lunes, 8 de junio de 2015

Sonidos Mutilados

Un viajero tullido logró llegar a la puerta de una ciudad misteriosa, ante la falta de una pierna el viejo caminante había logrado moverse con la ayuda de un bastón de madera. Le faltaban varias partes de su rostro, algunos dedos y la capucha dejaba entrever un rostro carcomido por el fuego y la peste. La felicidad del encuentro exaltó tanto al viajero que éste se deshizo de su ayuda y se movió los últimos metros arrastrándose por el suelo con una velocidad sorprendente. No obstante, ante aquella puerta de bronce bruñido por con alguna aleación desconocida se encontraba un guardián, una figura gris y oxidada que se erguía con una rigurosidad impecable. Aquel aparente amasijo de armadura cobró vida en el último instante y con un paso a su izquierda negó la entrada al visitante. Aquel que moraba mitad en la oscuridad, mitad en la otra tiniebla situó la alabarda a la altura de su corazón y exclamó con tono amenazante, con voz inhumana:

- ¿Por qué no puede entrar un violinista en la ciudad de las maravillas?
- Porque os faltan varios dedos y vuestro rostro parece haber sido mordido por el fuego. No sois una criatura completa y vuestra música por tanto debe ser defectuosa. El espíritu de la música quedaría incompleto con vuestro arte.
- Si toco el violín ¿cómo va a influir eso a la música que toco con el arco? Tengo dos manos y eso me basta.
- Son lo que dictan las normas. Unas manos mutiladas no pueden tocar buena música. Vos no sois un verdadero músico, no podéis expresar el alma del mundo, el alma de los valles y del viento que se extienden tras estos muros.
¿Qué normas injustas son esas?, ¿Acaso no podéis hacer una excepción conmigo? La música es mi vida, sin ella estoy perdido, no tengo alma.
- Son normas grabadas a fuego sobre los cimientos de esta ciudad imperecedera. No se cuestiona la palabra de aquellos seres superiores que me dieron la vida. La excepción no es posible, solo la norma. Si apreciáis vuestra vida, alejaos de la puerta o su perfección os destruirá.

Enfadado por la conversación, el viajero sacó de la pequeña caja de madera un violín marrón que padecía de algunos desperfectos. Parecía un instrumento muy viejo y parte de su superficie presentaba muestras de desgaste.

- ¿Qué hacéis, miserable, acaso deseáis ensuciar las puertas del paraíso musical?, ¿No sabéis que está prohibido tocar dentro y fuera de la ciudad sin el consentimiento de los gobernantes?
- ¿Y qué sabréis vos si mi música es mediocre o no si sólo sois el guardián y nunca habéis estado dentro de la ciudad que con tanta determinación defendéis?
- Porque el viento me trae los ecos de una música celestial y se con total seguridad, aún sin tener ojos dentro del muro, que allí los artistas son hermosos y su música provoca la inmortalidad de aquellos que son bendecidos con su talento. ¿No notáis ese murmullo, ese eco que se traduce en plena ambrosía auditiva? Si tuviera alma, desfallecería ante tanta belleza.

Ajeno a las últimas advertencias del guardián, el violinista se puso a tocar, moviendo sus entumecidas manos y sus pocos dedos agarrando débilmente un instrumento que parecía escapársele de las manos. Su música era extraña, alta y sofisticada y por un momento el propio cielo enmudeció para prestar atención a esos sonidos tan ajenos al mundo mortal que parecían provenientes de una tierra muy lejana. La armadura del guardián vibró con notas desiguales y su cuerpo rígido y áspero sintió la extrañeza de la virtud. Nunca había sentido nada igual, aquellos sonidos cargados de una armonía que iba más allá de los la geometría del sonido y de los secretos de sus frecuencias.

Al finalizar la canción el violinista cayó sentado, extasiado en algún lugar entre la oscuridad y las tinieblas de las zarzas sangrantes. Estaba triste, expectante y temeroso de lo que pudiera venir a continuación. El guardián en cambio seguía de pie, rígido, aparentemente indiferente a la infracción que recientemente se había cometido. En un momento sus pies empezaron a caminar y al moverse removieron la tierra blanda del camino, una tierra que parecía haber sido creado con el único objetivo de soportar el peso del guardián durante eones. La oxidada armadura se alejó de la puerta y desapareció entre tinieblas y la puerta quedó ofuscada entre las tinieblas, quedando camuflada entre unos muros ennegrecidos que parecían esconder unas ruinas muertas y abandonadas. El violinista siguió su camino, buscando su alma a través de las inclemencias del tiempo y la sequía. El guardián nunca más fue visto en ningún lugar, después de presenciar aquella música, había comprendido que él no guardaba una ciudad celestial, sino unas ruinas donde sólo había silencio.

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