lunes, 26 de octubre de 2015

La Espiral de los Muertos

I

Nikola cabalga veloz sobre su montura. El viento helado del norte le impide escuchar los jadeos del caballo que galopa contra su voluntad, extasiado por el cansancio y el dolor. Mientras oscurece Nikola golpea con miedo a su viejo amigo y de vez en cuando se gira hacia atrás esperando no encontrar algo que le siga desde la inmensa oscuridad que está a punto de devorarlos. Él sabe con certeza de qué huye, hoy es el día de los muertos y los caminos entre pueblos y ciudades no son seguros, menos aún en aquella región que tan poblada ha estado de guerras y cadáveres sin enterrar.

Las leyendas locales afirman que las almas de los muertos vagan eternamente bajo formas indignas, buscando la carne y la sangre que les permite recordar que alguna vez estuvieron vivos. Nikola siempre creyó en esas leyendas, pero su viaje, precipitado y comprometido, era de vida o muerte. Le habían acusado de brujería, lujuria y sodomía. Hace años que sabía que se estaba metiendo en la boca del lobo, pero aún recuerda de vez en cuando aquella vez que los muertos llamaron a su puerta para llevarse el alma de su abuelo moribundo. También recuerda las primeras visiones de personas que caminan con la mirada perdida por los caminos antiguos sin saber dónde ir y cómo no, sus primeras investigaciones sobre el tema y la implicación que los astros tenían en aquellas extrañas apariciones. Con el tiempo se interesó por aquellos relatos y con esmerado plan recopilaba leyendas y testimonios que le permitieran descubrir la realidad oculta. Ahora todo daba igual, debía huir de los vivos y de los muertos, de todo aquel que recordara su semblante, pues las sombras susurraban su nombre y el viento movía frenéticamente su capa, como delatándolo frente a las autoridades de lo desconocido.

II

Mientras galopaba el viento se volvía cada vez más denso y gélido, como si todo aquello fuera una extraña telaraña que le frenaba con su red estriada. En la lejanía se escuchaba el silbido indecoroso del viento y gritos que de vez en cuando acudían a su mente como proyectados desde lugares inciertos ajenos al mundo material. Notaba a ambos lados del camino brazos que se agitaban y miradas sin vida que le atravesaban el corazón, anhelantes del calor de sus venas y deseosos de extinguir la vida en su cuerpo mortal. Todas esas criaturas surgían de la nada, del mismo aire nebuloso o la tierra ennegrecida buscando el olvido de su eterna desdicha.

Cada vez eran más abundantes y se atrevían a invadir el camino que antiguamente había sido consagrado al dios de los viajeros y los comerciantes. Los montículos de piedra, desacralizados y medio derruidos no significaban nada para aquella muerte atea. Sus apariencias eran fantasmagóricas, pero el dolor que sentía cuando le atravesaban con sus manos salvajemente afiladas era real. No había rasguños ni marca alguna, pero aquellos manotazos le helaban el alma y sentía que poco a poco se le entumecían los músculos y su cuerpo se quedaba frío e inerte. Su caballo siguió hacia adelante, con noble lealtad, como si fuera consciente del peligro que ambos corrían. Pasaron unos minutos antes de que su huida terminara en fracaso. Su caballo, al igual que él, había ido perdiendo el calor y su galope se había convertido en un lento andar hasta que finalmente dejaron de escucharse los cascos. El caballo se había quedado de pie, paralizado, con los ojos cerrados como si ya no viera ni sintiera nada, ni siquiera el subyugado terror de Nikola cuando los muertos los abrazaron en su desesperada presentación.

III

Nikola cayó al suelo mientras su montura permanecía en estado catatónico. Aquella hueste lo apartó del camino y lo cubrieron impidiéndole ver el cielo nocturno. Sus caras huesudas besaron sus manos frías, sus pómulos agrietados por la espereza del tiempo. Rápidamente agotaron los últimos vestigios de calor y su corazón pareció estallar en la desesperación. Pensaba que el fin había llegado para él y su caballo, pero de pronto dejó de sentir las garras aferradas a su piel y los andrajos vestidos de la turba que le rodeaba. Unos latigazos rompieron el círculo mortal que se cernía sobre él y su montura. Apareció una criatura fantasmal, de rostro indescriptible y cuerpo traslúcido. Aquella figura no tenía mano derecha, en su lugar, un par de huesos negros medio carcomidos pendían de su brazo señalando la nieve del suelo. En cambio, la mano izquierda sostenía un holgado látigo de fuego que provocaba pavor con su presencia. Aquel ser se movió flotando en el aire y golpeó una y otra vez a aquellas criaturas hasta que desaparecieron del camino, dejando a Nikola sólo y aterrado.

Aquella criatura, arrodillándose sobre él beso su boca para luego desaparecer. Al poco rato un extraño calor avivó su corazón e hizo reaccionar sus músculos, volvió a moverse y logrando finalmente levantarse volvió hacia su corcel, el cual parecía ansioso por volver a relinchar y alejarse de aquel lugar maldito. Así pues, agarró la brida y forzó la marcha. Juntos siguieron el camino mientras aquellas miradas ausentes los miraban desde ambos lados del camino como si no se percataran de su presencia. Parecían cada vez más distantes, velados por la densa niebla que empezaba a cubrir su mundo. Al poco tiempo dejó de mirarlos y aquellos seres parecían quedar cada vez más lejos, en un mundo lejano cuya cercanía no se podía medir con medidas humanas.

IV

Mientras galopaba vio en el firmamento el fenómeno que había estado buscando toda su vida. Aquellas almas ascendían y descendían por el firmamento en tropel, unas elevándose en espiral hacia el firmamento y otras cayendo, también en espiral, cubiertas de fuego y hollín para acabar desapareciendo en las entrañas de la tierra. Algunos de aquellos espectros se perdían en el cielo nocturno y su inmensidad; otros se quedaban sobre el camino, rezagados y expectantes, como si no fueran conscientes de lo que iba a suceder a continuación. A lo largo del camino vio otras espirales que ascendían formando una simetría matemáticamente perfecta, esas almas portaban antorchas verdes que les guiaban en su trayectoria hacia uno de esos mundos que tarde o temprano acabaría conociendo. Había diferentes escaleras, de diferentes colores y longitudes, pero todas ellas eran perfectas, parecían estar construidas por el mismo arquitecto que había diseñado el cosmos, debían conectar con divina proporción los espacios que hay más allá del cielo y cuya presencia parecía ahora indiscutible.

V

Así vagó Nikola, dejando atrás aquellas escaleras místicas y las huestes de almas que en ese día tan señalado se mueven de un mundo a otro. Pasaron los días y los años y Nikola siguió vagando en la oscuridad del camino, inconsciente de su muerte, cabalgando entre niebla y tiniebla, entre espirales y caminantes, perdido en su ignorancia, en su afán de conocer lo que siempre tuvo delante y ahora había dejado atrás, alejándose a cada momento, con cada galope.

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