martes, 20 de enero de 2015

Rostro de Otro Mundo

I

Friedrich se levanta por las noches atormentado, las ideas se esfuman de su cabeza con una volatilidad amenazadora; en el fondo ha asumido la triste realidad, la creatividad lo ha abandonado y es con la mediocridad con la que se acuesta todas las noches. Ni siquiera recuerda los sueños que antes tan apasionadamente le envolvían, es como si su alma se hubiera esfumado por la ventana como los aires pestilentes de los que han dejado de enfermar. Como artista está acabado, y como hombre quizá también pues ese mundo interior que le sostenía como persona ha cerrado sus puertas y le ha dejado a merced de una humanidad que lo considera débil e inservible.

A pesar de lo vacío que se encuentra por dentro lo que más detesta es el hecho de haber perdido los sueños, es como si la luna hubiese dejado de iluminarle por las noches, aunque también puede ser que su mente se haya secado y que ya ni siquiera tiene talento para soñar como había dicho recientemente un amigo suyo medio en broma... aunque cierto es que al decirlo con tanta seriedad pareció como si lo dijese en serio.

II

Hoy se levanta y empieza de nuevo. Coge una masa húmeda y sucia de inerte barro y lo monta sobre un taburete. Empieza a moldear la amorfa sustancia como si ésta estuviera sacada del sagrado absu. Todo empieza bien pero conforme empieza a perfilar el rostro miles de imágenes se entrecruzan en su interior, hay caos alborotador, indecisión y al final frustración. Por unos momentos se separa del rostro inacabado pero vuelve a intentarlo, está vez conteniendo la respiración y dejándose guiar por los instintos que hacía tiempo había dejado de seguir. Al poco rato empieza a recordar sueños que nunca ha tenido, caras que nunca ha visto, casi todas ellas agónicas y suplicantes. La viveza de esas imágenes se vuelve tan poderosa que por un momento no sabe ni donde se encuentra. Las manos empiezan a moldear bajo la influencia de entes desconocidos que no pertenecen ni al mundo de la memoria ni al de la creatividad.

Así pasa varias horas a la luz de las velas de acre perfume, entusiasmado con las fuerzas que guían sus manos y con la falta de sueño que le permite seguir adelante en su empresa personal. Por un momento parece desfallecer de cansancio pero se recupera y sigue dando vida a aquello que nunca ha existido. Cuando termina cae sobre sus rodillas ensimismado con su vigor renovado pero agotado y acalorado con su pequeña aventura profesional.

III

Se levanta y ve el busto con asombro. Es la parte trasera de una cabeza, con unos pelos gruesos y largos, ligeramente ondulados. Da la vuelta por la habitación, ni siquiera se atreve a tocar la escultura pues su perfecta simetría podría quebrarse por la acción de sus manos trémulas. Conforme camina no ve cara alguna, todo es pelo, ha esculpido una cabeza sin rostro, inhumano desde luego pues sólo hay pelo, ni siquiera tiene orejas o nariz. Esa criatura no puede ver ni respirar, está muerta como su arte.

Vuelva a la posición inicial y enciende una vela más antes de quedarse a oscuras. En ese momento escucha un resoplido gutural que hace que las velas titubeen y se muevan con turbulencia. Se gira y lo ve, el busto tiene rostro. Aquel rostro no podía haberlo esculpido él, era un monstruo, una blasfemia contra todo lo bello y aquello que había sido bendecido con la voluntad de los dioses benevolentes. Era la figura de un ogro ancestral, hermafrodita, ni hombre ni mujer, ni ser humano ni bestia, ni dios ni demonio, era algo amenazador, arcaico... más antiguo que el hambre o la sed. Las cóncavas vacías de sus ojos lo miraban con fuerza y su boca abierta ansiaba respirar el aire de un mundo que no le dejaba existir.

IV

El artista se escondió del mundo y de la luz. Vivió de la limosna y de las monedas que de tanto en tanto ganaba con pequeños trabajos a amigos y conocidos, normalmente de restaurador o incluso carpintero. Desde aquella noche no se atrevió a tocar de nuevo el barro y cuando la gente le reconocía por la calle negaba ser el artista que había sido en el pasado. Por las noches se encerraba en su habitación y contemplaba aquel busto. En sus ojos veía el abismo infinito y el aliento fresco que emanaba de vez en cuando de su extraña boca encantada le hacían entrar en un extraño sopor. Cuando soñaba veía mares que nunca pudieron existir, ciudades grises de culturas ya olvidadas, en ese mundo había gente amable que lo guiaba por antiguas sendas en busca del alma que había perdido.

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