martes, 29 de diciembre de 2015

Humo



Un hombre vestido de gris entraba en un estanco mientras hacía gestos de nerviosismo tan extremos que rozaban la simulación. Estaba realmente nervioso, miraba a su alrededor como si alguien pudiera seguirle o ser testigo de aquel vicio que guardaba en secreto. Su vida se había escindido en dos mitades, una imaginada y otra simbólica. En la primera trabajaba y era todo un hombre modelo, agachaba la cabeza ante las órdenes y hacía su trabajo sin realizar preguntas; en la segunda, acontecida normalmente durante la noche, salía a la terraza y fumaba aspirando el tabaco. Con cada calada se imaginaba la nicotina acelerando artificialmente su corazón y catapultando su consciencia a unos niveles cósmicos que nadie podía alcanzar. Era un juego secreto, algo infantil o incluso ridículo que practicaba en su mente y que nadie, salvo él, podía entender.

Cuando pasó por la puerta alguien lo había mirado de manera furtiva, recorriendo su figura de arriba abajo, como inspirado por extrañas convicciones o mandatos que ocultaban segundas intenciones. Con un gesto lento y modesto sacó su cartera y colocó un billete de 50 euros sobre la mesa. Dos hombres se colocaron a su alrededor y empezaron a cachearlo, rozando indiscretamente sus partes más pudientes y presionando la espalda en seis puntos concretos de su espalda, buscando algo que él no lograba entender. El hombre cerró los ojos y esperó a que aquel extraño ritual terminara, intentando crear un ruido tal en su interior, que sus secretos diurnos quedaran ocultos a aquellos hombres misteriosos, seguidores ciegos del dios del humo gris. Aquel hombre que antes inspeccionó ocularmente su cuerpo entró en la tienda, dando a entender que durante un instante se había marchado sin ser advertido por nadie. Dijo que la zona era segura y en ese mismo instante una persona salió de una puerta marrón y puso sobre la vitrina de cristal un cigarro totalmente blanco de dos boquillas, una en cada extremo. Ese misterioso personaje entrado ya en años miraba hacia el suelo, protegido por sus gafas ligeramente subidas y no parecía interesarle nada salvo el dinero que hábilmente cogió.

Antes de volver al interior del negocio, le dijo a él, refiriéndose al comprador, que debía elegir la boquilla por la que iba a fumar, que su elección lo iba a cambiar todo. Entonces los dos hombres lo acompañaron a la puerta y lo dejaron marchar. El peso de aquel cigarro en su bolsillo mermaba su alma, a duras penas podía seguir el ritmo y cada vez que cruzaba una esquina le parecía que debía descansar, como si en el interior del bolsillo de la camisa llevara un objeto que le pesara en el alma. Entonces llegó a su casa y besó a su mujer. Ella no sintió el aliento de un tabaco no consumado. Nadie sospechó nada y el día transcurrió sin ningún contratiempo, salvo que cuando todos dormían, el hombre empezó a llorar amargamente en el sofá, mirando los tenebrosos canales que emitían a aquellas singulares horas, no llegaba a comprender cuan ruin se había convertido su vida y la miserable existencia que se le había caído encima. 

Se imaginaba que su mujer mañana despertaba y que no recordaba su nombre, que le preguntaba constantemente qué hacía en su casa y que pensaba llamar a la policía mientras sostenía en las manos un cuchillo; estos pensamientos a veces daban contenido a los sueños, monopolizando su vida onírica y sumiéndolo en una oscuridad inalcanzable cuya única respuesta era el desquiciado arte de la simulación, de aparentar que todo marchaba bien y que un día las cosas iban a cambiar por arte de magia, que su familia lo iba a querer de verdad. En esos sueños sus hijos se despertaban de la cama gritando, aterrorizados por ver a un extraño que se quería hacer pasar por su padre. La intensidad era tan grande y la carga tan dolorosa que algo en su interior le decía que esa realidad estaba a punto de llegar y que el resultado iba a ser peor que terminar en una simple celda, desprovisto de libertad.

Entonces subió a la azotea y encendió el cigarro por el lado correcto y llevó todo el humo al interior de sus pulmones. La noche, falta de estrellas y contaminada por la falsa luz del consumismo y la vida nocturna, le impidieron ver lo que se estaba moviendo a su alrededor. Aun así, él no desesperó y permaneció de pie, notando el frío perenne de la noche y el calmante calor del humo vivo. En medio de aquella extraña soledad unas luces rompieron las nubes amarillentas e inundaron la azotea de su casa con colores fríos, azules y verdes que se entremezclaban en su sintonía y compatibilidad. Fue entonces cuando vio aquella nave descender del cielo, un platillo volante que, sin emitir sonido alguno, lo engulló con una extraña luz para acto seguido desaparecer por el firmamento arrancando las nubes y emitiendo abruptos fogonazos en el horizonte. Los testigos se maravillarían de aquel suceso y realizarían abundantes fotografías, pero a las semanas olvidarían la experiencia o la achacarían a un fenómeno natural. Aquellos seres habían recorrido la galaxia durante milenios, surcando el cielo industrial desde hacía décadas en busca de vida. Después de tantos años, finalmente la habían encontrado.

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