domingo, 12 de julio de 2015

La Luz del Candelabro

I

Se escuchan pasos que llegan de la calle más cercana. Las casas lúgubres son testigo directo de la mala compañía que pasea en ese preciso momento por esa escabrosa avenida. Cuatro hombres escuálidos y de extremidades sobresalientes caminan con futilidad arrastrando conjuntamente una carreta de ruedas andrajosas y superficie cubierta con una sábana medio desgarrada que algún día fue blanca. La sábana no puede disimular que lo que lleva la carreta son cadáveres. La ciudad entera ha sido tomada por una extraña maldición, que hace que los vivos mueran sin saberlo y la luz del día se vaya por momentos. Es ahora, cuando la poca luz del atardecer permite ver, cuando el carro de los muertos deambula por la ciudad recogiendo los cuerpos sin vida y de vez en cuando algunos de los crueles, de aquellos que mueren y viven por momentos.

La oscuridad se hace de nuevo. El sol parece un cirio que se enciende y apaga ante las órdenes de un dios demente. Los crueles toman de nuevo las calles, se levantan de sus tumbas aún sin cerrar y corren por las calles envueltos en sus mortajas negras... como ya han muerto no les importa cometer las más atroces fechorías. Algunos se conforman con cometer algunas crueldades sin importancia, como pintar las puertas de rojo o apagar las velas que los ciudadanos dejan en sus ventanas por el bien del transeúnte que se ha quedado sin luz. Pero otros muerden e incluso incendian las casas para poder ver de nuevo la luz en sus vidas.

La puerta se rompe de una patada. Los crueles suben hacia mi habitación pero se ven frenados por alguien. Al parecer se han encontrado con los habitantes del techo que han tomado su intrusión como una ofensa muy grave. Podría hablar horas sobre los habitantes del techo, pero ahora sólo puedo decir que cuando empezaron a ocurrir esas cosas tan raras, algunos empezaron a caminar por el techo y vivir boca abajo en nuestras propias casas. Con los días se han vuelto más huraños e incluso molestos, pero en este caso pueden salvarme la vida, no sólo están invadiendo mi casa, sino la de ellos.

II

Se escuchan gruñidos, gritos y golpes secos entre mi invertido vecino y los huéspedes que vienen a visitarme. Mientras tanto escapo por la ventana y caigo al suelo. La tierra está caliente y su superficie húmeda. Aún se escuchan gritos en el interior de la casa. Así pues corro calle abajo. La gente me mira desde sus casas, a través de la ventana parecen esbozos tristes, cabezas muertas que miran mi fúnebre destino. La ciudad se pone de luto por mi huída. En el fondo veo mi casa incendiarse y la iglesia empieza a adornar la ciudad con una triste melodía. Dos campanas suenan con su triste acompañamiento. Con el corazón en un puño y abrumado por las presencias que se acercan hacia mí sigo huyendo en dirección al mar y al puerto de la ciudad. Llegó acalorado al puerto de llamativo olor a salitre. En el fondo veo los barcos fantasmas llenos de polvo y telarañas, que amarrados a un mar de aguas intranquilas esperan de nuevo una luz que guíe su camino.
La oscuridad vuelve a teñirlo todo de negro. Me arrastro por el suelo como puedo y sigo adelante. El puerto está lleno de almas en pena, mujeres sin piernas que deambulan buscando ver de nuevo en lontananza el barco de sus maridos llegar a puerto seguro. Me da lástima su infinita pena pero he de seguir adelante o me convertiré en una sombra desprovista de pies y manos. Llego a duras penas al faro.

La tierra se enfría por momentos, la noto bajo mis pies y como su aliento gélido me pervierte los músculos hasta el punto de dificultarme la huída. La puerta del faro se abre con facilidad. Entro y subo las escaleras. Mientras subo una mano roza la mía y me da calor. Llego arriba y desde la cabina veo el mar ensombrecido, las estrellas carbonizadas y nubes marrones que recorren el firmamento con extraña velocidad. No hay nada allí salvo un pequeño candelabro sostenido por alguien que permanece aún encerrado en la oscuridad. Me acerco al candelabro en cuyo interior aún se esconde una chispa de vida hecha luz. Giro delicadamente la rueda del aparato y la luz se hace en la sala. Nadie sostiene el candelabro salvo yo mismo. Lo asió por la mano y me acerco a la ventana. Todo ha cambiado, los barcos empiezan a moverse y lo más importante de todo, entre ellos hay uno que me espera atrancado en el puerto para llevarme al país de donde proviene la luz.

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