miércoles, 26 de agosto de 2015

Tres Extraños en la Noche

I

Alguien camina ininterrumpidamente sobre el asfalto mojado. Va de un lugar a otro, en medio de la noche hasta que los primeros rayos de sol hacen su aparición y todo vuelve a la normalidad. Camina con dificultades, está cojo de una pierna pero parece aguantar bien el dolor y la humedad que se ceba con sus desgastadas articulaciones. En su mirada hay explosiones de color púrpura que no parecen ser reflejo de la realidad que ven sus ojos. Parece caminar en línea recta, firme en recorrido y en ideas, no hay expresión en su rostro pero sus dientes tiritan como si en su interior habitara la hiel más áspera del invierno. Es lo único en su rostro que indica que aún está vivo.

Todas las noches sigue la misma rutina, camina hasta que los primeros rayos de sol alumbran su rostro y todo lo que hay a su alrededor. Sus ojos se cierran por inercia e interpone las manos entre él y la luz para protegerse del cambio revelador del mundo diurno. En ese momento su memoria se disuelve y se pierde en el tiempo hasta que la consciencia recobrada le indica que la noche ha regresado y sigue caminando por ese camino asfaltado que no parece llegar a ninguna parte.

II

Camina y llega a un cruce de caminos y se topa con un hombre que parece desconocido. Él no lo reconoce pero lo ve todas las noches a la misma hora. Su rostro expresa demasiadas cosas para ser real, hay miedo en sus ojos, furia en sus labios, pánico en las mejillas y arrepentimiento en su manera de caminar. Se cruza con su mirada paranoica y luego desaparece en la oscuridad a sus espaldas dejando un ruido ensordecedor que se desvía hacia el camino de la derecha. La pisada de sus botas le llena los tímpanos como si fuesen truenos descarriados que se estampan contra sus sentidos. Cierra los ojos durante unos momentos y luego se olvida del rostro de la persona que ha acabado de ver.

Al poco rato escucha otro sonido. Son pisadas que parecen arrastrarse por el suelo. Se cruza con un hombre menudo, de cuerpo descuidado y con un abrigo que le para demasiado grande. Su mirada es fugaz, pues hay furia desenfrenada en sus ojos. Esboza una sonrisa amarga y mira directamente a los ojos del transeúnte nocturno. En ese momento sus ojos adquieren ese tono púrpura irreal que guarda las verdades de la eternidad. Le pregunta sin asombro:

- ¿Por dónde ha ido?

El caminante, sin pararse en seco, disminuye la marcha y contesta con una voz que parece más de mujer que de hombre:

- No lo sé. Ya está a punto de hacerse de día.

III

Se cruzan y ambos desaparecen en ese camino asfaltado en mitad de la nada. Antes de perderle de vista, ve el destello plateado de una pistola que sobresale de la manga derecha de su abrigo. Ya no le volverá a ver hasta dentro de unas horas. No lo recuerda pero sabe en el fondo de su corazón que la noche que se encuentren esos dos ya no habrá un nuevo día.

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