jueves, 21 de mayo de 2015

Agua Amarga

I

El caminante llega al final del camino. Torpe y encorvado se sienta a los pies de un pozo de lúgubre piedra de esos que ya pocas veces se ven y espera casi sin aliento a que las pocas fuerzas que le quedan se le escapen como todo lo que ha tenido en la vida. Cuando recobra el pulso se inclina y con sus viejas manos mastica la tierra que subyace a su presencia. La polvareda que ésta desprende al ser depositada de nuevo le hace recordar.

II

Recuerda el amor que se fue sin decir adiós, recuerda la brisa marina el día que se juró a sí mismo deambular sin hogar ni patria. Son recuerdos dolorosos que le han seguido junto a su sombra allá donde ha ido, atormentándole cada vez que sus pies no podían seguir escapando. Esta vez se ceban con su memoria, son como entes encolerizados que le susurran en los oídos los errores que nunca pudo evitar y que se abalanzan contra él buscando entre sus ropajes viejos los recuerdos más dolorosos de la vida de un hombre atormentado. Una y otra vez rescatan de sus rincones olvidados deseos nunca cumplidos, imágenes que queman sus ojos y palabras que se atragantan en el estómago al recordar las cosas que una vez se atrevió a decir.

Ve sus manos ensangrentadas en épocas ya pasadas, manos jóvenes e intuitivas que fueron capaces de hacer mucho daño. Recuerda los mares verdes de su infancia y las mentiras que éste traía. Se le contrae el cuerpo del dolor, presiente el viento de la cólera pronto quedará en un leve suspiro. No obstante, sabe que éste es el final del camino, que su penitencia ha quedado sellada y su arrepentimiento ha sido escuchado incluso por el dios más malévolo del averno.

III

Se levanta a duras penas y aparta la espesa y canosa barba deshilachada de su boca. Se acerca al pozo y extrae de sus entrañas un pequeño cubo con el agua suficiente para llenar media cantimplora. Con sus manos trémulas guía el cuenco y recoge una pizca de agua que dentro de poco le curará todos los males. Hacía años que los dioses le habían prohibido beber agua de cualquier naturaleza. Ante su boca el agua se convertía en una sustancia vaporosa similar a las nubes del cielo. Los ríos se apartaban ante su presencia y el agua de los pozos se hacía tan pesada que ni diez corceles eran capaces de subir el cubo.

El viejo caminante se inclina, cierra los ojos y bebe. Mientras el agua recorre el camino las llagas se le agrietan y el tórrido resquemor empieza a desaparecer. Nota como unas manos se agarran a su barba y se la apartan para que pueda beber mejor. Estas manos le acarician y le tocan las orejas. Inmediatamente las ideas cesan en su cabeza como si estas estuvieran imbuidas por susurros invisibles cargados de malas intenciones. En el último instante engulle el último trago de agua. Nota el sabor amargo en todo su esplendor. Su manos se contraen de tal manera que el bastón se parte en dos, provocando una inesperada caída.

IV

Desde el suelo ve las estrellas cuyo nombre no recuerda. Ve el amanecer y el atardecer a la vez y mientras el agua apaga los últimos fuegos en su interior que le mantenían con vida, cierra los ojos y deja morir su cuerpo y su mente, haciendo que todo el veneno de su interior se derrame sobre la tierra. Desde entonces el agua de aquel pozo siempre ha sido amarga. Es el pozo de los penitentes, de aquellos que desean con todas sus fuerzas expulsar la ponzoña que se les ha quedado guardada en el corazón.

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