domingo, 21 de junio de 2015

El Susurro del Lago


 
I

Y se dice que vagó sin nombre y sin rumbo más allá de las colinas de la desesperación. Por la noche se sentó solo y habló a las tinieblas que le rodeaban. Sólo algunas bestias del campo se atrevían de vez en cuando a contestarle con gruñidos en el lenguaje de la naturaleza. Tal fue la pérdida que se encontraba en su corazón que corrió desesperado por buscar aquel ser onírico que tanto le había cautivado, aunque obsesionado sería el término adecuado. Una de las noches, lloró amargamente, durante el día había divisado los árboles que formaban parte del bosque árido, allí donde su impulso le motivaba a ir.

Ese bosque tenía fama de estar encantado, la tradición popular de los lugares cercanos decía que en sus entrañas se encontraba un pequeño castillo ya abandonado. La leyenda decía que ese castillo estaba situado en el fondo de un lago y sólo se podía bajar a su interior a través de un torreón que sobresalía por el agua. El único problema es que el lago estaba encantado y sus brumas ocultaban el lugar de entrada, así como también animaban al bosque a hacer que se perdieran los viajeros que por allí pasaran. Los más fantasiosos se atrevían a contar más acerca de su leyenda oscura y muchos decían que ese castillo estaba habitado por un matrimonio de nobles, quizá duques o archiduques. Nadie sabía nada del hombre que mandaba el lugar, pero los más viejos hablaban de que el marido murió años atrás y de que había una mujer fantasmal que a veces se aventuraba por el bosque buscando a un hombre con quien reemplazar esta pérdida y compartir la eternidad con alguien. Nuestro protagonista nunca escuchó estas historias, pero él las vivió amargamente.

La noche había cesado en su misticismo. Esa noche no hubo pesadillas, sólo el eco de los sueños que había tenido unas noches atrás. La voz de esa mujer fantasmal aún resonaba en su cabeza, pero también en su corazón. Nunca había tenido sueños tan placenteros como los que le había ofrecido esta figura femenina. El sol llegó a cegarlo, estando éste pensativo y sin saber dónde ir primero. Dejó de lado sus antiguos quehaceres mentales y marchó sólo y nervioso hacia el bosque. Aún no sabía que había tras sus árboles.

El sol desaparecía a ratos bajo el irregular follaje del bosque, la estructura de su arboleda le impedía hacerse un plano mental del lugar y trató de no vagar en círculos yendo hacia lo que parecía ser el corazón del bosque. Su interior era extraño, tranquilizador pero a la vez le provocaba temor. A lo largo de su trayectoria no divisó animal alguno, ni ave ni roedor, ni ninguna bestia del bosque. Sólo había árboles, arbustos y plantas cuyo nombre desconocía. Caminando logró encontrar lo que parecía ser un pequeño nido de pájaro, arrimándose al árbol cogió el nido y lo bajó hacia sí... pero éste estaba vacío, sin rastro de vida pasada. Esto le puso nervioso, no sabía a qué temer, pronto se encontraría con ella.

II

Pasaron las horas y sólo hizo que vagar por el bosque sin encontrar rastro de persona o animal. Su rostro estaba sudoroso y pálido por el pánico y no sabía muy bien el por qué. Se hizo casi el mediodía y el hambre le empezó a inquietar, debía preparar algunos de los trozos de carne que tenía guardada, pero no se atrevía a hacer fuego en el interior del bosque, tenía que salir de allí, quizá más tarde volvería a entrar. Puso rumbo hacia una dirección que parecía indicar la salida y siguiendo hacia ésta de forma recta el pánico que había en él parecía esfumarse. Su alma tomaba el control de su cuerpo y su mente empezaba a estar despejada. De pronto, oyó esa voz detrás de si, aunque ni girándose pudo ver de dónde venía.

Ven, mi amado, ven a por mí y seré tuya. -dijo la voz-
¿Ir dónde?, ¿quién eres realmente?, ¿donde estas? -dijo de forma aplacadora nuestro hombre-
Vuelve aquí, sigue de nuevo la senda que llevabas, ven al corazón del bosque.
¡No te ocultes!, ¡Manifiéstate! -gritó desesperado-
Hazme caso, ven a por mí y te daré todo mi amor y mis posesiones serán las tuyas -contestó la voz esta vez con una ternura aún mayor-
Esta vez el aventurero no dijo nada más, tragó su orgullo e ignoró su hambre. Aún era mediodía, podría comer después. Además, sentía que debía tener la voz de esa mujer cerca de su oído para siempre, sus cabellos debían ser tocados por sus manos, él se lo merecía y no podía dejar de lado esta inesperada recompensa que tanto ansiaba, fuera este ser una mujer, un fantasma o una de sus más ocultas pesadillas.

Siguió hacia el corazón del bosque, esta vez más pálido y cansado que nunca. Su marcha se hacía cada vez más lenta hasta que al final donde se terminaba el horizonte del bosque divisó lo que parecía ser una figura fantasmal. Se trataba de una mujer pálida y delicada, su pelo era negro y su vestido blanco y brillante. Su cuerpo parecía flotar mientras se movía de un lugar a otro hacia el interior del bosque. Para distinguir su silueta cada vez tenía que ir más rápido y seguirla a través de los árboles que se tornaban cada vez más afilados sin razón aparente. Su corazón parecía responder con odio a su forzada marcha a través de esa carrera fantasmagórica. Conforme aminoraba la marcha la figura se tornaba más lúcida y su voz más cálida y cuando más forzaba su carrera, su alma parecía desfallecer e intentaba abandonar su cuerpo por la boca en forma de aliento.

Llegó un punto en que las voces fantasmales de su ansiada búsqueda le parecían dar vueltas alrededor de todas las direcciones. Su mirada se mareaba a la son de su cuerpo medio rendido. Sus piernas flaqueaban y sus manos tocaban ya el suelo para no tener que caerse sin fuerzas. Su corazón descansó un poco tras largos minutos de apurada agonía. Su aliento se recobró, pero su mente no había estado nunca tan mareada, sus ojos desorbitados buscaban un haz de luz fantasmal entre tanta oscuridad. El sol ya se había ocultado, dejándolo a merced de las locuras que en ese bosque habitaban. Su boca susurró unas súplicas.

-Ven a mí, ¿dónde estás? -dijo de forma débil-
Sin embargo, no hubo respuesta alguna, sólo indiferencia por parte de esas fuerzas por las que tanto interés mostraba. Se empezó a sentir angustiado y vencido, no por su cansancio, sino por su sed de amor y compañía. Ya no podía más, estaba aletargado en el suelo esperando un consuelo que jamás llegaría. Se dispuso tumbado en el suelo, con la mirada perdida entre la oscura red de ramas que ocultaba el atardecer. Las voces volvieron a hacerse notar, pero él ya no las oía, sus orejas ya sólo le mostraban el latir de su corazón dolido.

III

Una mano pareció rozarle la mejilla y sus ojos divisaron la figura fantasmal tan cerca que parecía ser real. Recobró la postura y miró a aquel ser que estaba delante mismo, a tan sólo unos palmos. Su rostro era reconfortante y notó un escalofrío recorrer todo su cuerpo al encontrarse delante de tan maravillosa presencia. Alzó el brazo e intentó tocarla. Ésta se apartó de una manera fugaz, sus ojos se volvieron esquivos y se alejó lentamente hacia lo que parecía ser un lago espectral de brumas. Intentó recobrarse pero le fallaron las fuerzas. No obstante, consiguió ponerse de pie a duras penas y contemplar mejor la imagen. Delante de sí había un pequeño lago cuya superficie estaba recubierta por completo de unas brumas de aspecto blanquecino y no menos místico que el ambiente que ya había vivido. El olor a flores y a limpio entró en sus fosas nasales y se fijó que a su alrededor un pequeño montón de flores silvestres habían aparecido de la nada. La imagen fantasmal se aventuró hacia el lago y flotando sobre sus aguas dijo:

Ven, tómame, hombre de sangre noble.
¿Pero cómo voy a seguirte?, no puedo caminar sobre las aguas, mi cuerpo se hundirá en el fondo de este lago, ¡ayúdame!, te lo suplico.
Ten fe, confía en mí, mi marido era un poderoso archiduque, pero murió hace años. Tú debes ocupar su lugar, todo lo que fue de él y mío ahora será tuyo.
Pero, ¡escúchame!, ¡me hundiré en el lago si lo hago!
Dichas estas palabras, el fantasma desapareció entre la niebla y nuestro noble hombre no supo ahora que hacer. Permaneció largo rato tendido intentando recobrar la claridad que antes reinaba en su mente, pero no podía invocar tales fuerzas, éstas se encontraban ahora mismo aletargadas. Aún viendo el fantasma aparecerse por doquier, se giró dando marcha atrás y prosiguió a duras penas el fatídico viaje de huida. La humillación que sentía hacia sus adentros era tal que algunas lágrimas cayeron hasta sus labios. Caminó y caminó en línea recta intentando buscar una salida por ese bosque que cada vez parecía asfixiarle más. Los troncos de los árboles cada vez estaban más juntos y las ramas más bajas empezaban a arañar su rostro cuando éste se descuidaba. Ni luz, ni flores, ni vida divisó durante su larga travesía. Las visiones se turbaron junto con algunos gritos que dejó escapar de rabia y frustración. Las voces expectantes de la mujer fantasmal continuaron intentando convencer su mente para que volviera tras su búsqueda, pero su mente ya no obedecía más que a su cuerpo que no quería otra cosa que huir. Su cabeza oía las voces pero no procesaba su información, eran como una música que se iba desvaneciendo poco a poco, siendo la señal de que el final del bosque estaba vez más cerca.

IV

No supo cuando tiempo estuvo huyendo del fantasma y de sus voces... su mente como otras cosas vividas censuró parte de esta vivencia para proteger su ahora tan dañada cordura. En uno de esos momentos, las flores que había en el suelo dejaron de aparecer, los árboles eran ya casi escasos y ya sólo el eco de un susurro femenino se hacía notar de vez en cuando junto con el viento que tan repentinamente se había hecho con el control. Nuestro protagonista se encontró de repente en lo alto de una pequeña colina y justo a sus espaldas, a unos doscientos metros, estaba el bosque que tanto había querido abandonar. El viento restablecía sus oídos y su cara empezaba a ser despertada por el dolor de su alma herida.

Miró hacia el bosque y las heridas de su piel hechas por el bosque que tanto ansiaba poseerlo. Aún un leve sonido de esa voz parecía estar llamándole en alguna parte de ese bosque encantado. Sus pies, aunque cansados, dieron unos pasos hacia delante en dirección de nuevo hacia la arboleda. Las voces parecieron retomar fuerza en él, pero un susurro estremecedor y repentino de viento nocturno ahogó esas voces en su cabeza. Sus piernas cesaron en movimiento, dio la vuelta a atrás y se sentó en la otra parte de la colina, dejando que esa voz femenina se extinguiera lentamente en su mente para no volver a ser escuchada nunca más. Con las piernas doloridas se tumbó sobre la hierba de la colina y respiro el helado viento de la noche. Intentó dar forma en su imaginación a aquella figura fantasmal de nuevo, pero no pudo, su forma se moría por momentos y abandonaba su memoria.

Los sentidos fueron recobrados y de manera repentina empezó a sentir el sueño que tanto le pedía su espíritu. Mientras sus ojos se cerraban intentó pensar en un último esfuerzo. Intentó comprender las razones por las cuales los sueños le habían traído hasta ese lugar, no supo nunca porque huyó de aquel lago que tanto le había cautivado y porqué no se había hundido en sus aguas si ese era su destino. Mientras buscaba respuestas en vano su visión se emborronaba y los párpados acabaron ganando la batalla a la vigilia. Poco a poco se sumió en un sueño largo y profundo y ni las voces del bosque ni el viento del cielo se atrevieron a despertarlo.

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