miércoles, 15 de abril de 2015

Diamante de Sangre

I

Camino por una ciudad de colores tristes que nunca antes había visto pero que sin embargo me resulta de lo más familiar. Es como si ya hubiera recorrido ese lugar en tiempos pretéritos pero su recuerdo se hubiera evaporado por arte de magia. Sus calles son uniformes y parecen recrear los modelos de ciudades modernistas de varios siglos atrás. No hay suciedad, todo está impoluto y parece más que una ciudad, una maqueta agigantada por el deseo de poderes colosales que jamás descubriré. Sus casas son robustas y parecen pequeñas residencias palatinas. Lo primero que me pareció extraño es que es una ciudad silenciosa. No hay sonido alguno y el viento parece inexistente.

II

En esa ciudad hay dos tipos de personas. Los primeros y los segundos. Los primeros son las personas que permanecen congeladas en el tiempo y las que se mueven con una antinatural celeridad. Cuando paso cerca de uno, me doy cuenta de que parecen estatuas ancladas en la calle, ajenas al devenir del tiempo; incluso guardan cierto parecido por su tonalidad grisácea. Todas esas personas van vestidas de manera extravagante y sus rostros ofrecen muecas exageradas sacadas seguramente de contextos muy dispares. Esos detalles, en conjunción con las extrañas posturas en las que se han quedado congelados hacen que la ciudad parezca una obra manierista en sí misma, muy acorde con el aspecto de las casas y las farolas perfectamente sincronizadas con sus luces livianas y hambrientas de tonalidad. A veces me giro y me da la sensación que han cambiado de lugar, pero por mucho que camino por esa extensa calle, nunca logro distinguir el cambio cuando éste sucede; sólo percibo el cambio cuando mi atención se ha ausentado momentáneamente.

Pero también hay otro tipo de personas, los segundos. Éstos van a una velocidad extremadamente peligrosa. Sus movimientos rompen la barrera del sonido y hacen que incluso la visión de sus rostros me sea imposible. Sólo veo figuras estereotipadas, calcadas unas a otras, con ropas modestas y largos peinados ir y venir a velocidades tan extremas que sus rostros parecen desfigurarse y algunos de los cuales incluso parecen fundirse con el aire, haciendo que parezcan fantasmas transparentes que emborronan la realidad al pasar. Sus pelos ondulan de forma caótica y el leve movimiento de aire que dejan al pasar a mi lado me hace pensar que quizá este tipo de personas son las únicas responsables de que el aire circule por la ciudad. Sin sus andares, no habría viento ni tampoco espacio. La ciudad se estancaría en un recuerdo fotográfico del que jamás podría salir.

III

Cuando pienso en esas cosas me maravillo, pero mi pensamiento axiomático me lleva a un callejón sin salida al pensar en el tipo de persona que soy. No puedo asegurar que sea de los primeros, pero tampoco de los segundos y en ese lugar tan lejano al que accedo en sueños tampoco puedo asegurar que haya elementos intermedios entre uno y otro. Quizá sea algo único que deba averiguar o quizá no, porque bien podría ser que ellos también me vieran a mí como a un segundo o a un primero.

Caminé largo y tendido por esa calle cuadriculada hasta llegar a un lugar poco diáfano donde se mezclaban las luces y los sonidos que venían de un lugar cercano. Los primeros aquí parecían comportarse de manera diferente, unos permanecían congelados en extremo con los pies enterrados en el propio asfalto y otros parecían moverse lentamente intentando escapar de alguna especie de fuerza gravitacional que les sumergía de nuevo en ese extraño estupor. Aquí había un punto en que los primeros querían ser segundos y algunos segundos querían ser primeros, pues entre ellos logré ver el rostro de un hombre joven con la nariz ligeramente curvada de lado, seguramente debido al efecto continuado del viento sobre su cara. Todos los segundos que vi eran jóvenes, pues tal era su velocidad que ni siquiera la vejez les alcanzaba. Pero no había ninguno que se acercara ni de lejos al centro de aquel lugar. Era una plaza hundida en el suelo que se abría entre cuatro calles cardinales. Tenía una forma abollada, hemisférica, como si algo cilíndrico se hubiera asentado sobre el lugar años atrás deformando el terrero y ajustándolo a su naturaleza.

IV

Sobre ese centro imaginario había un altar de columnas blancas, parecidas a las columnas dóricas pero con algunos detalles inusuales. Eran ocho y estaban dispuestas en forma circular. En el interior que de manera simbólica habían creado, dos grandes círculos estaban marcados en el suelo, uno metido en el otro con los bordes muy próximos. El más grande tenía alrededor de esa línea imaginaria cuatro estatuas de madera blanca que se cernían sobre el borde de una gran vasija dorada y aplanada que ocupaba todo el segundo círculo. La vasija era metálica y muy aplanada, excepto en los bordes y tenía un pequeño agujero en el centro a modo de desagüe. Entonces fue cuando me acerqué a una de esas estatuas y escuché voces que venían de todas partes. Cada una de las estatuas hablaba por la ciudad y decía las cosas que los demás no podían decir. Otra estatua decía las cosas que nadie quería decir, la siguiente las cosas que la gente pensaba y la otra no decía otra cosa que cosas incoherentes que provocaron en mí un dolor de cabeza agudo, como si de aquella boca de madera salieran voces demasiado complejas que una mente humana no es capaz de asimilar.

V

Las cuatro estatuas abrieron las bocas y empezaron a soltar un líquido viscoso, de cuerpo pesado y color argénteo. Las cuatro fuentes del líquido primario se unieron en el centro de la vasija dorada y formando un extraño remolino empezó a colarse lentamente por el agujero central. Al poco rato la vasija dejó de engullir el líquido y toda la superficie empezó a llenarse hasta el borde, momento en que las bocas dejaron de verter la extraña esencia de sus cuerpos. Puse la mano sobre la superficie opaca y unos extraños calambres circularon por mi piel, todo aquello estaba cargado con una energía desconocida. Cuando vi aquella superficie algo se despertó en mí. Sentí un dolor enorme en el estómago y como a continuación un dolor punzante subía por mi abdomen hasta llegar al tórax. Sin ser consciente de lo que me pasaba grité de dolor y escupí sobre la vasija. Era sangre.

VI

Ésta se mezcló con el líquido y la superficie durante unos instantes se agitó emitiendo extrañas burbujas rojizas de vez en cuando se evaporaban en el aire. El dolor se me pasó, pero empecé a marearme y justo en ese momento las estatuas cayeron hacia atrás golpeando las columnas y haciendo que todo aquel pequeño altar se tambaleara hasta desaparecer por completo en un par de segundos. Me quedé solo, delante de esa placa dorada mirando como el líquido volvía a ser engullido por el agujero. Cuando la vasija estuvo casi vacía vi que algo obstruía el desagüe. Era un objeto que se había coagulado. Estaba sucio y cubierto de una pasta espesa de color carmesí. Cuando lo cogí con mis manos el mundo tembló. Lo limpié con dedicación y lo levanté para verlo una vez más. Era una especie de diamante gigante, cristalino, puro y perfecto como el padre de todos los objetos preciosos. De su cuerpo salía toda la luz que iluminaba la ciudad, en cada una de sus caras se veían los pensamientos de cada una de las personas que habitaban aquella extraña ciudad, incluso de los terceros y los cuartos que pocos han llegado a conocer. Esa piedra era a su vez el reflejo de mis pensamientos puros, el lugar donde fluía mi alma. Era el único espejo donde había logrado reflejarme, el único espejo que me mostraba la verdadera imagen de mí mismo.

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