martes, 15 de diciembre de 2015

La Silla Vacía

  I

Entre espacios de nebulosos lamentos, recorre el viento finito un susurro cargado de malos entresijos, vilipendiado por las lágrimas que enfrían la corriente y auspiciado por gargantas palpitantes de palabras malditas. Las miradas se ocultan, giran bajo la relativa polaridad de soles nocturnos, intrínsecos al mundo real, en ademán de iniciar la deyección del ser, de caminar sobre suelo mojado mirando hacia días peores, hacía el pasado que es fin y principio de la nueva conciencia. Se escuchan pasos de procedencia dispar, caminares descalzos que recorren el ambiente y dispersan la atención de alguien que piensa hacia sus adentros, que mira por la ventana de la propia tristeza.

Una silla en el centro de un lugar tiembla y por momentos parece vibrar con extraños sonidos, armonizando con las voces de un lugar cercano, incógnito, de conciencias, recuerdos y vivencias que encienden las luces que palpitan a su alrededor. No se sabe lo que está pasando, pero entre nubes de miseria, de recuerdos hechos ceniza acuden personas y se sientan alrededor, en círculo imperfecto, sin armonía, sin noción de objeto o norma, simplemente invocados por la incertidumbre, como anhelo de testimonio y maldición. La silla parece moverse por unos instantes, cargada de negatividad, de frustración y odio. Mil maldiciones caen sobre ella, mil voces de furia descarnada y exigencias que carcomen la madera lentamente, anunciando la fatalidad de haber sentido, del simple hecho de haber nacido.

Entre cojines enmohecidos y caras agrestes, emergen nociones de coalición, de complicidades a medias y cargas atlánticas que rompen las barreras de lo imaginario, que abren la puerta hacia los rincones más repugnantes del alma, allí donde vive el otro que no es uno-mismo, el otro que es rey y señor de la debilidad mortal, del fatal destino de las almas, el que vive eternamente y no puede ser destruido. Los egos insípidos son testigos de los susurros de la medianoche, de las luces danzantes que tiemblan ante la presencia de lo desconocido, de lo que no tiene contenido, pero sí forma. A su alrededor, las formas varían, pero los contenidos cada vez son más claros, se incendian las emociones, se cargan con la liberación y se extingue ese aliento mortal que sólo termina con el abatimiento y la tristeza.

II

Él ve en medio de la oscuridad, nubes bajas, niebla espesa y palpable que se funde en su ser alcanzando un horizonte inexistente. Los ojos lo miran atentamente traspasando su cuerpo e intentando descifrar el enigma de su existencia, ignorantes de alguien que se acerca, la figura de una mujer, de alguien que se posa humildemente ante él, en el suelo frío y apagado. En ese lugar cercano permanece una muchacha de arrugada frente, de labios deformados por el dolor y la angustia; anuncia terribles lamentos y blasfema contra alguien, aunque no se puede saber quién es. Evoca recuerdos que no comparte con nadie y que sólo la niebla se atreve a insinuar con extrañas deformaciones, con el dedo lo señala, lo da forma, lo alimenta… pero nuestro testigo permanece impávido, indiferente a sus condiciones y enunciados, trata de recordar su pasado, de comprender la escena que ven sus ojos, pero no lo consigue. Las lágrimas de ella humedecen el ambiente, salinizan la madera del suelo y se materializan como un mensaje indescifrable que surca la niebla y se pierde en un mar sin vida. Él no escucha, sólo observa; asiente, pero no siente. La tristeza, la miseria y la fatalidad no significan nada para él.

Entonces cesan las lágrimas y los lamentos. Se escuchan unos susurros cada vez más lejanos que se pierden en el horizonte, bajo una niebla que poco a poco empieza a levantarse. Las figuras allí presentes abandonan el lugar y al poco tiempo lo hace la muchacha que cruza aquella puerta sin mirar atrás, como un fantasma, dejándose allí unas lágrimas que pronto volverá a recuperar. Las pequeñas luces se empiezan a apagar y allí ya no queda nada, sólo la oscuridad. El hombre permanece en la silla, mirando a su alrededor, tratando de encontrar el significado a algo que nunca ha comprendido, a algo que no consigue alcanzar. No entiende, él no es la víctima, sólo el verdugo.

No hay comentarios:

Publicar un comentario

Hazme feliz con tu comentario.