qué pasa, saben que no pueden ayudarle. La luna lo ha iluminado y todos sienten miedo. Está perdido. Sí, lo está sobremanera.

IV

Entonces su cuerpo empieza a separarse de la cama a la altura de un palmo. Se mueve en el aire estrangulado por manos ocultas que lo agarran con fuerza y lo hacen levitar sobre la materia inerte del suelo. La luz nocturna lo ilumina con rencor, lo delata al mundo de los espíritus y todos lo ven. Las criaturas lo observan desde su oscuridad acomodada. Huelen su miedo. Sienten su locura. Ansían la perla de su alma. Ella se la concederá. Mientras, la oscuridad se lo traga y los sonidos de llantos empiezan a rodearlo, advirtiéndole de dolores espantosos y visiones escabrosas de las que nunca podrá escapar. Él está asustado pero tranquilo porque sabe que nada podrá librarlo de los demonios que habitan en la noche eterna que es su vida. Su sino es la esclavitud; es un cautivo en cuerpo y alma. Aquellos demonios son verdugos despiadados que lo torturan y a la vez lo protegen de todo lo desconocido.

Los pasillos aparecen ensangrentados. Vísceras de animales serpentean por el suelo como si poseyeran vida propia. No hay orden ni consuelo. No hay lógica ni testimonio de lo que ahí haya podido ocurrir. Pronto las sábanas que envuelven su cuerpo caen al suelo y son pisoteadas por decenas de pies invisibles que viajan por aquel submundo sin temor a ser percibidos. El pecho le duele, las heridas se abren de nuevo, de nuevo el llanto amargo delata su mísera existencia. Nadie le concede el perdón. Todos callan.

V

La sala en la cual desembocan todos aquellos recuerdos se muestra oscura, pero aquellos objetos y seres brillan con luz propia y destacan en un fondo cubierto de sombras que se agitan animadas por los ciclos mistéricos de la locura. Entonces recuerda aquella sala, es el quirófano. Hay varias criaturas de pie formando un pequeño semicírculo. Todos lo estaban esperando. Por lo visto no fue el primero, el suelo está lleno de cuerpos mutilados que adornan de forma macabra aquel rincón de pesadilla. Sus manos tiemblan, ya no soportan el dolor; las heridas se abren, su boca escupe sangre hirviendo. En el centro de aquella sala hay una criatura que le suena muy familiar. Es ella. La única, la que conoce su secreto y lo ansía por encima de todo. La que sufre pero no perdona.

A su alrededor hay dos pequeños seres, uno abotagado y horrendo que lo mira con dos fauces en lugar de ojos. El otro es escuálido y enclenque, pero se apoya sobre unos pies que parecen hongos deformes del cual sale una espuma negra parecida a la que sueltan por la piel ciertos anfibios. Sin embargo, la figura central concentra en su figura todo lo que en aquella sala es verdaderamente aterrador. Viste un traje de enfermera y un paño ensangrentado cubre medio rostro; la otra mitad revela un ojo quemado. A la altura del pecho, la bata blanca muestra dos grandes manchas de sangre; sus pechos amputados apenas quedan disimulados, aquel cuerpo sin vida parece desear con fervor el descanso eterno. Con una lentitud pulcra aquella figura siniestra coloca un brazo mirando hacia el suelo y el otro hacia el cielo, temeroso de lo que pueda pasar, indicando en ambos casos la dirección con dos dedos en cada mano. Los demás asienten e inclinan la cabeza. Se respira respeto.

Su cuerpo empieza a inclinarse y descender. No logra tocar el suelo de aspecto resbaladizo pero sí se sitúa a una altura en la que aquel cuerpo, aparentemente femenino, lo mira son descabellada actitud. Entonces sucede algo que hace que su corazón se agite. Uno de los seres que sostiene una pequeña balanza coloca en la mano izquierda de aquella criatura un bisturí que destella en la oscuridad de verdadera malicia. Sin pronunciar palabra y agitando la cabeza a ambos lados mueve el bisturí en el aire realizando extraños giros parecidos a los de algún ritual religioso. Inmediatamente su pecho empieza a abrirse. Las heridas supuran y la carne se separa entre sí en un milagro bíblico, haciendo surgir un mar de sangre que cae al suelo produciendo un gorjeo inquietante.

Su corazón empieza a salir de la oquedad del pecho y a latir con fuerza. Sale despedido, flotando y se sitúa a una altura considerable. Bombea el vacío y se agita sin emitir ningún sonido. A los diez latidos empieza a brillar con una intensidad tal que ciega a los allí presentes. Todos aquellas criaturas quedan maravilladas con su resplandor. Lo miran y lo observan rodeados de la miseria que es la oscuridad. Lo adoran en silencio y se inclinan en reverencia como si aquel corazón fuese el astro rey convertido en faraón. Él sin embargo, sólo ve un pequeño atisbo de luz. La criatura femenina llora en silencio, su pecho sube y baja a un ritmo acelerado. Parece que aquel corazón bombea ahora en su pecho. Está extasiada.

VI

Entonces empieza a sangrar y de sus piernas de porcelana emerge un río de sangre carmesí. Se levanta mareada rompiendo la monotonía de aquel círculo hermético y avanza desesperada hasta llegar a la altura de aquella perla venerada que bombea la luz del mundo. Se quita el paño de la cara y muestra la más triste de las miradas. Un rostro vejado y mutilado, cosido para mantener la unidad de una vida quebrada por los pecados. Intenta besarlo pero sus labios no se despegan, están sellados hasta lo imposible. El corazón, asustado ante el afecto fantasmal, se retrae y vuelve a introducirse en el pecho del desconocido, latiendo entonces con voz sonora. A él vuelven los sentimientos, el rencor y los malos presagios. La oscuridad vuelva a reinar y los demonios vuelven a agitarse en su interior furiosos ante el peligro que acaban de experimentar.

La criatura grita y con el grito desgarrado de la noche las velas se agitan y los pájaros mueren. Las plumas recorren el vacío como nubes dispersas que han perdido el rumbo del mar. Ella desaparece con la luz y las criaturas nefastas de su alrededor se convierten en naturaleza muerta o elementos decorativos. Con el mismo ímpetu, unas manos invisibles devuelven al paciente a su cama y lo arropan con aquella sábana ensangrentada. La luz desaparece lentamente y vuelva a aparecer. El paciente mira a través de la ventana, intentando adivinar la presencia de aquel fatídico ser que le visita de vez en cuando. En algún lugar de aquel oscuro firmamento está la luna, calculando los ciclos y esperando con ansia el día en el que por fin pueda volver a ver a su amor querido.

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