domingo, 13 de septiembre de 2015

El Cartón de Leche

Aquel ser camina por un castillo repleto de papeles sucios y motas de polvo que han florecido durante varias estaciones. Su cuerpo es colosal, deforme, es un monstruo y por eso apaga la luz, para que nadie sepa que los monstruos realmente existen. Camina por aquel lugar sin espejos al que considera hogar y enciende una débil lámpara de salón que daña sus cansadas retinas. Se siente abominable, hediondo, un lastre para la humanidad. Con poca maña logra abrir la nevera, sus debiluchos dedos largos antes admirados por algunos están cubiertos de costras y picaduras de pulgas que han ido secando sus extremidades hasta el punto de crear un contraste ridículo; nadie podía imaginar que aquellos dedos llegaron a tocar el piano con notable sensibilidad. Sin más aspiraciones coge uno de los cartones de leche y lo abre para comprobar que no está rancio. Tras cerrar la puerta se siente en el sofá y bebe un poco, no tiene mal sabor, pero esa mañana todo le sabe mal, al igual que la vida que lleva arrastrando desde su terrible y fatal accidente. Cuando ha terminado se sobresalta alarmado por una peculiar visión, el cartón de leche se mueve solo, tiembla animado por una vibración ajena al resto de los objetos. El monstruo le da la vuelta para ver si hay algún bicho detrás o alguna rata que tanta compañía le hacen por las noches con sus mordiscos. El cartón de leche se gira y muestra una boca de cartón plastificada recortada en la propia superficie y dos agujeros estrechos que dan la imagen de representar dos ojos. Antes de moverse más hay un pequeño diálogo.


- ¿Quién eres? - dice el monstruo

- Soy un cartón de leche y tú no eres mi amigo, te odio


Acto seguido el cartón de leche se abalanza sobre el cuello del monstruo y ante el cansancio de sus débiles músculos, sucumbe al poder devorador de aquel objeto que hasta hace poco contenía alimento en su interior. Los dos caen fulminados en el suelo, uno muerto y el otro vacío. Nadie sabrá lo que pasó en aquel rincón maldito. Aquella habitación no tenía puertas y los restos de aquellos dos menguaron hasta indiferenciarse de la suciedad que esconde la sociedad.

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