jueves, 17 de diciembre de 2015

Requiem al desconocido

Aquel hombre era tan extraño, con un alma ermitaña y la mirada tan incierta que nadie lo conoció nunca lo necesario para saber que sólo era un miserable más, como el resto. Cuando murió los rumores tardaron mucho tiempo en despegar de casa en casa, la gente murmuraba y se preguntaba ¿Y quién es ese? Y cuando al fin lograban enfocar en su memoria una mirada fría y unas muecas de desconfianza vidente, entonces proclamaban: ¿Que no había muerto ya?

Nadie fue al entierro y de no haber sido registrado en algún rincón de la eterna burocracia, nadie se habría dado cuenta de que su luz se había extinguido, si es que alguna vez la hubo en su interior. El funeral se celebró en silencio, pues unos operarios colocaron el ataúd en medio de la sala, realizando el trabajo que les habían pagado y ni siquiera se preguntaron si era un paquete de mensajería o un muerto lo que llevaba dentro. Tampoco fue el sacerdote, que no tuvo constancia de ningún peregrino; sin embargo, aquel hombre solitario sí tenía religión, pero una religión de dentro, del corazón. Era sin lugar a dudas un sectario sin secta, el primero y último de una estirpe sin nombre. Pasaron los minutos y nadie acudió al lugar.

Tan triste era el panorama que ni la muerte acudió y aquel pobre hombre salió finalmente de su ataúd y esperando el resto de la eternidad se quedó sentado en un banco mirando la caja vacía, esperando a ver si lograba saber de quién era el entierro. Se quedó allí con sus preguntas y vacíos, pues no tenía un lugar mejor que ir. Miraba la caja desde su posición y pensaba en voz alta: ¿Y ese hombre quién será?, pobre criatura.


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