domingo, 8 de noviembre de 2015

El Origen de los Ositos de Peluche


I

Una niña va junto a su padre por la calle, caminan despacio sobre una acera que parece infinita, sin rumbo, desconcertados por el sol de mediodía y la esperanza de un paseo agradable. Ágata de golpe interrumpe la marcha y obliga a su padre a parar en seco, casi sus manos se separan durante un instante. Ella se queda mirando un escaparate, estupefacta e hipnotizada por las coloridas emanaciones que produce el reflejo del sol sobre la traslúcida superficie; están ante una tienda de peluches y todo el escaparate está repleto de delicados ositos de peluche, todos ellos en la misma posición de reposo, con los brazos abiertos esperando un abrazo y con unos ojos negros que denotan neutralidad, algunos incluso son del tamaño de su padre y bien podrían rodear con sus brazos a un adulto falto de amor. El padre, temeroso de que su hija le pida uno, decide iniciar de nuevo la marcha y le dice a Ágata que su madre debe estar ya esperándoles en casa para comer. Pero ella, sorprendiendo al padre, no le hace esa petición, simplemente le pregunta sobre el origen de los ositos de peluche.

El padre enmudece y aunque no aminora la marcha un escalofrío recorre su piel; una mujer que pasaba por allí lo mira fijamente, compadeciéndolo en secreto mientras se cruza entre ellos y desaparece en un cruce. La tez del padre permanece blanca, no sabe cómo salir de ese embrollo, ella es muy joven para que le revelen esos secretos, siempre pensó que esa charla llegaría con su adultez o que quizá nunca tuviera que llevarse a cabo. No obstante, la duda no le llegó a dominar, directamente le contestó que son objetos hechos en fábricas, igual que sus muñecas, la ropa e incluso los coches que circulan por todo Madrid. La niña, sin decir nada, sigue con su padre, ignorante de los secretos que se esconden detrás de aquel misterio. Pronto empieza a tararear una canción y su padre le anima a seguir, acompañándola en su juego.

Esa misma mañana, en otra parte de la ciudad, tuvo lugar un escalofriante suceso, algo que sólo los adultos conocen y que los niños se ven obligados a ignorar. Varios camiones y autobuses llegaban a las afueras de la capital y entran en la parcela de una gran fábrica, todavía el sol no había hecho su aparición, todo parecía muy extraño, furtivo. En uno de esos vehículos viajaba Enrique, un asesino convicto procesado por varios asesinatos. Se desconocía el móvil de sus fechorías, pero los expertos manifestaron en el juicio que Enrique era una persona de temperamento frío e inestable, un sociópata caracterizado por su adicción al juego, a la bebida y a la violencia. Le era indiferente su destino, él solo caminaba cuando el bus se detuvo y los guardias empezaron a movilizar a los reclusos. En ese vehículo iba acompañado de violadores, asesinos múltiples o simples ladrones cuyo atraco había terminado mal, también había algún que otro asesino múltiple o sicario. No obstante, todos tenían una cosa en común, sus miradas eran penetrantes, frías, no parecían mostrar el menor atisbo de humanidad, miraban furtivamente desafiantes hacia afuera mientras por dentro escondían un miedo muy profundo que venía arrastrándose desde la infancia, ajeno a la conciencia de su perversa mente. Uno a uno fueron pasando hacia el interior de la fábrica, allí los prisioneros se contaban por centenas y los guardias de aquella fábrica portaban armas que no dudaban en usar ante el menor riesgo de fuga.

II
 
Enrique entró en una habitación oscura y al poco rato se iluminó una luz violeta, un gas salió de las paredes y todos cayeron inmovilizados. No llegó a verse caer, pero sí sintió por primera vez el terror. Fue la última vez que pensó algo, pero no la última vez que vio o sintió. Su cuerpo fue arrastrado hasta una cinta y junto los demás entro en la parte más profunda de la fábrica, allí donde tenía lugar el proceso de transfiguración. Se escuchaban multitud de máquinas, sierras, ganchos, agujas y cepillos. Con rápida precisión mecánica, cientos de brazos mecánicos iban abriendo el cuerpo de Enrique, eliminaban los órganos que caían a un canal de residuos biológicos y aplicaban toda una serie de procesos sobre su cuerpo. Una máquina alisaba las zonas rugosas y pulía algunos de los huesos que quedaban en su cuerpo hasta volverlos tan fino que incluso se doblaban con facilidad, otra máquina introducía en su interior espuma de algodón y hierbas capaces de dar soporte al corazón, el único órgano que parecía sobrevivir al proceso. Luego miles de máquinas introducían pelos artificiales alrededor de toda la piel, cosían el cuerpo, corregían las imperfecciones y colocaban unos enormes ojos negros en aquel cuerpo sin vida. Tras varias horas de cambios y operaciones variadas que alternaban la ciencia con la magia, aquellos cuerpos colgantes y mullidos pasaban por una gran secadora y se encogían dependiendo de la demanda ciudadana. Enrique fue convertido en un adorable osito de peluche, del tamaño de su propia cabeza. 

Después de un perfecto cepillado, se les aplicó color a través de unas pistolas de pintura y se secaron a la luz del sol matinal, siendo rociados de vez en cuando con azúcar y conservantes artificiales. Tras varias horas de reposo, los ositos eran colocados en cajas y pronto terminaban distribuidos por toda la ciudad. En unas horas aquel osito estaba en el mejor escaparate de la ciudad, observando nítidamente a Ágata, sin pensamientos sádicos, sin cólera o resentimiento, sólo observando en silencio con los brazos abiertos y el corazón rezagado esperando a que alguien se lo quedara y pudiera abrazarlo, zarandearlo y darle el amor que nunca había tenido.

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