miércoles, 2 de septiembre de 2015

Siete Cruces Negras

Siete cruces negras fue un relato que escribí hace ya 4 años. Es un relato de terror ambientado en un extraño sueño. El protagonista debe volver al lugar donde nació para dar fin a toda una serie de pesadilla que están interfiriendo en su vida.


SIETE CRUCES NEGRAS

I

A veces pienso en cómo las cosas han cambiado en tan sólo una semana. Desde hacía tiempo, años podría decirse, abría los ojos todas las mañanas para recibir un nuevo día, lleno de esperanzas y gratas sorpresas. Sin embargo, desde hace unos días abro los ojos y me desvelo en la noche, en una atmósfera arisca y cruel, rodeado de mis sentimientos y de lo que yo llamo residuos nocturnos, que no son otra cosa que recuerdos del sueño, o mejor dicho pesadillas, que me atormentan durante mi reposo y me hacen descender al inframundo de manera estrepitosa. Cada noche logro escapar de aquel mundo traumático con una sacudida atroz. Al principio no le di importancia, pensé que sería fruto de las tensiones laborales, pero esta noche tuve una pesadilla tan horrenda que mi vida se trastocó hasta puntos insospechados.



Sentí unos latidos que se aceleraban por momentos. No había imágenes, sólo oscuridad, una oscuridad nebulosa y perenne que todo lo cubría. Pero entonces una luz nació en el horizonte, era un sol que ascendía de manera vertical hacia el firmamento, su luz al principio se volvió molesta, pero conforme se elevaba el astro rey, su halo se volvió negro y entonces la oscuridad se disipó y contemple con horror algo que me devuelve inmediatamente a mi estado de vigilia. Sobre un monte gris había siete cruces negras, todas formando una línea imaginara que se torcía en los extremos. Sobre éstas había varias personas crucificadas que se retorcían y movían sus rostros gesticulando de forma grotesca, aunque ningún sonido salía articulado de sus gargantas.

Este sueño se había repetido durante tres noches seguidas; los detalles oníricos y su vivacidad iban progresivamente en aumento con cada sueño hasta esta noche, cuando he estado al límite de mis nervios. Esta noche abrí los ojos a la oscuridad maldita de mi habitación y las cruces seguían allí, en la lejanía, fundidas con la realidad, suspendidas en el vacío ignoto. No pude reprimir un grito de horror que salió con fuerza de mis pulmones. De manera poco acertada busqué el interruptor de la luz y lo pulsé. La habitación quedó iluminada, pero no con la misma intensidad, más bien parecía un brillo tenue que se dispersaba por cada uno de los rincones de la habitación, incapaz de hacer desaparecer aquellas cruces negras que poco a poco se acercaban hacia mí.

Ese terror se prolongó durante poco más de un minuto. Justo antes de que aquellas cruces se acercaran lo suficiente para distinguir a sus infortunados huéspedes, perdí el sentido de la conciencia y mi yo se sumergió en sueños inacabados y poco reparadores dónde simplemente vi una casa vieja y sin puerta alguna aparecer ante mí como si de una alucinación repentina se tratase. Cuando desperté, lloré amargamente, pero esta vez no sólo por la pesadilla, sino por aquella casa que había aparecido recientemente en mis sueños. Era la casa donde nací.

Miles de sensaciones mal configuradas acudieron a mi mente en tropel, era una extraña urdimbre de imágenes inconexas que se perdían en los ecos de mi pensamiento. Sentí que no podía dejar de ignorar el problema, debía tejer ese entramado ansiógeno de imágenes incandescentes y para ello tenía que volver al pueblo donde me crié, debía volver a ver con mis propios ojos la casa de la hiedra y comprender porque después de tanto tiempo su recuerdo me provocaba grotescas pesadillas.

Lo poco que podía recordar en estos momentos es que mi infancia no fue como la de los demás niños; en aquella casa había una atmosfera poco apacible donde debieron acontecer extraños sucesos. Me marché a los dieciocho años y desde entonces no he vuelto a saber nada de aquella casa ni de mis padres. Por eso, quizá decidí volver, necesitaba respuestas o al menos llenar los huecos que se habían formado en mi memoria durante tantos años confinados en aquella triste morada. Aquel día me decidí, bajé y me subí al coche. Tenía un largo camino por recorrer. No hice caso del miedo que poco a poco empezaba a brotar de manera disimulada por los poros de mi cuerpo.

II

El viaje fue largo e intenso. Recorrí en coche caminos viejos que pocos conocen. Por el retrovisor veía cómo el sendero se convertía en polvareda. Esa visión me reconfortaba, era como si aquella nube espectral me protegiera de algo que me hubiera estado siguiendo desde aquella fatídica noche. El camino se prolongó durante poco más de una hora. La tierra espolvoreada se convirtió en barro ligeramente seco y las acequias en riachuelos perdidos que se marchaban sin saber muy bien donde depositar sus aguas; por último, los campos de cultivo dejaron paso a un bosque espeso y cruel que absorbía gran parte de la luz, haciendo que sobre el camino se formara un manto de sombras que me acompañó hasta la mismísima entrada del pueblo, aquel que me vio nacer y del que pocos recuerdos guardo.

El sol, marchando hacia el ocaso, teñía los tejados con un místico elixir dorado. Mientras tanto, bajé del coche y marché hacia una plaza que, a modo de entrada, recibía a los foráneos. Conforme me acercaba, la gente empezó a desaparecer como por arte de magia; las pocas almas que se veían caminantes habían tomado rumbos adversos y habían huido en dirección contraria, adentrándose en esa marabunta de calles estrechas que tantos secretos deben haber guardado. No podía imaginar por qué mi presencia era un acontecimiento negativo para ellos, quizá era el temor hacia lo nuevo, hacia lo extraño… quizá me habían tomado por un extranjero, pero también cabía la posibilidad que precisamente se hubieran alejado por haberme reconocido. Aunque lo pensé detenidamente mientras me acercaba, reconocí que eran dudas irreconciliables con el temor que poco a poco iba cobrando fuerza en mi interior. Sentí un deseo que se bifurcaba en dos sentidos opuestos. Por una parte, presentí algo terrible y unas ganas inconmensurables de volverme por donde había venido; por otra parte, había algo en aquel pueblo, en mi memoria, que me llamaba con sus secretos y me invitaba a quedarme y llegar al fondo del asunto. Si a veces el destino de un hombre se resuelve con una moneda, mi caso no fue muy distinto, simplemente marché hacia delante y dejé que mis pies me arrastraran por esas calles empedradas que poco a poco se oscurecían haciendo que las sombras bailaran extrañas danzas alrededor de mí.

III

Aquellas calles empedradas quedaron a merced del viento y la oscuridad de la noche. Eran caminos abruptos y torcidos que hacían que me perdiera en sus entrañas hasta el punto en que sólo podía ya fiarme de la intuición para intentar salir de aquella prisión laberíntica. Con éxito lo logré, me escabullí entre esa urdimbre de adoquines; mientras caminaba las ventanas de las casas se cerraban a un ritmo frenético, acorde a los latidos de mi corazón. Noté un pinchazo en la nuca, como si decenas de ojos indiscretos me observaran con afán especulativo desde el más perfecto anonimato. Mis pies se hacían pesados como si ya no tuvieran la energía necesaria para hacerme salir de allí con toda la prisa que mi paciencia reclamaba.

Al final las paredes se ensancharon y me encontré en una plaza obtusa y bastante singular que destacaba por el extraño árbol marchito que adornaba el centro preciso de aquel novedoso lugar. Debido a la oscuridad reinante no pude ver de qué árbol se trataba, pero en mis recuerdos obstruidos se despertó una imagen relativamente vívida. Era un árbol de ramas afiladas y hojas verdes, lleno de flores amarillas que jugaban con el viento en esas horas tardías cuando la brisa corría por el pueblo, especialmente los días de lluvia y tormenta. Durante esas tardes lloviosas el árbol se movía con ímpetu, rabioso por no poder escapar de su posición. Era como si extrañas fuerzas ocultas confluyeran en aquel rincón periférico del pueblo, como si algo insustancial agitara el viento con un propósito desconocido que seguramente jamás conoceré.

Entonces, esa imagen animada se esfumó de nuevo hacia la memoria de mi inconsciente. Al dar unos pasos la encontré y la noche se volvió menos oscura. Era la casa donde nací y digo era porque me pareció totalmente distinta. Su fachada, que durante años había coronado el centro mismo de la plaza, estaba ahora lleno de grietas grisáceas y suciedad negruzca similar a la que deja el carbón al combustionarse. La puerta seguía igual de sólida, pero con su superficie de madera castigada por el tiempo y la humedad. Sobre la parte inferior había crecido un espantoso moho verde que parecía querer apoderarse de toda la fachada, empezando primero por la puerta. No logré ver más allá de la puerta, aquellas ventanas protegidas con rejas debían estar unos metros más arriba, pero su presencia quedaba anulada por la negrura y su existencia, hasta el momento, puesta en la duda que invade mi recuerdo.

Abrí la puerta de par en par y vi la oscuridad en todo su esplendor. Se escuchó un chirrido y la madera se quejó con angustia. Aquella casa parecía un pozo negro donde se gestaba el miedo más primitivo del hombre, el miedo a lo desconocido. No se veía nada, así que tanteé a oscuras y me perdí en su interior, esperando encontrar cualquier fuente de luz, por tenue que fuera, pero no la encontré. Subí unas escaleras y llegué a un primer piso igual de oscuro e incógnito, vagué por un pasillo estrecho y llegué a una habitación. Me topé con un escritorio alto y acariciando su superficie, mis manos se aferraron lo que parecía una linterna de las de antes, de esas que funcionaban con pilas grandes, vulgarmente llamadas petacas. Parecía haber sido puesta allí a propósito, pero su descubrimiento siguió pareciéndome una proeza. Manoseando su superficie con nervios logré hacerla responder y la luz se hizo en la habitación. No hubo sorpresas inesperadas, era una habitación vieja, con paredes enfermizas y llenas de humedad, un cubil natural de polvo e insectos. Cuando vi aquella cama de sábanas amarillentas mis esperanzas se quebraron, había depositado toda mi fe en aquel lugar y ahora su visión no me producía ningún recuerdo, ninguna explicación plausible o revelada sobre los males que me atormentaban. Entonces, ante la culpa y el desasosiego, el sueño hizo mella en mí y decidí dormir en aquella habitación. Cerré los ojos esperando que mis terrores desaparecieran y que al día siguiente pudiera por fin abandonar aquellas tierras para no volver jamás.

IV

En mis sueños ya no había cruces negras. Veía un cielo nocturno sin estrellas, con el firmamento totalmente cubierto de nubes invisibles que se movían a favor del viento. Ni siquiera veía mi propio cuerpo, parecía ser insustancial, como un fantasma o una presencia ultraterrena. Entonces bajé la mirada y descubrí donde estaba. Veía la plaza desde una distancia prudente, en el centro estaba el árbol, aunque en mis sueños tenía hojas de aspecto saludable. La casa donde me encontraba, sin embargo, no tenía puerta y donde éste debía estar había una mancha negra que cubría su superficie, parecía una especie de grasa animal que se extendía corrompiendo a cada segundo la gran fachada. El viento sopló y me acerqué súbitamente al lugar sin posibilidad de detenerme, era el viento el que me transportaba y me llevaba con voluntad férrea. Cuando pasé cerca del árbol no pude ignorar la visión de aquellas hojas largas y puntiagudas, parecían dedos afilados que me señalaban de manera acusadora. Entonces, pasó algo extraño, el árbol estalló en llamas. Eran llamas incoloras, con tonalidades grisáceas que engulleron en cuestión de segundos la gran cantidad de hojas de aspecto sospechoso. Cuando la combustión terminó el árbol quedó desnudo y su tronco empezó a moverse. Quise acercarme un poco más, pero no tenía ningún control sobre mi propio cuerpo y menos aún sobre el viento del que parecía depender. Aún así, logré ser testigo de algo que me horrorizó incluso minutos después de despertar. Aquello no era un árbol normal, era un árbol de carne, en su corteza pude distinguir la carne desollada y desmembrada de varias personas que se retorcían intentando separarse de aquel horror hecho realidad. Cuando vi una cara viva dentro de aquella monstruosidad sentí una angustia inmensa que me hizo gritar. Sus ojos descolocados me miraban con desesperación y me transmitían un dolor tan extremo que rompía la barrera de lo real. Al final emitieron un grito desgarrador que me partió el alma. La visión de su carne carbonizada, de esos cuerpos entumecidos, cosidos de mala manera y atrapados eternamente hizo que cerrara los ojos para no ver aquel infierno materializado. Lo último que recuerdo fueron aquellos ojos mirándome desorbitadamente, pidiendo ayuda a alguien que no se la podía prestar. Antes de despertar sentí que me movía mecido por el viento; noté el tacto de aquella mancha negra que crecía sobre el edificio, noté cómo me absorbía y cómo su superficie resbaladiza y sucia me tragaba hasta devorarme por completo. Fue entonces cuando desperté del sueño. Mi corazón pegaba sacudía con devoción, estaba envuelto en sudor, desorientado y con la mirada perdida; todo me daba vueltas, me tranquilicé durante unos minutos, notando aquella brisa nocturna que entraba a través de una de las ventanas. A los pocos minutos me calmé y mi ritmo cardiaco se restauró. Sentí alivio, aunque lo peor estaba aún por llegar.

Sentado sobre la cama, envuelto en la más cruda oscuridad, empecé a escuchar unos sonidos escabrosos, unos cuchicheos apenas perceptibles pero que empezaron a ponerme los nervios de punta. Alertado por aquel creciente murmullo alcancé la linterna y la encendí, proyectando un haz de luz disruptiva sobre la pared. Descubrí la procedencia de aquellos ruidos, eran arañas, unas cinco como mínimo, que correteaban por la pared provocando aquellos pequeños ruidos. Lo que me sorprendió no fue su repentina aparición, sino su tamaño, eran como la palma de mi mano, pero peludas y del color del betún. Ante la luz de la linterna, dejaron de moverse y se quedaron en silencio, expectantes, como si quisieran evitar ser descubiertas. Al poco rato me acerqué al armario que había a mi derecha y cogí una escoba que permanecía allí plantada esperando el día en que volviera a ser útil. Cuando me dirigí hacia la pared las arañas salieron espantadas y se colaron por la puerta de la habitación en dirección al largo pasillo. Habían adivinado mi intención y habían salido despavoridas para salvar la vida.

Corrí tras ellas armado con la escoba. Con la linterna apenas podía enfocarlas bien, pero todas parecían dirigirse hacia la habitación final, cuya puerta permanecía entreabierta. Cuando llegué a su altura la abrí lentamente y enfoqué el interior de la habitación. En el centro de la habitación había una telaraña gigante que dividía la estancia en dos. Lo que me llamó la atención no fue el hecho de que no había ni rastro de aquellas arañas, sino la forma misma de la telaraña. Era una red caótica de hilos asimétricos y mal configurados. Tenía un centro circular amorfo del cual surgían todos los hilos. Sin embargo, la mayoría colgaban como si aquello fuera una tela deshilachada y harapienta. Decidí pues abandonar aquella habitación siguiendo mis propios pasos. Por si acaso cerré la puerta, pero no sin antes contemplar por última vez aquella telaraña caótica. Era una muestra más de que en aquel lugar hasta los animales perdían la cordura.

Cuando llegué de nuevo a la habitación pensé en la posibilidad de volver a dormir en aquella cama, pero la sola idea de que aquellas arañas pudieran volver a hacerme compañía me causó escalofríos y decidí que era mejor abandonar ya aquel lugar, por muy oscura y fría que fuese la noche. Pero entonces hubo algo que me detuvo, los murmullos continuaban y esta vez no parecían proceder de ningún insecto repulsivo, venían del exterior, de la plaza del árbol de la carne.

Me acerqué a la ventana, pero después de apagar la linterna. La oscuridad me impedía ver nada tangible, sólo veía algunas formas ambiguas y movimientos difusos que bien podrían ser cualquier cosa, incluso quimeras mías. No obstante, aquellos sonidos fueron en aumento hasta el punto que toda la plaza quedó sumergida en un gran susurro que llenaba todos los vacíos de aquel fatídico lugar.

V

Alertado por mi sentido de supervivencia, esperé y contemplé aquel panorama desconocido que me ofrecía la noche. Escuché durante minutos interminables el sonido de cientos de pasos humanos alrededor de la plaza. A penas a unos metros por debajo de mí, una marabunta de pies humanos caminaba sin cesar de un lugar a otro en extraña sincronía. En un momento dado dos pequeños puntos de luz hicieron su aparición. Parecían dos ojos diabólicos, rojizos como el fuego infernal, que me miraban desde una distancia prudente pero incapaz de hacer disminuir el temor que en aquel entonces sentía.

De pronto esos dos puntos rojos se extendieron y se convirtieron en un pequeño brote de llamas débil que crecía lentamente a medida que pasaban los segundos. Era el árbol el que estaba en llamas, pero no parecía una hoguera cualquiera, el árbol se quemaba lentamente, haciendo que una extraña nube de humo vaporoso ascendiera hasta perderse en lo más oculto del firmamento nocturno.

Sus llamas terminaron por desvelar a las extrañas criaturas noctámbulas que habían estado reptando en la noche más oscura que jamás había visto. Eran personas al igual que yo, de carne y hueso, pero vestían extraños atuendos pardos similares a los de los monjes medievales, aunque con algunos símbolos negros grabados en la parte dorsal del atuendo. No pude distinguir bien de qué símbolo se trataba, pero mi intuición me decía que no eran cruces, sino algo más antiguo y primordial que pocas veces alguien ha sido capaz de rescatar de nuestro pasado vestigial.

La multitud dio varias vueltas más al árbol en llamas que no tardaría en ser devorado por el fuego y justo cuando la última de las ramas cayó al suelo, unas campanas fúnebres resonaron en la cercanía. Eran las campanas de la iglesia las que sonaban con fuerza, provocando un estruendoso sonido que llamaba a aquellos extraños feligreses al lugar sagrado. Así pues, poco a poco, aquellos desconocidos formaron varias filas y marcharon en procesión hacia el lugar de dónde venían los repiqueteos. Sin pensármelo dos veces, yo, que debía tener la cabeza desconcertada en aquel momento, decidí bajar y seguir aquella procesión maldita hasta los confines del propio inframundo. Bajé las escaleras y abandoné la casa que me vio nacer. Anduve por las calles, perdido y en silencio detrás de aquella hilera de gente que cuchicheaba en murmullos extrañas blasfemias que pocas mentes son capaces de albergar.

Pasaron así varios minutos en los que, a distancia prudente, seguía la procesión, intentando averiguar si realmente se dirigían a la iglesia o hacia un lugar más impío. En el último momento lo averigüé; efectivamente era la iglesia de mi antiguo pueblo, una construcción antigua cuyo aspecto ya delataba algo extraño. Su superficie era de una piedra gris llena de grietas y extraños hongos que me recordaron a los que habían crecido en la puerta de mi antigua casa. En lo alto había dos torres idénticas entre sí que coronaban la fachada y desde donde las campanas redoblaban con extraño fervor. Todo aquello estaba iluminado por miles de fanales fatuos que conferían una atmósfera anaranjada e iluminaban los últimos pasos de los peregrinos hacia el interior del templo.

Esperé entre tinieblas hasta que el último caminante cruzara aquel arco hacia lo desconocido, fue entonces cuando decidí a seguirle en silencio, sin prisas y con mucha cautela. Dentro de aquel templo profano debía estar la respuesta que tanto ansiaba conseguir. O eso, o alguna cura para eximirme de las pesadillas que por la noche me atormentaban. Sin embargo, el desenlace no fue tal como había previsto.

VI

Dentro de la iglesia no había nadie. Su interior parecía el doble de grande que se intuía por fuera, pero éste estaba vacío o al menos eso es lo que me pareció. Caminé hacia el centro de aquella iglesia mal iluminada y contemplé con horror aquello que me había estado persiguiendo todos estos días. Sobre el altar había siete cruces negras, todas puestas marcando una cuña que señalaba en mi dirección. Todas las cruces contenían un Cristo, excepto la del medio, cuya sola visión conseguía hacerme temblar. Me acerqué lentamente hacia una de las cruces y vi aquel cuerpo crucificado, abatido, llena de heridas que parecían reales, con su carne olivácea y desnutrida y sentí una angustia por dentro que me quemaba el alma; era como si hubiera visto aquella misma imagen tiempo atrás y ahora hubiesen aflorado los sentimientos reprimidos de dicho recuerdo.

Cuando sus ojos se abrieron me tiré hacia atrás y caí al suelo estrepitosamente. Aquello no era una figura religiosa, sino un hombre apaleado y crucificado de verdad. Simplemente me miró agonizante, dejo que un denso hilo de sangre saliera de su boca y exhaló el último aliento. Su carne estaba tan castigada y ennegrecida que me pareció hecho de madera. En esos momentos pensé en qué tipo de persona era capaz de cometer semejante atrocidad. Las respuestas vinieron en forma de golpes. Fui víctima de una multitud de patadas y puñetazos que venían de todas partes, empecé a sufrir golpes en la espalda y en las piernas y finalmente algunos muy fuertes en la cabeza. Pero aún en el suelo, seguía sin ver a nadie. Esa iglesia estaba vacía. Los golpes rompían el silencio al igual que esa risa inhumana que no paraba de jactarse de mi destino; era una voz penetrante y provocativa que no estaba presente en ningún lugar, no tenía espacialidad ni eco, salía de mi propia cabeza como si emanara de la fuente de una memoria que todavía me resisto a descubrir.

Cuando desperté mis ojos me dolían como si los tuviera en carne viva. De fuera de la iglesia llegaba una luz resplandeciente, diurna, que indicaba que un nuevo día había llegado. Me encontraba en el interior de la iglesia, crucificado y desnudo, cubierto de magulladuras y heridas sangrantes. Delante de mi no había nadie, sólo murmullos de personas invisibles que era incapaz de ver. Cuando vieron que me había recompuesto, empezaron a gritar el advenimiento del señor con euforia y determinación. Sentí que mi cuerpo empezaba a fallar y que la respiración se me entrecortaba. Unos calambres empezaron a subir por mis piernas y al poco rato ya casi no podía ni respirar. Sentí que el corazón se me paraba y que el frío invadía cada palmo de mi cuerpo, desterrando todo atisbo de calor y vida. Finalmente, las voces cesaron y se hizo la oscuridad. Todo aquello desapareció, perdí la conciencia y desfallecí en lo desconocido. No pude decir si lo que vi fue luz u oscuridad, pero desde luego nada tenía que ver con las sensaciones que describen los que alguna vez han estado muertos.

VII

Cuando abrí los ojos de nuevo estaba cerca de mi coche, a la salida del pueblo. Era de día y hacía un calor insoportable. Estaba vestido con la misma ropa con la que vine al pueblo, pero tenía todo el cuerpo dolorido por las heridas. Miré mis manos y contemplé con desasosiego la terrible prueba de que todo lo que había vivido era real. Mis manos estaban agujereadas por debajo de la palma, justo en el trozo en el que se unen y terminan los dos huesos del brazo tenía una herida cicatrizada que permitía ver a través. Desde luego, toda mi experiencia había sido real, me habían crucificado.

Sentía dolor, pero el miedo había desaparecido. Notaba que en mi interior algo acababa de morir. Intenté ir de nuevo hacia el pueblo, caminé por sus calles desiertas, pero comprobé que no podía tratarse del mismo pueblo. Todo, las casas, las calles y las plazas estaban en el mismo sitio, pero a diferencia de anoche, ahora estaban abandonadas y muchas de ellas en ruinas, con el tejado hundido y las puertas tapiadas. Finalmente desistí y volví al coche. Arranqué el motor y observé detenidamente aquel pueblo maldito por el retrovisor mientras me alejaba para no volver jamás.

Pasaron varias horas antes de que llegara a casa. El viaje de vuelta no fue tan largo como el de ida, mi cabeza estaba tan colapsada por la experiencia que no fui consciente del paso del tiempo. Cuando llegué a mi hogar, subí las escaleras, entré en mi habitación y me tumbé sobre la cama intentando dormir de un tirón. Antes de dormirme tuve una extraña sensación, era como si aquella no fuera realmente mi casa, todo estaba tal como lo dejé y aún así nada me era familiar, era como si me hubiera vuelto incapaz para reconocer las cosas de mi contexto. Esa noche no soñé. Mi creatividad estaba tan apagada que apenas podía generar cualquier escenario, pero conforme pasaron los días volvieron los sueños y las oscuras pesadillas que todo lo tiñen de negro.

La última vez soñé que estaba de nuevo en aquel pueblo maldito. Era de día y la luz del sol caía con fuerza sobre mi espalda. Estaba descalzo y no había nadie en toda la calle. Mi cuerpo estaba magullado y tenía la garganta sedienta. Caminé y me perdí en sus calles, pero esta vez no pude encontrar la salida. De fondo se escuchaban esas campanas fúnebres que tocaban en solitario para mí. Cuando me quedé exhausto de tanto caminar, me senté en una acera y esperé tumbado mirando al cielo, esperando una noche que jamás llegaría.

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