miércoles, 25 de febrero de 2015

La Llamada del Callejón

I

En una de las calles de una vieja ciudad hay un callejón oscuro y hediondo que pocas veces ha sido transitado. Los pocos que lo han hecho no han vuelto jamás o nada se sabe de si realmente lo hicieron o sólo se inventaron la historia para difundir el miedo o hacerse los héroes. La mayor parte de la gente evita mirar sus entrañas, llenas de humedad y sucia materia que confieren a ese conjunto de paredes estrechas un aspecto intestinal nada aconsejable. Así pues, el callejón ha ido perdiendo la capacidad de existir. Con el tiempo sus paredes se han vuelto más estrechas como si del hambre aquella calleja se cerrara en canto para ahorrar energías y quizá también como consecuencia de debilidad, de una debilidad fingida en toda regla, pues la suciedad y la oscuridad que la habitaban eran cada vez más fuertes hasta el punto que la gente extraña empezó a lanzar rumores que detrás de todo aquel misterio habían extrañas presencias que se retorcían en sus propios dominios.

Un día empezó a correr el rumor que aquel callejón conecta con otros callejones misteriosos repartidos por toda la ciudad y que juntos forman una red de callejas que circula entre las sombras de la ciudad, entre las partes posteriores de las casas, allí donde se ven reflejadas las miserias y las malas voluntades que la gente oculta del mundo exterior. El callejón se alimenta de esas malas emociones y por ello crece y se expande como un gusano cuya elasticidad supera a su propia repugnancia.

II

Enfrente de una calle hay uno de esos callejones, la protagonista indiscutible de los primeros rumores, que es vista diariamente por un hombre que vive enfrente y que está condenado a vivir de aquellos misterios que tanto le han atraído. Vive en esa misma casa desde hace treinta años, nació allí mismo y allí ha vivido desde entonces, desde la muerte de sus padres y nunca recuerda, en su infancia temprana o tardía, haber visto enfrente de su casa ningún callejón. Antes sólo había una pared blanca como la espuma del mar que más tarde se convirtió en un ultramarinos y posteriormente en un solar vacío y estancado en su soledad, rodeado por entero de edificios de madera y de calles limpias por las que pasaba la gente. Es como si aquel callejón hubiera surgido de algún sitio muy lejano y hubiera venido a buscarle a su propia casa. Su presencia le inquieta pero el misterioso vapor que sale por las noches de sus oquedades negruzcas y que de alguna manera le anima a adentrarse en su interior.

III

Así pasaron varios años más, enfrentado con su propio dilema, condenado a una decisión inexistente, hasta que el propio destino puso en jaque con su maniobra la irresoluble naturaleza del hombre. Una noche un viento vaporoso salió del callejón con intensa bruma y toda su habitación se llenó con el fulgor rojizo de una sustancia antinatural que llamaba a sus puertas. Ninguna puerta se abrió más que la suya; ninguna ventana quedó bañada por aquel extraño color. Sólo aquel hombre sintió la llamada de aquello que habitaba al final de aquel oscuro callejón.

IV

Salió de su casa y se acercó al lugar. De aquella bruma vaporosa surgió un hombre curvado que a duras penas parecía poder distanciarse del suelo. Parecía un vagabundo, estaba cubierto de harapos grises, una capa y un enorme sombrero pasado de moda que le garantizaba el anonimato. De su rostro oculto salía un hilo de humo místico que se elevaba hacia el cielo trazando extrañas ondulaciones, parecía el humo de una pipa pero era demasiado denso para asegurarlo a simple vista. Le miró desde el otro lado y alzando su cabeza con orgullo, se dio la vuelta y desapareció posteriormente entre aquel sendero maldito de paredes estrechas. Entonces él le siguió. Despacio y silencioso avanzó por aquel extraño lugar que tan familiar le resultaba ahora hasta que se desapareció, perdiéndose en las tinieblas que allí reinaban.

V

Nunca se supo si la demencia llamó a las puertas de su casa o todo aquello realmente nunca sucedió. Algunos dijeron que las pesadillas de aquella casa cobraron vida e hicieron enloquecer al dueño, pero absolutamente nadie pareció percatarse que al día siguiente su casa desapareció y con ella todo rastro de existencia. Jamás se volvió a saber de aquel hombre y allí donde antes había una casa ahora sólo hay un callejón maldito que se abre paso lentamente por una ciudad infinita. No hay modo alguno de conocer los oscuros designios que guían aquel sendero pero lógico es pensar que aquel sendero busca y encuentra a aquellos que sí están preparados para recorrerlo

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