martes, 28 de julio de 2015

Conversaciones Anales



I

Aún recuerdo con extraño anhelo aquel día que descubrí que tenía un don que me hacía único e irrepetible. Sin saberlo yo había sido elegido por fuerzas sobrehumanas para desempeñar un papel importante en un mundo donde la comunicación personal había dejado de ser una necesidad común. Yo llegaba a casa por las tardes, rendido ante el único trabajo que podía realizar una persona sin contactos y sin futuro; me sentaba en el sillón esperando que las sombras de los recuerdos se volvieran más tenues antes de realizar la incursión al mundo de los sueños y reiniciar aquel infierno de vida. No obstante, una noche de luna ausente, en la atmosfera consumida de mi habitación había algo diferente y aunque no pude discriminar bien los olores y los detalles de aquella noche incierta, avisté el sueño cercano y mi atención apenas pudo focalizarse en aquellas pequeñas luces que aventuraban un gran cambio.
 
La noche era húmeda y caliente, apenas uno podía cerrar los ojos e intentar despegarse de las sábanas baratas que me rodeaban y el silencio sepulcral de la calle obligaba a uno a centrar la atención en sus propias miserias. Fue entonces cuando lo escuché por primera vez, un extraño murmuro que venía de alguna parte de mi habitación, parecía un hilo argumental de pequeñas voces lejanas que se reproducían a un nivel apenas perceptible. La ausencia de ruidos externos aquella noche me permitió descubrir por vez primera un fenómeno que quizá podría haberse despertado semanas atrás. Con una renovada lucidez, me aventuré en seguir aquella red de sonidos y mi sorpresa aumentó cuando descubrí que yo era la fuente de aquella sonoridad paranormal. Con dedos ágiles palpé aquella cárcel del alma, envejecida y demacrada por las inclemencias del tiempo y descubrí el orificio del cual salía todo aquel murmullo. Abrí ligeramente el ano y entonces las voces se hicieron más poderosas e inundaron la habitación. Ante el susto aparte los dedos de la zona prohibida pero rápidamente recobré la serenidad y me aventuré a descubrir aquel misterio. Aquella noche mágica averigüé que en mi ano se reproducían los pensamientos internos de la humanidad, voces monótonas y algunas exaltadas discutían en mi interior, quizá procedentes de un inconsciente colectivo o fruto de rumiaciones nocturnas de personas ajenas a mi vida que de alguna manera inexplicable tenían cabida en mi interior. 

Desde entonces pasé noches en vela navegando entre aquellos pensamientos, siempre con el ano abierto, tratando de desvelar los misterios del universo. Pasaron semanas antes de comprender que cuando más abría mi ano, las voces a las que tenía acceso eran cada vez más sentidas y profundas e incluso algunas parecían hablarme directamente a la mente. Tal era el realismo de aquellas voces que su presencia provocaba que algunas noches los vecinos golpearan las paredes pensando que su vecino tenía la televisión encendida. No, no era ninguna televisión, radio o artilugio humano, sino mi ano, un ano profundo y poderoso que escondía los misterios más ocultos de la naturaleza humana. Pasaron varios meses hasta que un día, dolorido por los ejercicios nocturnos, escuche una vibración en mi interior. A pesar de la escozor de mis prácticas esotéricas, abrí mi parte oscura con los pulgares haciendo el esfuerzo más grande que puede hacer un hombre.

II

Aquella voz que emergió del vacío intestinal no era una voz normal, como las demás, sino una voz profunda y sabia. Era la voz de Dios. Mi ano no era un simple transistor de comunicaciones inconscientes, era la caja de resonancia donde se expresaba el pensamiento de Dios. Entonces su voz ronca y encolerizada me advirtió de mis prácticas y profirió palabras de castigo que estremecieron mi corazón. Después de advertirme de los peligros de una dieta pobre en fibra dijo que acercara mis oídos y que escuchara la voz divina. Arqueé mi espalda como pude y en esa primordial figura anfibia en círculo, me acerqué a mi extremidad sagrada. Entonces mi ano soltó una ventosidad tan grande que fui catapultado hacia atrás y la habitación se llenó de heces, carcajadas diabólicas y un olor nauseabundo que tardó semanas en desaparecer. Los cuadros colgados se cayeron al suelo e incluso las persianas se doblaron hacia afuera proyectadas por la sobrenatural fuerza de aquellos aires infernales. Los vecinos alterados por aquella sonora explosión llamaron a la policía y éstos se presentaron aporreando la puerta. Cuando presenciaron aquel olor y vieron el resultado de mis prácticas algunos incluso se desplomaron ante la materialización total de la inmundicia. Entre gritos y balbuceos les expliqué que el diablo habitaba en mi ano y que las voces me habían engañado. A pesar de las evidencias y de las sonoras carcajadas que se replicaban en mi trasero, me trajeron al hospital psiquiátrico donde me maniataron y me impusieron un improvisado calzoncillo de fuerza para evitar que me abriera más el orificio. Lo creí innecesario ya que después de aquella nefasta experiencia no cabía en mi imaginación continuar aquellos experimentos. Sin embargo, algunos días de luna ausente, algunas voces conseguían escapar de aquel envoltorio protector, parecían advertirme de nuevos peligros, anunciarme secretos inconfesables a los oídos mortales. Decidí olvidar aquel poder y un día en el que me noté con fuerzas, apreté el culo a más no poder hasta que aquellas voces parecieron perderse en el vacío y desaparecieron por completo. Nunca volví a saber de ellas, sin embargo, cada vez que me veía obligado a soltar excreciones o majestuosas ventosidades, mi respiración se agitaba, temeroso estaba que aquellas voces volvieran a salir de mi interior.

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