jueves, 7 de mayo de 2015

La Crisálida Vacía

La criatura se abre paso a través de aquella prisión gelatinosa. Sus manos son débiles pero le alimenta una luz que proviene del exterior. Aquel resplandor verde le da vida, le da esperanza, lucha afanosamente para romper aquel citoplasma carcelario con sus uñas recién formadas. Con un grito poco apaciguador irrumpe en el silencio de la noche y emerge de aquel árbol maldito, de sus frutos corruptos. Todavía se siente uno con ellos, la indiferenciación no está completa, se siente maldito, finito. Sus ojos vidriosos, cubiertos de aquella suciedad viva le impiden ver con claridad el panorama, pero distingue las luces, no hay una sino miles que forman un resplandor conjunto que le ciegan. Siente esa voz, esa palabra en su interior que le anima a seguir. Consigue sacar el resto de la cabeza de aquel huevo traslúcido y gelatinoso y mira el abismo que lo separa. No distingue el final pero aquella voz adquiere textura y se manifiesta en el viento.

- Hijo, salta, ven a mí. Soy el Padre.
- ¿Dónde estás, Padre?
- Ven a mí. Déjate caer.
- ¿Qué es este dolor que siento al respirar?
- Salta hijo mío, salta. No hay tiempo.

La criatura sale de la crisálida y desciende sobre el mundo. Cae y cae sin parar y las luces parecen quedar ya lejos. No sabe lo que son las distancias todavía pero comprende a la perfección que aquel árbol es el más alto del mundo. Siente un dolor agudo en todo el cuerpo, su piel se agrieta, el propio aire parece maltratarlo, todo le daña, la fricción con el viento agrieta su rostro y empieza a sangrar. Siente un vacío, un cordón que sale de su ombligo y lo conecta con la nada, con un vacío infértil.

- Estoy aquí, hijo. ¿No escuchas mi voz?
- Si, te escucho en la lejanía. ¿Por qué siento este dolor?
- Es la vida, hijo. Tranquilo. Desciende sobre mí. Yo te acogeré.
- ¿Por qué sangro, Padre?
- No pienses en eso. Yo te protegeré, ven, rápido. No pienses.
- ¿Que no debo pensar?
- Todo terminará muy pronto. Desciende sobre mí. Cae y Muere. Yo te protegeré.

La criatura muere. Las crisálidas se encogen y algunas parecen albergar nuevas criaturas que tarde o temprano adquirirán conciencia. Dios se encoge desde el abismo y llora amargamente. No puede hacer nada por ellas, las han engañado. Se siente incapaz, no puede hacer nada salvo protegerlas con la oscuridad eterna.

No hay comentarios:

Publicar un comentario

Hazme feliz con tu comentario.