viernes, 6 de marzo de 2015

Alma Gemela

I

Meses han pasado desde que no veo a Marcuse. La última vez que tomamos juntos un café discutimos acaloradamente por temas triviales que desde luego para él empezaban a dejar de serlo. Hablábamos de arte en general, después de nuevas tendencias y finalmente de la inspiración que ambos buscábamos por encima de cualquier cosa. No sé cómo terminamos hablando de temas que por el momento no habían surgido entre nosotros; Marcuse tenía nuevas ideas, nuevos intereses, nuevas metas... y yo no las comprendía. Al principio se puso nervioso y se esforzó por explicar sus ideas con calma pero cuando sintió que seguía sin captar el significado de aquellas palabras suyas tan ajenas a mi campo, se enfureció, golpeó la mesa y salió del bar, dejando varias sillas descolocadas y a los demás clientes estupefactos. Después todos me miraban a mí, como si yo fuera el causante de su imperdonable actitud.

II

Pasaron varias semanas y dejé de tener noticias de él. En la editorial donde trabajaba me dijeron que había dejado su puesto de corrector ortográfico y que ni siquiera se había pasado por el despacho del director para negociar su retirada, simplemente llamó por teléfono una tarde y dijo que lo dejaba. Al principio intenté hacerme el ánimo de que algún día se le pasaría el enfado, pero pronto me di cuenta que él era aún más orgulloso que yo y que no iba a pedir disculpas de ninguna de las maneras; me tocó pues husmear en los locales que antes frecuentábamos intentando encontrar a ese hombre solitario, a esa alma gemela que recientemente había perdido. Pasaron los días y no lo encontraba por ninguna parte, así que sólo me quedó soñar en los buenos momentos, en los momentos de lucidez extrema donde alguien exponía alguna de sus nuevas ideas y comprobaba su efecto en el rostro del otro. A veces se me venía su imagen a la cabeza, de cómo se iluminaban sus ojos cuando nuestros pensamientos excéntricos se encontraban en algún recóndito lugar de nuestra mente colectiva, allí donde las ideas delirantes convergen y se hacen una sola. Sin embargo, un día dejé de entenderle y fue como si me arrancaran una parte de mi.

III

Una tarde llamó alguien a la puerta y corrí a abrir sin mirar quien era. Dos policías me esperaban junto a la escalera. Querían respuestas, respuestas rápidas y sinceras sobre Marcuse. No quisieron decirme nada pero tuve un miedo terrible al pensar que quizá se había metido en algún lío. Lo único que pude decirle entre respiraciones neuróticas es que habíamos discutido por opiniones diversas y que lo único que sabía de él es que había dejado el trabajo. Me contaron que los de la editorial lo habían denunciado, que se había llevado el libro en el que trabajaba, un original del siglo XVII que estaban traduciendo al inglés y él se había dedicado a corregir. En ese momento me acordé de aquel libro, un libro que hacía que la voz de Marcuse adquiriera un tono extraño después de hablar de él. Era un manuscrito esotérico, seguramente un falso grimorio atribuido deshonestamente a algún filósofo o religioso de épocas anteriores y que alguien había enviado a la editorial de forma anónima y desinteresada. Al principio no tenían ningún interés en él, pero con el paso de los años esos temas empezaron a gustar a la sociedad y pasó a ser un tema demandado que merecía su atención. Fue entonces cuando llegó a las manos de Marcuse. En ese momento tenía dudas. ¿Por qué estaban los agentes aquí? Los miré atentamente y le pregunté al oficial si realmente estaban aquí sólo por un libro robado. Sus palabras fueron contundentes. No era sólo un libro, había gente de por medio, varias desapariciones que apuntaban todas a la misma persona, a Marcuse, mi alma gemela.

IV

Esa semana tuve problemas para conciliar el sueño, cerraba los ojos y veía a Marcuse cometer atrocidades en nombre de algo que se había metido en su mente y lo había alejado por completo de mí. Temí por su vida y recé en silencio a un dios desconocido para que todo fuera una equivocación, una de esas anécdotas que un día futuro recordaremos Marcuse y yo cuando estemos tomando un café en nuestro local preferido. Pero no llegaron nuevas noticias, ni de la policía ni de la editorial donde trabajaba. Llamé para preguntar sobre el libro y me dijeron que ese libro en el que Marcuse trabajaba se perdió hace años en la editorial y que desde luego no habían acusado a nadie por ello, que era muy probable que estuviera en algún almacén mohoso. Su respuesta me desconcertó, pregunté sobre si habían denunciado por alguna razón a Marcuse y el interlocutor, perplejo, dijo que no y poniéndose nervioso preguntó si había pasado algo a Marcuse. En ese momento colgué. Había demasiado en juego y la gran cantidad de mentiras me impedían discernir el camino por el cual encontrar a Marcuse.

V

Esa misma noche soñé con Marcuse. Estaba solo, encerrado en una galería mal iluminada y cubierto de cuerpos desnudos vacíos de vida y de calor. Sus manos, cubiertas de sangre, usaban el hilo de coser para unir trozos de carne deforme que desde mi visión no podía identificar. Sobre una mesa había un cuerpo femenino y otro masculino, ambos de espaldas uno hacia el otro como si miraran en direcciones opuestas. Sus espaldas estaban cosidas con esmero y parecían formar un solo ser hermafrodita que guardaba los misterios más antiguos de la carne y la procreación. Sus ojos vidriosos parecían indicar que habían sufrido sobremanera, pero había algo que reclamó por completo mi atención. Entre sus piernas, encima de la mesa marrón había un viejo libro de aspecto asimétrico y páginas amarillentas que contenían quizá verdades aterradoras que nunca debieron ser escritas. Aquel libro me provocó un pavor increíble, fue esa visión de las hojas oxidadas intentando escapar del propio libro la que me despojaron de mi propio quehacer onírico.

Aún era de noche, pero me dirigí hacia aquel lugar en el que pocas veces había estado. Era un lugar abandonado, un antiguo almacén provisional de fertilizantes propiedad de la familia de Marcuse y que según me había contado una vez que me trajo allí, era un rincón personal que utilizaba para tratar con materiales poco ortodoxos. No sabía muy bien a qué se refería con esas palabras, siempre pensé que se trataba de excrementos o productos tóxicos con los que pocos pintores se atreven a trabajar. Pero por el contenido de mis sueños, preferí en aquel momento encontrarme a Marcuse pintando con sus propios excrementos. No quería admitir que Marcuse había cometido aquellos actos malvados; lo que más me aterraba era la idea de perderlo para siempre.

Cuando abrí la puerta vi la sangre. No se podía ocultar en ningún momento todo lo que allí había sucedido. Había cuerpos mutilados y colgados en el techo y las paredes. Algunas de sus extremidades habían sido amputadas y reimplantadas en otros cuerpos, convirtiendo aquella pared industrial en un collage sádico y grotesco. Analicé las formas, los cuerpos mutilados, la carne remodelada con oscuras intenciones y aquello, aunque al principio me dejó sin aliento, provocó en mi un impacto contradictorio que bifurcaba mis propias emociones. Por una parte quise huir de allí y vomitar, pero por otra sentía una curiosidad inhumana en aquellas formas macabras y sus extrañas configuraciones. Un ruido a mi espalda me alertó de la presencia de alguien, me giré y lo vi, era Marcuse. Su ropa estaba sucia, tenía sangre reseca y barro por toda la camisa. Su rostro estaba adormecido y presentaba una silueta un tanto desconcertante. Entonces lo miré a los ojos y lo comprendí todo. Vi la pasión, el destello místico del artista errante que indaga en los misterios de las formas en busca de las inspiraciones más viscerales. El brillo de sus ojos, esa pasión desenfrenada cubierta de lágrimas laureadas entraron en mi propia mente y me contagiaron con su júbilo. Todo aquello era el arte que había estado buscando desde hacía meses y yo no había sido capaz de comprender.

VI

Esa fue la última vez que vi a Marcuse. Nunca supe cómo término su camino, de la misma manera que no sé cómo va a terminar el mío. No volví a saber más de aquellas personas que le acechaban y de los motivos de su cruzada. Fue lamentable la idea de dejar de ver a Marcuse, pero se, que al igual que su obra magna, somos dos almas gemelas unidas por su disparidad. Juntos estamos, en cuerpo y alma, aunque mirando en direcciones opuestas y quizá llegué el día en que nuestras miradas, aunque contrapuestas la una a la otra, lleguen a encontrarse en la infinidad del universo.

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