viernes, 10 de julio de 2015

El Príncipe de los Ojos

I

Las gotas de agua sucia caen irremediablemente sobre el centro de la habitación, creando un sonido seco y agudo que rompe el silencio sepulcral de la noche eterna. El habitante está inquieto, se despierta y se pone de pie. No abre los ojos porqué no tiene. Su rostro sólo muestra una boca sellada con hierro templado y dos cuencas vacías donde antes hubo dos enormes y preciosos ojos. El príncipe maldito se retuerzo y su cuerpo vibra con las sensaciones que le transmiten aquellos que sueñan con las pesadillas más oscuras. Sus manos tiemblan pero logra tantear el terreno y al fin consigue acercarse a un baúl donde guarda sus reliquias. Abre el alargado mueble y en su interior aparecen depositados una colección de cientos de ojos que bien podrían haber pertenecido a criaturas desdichadas. Están ordenados por pares atendiendo al color y tamaño de las pupilas. Al príncipe maldito le gustan los ojos negros. Son los únicos que le permiten ver a través de la negra puerta que le separa del mundo.

Ante ese recuerdo el príncipe maldito, ahora convertido en el príncipe de los ojos se gira y mira atentamente hacia la puerta negra como si realmente pudiera ver su presencia. Su mente no puede recrear su agreste textura y sus bordes astillados; sólo la memoria es capaz de reavivar los detalles de aquella puerta tenebrosa, con sus pequeñas decoraciones de nácar esmaltado y marfil pulido. Sus nuevos ojos no ven la puerta, pero sí la atraviesa como si ambos estuvieran hechos de la misma naturaleza. Con su mirada navega por los sueños de los mortales y descubre sus más íntimos deseos. Se maravilla de la creatividad humana que tiempo atrás perdió. Pasa la noche y el príncipe se pierde en ese mar de criaturas oníricas que le devuelven la mirada y una sonrisa que él no es capaz ya de expresar.

II

Esta noche las estrellas giran alrededor del mundo con un frenesí estremecedor. Los astros suben al firmamento y caen hacia la tierra provocando una lluvia de estrellas maravillosa. Sus ojos sueltan unas lágrimas y deambulan intentando aprehender cada palmo de deseo humano, cada sentimiento perdido en los sueños es apresado por sus ojos y guardado en un baúl imaginario. Se alimenta de los deseos y las emociones reprimidas. Así pasa las noches, solitario pero nunca solo, rodeado de sueños y de vez en cuando también de algún que otro ladrón de sueños que se atreve a mirarle a los ojos sin saber que pronto perderá los suyos.

III

Hoy parece extasiado. Se ha llenado con el aliento del mundo entero; entre sus carnes frías nota el renovado calor; sus ojos se resienten y al final le duelen de forma terrible. Esos ojos negros se derriten en sus propias cuencas y se convierten en dolor líquido. Unos segundos son más que suficientes para que éste se filtre en su cuerpo y angustia su alma en tormentosas convulsiones de protesta. Sabe que todas las noches le espera ese infierno, pero es un pequeño precio que hay que pagar si quiere ser eterno. Desde luego, él desea con toda su alma permanecer inmortal en ese delicado mundo onírico que separa los sueños de las personas.

IV

Ahora se sienta e intenta descansar. La puerta negra sufre un golpe. Alguien todas las noches, después que sus ojos desaparezcan, golpea la puerta una sola vez. No sabe quién es, nunca lo ha visto pero del miedo se duerme y cae en un mundo frío y estéril lleno de ojos moribundos. Antes de caer rendido en su propia prisión comprende que si algún día esa puerta negra que la oprime fuera abierta, su mundo se desvanecería y todo su ser caería en el olvido más absoluto y desolador que sólo un dios es capaz de imaginar. 

V

Mientras los sueños desaparecen y la gente se despierta él cae a un mundo gélido, yermo y estéril que le agrieta el alma y le hace sentir el frío primordial que circula por los vórtices. Es un mundo lleno de ojos moribundos y ensangrentados. Él los recoge y los limpia con sus mortajas grises. Son los ojos de aquellos que no quieren ver. Están llenos de dolor, pero él los guarda y los protege con su vida, se los lleva porque los necesita para soñar. Cuando cae la noche su cuerpo paralizado por el frío vuelve a su celda donde permanecerá eternamente, o al menos durante siglos, con el título y sobrenombre del príncipe de los ojos.

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