sábado, 8 de agosto de 2015

Sonata y Lluvia


I

Esa mañana el día empezó con una leve llovizna. Fuera de la casa, los rayos de sol luchaban concienzudamente para hacerse un hueco entre aquella masa de nubes inertes que parecía no avanzar en ninguna dirección. Los relojes marcaban la hora exacta y aunque no hacía viento la casa crujía con unos ruidos misteriosos cuya procedencia jamás quedó desvelada. Era una gran casa, llena de habitaciones y objetos valiosos, pero la soledad que despedían aquella multitud de salas era abrumadora. El señor Thomas no era para nada viejo, tenía unos treinta siete años, pero sus condiciones de vida sumadas a la larga trayectoria de desengaños amorosos había ido carcomiendo su alma hasta dejarla postrada en un cuerpo que envejecía con prisa. Tenía una enfermedad coronaria que tarde o temprano le conduciría a la muerte, tomaba pastillas y aunque su hermana vigilaba su dieta él se dejaba morir. Había dejado el trabajo, tenía mucho dinero pero vivía solo, no tuvo nunca hijos ni mantuvo ninguna relación de pareja más de un año. Su hermana había ido a vivir con él temporalmente esperando que se repusiera de su enfermedad.

II

Aquella mañana Thomas miró por la ventana y vio aquel crisol de colores envejecidos. La realidad se volvió triste. Una lágrima cayó por su mejilla. No era ni dulce ni salada. Era insípida como el agua de lluvia, como su vida entera. En aquel instante, atento a aquellos temblores que sucedían por rachas, salió de su cama, dejando por un momento aquellos recuerdos que le carcomían vivo. Abrió la puerta de su cuarto y se asomó al pasillo. Aquellos temblores parecían haberse hecho más fuertes. Ese mismo día lo comentó en la comida. Su hermana había escuchado los temblores, acusaba a las cañerías en las que de vez en cuando se cuela algún animal del jardín. En aquel momento le dio la razón pero después de comer, volviendo de nuevo a su habitación, la vibración se agudizó hasta convertirse en una nota musical. No eran vibraciones de la casa sino de un violonchelo lejano que tocaba lentamente esperando hallar respuesta.

Todo parecía ser fruto de una ilusión auditiva a lo sumo una locura transitoria, pero a las pocas horas empezó a tocar una sonata de piano suave y melodiosa que le recordaban a la música que hacía años había dejado de escuchar. Antes de salir de su habitación miró por la ventana, la lluvia seguía cayendo esta vez con mayor fuerza, era una lluvia primaveral de las que refrescan el campo. La música ensalzaba el sonido de la lluvia, lo acompañaba y juntos formaban parte de una composición mayor. Thomas dejó caer una lágrima y esta vez su sabor era salado. Vio aquel prado nublado repleto de hierba fresca, barro y millones de gotas de agua dejándose deslizar por las hojas, filtrándose en la tierra para alimentar al mundo. La música se volvió más dulce y los sonidos de aquel piano resonaron con tanta fuerza que poco a poco iban desvelando su procedencia. Su hermana entró en su habitación preguntando si le apetecía hablar un rato. El negó con la cabeza y le preguntó por el piano. Ella se asustó. No había ningún piano en la casa, eran las cañerías las que provocaban aquellas vibraciones que en nada se asemejaban a las de un piano.

III

Cuando la tarde se iba haciendo avanzada, la melodía empezó a diluirse con la resignación de la lluvia que poco a poco iba debilitándose. Ahora sonaba una música triste pero rica en detalles que le invitaba a salir de aquella habitación, quería averiguar la procedencia de aquellos sonidos majestuosos, quería alabar aquellas manos ágiles que le hacían escuchar las voces del pasado. Se asomó al pasillo donde la música recobraba algo de intensidad. Dejándose llevar por su intención deambuló hasta la escalera que llevaba al desván, donde sólo había polvo y humedad. Thomas apoyó una mano sobre la barandilla de la escalera y asomó la cabeza por el hueco. Pudo ver con asombro que la puertecilla del desván estaba medio abierta y por ella entraba la luz del sol. Antes de hacer el menor movimiento un dolor estalló en su pecho; Thomas gritó y poniendo sus manos en el pecho se dejó caer hacia atrás justo al lado de la escalera. Nadie le escuchó, su grito fue débil y apenas tenía fuerzas para emitir otro sonido. Sin embargo, la música seguía tocando y con una pasividad asombrosa. Desde esa posición no podía ver la puerta del desván, pero la intensidad de aquellos sonidos le quitaron toda curiosidad. Fue la mejor melodía de su vida. Su corazón dejó de latir y sus ojos siguieron abiertos, inertes, contemplando un mundo que ya no tenía significado.

Thomas estaba muerto. La música seguía sonando. ¿Quién escuchaba la música?

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