jueves, 4 de diciembre de 2014

El Refugio del Bosque

I

Esta tarde decido partir a un lugar que aparece en mis sueños. Recuerdo que de niño visité más de una vez un bosque despejado al borde de la montaña desde donde se veía todo el valle y los pequeños pueblos que forman parte de la tierra. En un claro despejado había una cabaña de difícil arquitectura, de esas que parecen a simple vista que no tienen ni puerta ni ventanas. Pero esa cabaña si tiene una bonita ventana, una de esas ventanas que no ha sido construida para ver el cielo sino cosas que no pueden ser vistas con los ojos. Por eso voy allí, porque conforme pasan los días mi vista mengua y mi estado de ánimo decae. Debo alejarme de la civilización y marcharme de aquí antes que el tiempo se cobre su vil tributo.

Antes de partir me hago a la idea que ésta puede ser la última vez que vea mi propio rostro reflejado en el espejo. Nunca supe a ciencia cierta qué podía pasarme si me dejaba llevar por los mensajes que operaban en mi inconsciente a modo de órdenes imperativas encubiertas por la intuición que siempre me ha determinado.

Hoy parto de tarde y la noche caerá sobre mí. La linterna que sostengo entre manos se mueve agitadamente. Las luces fugaces que sobre la maleza se proyectan hacen que la travesía parezca más agitada de lo que es en realidad. Pero mi corazón palpita sin desánimo, está apesadumbrado, hay mucho en juego; pero también hay regocijo en mi interior, no lo puedo negar, ya que éste va a ser un día decisivo.

II

Llevo ya tres días en la cabaña. La primera noche fue muy dura. La escritura automática hizo que mis tendones se lastimaran. Mi mano ahora cruje de tanto movimiento repentino. Mis ojos ya se han acostumbrado a la luz de las velas. Los cambios han sido bruscos pero he podido adaptarme con dificultades. Debo ir bebiendo cada vez poco a lo largo de los días. No entiendo las razones pero así fue establecido por los que construyeron esta cabaña. Por de día no puedo salir, ni siquiera la luz lunar puede tocar mi rostro, debo acostumbrarme a la oscuridad absoluta ya que pronto agotaré las velas que traje de casa. El cielo está lleno de falsos dioses que me miran sin piedad, como titanes usurpadores que han jurado exterminar a todos aquellos que conocen la verdad que por accidente encontré.

III

Entre mis manos se van configurando lo que parece ser el primer capítulo de un libro. Una introducción extraña a conceptos que permanecían escondidos en lo más hondo de mis recuerdos. Conceptos abstractos, emociones, silogismos, metáforas... todo ello fluye con rapidez de mis labios sin que éstos puedan siquiera moverse. Al final de un largo periodo de eclosión artística dejó el libro en el suelo y me acomodo en el polvoriento sillón marrón de estancia principal. Mientras surgen nuevas ideas intento recordar que he escrito. Solo recuerdo un hombre delante de un pozo que cansado intenta hacer funcionar la polea para sacar agua. Su cansancio le obliga a renunciar al agua y al final no tiene otro remedio que soltar la cuerda y escuchar como el cubo cae al fondo del pozo. Su boca está agrietada y su lengua sedienta por beber cualquier cosa.

De pronto pienso que le pudo pasar a ese viajero pero no lo recuerdo. Quizá sea una de esas historias que aún están en proceso de elaboración. Puede que muriera por el camino o puede que no. A veces pienso que él fue el primero en llegar a esta cabaña en medio del bosque, quizá ese viajero encontró el agua que encontraba su cuerpo. Pero no un agua material, sino el líquido que su alma necesitaba, algo metafórico que aún tengo que descifrar. Intuyo que ese algo debe estar por esta cabaña, en algún rincón.

IV

Pasa una hora larga de pensamientos que se enredan unos con otros. Cuando vuelvo al principio, a pensar en el viajero y el pozo me doy cuenta que he terminado el ciclo y he de volver a escribir. Pongo el lápiz sobre el libro pero éste se rompe. La luz de la vela se apaga y deja un humo blanquecino que puede distinguirse aún en la oscuridad más absoluta. Hay alguien más en la cabaña.

La puerta se abre si se cierra varias veces. A duras penas puedo arrastrarme por el suelo, así que en un último esfuerzo desisto y vuelvo al sillón desde el que me siento cómodo aunque intranquilo. Oigo pasos y respiraciones. Hay personas que entran en la habitación y recorren los oscuros rincones de la sala. Manos invisibles ojean mi libro y lo leen en la oscuridad. Estrecho mi postura contra el sillón a modo de defensa. El miedo se despierta en mi interior pero apenas tengo fuerza para intentar hacer nada. Pasan los minutos y algunos pasos se van, otros se alejan. Alguien respira delante de mis narices y por más que toco en el aire a nadie alcanzo. Son seres de otra realidad, de otra dimensión desconocida que se afanan en conocerme.

V

Así transcurrieron los días en aquel lugar que hice mi refugio. Con el tiempo fui comprendiendo cada vez más por qué había sido construida esa cabaña en medio del bosque, aunque nunca descubrí quien fue aquel viajero que agotado y sediento que tan fuerte se ha metido en mi memoria como si fuera un recuerdo real, vivido quizá en otro tiempo, en otro lugar... Ahora soy capaz de distinguir cada vez más aquellas almas errantes que me acompañan en mi desdicha. Los veo venir e irse, ellos leen mis escritos y con el tiempo fui descubriendo dónde dejaban ellos sus libros antes de volver de vuelta al mundo donde pertenecen, a su ciudad humana de habitantes ciegos y perdidos.

VI

Noto noche tras noche una urdimbre misteriosa que me arrastra fuera de mi cuerpo. Estoy viviendo una comunicación mística que no puede definirse pero que pone los pelos de punta. Estos últimos días me empapo con cada visita, es como si con la simple mirada compartieran conmigo sus pensamientos más loados. Poco a poco voy abriendo mi mente a recuerdos que nunca creí tener. Cada vez estoy más cerca de ver esa ventana que yo mismo he descrito una y otra vez en mis delirios nocturnos. Estoy seguro que esta misma noche la encontraré y cuando lo haga la abriré para compartirla con las almas sedientas que me han acompañado durante estas noches de prolongada sequía.

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