miércoles, 5 de agosto de 2015

Rosa Mística


I

Todo es oscuridad. La noche es fría y está cargada de humedad. De repente el firmamento se colapsa con mil rayos blancos que parecen las grietas de una bóveda celeste a punto de venirse abajo. Todos los rayos parecen formar parte de un árbol cósmico dibujado en el cielo que aparece y desaparece con cada embestida eléctrica. Estando en el suelo me mareo y soy testigo de cómo mi percepción cambia por momentos. Las estrellas se mueven guiadas por ciclos matemáticamente perfectos, su brillo mengua y se ensalza por momentos como si se estuvieran alejando y acercando a la velocidad de la luz.

Siento algo en el estómago. Mi nariz huele la tierra mojada antes incluso que la primera gota caiga sobre mí. Cuando esto ocurre las nubes invisibles que cruzan el cielo amparadas por la oscuridad y el anonimato de la noche dejan caer su contenido provocando un relajante sonido que acompaña a los truenos que de vez en cuando dan la nota mayor en esa orquesta celestial reservada exclusivamente para mí. Intento levantarme del suelo húmedo, pero hay algo ahí arriba que me conmueve y me convence para que me quede. Como es una de las últimas tormentas de verano y además hace calor, pienso que no me puede pasar nada malo. La otra razón es que los rayos están ofreciendo un espectáculo muy singular, algo que nunca antes había visto por su magnificencia y su intensidad.

Es en una de esas apariciones holográficas y cuasi místicas cuando veo por primera vez esos dos ojos encendidos en pasión y eterna sabiduría. Entre la tormenta y el devenir de las estrellas hay una mirada femenina que me mira atentamente. Sus ojos son atentos y luminosos por momentos, su cara estrellada está oculta detrás de las sombras crepusculares del cosmos. La veo ahí tendida en lo desconocido mirando a través de mi carne y mis huesos, analizando mi alma exhaustivamente. Con cada aparición, entre la lluvia densa y la atronadora tormenta que intenta alcanzar lo terrenal, la veo aparecer y desaparecer entre lamentos. Los truenos traen su voz en forma de pensamientos y suspiros provocados por el viento. Ella me llama en la oscuridad, me observa. Es real, está ahí, en algún recóndito lugar.

II

Durante horas, bajo el amparo de una lluvia marchita, busco sus cautivadores ojos negros en la inmensidad de la noche. Todo se vuelve extraño, el tiempo parece detenerse y mi cuerpo yace embargado por emociones intensas que azotan mi mente con cada rayo. Es una comunicación mística la que mantenemos durante horas, noto la magia en todo mi cuerpo y como me envuelve con su embriagadora sensación de ingravidez. Todo mi cuerpo permanece allí tendido, rendido ante los encantos femeninos que me han poseído. Esa noche mágica transcurre durante minutos que parecen horas hasta el momento en el que mi memoria se desborda y no logro recordar más.

Se hace de día. Me levanto en mi cama como todas las mañanas. No recuerdo haber escapado con éxito de la lluvia de anoche. Miro por la ventana, la hierba del patio está húmeda y cubierta de barro, seguramente producto de mis quehaceres nocturnos. Cuando miro el cielo llano y gris se me viene a la mente una imagen que no logro situar en mi memoria. Recuerdo una rosa roja en el firmamento rodeada de espinas y adornada con una bella corona de matices dorados. Rápidamente vuelvo a mi habitación y empiezo a buscar algo que la intuición me dice en silencio. Debajo del cojín encuentro una rosa roja. Ahora sé que lo de noche fue real. Ella vino a verme.

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