miércoles, 2 de diciembre de 2015

Triste Leviatán



Veo aquel coloso marino navegar las profundidades de un abismo sin fondo. Nada lentamente, con rencor y resentimiento por los mares blancos, alejado de las rocas y del contacto con el hombre. Si, aquel anciano de lágrimas saladas no conoce el perdón, es un mundo de recuerdos oxidados que vaga sin rumbo aparente fluyendo con las mareas y las corrientes oceánicas, es uno con el mar que refresca el frenesí de su sangre, es uno con el abismo que le da cobijo. Hace siglos que navega silencioso, por debajo de la superficie, siempre expectante, observador como nadie y siempre hambriento, esperando con ánimos candentes que hogar se convierta en un nuevo campo de batalla. Con extrañeza recuerda aquellos años en los que el mar se llenaba de barcos y él los hacía desaparecer de una simple bocanada. Tan extasiado estaba al recordar tiempos mejores que una noche de luna llena decidió respirar de nuevo.

A un ritmo constante aceleró la marcha y salió de aquel abismo negruzco. Sus aletas marcaron una trayectoria recta, inclinada hacia arriba, hacia el lugar de donde nace la luz. Con una furia desmedida, incontrolable, aquel monstruo marino surgió del mar y amenazó al propio cielo con su salto desproporcionado. Entonces respiró y alivió aquellos pulmones rígidos. Dejó escapar alientos mortíferos que se mezclaron con la atmósfera formando extrañas reacciones químicas y vapores tóxicos. Cuando ya parecía alcanzar la gloria, la colosal estructura de roca y carne se vino abajo y mirando hacia su triste destino volvió a zambullirse en el mar, provocando olas gigantes que barrieron los siete mares. Fue entonces cuando la vi por última vez y desde entonces recorro aquel sendero desolador que es el mar buscando aquella criatura desterrada y errante.

Me preguntó si con aquella bocanada de aire fresco olvidó sus viejos recuerdos y si alguna de aquellas almas atrapadas de las que hablan los cuentos pudo salir libre de aquella prisión que es su hediondo estómago. No puedo decir con seguridad qué pasó exactamente, pero cuando vi aquella superficie, de aspecto volcánico, escarpado y agreste como nada en el mundo material, fundirse en los cuatro elementos, los pelos de la nuca se me erizaron. En aquella maravillosa escena quedaron atrapados el fuego y la tierra, el agua y el viento. Toda aquella energía liberada desplazó el destino de aquel vasto panorama y me confirió incondicionalmente el don de la inmortalidad. Ahora oteo el horizonte convertido en paloma, esperando con ansias encontrar el perdón del mar.

Mientras, en lo más hondo de aquel mar, aquel coloso monstruo lleno de recuerdos y odios, repta por el abismo desolador, sumido en la soledad y el silencio, hambriento eternamente, buscando aquellos pies misteriosos que se metían en el mar. Hacía eones que no los veía, se sentía solo y gris. El desesperado Leviatán removía la superficie, escarbando en sus fatales recuerdos, intentando encontrar una explicación a su triste destino. No la había, el mar nunca perdona.

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