sábado, 3 de enero de 2015

Hilos del Cielo

I

Una mujer joven andaba por la acera buscando una tienda muy especial, quería hacerse un vestido y aunque no recordaba muy bien dónde, sabía que por aquella zona de la ciudad debía haber una tienda que vendiera telas y tejidos a muy buen precio. Realmente no lo sabía, lo intuía y no por haber visto algún escaparate mal disimulado o por haber escuchado alguna voz intrusa hablar de aquel establecimiento, simplemente había tenido un sueño y éste era tan real que sus piernas cruzaron el barrio entero en busca del traje de sus sueños. Era un mediodía muy especial, se notaba en el ambiente enrarecido. El cielo brillaba con un sol relajado y las nubes no existían. El anticiclón había comprimido el mundo de tal manera que la existencia de aquella tienda era temporalmente posible.

II

Tal fue la dicha que sintió su corazón al ver aquel escaparate que los pelos se le pusieron de punta, parecía que su larga melena buscara desesperadamente mezclarse con los rayos de sol. Al entrar en la tienda unos tintineos adornaron el ambiente vetusto del gran salón. El polvo cubría un mostrador enmoquetado repleto de botones, fichas y facturas que debían haber cumplido varios lustros de antigüedad. No había nadie salvo varios maniquíes desnudos que miraban aquella chica con una sonrisa que se había quedado congelada en el tiempo. Ella los miraba con admiración y extrañeza. Admiraba su desnudez y su imparcialidad; se podría decir que incluso quedó asombrada por la facilidad de su sonrisa, parecía sincera y perenne; pero aborrecía su fragilidad, su desnudez le recordaron que al igual que éstas, ella también estaba desnuda y necesitaba un traje nuevo.

Tras llamar repetidas veces en busca de algún propietario, decidió aventurarse en el interior de la tienda. Aquello era un laberinto de telas y de colores, de sombras esparcidas por el suelo y tintes que perfumaban el viciado aroma de aquel anticuario de la moda. Al no hallar respuesta deambuló entre aquellos pasillos decorados, dejándose llevar por la imaginación volátil de su mente; su cabeza reconstruían una y otra vez aquellas prendas en el aire, las cortaba, las cosía y las mezclaba para formar esplendidos trajes de tela. Pero ninguno parecía satisfacer sus necesidades. Ella había venido por un traje muy especial y hoy no era el día señalado para conjugar los colores en el aire como de costumbre. En aquella tienda había algo que tenía su nombre bordado en rosa. Y ese algo era muy especial.

III

En uno de los pasillos empezó a ver algo que la impresionó bastante a pesar del aspecto envejecido que guardaba en general todo aquel negocio. De una pared arrinconada salían enormes telas de araña que parecían tomar una dirección concreta, como si todas ellas hubieran sido estiradas sin desprenderse hacia un mismo lugar. Las siguió sin pensárselo demasiado. Aquellas hebras de telaraña empezaron a enredarse formando pequeñas cuerdas consistentes y compactas que parecían señalar el camino marcado. Pegadas a la pared seguían hacia adelante pegando la vuelta por las grandes estanterías de madera hasta descender finalmente por unas escaleras que desembocaban en un sótano inferior del que salía un ligero aroma a caramelo.

IV

Cuando hubo bajado el último escalón sus ojos quedaron a merced de la fantasía que le había preparado el destino. Había una gran sala cubierta de telas de araña y un gran capullo gris repleto de arañas que parecía emitir luces fluorescentes desde su interior; de las paredes llegaban hebras finas que poco a poco iban tomando colores más vivos hasta convertirse en telas bien formadas que nada tenían que envidiar a las telas normales; todas esas hebras llegaban de los distintos puntos del techo y permanecían unidas al capullo de tela. Miles de arañas, o mejor dicho, millones, desenredaban aquellas marañas de telaraña y con sus pequeñas patas manchadas de caramelo, tintaban las telas con colores chillones. Había hebras rojas, amarillas, turquesa, azul y magenta y cuando creyó que lo había visto todo aparecieron hebras que empezaban a deshilacharse en el aire adquiriendo tonalidades púrpura, naranja y rosa. Cuando aquello parecía ir a más, las arañas empezaron a retirarse, no sin antes desenredar aquel capullo gris que adornaba el centro de la sala.

Cuando toda la sala quedó despejada las arañas desaparecieron de la sala llevándose todo rastro de su presencia, incluyendo las telarañas que hasta hace poco adornaban el techo. El capullo desapareció y un precioso traje quedó enfrente de la mujer joven. Al final de la sala pudo contemplar dos grandes espejos plateados que calcaban la belleza del vestido con total fidelidad. Sus ojos a penas podían comprender el significado de aquel surtido de colores, era justo lo que había soñado pero apenas podía creerlo. Todas aquellas arañas tejiendo el traje para ella; la hacían sentirse especial. El destino le había preparado una fiesta de existencia y este era su regalo. Sin más miramientos avanzó y sacando el traje del asidero de madera en el que se apoyaba, se lo puso encima de la ropa. Era de su talla. Los colores presentaban una armonía tan perfecta que la hicieron sonreír de alegría. Ya nunca iba a quitarse aquel traje. Sería su nueva piel.

V

Entonces, de las escaleras bajó una mujer menuda y vieja de piernas gordas y cara agreste. Tenía unos ojos grises muy lúcidos y sus manos tenían la experiencia de haber tejido el mundo entero. Portaba varias telas y agujas adheridas a su larga bata gris. Avanzó en silencio hacia ella y la miró con suspicacia durante unos instantes. Finalmente asintió con la mirada y sonrió con dificultad para expresar la certeza de su trabajo. Abrió la caja de costurera para hacer los últimos arreglos y abriendo la boca lentamente dijo:

- Serán mil euros.

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