martes, 17 de marzo de 2015

El Misterio de los Cereales Hipercalóricos

I

No puedo describir esa sensación de inquietud y enfado con la que me despierto todas las mañanas y descubro que alguien se ha comido mi desayuno. Cuando mis párpados se levantan y percibo los prematuros rayos de luz, me levanto, me lavo la cara en el cuarto de baño y me dirijo a la cocina para comer mi preciado bol de cereales. Sin embargo, este proceso aparentemente sagrado y monótono no puede realizarse desde hace unos días. Cuando abro la puerta de la cocina me encuentro con un panorama poco reconfortante que me crispa por completo. La caja de cereales está encima de la mesa, volcada como un vulgar objeto. La bolsa blanca que contiene los cereales está justo al lado, apretujada, profanada, vacía, formando una bolsa de plástico inservible. A lo largo de toda la mesa y por debajo, en el suelo de la cocina, hay esparcidos varias decenas de bolitas marrones de chocolate que hasta ese momento se podían considerar cereales. Ahora no son más que bolas inservibles y pegajosas sólo masticables por los paladares más desesperados.

II

Hay salpicaduras en la mesa de leche y en algunos rincones de la pared. Es como si un animal sobrenatural hubiera poseído todas las noches la cocina y se hubiera puesto como meta personal arruinarme las mañanas. Mi desayuno era muy importante y ante esa obsesión de alguien por fastidiarme la vida decidí actuar. Esta noche pondría el despertador antes de la hora prevista, descubriría qué pasaba en mi cocina cuando normalmente debía dormir. Sólo el hecho de pensar que en mi hogar había un segundo inquilino que saboreara mis cereales me producía un malhumor sobresaliente. Era difícil considerar la idea que alguien entrara en mi piso sólo para robarme los cereales pero conociendo el ambiente enrarecido del piso de los últimos meses ya no me sorprendía nada, los cuadros parecían moverse por momentos y los retratos que habitaban sus cuadriculados límites parecían mirarme cada vez con una mirada cargada de una mezcla de rencor y suspicacia. Aquello era una locura, la posibilidad de que alguien alterara la paz de mi hogar me producía un mal de cabeza continuo, de naturaleza intensa pero indescifrable que sólo cesaría con el descubrimiento de toda causa.

III

No obstante, no llegué a esa conclusión con simples delirios nocturnos. También pensé en la posibilidad que todo aquel destrozo infame fuera fruto de ratas salvajes o criaturas de la noche, pero allí había un elemento que descartó esa posibilidad, era el aroma de café que inundaba la casa cuando ocurrían aquellas locuras inexplicables. Era entrar en la cocina por las mañanas y notar ese olor a café recién hecho como si alguien hubiera molido el café allí mismo con morteros de piedra ancestral y se dedicara a picar café recién recolectado de ciertas regiones embrujadas de áfrica. Y por lo que yo sabía hasta el momento, gracias a los documentales de la tele, ningún animal no humano acostumbraba a tomar café o al menos muchos de ellos no disponían de una inteligencia y unos dedos prensiles capaces de maniobrar de esa manera. Alguien entraba en aquella cocina por las mañanas antes de que la luz se hiciese día y desde luego ese alguien era humano o eso es lo que me obligo a pensar en estos momentos. Sí, había algo extraño en todo ello. Los escalofríos recorrían mi espalda sólo de pensarlo. Aquello explicaba lo desdichada que se había convertido mi vida.

IV

La noche se hizo y con él un nuevo sueño insulso carente de sentido que se diferenciaba de sus hermanos en que éste había sido interrumpido por un despertador ingeniosamente programado para sonar una hora y media antes de lo habitual. Me desperté de golpe, como si la adrenalina ya se hubiera fijado en mis músculos a modo de anticipación y caminé ligeramente hacia la cocina, temeroso pero a la vez audaz e irritablemente sorprendido de mí recién carácter detectivesco. Encendí la luz de la cocina y abrí la puerta de un sólo golpe. Lo que allí había me dejó helado durante unos instantes, incapaz de reaccionar, de percibir con total serenidad. Sentado en mi silla había un monstruo horrendo, un demonio caricaturesco similar a los que aparecen en las leyendas orientales, con sus ojos saltones, con largos bigotes y caras rojizas llenas de manchas ocres y ojos amarillentos. Una larga lengua bífida colgaba de su colosal boca abierta. Sus ojos me miraron con asombro, parecía sorprendido por mi presencia y se había quedado inmóvil sin saber muy bien qué hacer, al igual que yo. A pesar de mirarme de reojo con esos ojos desorbitados seguía engullendo mis cereales de mala manera, haciendo que la mitad le cayeran de su boca y rodaran por el suelo de la cocina. Allí estaba, yo de pie y esa criatura sentada en mi habitual silla comiéndose mi desventurado desayuno.

V

Cuando terminó se levantó lentamente sin dejar de mirarme con esa mirada asustada cargada de culpa y a la vez curiosidad. Su cuerpo era rojizo y tenía todo el torso y la espalda cubierto de polvos negros parecidos al hollín pero que por su aspecto bien podría responder al misterioso café que quedaba siempre como prueba del delito. Su nariz era ganchuda y extremadamente gruesa, por sus orificios entraba y salía una gran cantidad de aire cargado que viciaba la atmósfera de aquella habitación, enrareciendo aún más el ambiente con misteriosos aromas exóticos que nada tenían que ver con el azufre o las esencias terrenales. Se levantó de la silla, estiró su espalda encorvada y como rompiendo el hielo de aquella situación, introdujo sus manos en los bolsillos de sus viejos y desgastados vestidos, como buscando algo que ofrecerme. Entonces agarró algo con fuerza, sacó una de sus manos y extendiéndola hacia mí me ofreció algo. Eran caramelos de café.

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