miércoles, 13 de mayo de 2015

La Princesa y el Bardo

I

La fiesta había llegado por fin a las calles de la capital, toda la ciudad se había llenado de juglares y viajeros alegres. Gente de todos los rincones había acudido al lugar para ser testigos de una de las fiestas más largas e intensas que jamás se celebraría. No sólo acudieron trovadores y saltimbanquis, también había avaros mercaderes que caminaban sin comprar ni vender ningún producto y algún que otro cruzado que volvía de cruentas batallas; de lejanas tierras llegaron sabios gimnosofistas e incluso los rumores hablaban de extraños magos que llegaron a hacer alarde de sus poderes ocultos. Todos parecían felices, esperaban recordar el evento el resto de sus días pero desconocían el motivo verdadero de aquellas celebraciones. El rey había organizado toda aquella fiesta por una simple razón, su hija. La princesa hacía meses que no sonreía y su cara había adquirido un semblante tristón impropio para alguien de su edad. Así pues, el rey prometió una gran fortuna de dinero a aquel artista que consiguiera cautivar a la pequeña dama y hacerla sentir feliz al menos durante unos minutos.

II

Mientras las calles vivían la fiesta con intensidad, por el palacio iban desfilando una retahíla de artistas traídos de todos los confines del mundo. Algunos traían dibujos de la princesa hechos sobre tablas de puro marfil; otros trajeron a la princesa bustos de su hermoso rostro, hechos de mármol y piedras preciosas, los cuales rechazó como si no fueran más que baratijas inservibles. Más tarde llegaron los trovadores y los juglares contando historias variopintas, algunas reales y otras inventadas sobre extraños monstruos y galantes caballeros que arriesgaban su vida por el amor de una doncella. Al principio escuchaba con detenimiento aquellas canciones pero al poco rato el rostro de la princesa se apagaba y el rey ordenaba colérico que cesaran con el espectáculo inmediatamente.

III

Habían pasado ya varias horas y nadie fue capaz de robar a la princesa la más nimia sonrisa. El cielo se oscurecía y ya habían empezado los fuegos artificiales. Hoy se cumplía el último día de festividad y dentro de unas pocas horas los visitantes empezarían a abandonar la ciudad con el estómago lleno y los sueños cumplidos. Sin embargo, para el rey aquellos fuegos artificiales eran el símbolo de un rotundo fracaso. Sus temores parecían hacerse realidad, pero en el último momento hubo un último artista que quiso actuar. Los guardias, por orden del rey hicieron una excepción y esperaron con resignación la orden del rey para echar ese artista cuya tardanza había sido recibida con mucha osadía.

IV

Entró por la puerta y todos quedaron atónitos ante su figura. Tenía unos ojos dementes que asustaron a casi toda la corte, llevaba una ropa multicolor más propia de un bufón que de un artista respetable y su pelo, medio raído por la pobreza y la sarna no disimulaban su desfavorable fealdad. Su cara no había sido afeitada ni lavada en varios meses y su tez, blanquecina y enfermiza hicieron pensar a más de uno que en aquel concurso se había colado un lunático. Aunque no pudieron comprobar bien su identidad, la peste de su cuerpo y su aliento alcoholizado hizo que más de una dama se tapara la boca para no respirar aquel nauseabundo hedor. Cuando todo el mundo empezó a murmurar sobre si realmente iba a decir algo o sentarse ahí de pie esperando ser ensartado por hacer perder el tiempo a la realiza, aquel irrisorio personaje abrió la boca y empezó a cantar en una extraña lengua híbrida que sólo era entendida por una persona, aquella a la que tal singular leyenda iba dirigida, la princesa.

V

Hablaba de las aventuras de un rey enfermo por la luna y de un lejano imperio construido con magia y pasión, de su auge y su caída, de enormes castillos flotantes, de carruajes tirados por caracoles gigantes, de las guerras de las tres coronas y de las tierras de la miel amarga. También narró con frío acento su fatídico final, de las ecos de los árboles coléricos, de guerras contra las criaturas del bosque y de terribles pestes que provocaban el olvido de sus habitantes. Finalmente narró la historia del bardo eterno y de cómo éste había sido enviado a ese lejano palacio con el único objetivo de narrar la historia a la triste princesa. Todo el mundo parecía hechizado por sus cantos, no por el exotismo de sus ritmos armónicos ni por la naturaleza dual de su voz

VI

Al terminar el bardo cayó desplomado al suelo, mareado y enturbiado por su propio cantar, vomitó y al caer se revolvió en sus propias creaciones. Berreó y gimió como si hubiese sido poseído, pero al final sus gorjeos cesaron. Cuando todo el mundo creyó por fin que estaba muerto, dejó caer una ventosidad tan potente que marcó el fin de los fuegos artificiales y llenó toda la estancia con un aroma pestilente. Los invitados se levantaron y corrieron despavoridos ante aquella grotesca imagen. El rey estaba paralizado por el espectáculo que acababa de presenciar. En medio de la corte la princesa permanecía sentada. Las lágrimas corrían por sus mejillas adornando su bonita sonrisa. Nunca había escuchado algo tan hermoso.

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