domingo, 12 de abril de 2015

La Puerta de Jade

I

La humedad supura las heridas que se abren en la oscuridad de una habitación sin salida. Él se abraza sintiendo el dolor que comporta la simple existencia; siente sus brazos magullados y su piel trémula que dialoga con el frío de aquel cubil andrajoso en el que los recuerdos permanecen vetados y el polvo lo cubre todo como si cada una de sus motas hubiese sido dispuesta con afán de sepultar la mismísima realidad. Aquella persona se arrincona en un sueño baldío lleno de flores descabezadas y nubes azarosas que pueblan el firmamento hasta convertirse en negros nubarrones que batallan por el cielo buscando la inmortalidad que les fue negada tras las gloriosas guerras de la conciencia.

Su piel blanquecina tiembla ante el frío. El calor recorre la superficie de su tersa piel y se escapa por sus poros diluyéndose en la humedad de aquel aire viciado. Sus dientes tiritan y rechinan hasta el límite que le permite la rigidez de su modesta mandíbula. Sus dedos largos palpan un pequeño candelabro de cuyo interior emerge una débil luz crispada que ilumina superficialmente la habitación confiriéndolo un tono verdoso, como si aquellas paredes de duro granito estuviesen hechas de jade y los muebles viejos repletos de objetos aparentemente valiosos fueran esmeraldas que con el tiempo han ido perdiendo la significación de la esperanza. Sus manos tiemblan, está nervioso, solo y desesperado por no desear nada ni a nadie. Su vida es el frío, es la ausencia del contacto humano, el aislamiento llevado al extremo. El frío se lo lleva todo, incluido el calor que despierta el recuerdo de las cosas bellas. Su poder parece indiscutible.

II

Una noche muy fría alguien llamó a la puerta. Él escuchó unos pasos, su respiración formaba un vapor tóxico que parecía rendirse ante el gélido aroma del destino. La duda inundaba los fluidos mortecinos de sus entrañas. No esperaba a nadie. Aquella puerta negra estaba cerrada desde hacía años y nada salvo algo ancestral podría cruzarla. Una respiración sobrehumana se escucha a través de la puerta, retumbaba con fuerza y sus ecos parecían dispersarse con fuerza a través de todo el pasillo. Con cautela y sigilo quitó la cadena que cruzaba la puerta de principio a fin y miró por la rendija que ahora había quedado desvelada. Detrás de aquella puerta había un resplandor rojizo que llenaba todo el espacio permitido, era un resplandor colosal coronado por llamas incandescentes que bailaban formando una larga melena rojiza formada por lenguas de fuego. Sus pupilas se cerraron hasta alcanzar la apertura más estrecha posible. Estaba cegado por aquel fogonazo intempestivo cargado de vigor y energía mística.

Al poco rato sentía cómo el calor se filtraba a través de los duros resquicios de la puerta. Era un calor anómalo, su cuerpo se replegaba ante su presencia; el frío, por el propio contraste, se volvía más presente y sumía su cuerpo en una ataraxia profunda. No obstante, algo en su interior respondía a aquella llamada, sus pies se separaron ligeramente y movido por fuerzas intrínsecas logró volver a asomarse por la oquedad. Esta vez sus ojos estaban mejor preparados, habían recordado con dolor lo que significaba la vida. Esta vez vio la felicidad en todo su esplendor. Bañada por las llamas había un ser celeste que miraba atentamente al otro lado de la puerta, como si realmente fuera consciente de los ojos que la observaban a través. En su mirada había curiosidad, felicidad incondicional y pasión; parecía esperar indeterminadamente a que aquella puerta se abriera. Él se asustó al principio pero pronto quedó pegado a aquella puerta desde la cual se filtraba el calor que le devolvía la vida.

III

Miró durante unos segundos atrás y vio aquella oscuridad quebrantadora que le había mantenido en el sueño eterno. El color verdoso del jade había perdido fuerzas y aquella luz insípida apenas podía enfrentarse a las llamas que todo lo iluminaban. Esa luz celeste iluminaba los objetos y sus esencias, resaltaba las cualidades innatas de todo lo que merecía ser iluminado, era una luz poderosa que lo bañaba todo, devolviendo los colores que el mundo no se atrevía a recordar. Su mirada se ofuscó, sus manos temblaban queriendo abrir la puerta, pero el miedo lo retenía y le impedía tomar una decisión sabia. Durante aquellas horas interminables él se sentó contra la puerta vencido por las dudas, mirando el abismo deflagador de su existencia mientras su espalda notaba el calor de la verdad.

Cerró los ojos y con susurros cargados de arrepentimiento rezó para que aquella figura volviera por donde había venido. Sintió la culpa y la vergüenza por haber notado su calor, por haber pensado en abrir la puerta en varias ocasiones. Las dudas lo inmovilizaron durante horas hasta que finalmente escuchó unos pasos que se alejaban. Su corazón le dio un vuelco, había perdido lo que más deseaba en todo el mundo. En un impulso arrebatador se levantó y luchó con la puerta para abrirla. El viento gélido del abismo envolvió su cuerpo e intentó detenerlo, sintió corrientes de aire helado que se agarraban a su piel intentando detenerle, sentía garras de hielo y cadenas que se enroscaban en sus piernas y brazos.

IV

Finalmente la puerta se rindió y se abrió de par en par. La luz se hizo con todo. Cada uno de los rincones de aquel abismo quedaron cegados por aquel mar áureo. Aquel ser seguía allí y sin esperar nada a cambio entró levitando en el cubículo, mirándolo fijamente con una dulce sonrisa. Nunca se había ido. Su amor era incondicional. Era la parte más dulce de su alma.

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