jueves, 12 de febrero de 2015

El Funeral del Señor André

I

El señor André sufre desde hace unas semanas ataques de pánico que le pueden mantener en vela toda la noche. Mientras dura la angustia que le atormenta suele gritar y tirar objetos contra la pared, aquellos que se ponen por delante mientras da una de sus travesías nerviosas por toda la casa, como buscando algo que le falta sin saber qué es. André se siente mayor, en el pasado fue un joven apuesto y lo más importante de todo, un joven soltero y adinerado que vivía la noche pensando que la vejez jamás le alcanzaría. Ya debe tener unos 40 años y las ideas sobre la muerte empiezan a rondarle la cabeza. Piensa que no tiene herederos al no haber formado familia, que sus amistades son poco diáfanas y sus queridas han entrado y salido de su vida con tanta ligereza y rapidez que no le han aportado nada a largo plazo.

Intenta cerrar los ojos pero su mente no se apaga, es una vela perenne en medio de las tinieblas que sigue quemando con su cera ardiente la poca energía que le queda después de todo un día de paranoias y viscitudes. Cuando por fin logra creer que ha caído en un sueño, el miedo le invade de nuevo. Se despierta pero sus ojos no ven la habitación donde debería estar. Atónito y atormentado ve su propio funeral en mitad de un campo agrio y marchito, de estos páramos que parecen no haber sido visitado por la lluvia en un par de meses. La gente se presenta delante del ataúd abierto que contiene su cuerpo sin vida como si fuera un batallón militar formando delante de la mismísima muerte. De repente la masa de gente se divide en dos, a un lado los caballeros y al otro las señoras. Ambos parecen ignorar la presencia del señor André. El pasillo entre ambos grupos le permite distinguir con mayor claridad su cadáver en el interior del féretro.

II

Cuando ve su cuerpo se sobresalta del pánico, nota como sus ojos se le salen de las cuencas y la lengua se le queda pegada al paladar como si todo su interior estuviera combustionando como un alma maldita en el interior de una iglesia. En ese momento despierta pero esa imagen panorámica queda grabada a fuego en su memoria visual inmediatamente. Recuerda con viveza su cuerpo marchito medio cubierto de granos de arroz, sus manos dobladas sobre sí mismas con algunos de sus dedos travesados por alfileres de color azul. Sus ojos están blancos, cubiertos de cristal o cera, algo pegajoso pero endurecido. También recuerda, aunque no con tanto detalle los visitantes fúnebres. Ve aún sus caras ausentes, sus rasgos inexistentes, todos cubiertos de sombras o blancos como el mármol sin ningún detalle mínimamente humano. No tienen ojos aunque algunos si poseen bocas o narices medianamente formadas. Todos iban vestidos de negro y llevaban una moneda de plata entre dos de los dedos de la mano izquierda, algo que le sonaba muy llamativo aunque no sabía decir por qué.

III

Cuando logra recomponerse del truculento despertar unas manos grandes y fuertes le cogen por los hombros y lo levantan de la cama sin dificultad. Las voces entrecortadas por algún silencio misterioso dicen:

- Señor, tenemos que prepararle. Hoy es el día, tal como había previsto.
André grita y vocifera sin disimulos, intenta escapar pero no logra ni siquiera mantenerse de pie. Los dos hombres corpulentos y de cara borrosa le llevan a ras del suelo. Ante su insistencia uno de ellos vuelve a articular con dificultad una frase, esta vez más larga que la anterior:
- Tranquilícese, señor André, ¿No lo escucha? El carruaje ya está aquí, hoy es el día de su entierro y no querrá defraudar a los invitados, ¿no? Vamos, anímese, ya verá que hermosa está la novia.

Desde la calle dos corceles relinchan con si fueran dos pesadillas recién creadas. El señor André es llevado al salón. Todo está adornado con candelabros a medias velas. En el centro de la gran sala hay una mujer de considerable estatura. Va vestida de blanco, es un vestido de novia corroído y lleno de polvo. En cada uno de los rincones de la sala hay un invitado borroso que parece flotar entre las sombras que se cuecen en esos misteriosos ángulos.

IV

La novia se gira y muestra su tétrica sonrisa. Si mientras estaba viva era mujer ahora no lo parece. Todo su cuerpo está carbonizado y las pocas partes que no lo están ya fueron corroídas por los gusanos tiempo atrás. Sus ojos permanecen impasibles, sin vida, como meros adornos inexpresivos. Su visión es imposible de evitar, su presencia es hipnótica y a la vez aterradora. El señor André siente como sus entrañas se mueren ante la funesta visión femenina de la muerte. Sus ojos se cierran y nota antes de morir que su corazón ha dejado de latir.

V

Su cuerpo sin vida es depositado en un ataúd sin nombre ni marca que lo pueda distinguir. Nadie preguntará por él ni se extrañará de su desaparición. La muerte se lleva su cuerpo en mitad de la noche, la gente se extraña al ver un carruaje sin conductor, pero al cabo de un rato se olvidan de lo que han visto. Aunque a lo largo de sus vidas hayan visto una multitud de carruajes fúnebres deambulando sin señor por la ciudad señorial, el hechizo de lo innombrable es tan poderoso que no pueden recordarlo jamás hasta el día de su muerte.

El carruaje coge fuerza y se dirige al templo donde se va a celebrar el funeral. Cuando las personas sin rostro presienten el carruaje acuden de forma lenta y triste al funeral y se arremolinan entorno al lugar donde va a ser depositado el cuerpo. Nadie los ve, pero ellos están ahí, tal como le habría prometido la muerte al señor André un día antes de la boda.

No hay comentarios:

Publicar un comentario

Hazme feliz con tu comentario.