domingo, 10 de mayo de 2015

Memorias de Arena

I

Esa tarde alguien llamó a la puerta y la luz palideció devolviendo al señor Kliner a la realidad. De una manera automática se levantó del sofá, buscó el mando sin muchas prisas y pulsó el botón para silenciar el volumen a la primera como si tuviese un plano mental de aquel aparato viejo y pegajoso. Se dio la vuelta y se encaminó hacia la puerta, la cual permanecía cerrada con tres cerrojos de color plateado. Antes de mirar por el pequeño ojo de cristal el timbre volvió a sonar mostrando una impaciencia que no inmutó lo más mínimo al inquilino. El señor de la casa estaba acostumbrado a la impaciencia, él mismo sufría de ella y no le importaba que los demás esperaran un poco por él; había pasado gran parte de su vida escribiendo novelas que no habían sido publicadas y rezando a dioses olvidadizos que se habían llevado su juventud. Ahora sólo esperaba a la muerte y como sabía que ésta no llamaba al timbre, no tenía muchas prisas por saber quién andaba en el exterior. Intento no abrir la puerta pues sería lo mejor pero algo movió su mano temblorosa y se ejecutó la acción como si fuera un mandato superior.

Vio un hombre joven, calvo y vestido como si viniese de un pasado muy remoto. Su rostro parecía congelado pero sus ojos expresaban todo lo que su cuerpo no podía, en esa mirada veía el frenesí que tanto tiempo le había acompañado, había esperanzas y sueños que se deformaban desde su posición. Aquel pequeño túnel de cristal que comunicaba el interior con el exterior deformaba la realidad hasta tal punto que el joven empezó a parecer más viejo y ya con el tercer timbre parecía que tuviera más pelo en la cabeza. Se escucharon tres rítmicos sonidos que anunciaban su disposición a entablar diálogo. Aquella puerta fue abierta y el chirrido fue inmenso. Aquel hombre no se inmutó lo más mínimo, tenía esperanzas en ver el interior y parecía absorto en sus propios pensamientos. Parecía que traía un mensaje pero sus manos revelaban un destino incierto, pues temblaban como aquel que no sabe distinguir la verdad de la mentira incluso cuando salen de sus propios labios. El viejo parpadeó, quería advertirle pero no podía.

Cuando sus ojos se cruzaron, aquel extraño hombre se volvió borroso y cruzó el umbral convertido en una densa bruma. Olía a dátiles y almizcle, a savia y a coco y quizá también a frutas silvestres; al poco rato la puerta volvió a estar cerrada pero aquel ser se materializó en el sofá y subiendo el volumen con el mando, logró que sus voces se manifestaran a través del ruido de un canal mal sintonizado. Mostró miles de imágenes mientras pronunciaba un discurso que le era muy familiar. Mientras, por la habitación corría un viento cálido, la temperatura subía y la casa se iba llenando de arena fina del desierto. Aquel hombre le habló de un extraño viaje a una zona desértica y de una penitencia que había tenido que sufrir. Sin pestañear lo más mínimo le contó con ímpetu su promesa y su largo peregrinaje hacia el lugar donde le habían enviado los dioses; buscaban un caminante perdido, alguien que sabía los secretos de la vida y la muerte pero que había olvidado el mensaje primordial de los dioses, aquellos discursos que hacen que una persona atraviese el desierto sin agua y alimentos buscando la eternidad en las arenas.

II

Sin interrumpir lo más mínimo, el señor Kliner dejó que aquel joven le contara su viaje y las transformaciones por las que había pasado su cuerpo, dejó que le enseñara sus sueños y aunque no hizo esfuerzos por corresponderle asintió cuando le preguntaba si había visto los sellos olvidados y el tesoro de Dios. Claro que los había visto, aquel viajero decía la verdad pues al fin y al cabo reconoció en él su propio pasado. El viajero era él mismo en un pasado muy lejano. Así fue, una pequeña sonrisa de nostalgia lleno la cara agrietada del viejo observador. Sus ojos no se inmutaron pero revelaron de nuevo la desesperación que le llenaba. Al poco rato las narraciones del viajante se convirtieron en preguntas y éstas en súplicas desmedidas que demandaban todo el conocimiento que un invitado pudiera obtener. El rostro del hombre volvió a la normalidad y sentándose a su lado, le cogió de la mano y le miró en un silencio sepulcral que hizo que el peregrino saltara sobresaltado. Parecía que había reconocido en su figura un destino aterrador.

Ahora comprendía que antes de su llegada otro había llegado antes de él. La arena se levantó y empezó a difuminarse al igual que toda su silueta. Las luces se volvieron cada vez más tenues hasta que las tinieblas llenaron cada uno de los poros de aquel andrajoso salón. Sólo los ojos del viejo señor Kliner brillaban con una antinatural luz blanquecina. Una puerta se abrió, emitiendo un poco antes nueve extraños sonidos que despertaban emociones malsanas: desesperación, angustia, miedo, frustración, ira, culpa, envidia, vergüenza y una sensación tan sobrecogedora como desconocida que le permitió ver aquel abismo oscuro que se abría en el mundo como una brecha de malignidad que ansiaba destruir todo aquello que no tenía luz propia. Aquel monstruo sin nombre no tuvo ni remordimientos ni paciencia, se tragó la arena del desierto y al viajante al igual que todos sus sueños y secretos. El viejo, solo y amargado espero a que la luz volviera a aparecer. Sintió a aquel joven vagar por un desierto nocturno, en su interior, desolado y magullado por el fracaso, sin estrellas ni luz que le guiara, intentando recordar quién era y hacia dónde tenía que ir. Rezó en silencio para él, esperando que la criatura no lo escuchara. Intento grabar aquellas palabras que repetía en su interior una y otra vez como un mantra que la soledad perpetua le impedían escribir. Repetía en su interior que el verdadero caminante era aquel que cruzaba el desierto sin esperanzas ni sueños.

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