domingo, 25 de enero de 2015

El Aliento de Cthulhu

I

Se deslizaba por el espacio infinito amparado por la desilusión de dioses ya olvidados, la negrura del vacío exterior lo protegía de las miradas indiscretas, de aquellos fuegos rencorosos que habían reducido miles de planetas a pura ceniza y habían apagado cientos de estrellas con el mero pensamiento. Huía de la destrucción, de la negación de aquello que le daba forma, de la destrucción total de aquellos que habían decidido purificar el universo y destruir aquello que habían creado con ilusiones ya desvanecidas. Él era el dios inmortal, un dios de la magia prohibida, el aliento de las voces proscritas más allá del abismo. Con silencio se deslizaba sobre el espacio, sobre la materia inerte que da continuidad al espacio y al tiempo, buscando un lugar donde reposar, donde dormir durante siglos hasta recuperar la conciencia plena de su existencia.

Sus heridas eran graves, casi mortales, el dolor le había arrebatado parte de sus recuerdos y sus ojos se cerraban buscando reposo, atormentado por viejos recuerdos que formaban parte a la vez de su pasado y su futuro. La batalla había sido larga y cruenta, notaba como sus carnes ancestrales se habían abierto ante la simple mirada cegadora de su creador. El fuego había quemado parte de sus pecados, lo habían destruido por dentro, debilitando su forma imperfecta e impidiendo que liderase con firmeza la rebelión que apunto habría estado de provocar un nuevo cisma en la propia luz que recorría toda la existencia. Todos ahora olvidaban su nombre, los cadáveres de sus lugartenientes se perdían en la inmensidad del cosmos, desintegrándose en pequeños haces de luz turbulenta y materia que daba nuevas formas de vida anteriores al nuevo orden. Nada quedaba de aquella guerra que había durado eones. Las inclemencias del tiempo y del espacio borraban su rastro, sus recuerdos, deshacían su obra inconclusa.

II

Su cuerpo era movido a través del espacio animado por la impulso de su fatal derrota, por el último golpe que le había arrebatado el control de su propia constitución. Sus tentáculos le guiaban como criaturas independientes, separadas de su cuerpo, de su conciencia ultraterrena que parecía parpadear al borde de la extinción. Tanteaban con intuición el polvo estelar buscando desesperadamente un lugar cauto donde descansar, buscando la impronta de lugares y tiempos remotos, buscando la fuente de la vida, pequeñas gotas de agua que preservaran su inmortalidad. Se dejó guiar, se dejó caer por el firmamento mientras su mente descansaba suspendido en el éxtasis. El contacto con la existencia despertó sus heridas y un grito aterrador surcó el aire terrenal. Miles de criaturas soñaron con el dolor supremo, con la humillación máxima que acompañaba a la caída de un dios.

Con agitados movimientos su cuerpo inerte cayó del cielo, se sumergió en las aguas tranquilas de un mar imperecedero, silencioso. La luna enmudecía, guardando aquel horrible secreto. Las estrellas parecieron extinguirse durante unos instantes, ignorantes de aquello que parecía desaparecer entre brumas vaporosas. Con lentitud aquel cuerpo caía, buscando el reposo eterno, dejándose engullir por las aguas tranquilas de un mundo extraño. Se adormecía su cuerpo mientras su mente se conectaba con una nueva conciencia, con un nuevo mundo llamado sueño. Aquello que no podía morir cerró definitivamente los ojos para siempre y empezó a soñar con la eternidad, buscando desesperadamente un nuevo mundo que no olvidara su nombre.

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