domingo, 2 de noviembre de 2014

Manos Viejas

I

Una abuela de prendas grises camina por la calle en medio de una ciudad aglutinada que empieza a experimentar ese cambio sutil e ignorado por muchos llamado atardecer urbano. Las calles lluviosas se transforman con un matiz oscuro y las luces amarillas se reflejan en la acera mojada con una intensidad notable hasta el punto de neutralizar un poco la fría atmósfera del invierno. Todo parece distinto y melodramático.

Sus manos arrugadas sostienen una sartén y de vez en cuando se alivia frotándolas una con otra impregnando la unión con un aliento que se torna visible con su blanquecina manifestación. Su cuerpo viejo está sentado cómodamente en una silla de madera vieja, aunque quizá no más que ella. Así pasa la tarde, justo en esos momentos en que la noche está cerca, haciendo castañas y ofreciéndoselas a los transeúntes, todos ellos anónimos, algunos de ellos incluso simpáticos y otros, sin embargo, impacientes. No gana mucho dinero pero consigue sobrevivir en esa ciudad que la vio crecer cuando aún era un pueblo en auge.

Así pasa la tarde, haciendo castañas, notando el contraste entre el calor de sus manos y el frío de sus mejillas. Sólo las lágrimas que de vez en cuando salen de sus ojos ofrecen un punto de neutralidad, pues son lágrimas saladas y tibias que parecen desconocer el frío del otoño o el calor del fuego animado. Ya no recuerda por que llora, si por el tiempo trascurrido, si por amores olvidados o por todo aquello que no formó parte de su vida.

II

Entre gestos disimulados mezcla de vez en cuando el veneno que guarda entre sus ropas viejas y degastadas con las castañas que tan amablemente da a los clientes hambrientos. Las parejas de adolescentes, las madres con sus hijos, las pandillas de jóvenes solteros o los matrimonios nostálgicos... todos aquellos que tienen alguien a quien querer y alguien que les de la vida que ella no ha tenido. Esa es su amarga venganza, castañas llena de amargura y fatalidad.

Se acerca una madre con su hija pequeña. La abuela, de apariencia dócil y sensata ofrece un par de castañas hábilmente metidas en un cucurucho de papel. Todo ello mientras sonríe y asiente con la mirada. Antes de marchar comprueba el rostro de felicidad de la niña y su madre. Por dentro esta visión la quema viva, despierta un odio tan inmenso que ha hecho falta toda una vida de rencor. Rencor por una vida de soledad, por un hombre que se marchó, por un vientre que no nunca ha dado frutos... las imágenes se mezclan y se emborronan en emociones intensas que lo tiñen de un marrón muy oscuro. Ya ni siquiera recuerda cómo es el sabor de la venganza o la presión de la culpa sobre su atormentada existencia.

Cuando la noche domina las calles de la ciudad cierra su puesto y se marcha a descansar. Abandona las calles y vuelve a su hogar, desde la soledad, el anonimato y la amargura más intensa que alguien puede experimentar. Al día siguiente amanecerá en otra ciudad, en otro puesto ambulante, pero siempre con las mismas manos viejas que nunca han conocido el amor.

No hay comentarios:

Publicar un comentario

Hazme feliz con tu comentario.