martes, 19 de mayo de 2015

Taraxacum

Eran sueños extraños, ecos de un pasado apenas recordado, perdido en el denso reposo de emociones que ya nunca volverían. Sobre un campo extenso hasta la quietud del horizonte se extendía una vasta e insondable tierra yerma, repleta de grietas conectadas entre sí que parecían arañazos en la superficie, reflejos desesperados por captar las pequeñas gotas de una primavera ya cercana. No había nubes, sino sombras que recorrían el extraño páramo, atestiguando la fenomenología de la escasez. Incubados por la energía telúrica y alimentados por la luz del sol, fueron brotando pequeños tajos verdes que de manera inmediata desfloraron convirtiendo aquel desierto de tierra y polvo en un campo espectral de dientes de león. Aquellas flores misteriosas flotaban con una luz propia, reflejando fuertes parpadeos de luces ardientes que parecían amedrantar la aridez y disimular las profundas grietas de la superficie. Permanecieron en sintonía durante las horas que duró el sol, hasta que una leve brisa anunció la despedida. Entonces los dientes de león soltaron su esencia y se evaporaron en una densa nube de cipselas y polvos lechosos que emitían débiles destellos blancos. Se marcharon corriendo a través del viento, volteando las incansables curvas del espacio invisible hasta desaparecer en el horizonte, dejando atrás el campo marchito que las había visto crecer. Las grietas menguaron hasta cerrarse y las primeras gotas de lluvia empezaron a correr por la hambrienta superficie, pero dentro de aquel entramado arcilloso, el recuerdo del diente de león seguía estando vivo y jamás desaparecería del todo.

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