lunes, 28 de septiembre de 2015

La Hermandad de las Cadenas


I

La oscuridad creciente se ha hecho con cada uno de los rincones de esta torre maldita. Desde los muros llega el sonido de cientos de cadenas arrastrándose por los fríos pasillos que conectan las siete celdas que se esconden en las entrañas de estos muros de piedra. Cada día juego a adivinar a quién se llevarán hoy esos malditos errantes; nunca los he visto pero los prisioneros más paranoicos dicen que son esqueletos cubiertos de cadenas que marchan juntos por los pasillos de la torre en la más profunda oscuridad; todos ellos están unidos con cadenas, atrapados entre sí formando un enjambre tétrico que crece con cada luna llena, pues cuando atrapan a alguien pasa a formar parte de aquel batallón maldito para el resto de la eternidad. Según he oído, solo la esperanza puede salvarte de los errantes y yo ya la perdí hace tiempo cuando al finalizar la guerra mis hermanos y yo quedamos en el bando perdedor. Todos hicimos el juramento y permanecimos leales a las antiguas leyes pero más tarde lo pagamos caro cuando nos declararon traidores.

Esta noche los vuelvo a escuchar, son cadenas que se arrastran fríamente por el suelo. Pasan delante de mi celda y siguen unos metros más adelante dónde el ruido deja de percibirse como una amenaza directa. Cuando parece que están demasiado lejos se escucha un grito aterrador. Los guardias huyen despavoridos y yo me quedo, como guardián indefenso, sólo y atrapado en mi propia celda tentando a la suerte o a aquello que me pueda salvar la vida. Cuando la luz del sol penetra débilmente en mi celda sé que hoy no, pero dentro de unas semanas, más tarde o más temprano, me llevarán con ellos.

II

Pasan los días. Gracias a los rumores que recorren siseantes el vacío entre los pasillos me entero que la celda que fue poseída unas noches atrás ha sido abierta por los guardias. Nunca antes había escuchado directamente de boca de un carcelero lo que pasaba realmente. Según le dijo uno de aquellos carceleros a otro en la celda sólo quedaban la mitad inferior del desafortunado prisionero. Sus piernas seguían aferradas a las cadenas que lo unían a la celda como un cordón umbilical inquebrantable. Del tronco hacía arriba se lo habían llevado. Esa noche intenté romper la cadena pero era inútil, pronto moriría como aquel prisionero.

En el suelo, exhausto y con los músculos entumecidos por el excesivo esfuerzo que había realizado, pensé en la forma de escapar de aquella prisión. Lo primero que se me ocurrió fue encadenar aún más mi cuerpo, intentar rodearme entero de cadenas, en el torso y en el cuello para evitar así que se llevaran alguna parte de mi. Todo era inútil, como una marabunta de garras y hueso se abalanzarían sobre mí y me harían astillas en un par de minutos.

Los días pasaron y llegó la noche de la luna llena. Ésta me miraba impasible desde la ventana de mi celda, parecía decirme que con toda probabilidad, esta noche iba a morir. Pasan algunos minutos y empiezan a escucharse las cadenas desde algún rincón de la torre. Poco a poco el ruido se hace más presente; nunca antes las había notado tan escandalosas. Hoy su estruendo metálico es especial para mí, con cada paso que dan mi corazón se acelera y llega un momento que siento que se me va a salir por la boca.

III

La cohorte encadenada pasa delante de mi puerta y justo cuando creo que están pasando de largo ésta se para en seco. Ya no hay más ruido, sólo un vacío desolador, un preludio hacia una muerte segura. La puerta se abre, alguien ha introducido una llave oxidada que gira lentamente creando un situación incómoda. Los veo entrar desde la oscuridad, son cuerpos que se arrastran por el suelo y que vienen directos a mí. Cuando pasan por debajo de la luz lunar su siluetas quedan descubiertas. Realmente no todos son esqueletos, muchos aún tienen un estado de putrefacción moderadamente avanzado. Aunque no tienen piernas se arrastran a una velocidad sorprendente. Las cadenas siguen hacia el pasillo, parece que todo aquello está lleno de cuerpos mutilados y encadenados que me esperan impacientes para continuar su marcha nocturna.

Noto sus mordiscos y las garras afiladas de aquella hueste infernal. En un minuto terminan con mi vida y me arrastran por el suelo sangrante de mi propia celda. Noto como me arrastran y me cubren de cadenas. Después mi consciencia se pierde mientras soy arrastrado por aquel enjambre pérfido de vuelta a algún lugar macabro dónde sólo habitan los malditos.

IV

La luz de la luna se posa sobre mi cara y me despierto de nuevo. Toda la celda está bañada con una especie de hálito violeta, como el de la noche estrellada que se ve desde mi ventana. No hay puerta, tampoco cadenas que me afligen ni ruidos que me asustan. Noto mi cuerpo, está entero pero todo parece extraño, distinto, es como si ya no estuviera en aquel lugar. Sólo hay silencio en la celda y una voz en mi interior que me dice:

- El juramento será cumplido. Juntos entramos y juntos partiremos hacia el otro lado.

No hay comentarios:

Publicar un comentario

Hazme feliz con tu comentario.