miércoles, 20 de enero de 2016

El Templo de la Locura


I

Ya nadie recuerda la vieja historia del templo de la locura, una historia que tendría un fin delicado de narrar pero que atrajo durante varias décadas a los historiadores franceses más atrevidos que jamás ha pisado la civilización. En pleno siglo XVII, un viejo duque de Brabante se fue a la cama plácidamente a pesar de los terrores bélicos que recorrían Europa. En sus sueños, fue perseguido por hombres extraños que afirmaban a gritos proceder de un futuro muy lejano y que traían consigo un mensaje de esperanza para la humanidad. Tres eran aquellos seres que se le habían aparecido en sueños, representantes de tres mundos desconocidos de la misma manera que los reyes magos habían representado durante siglos a los tres descendientes de Noé, Sem, Cam y Jafet, simbolizando además los tres continentes conocidos durante gran parte de la Edad Media. Uno de ellos era grandilocuente como un gigante, aunque de espalda curva y pies delgados. Flotaba en un mar de nubes marrones y sus centelleantes ojos azules iluminaban las pisadas del duque que respondían resplandecientes como estrellas en el firmamento. El segundo de ellos, portaba una larga capa azul que cubría el cielo y de la cual emergían vientos huracanados. Su pelo era largo y ondulado y sus ojos, marrones, permanecían fijos como dos piedras preciosas que observaran el mundo a través del tiempo y el espacio. El tercero de ellos, oscuro y difuso, caminaba despacio detrás de sus compañeros, difuminado y escindido en varias imágenes de sí mismo. Vestía un traje hecho de piel que se movía según las emociones de su extraño portador. Su superficie, a medio curtir, todavía descubría algunas garras y fauces de la que se emitían voces de lugares muy lejanos.

El duque finalmente, aletargado por un cuerpo que no parecía responder a sus demandas, se paró en seco y decidió escuchar la noticia que le traían. En medio de la tempestad se acercaron y cada uno de ellos pronuncio unas palabras secretas al oído del duque. Mientras, sus ojos se abrían desorbitados al escuchar tres historias aparentemente ilógicas, pero que, al completarse, dotaban al mensaje de una claridad vestigial. Tal fue el sobresalto que aquel humano despertó a la media noche, entre sudores fríos y gritos apagados, que se despertó en su cama viendo todavía el firmamento de un cielo que no era el de su mundo. Los sirvientes acudieron a sus aposentos en busca de algún enemigo, pero sólo hallaron al duque patidifuso, presto de su propio nerviosismo. Miraba a su alrededor alerta, energetizado por un extraño conjuro que pronto sería canalizado. Con voz colérica despertó a todos los soñantes y los convocó en el salón principal, allí reformuló ciertas leyes que creyó precisas, dictó en voz alta cartas y mandatos y ordenó que fueran traducidos a todos los idiomas conocidos en aquella época. Miles de palomas mensajeras salieron del palacio ducal en direcciones opuestas y las cartas pronto fueron acompañadas de extrañas historias y rumores que no hacían sino acrecentar la curiosidad de algunos eruditos de la Europa Moderna. A las pocas semanas, en medio de un ataque de nervios, el duque manifestó su decisión de construir un templo. Para ello, añadió un impuesto especial que facilitaría la colaboración de los canteros y ante las suspicacias de la iglesia y otros poderes, se reunió pronto con el arzobispo y alguno de sus vasallos más ricos. En un encuentro secreto, les reveló allí algunas de las palabras que había escuchado en sueños y para sellar tal unión, otorgó tres pequeños cofres a cada uno de los presentes, incluyendo al representante eclesiástico, a un alto cargo de la aristocracia y a un conocido comerciante de origen burgués. Ambos enloquecieron con el interior de aquellos regalos suntuosos y se arrodillaron a sus pies, pidiendo la oportunidad de participar en aquella empresa.

II

Al poco tiempo, el arzobispo convenció a los poderes papales para que promulgaran algunas bulas de construcción, el noble cedió terrenos y garantizó el apoyo de la aristocracia y el rico burgués facilitó la colaboración de los viejos gremios y la dotación de un gran aparato económico que iba a garantizar la compra de bienes y servicios. Pronto el templo empezó a construirse, durante el día y la noche, cientos de peregrinos marcharon al lugar para posar cada una de aquellas piedras marcadas con el símbolo de los escogidos e incluso en las horas bajas el propio duque se arrodillaba limpiando con sus propias ropas la suciedad de la gran obra en construcción. Cuando aquel templo estuvo terminado, el duque preparó todos los mensajes que había estado escribiendo durante el largo año de construcción y los hizo mandar a través del viento, de los caminos y de los mares que rodeaban la vieja Europa. A lo largo de la faz de la tierra, muchos hombres tuvieron sueños extraños y aquellos que habían sido tocados por la locura marcharon al día siguiente hacia aquel lugar, guiados por una estrella que sólo ellos eran capaces de ver y que finalmente se posaba en el pórtico del gran templo, cargando su superficie de una extraña luz que parecía estar alimentada por la esperanza del propio observador. Las palomas que habían sido lanzadas un año atrás, también llegaron a sus múltiples destinos y pronto llegarían, a través de mares, desiertos y montañas, decenas de escogidos que habían permanecido invisibles a lo largo de todos los continentes conocidos.

Hacia las tierras de Brabante acudieron miles de lunáticos, visionarios ciegos del norte de Europa, místicos alucinados, sopladores del vidrio verde, charlatanes urbanos, contadores de mentiras, falsificadores varios, escritores de lo impensable, chamanes enloquecidos, caballeros montados en unicornios que habían sido bendecidos por el Preste Juan, aulladores de las lejanas tierras de Etiopía, inventores de cosas aparentemente inútiles, fundidores de metales sin valor, artistas de lo grotesco, hombres extraños que decían estar poseídos por ángeles, constructores de autómatas, campesinos iluminados, carpinteros de aviones medievales y sanadores de la palabra. Pronto también llegaron los panotti, que se creían extintos, sobrevolando el cielo con sus grandes orejas y también lo hicieron los fabricantes de llaves que no abrían ninguna puerta. Los últimos en llegar fueron los filósofos de tierras lejanas, desconocidos presocráticos que consideraban el vacío como principio de todas las cosas. Cuando todos estuvieron allí reunidos, las labores empezaron y el duque y varios de sus sirvientes pusieron a todo el mundo a trabajar. Los carpinteros bloquearon las puertas y algunos trabajadores del metal las bloquearon para que nadie las abriese durante los próximos meses. Todos se pusieron pronto a trabajar e hicieron falta muchos cirios para iluminar aquel extraño lugar. Los autómatas ayudaron a encender las mechas y garantizar la luz, pero pronto su intervención ya no hizo falta pues sobre la bóveda de aquel templo empezó a iluminar un silencioso manto de estrellas que el duque sólo había visto una vez, en aquel sueño anómalo en que los tres reyes le habían mostrado el sentido de su existencia.

Todos trabajaron en silencio, animados por los extraños cánticos que las diferentes congregaciones habían traído consigo. Los escritores escribieron hasta plasmar todas las mentiras y falsedades del mundo. Los charlatanes y los falsificadores les ayudaron susurrándoles sus secretos al oído. Mientras, éstos iban agotando todas las ilusiones y el templo se llenaba de toneladas de papeles sin sentido. Pronto los tomos encurtidos, repletos de garabatos y palabras ajenas a la razón, empezaron a competir en espacio con los allí presentes y los panotti tuvieron que encargarse de su distribución a través de estanterías colgantes y redes superpuestas capaces de soportar todas las mentiras del mundo. Cuando todas ilusiones y conocimientos fantasmales fueron atrapados en el papel, el duque anunció la llegada de la primera verdad. Los sopladores del vidrio verde, acompañados de algunos místicos y teúrgos, transformaron la cera sobrante en una especie de pasta espesa y sobre los muros del propio templo, escribieron aquellas verdades que brotaban libres del corazón. Cuando toda la superficie estuvo repleta de palabras, dibujos y símbolos, el duque y todos los allí presentes no pudieron sino maravillarse de toda aquella obra. Incluso los autómatas, ajenos a la comprensión del alma, parecían felices del logro y se movían con mayor ímpetu. Entonces, el duque hizo sonar las campanas del templo y todos se sentaron en el suelo, preparados para la gran ceremonia. Los hombres de letra empezaron a leer todas aquellas palabras en un orden aparentemente caótico y mientras, los iletrados, recorrían con su mirada aquellos símbolos hasta trasladarlos al interior de su alma, vivificándolo y activando el recuerdo de mitos ya pasados. Llegado el momento oportuno, las campanas marcaron el fin de aquellos tiempos y la iglesia se llenó con una luz absorbente.

III

Semanas después, algunos curiosos llegaron al templo y vieron aquellas obras aparentemente inacabadas. Los más hábiles se adentraron en aquellos lugares y encontraron miles de huellas, suciedad y restos de artilugios indescifrables, pero el templo estaba inhabitado, inacabado, como si todo el mundo hubiese marchado a otro lugar. Algunos aventureros más osados se adentraron en el interior del templo y salieron con decenas de maravillas que en los siglos posteriores serían objeto de deseo de coleccionistas e historiadores; otros no tuvieron tanta suerte y se perdieron en sus adentros, cayendo en una especie de sonambulismo perpetuo que consumía el cuerpo y el espíritu. De aquellas ruinas, eran conocidos los extraños cristales verdes que reflejaban la realidad a excepción de las personas, algunos libros en blanco que según quien los abriera mostraban símbolos e ilustraciones que desaparecían con cada ciclo lunar e incluso algunas llaves que quizá algún día abrieran alguna puerta. Aunque su historia siempre fue comentada en algunos círculos eruditos, en los siglos venideros la historia del templo de la locura fue olvidada, la pequeña aldea cercana desapareció con la revolución industrial y el bosque engulló casi por completo la gran construcción. Durante los inicios del siglo XIX, en plena romanticismo, se avivó momentáneamente aquella historia, aunque deformada por los deseos propios de los poetas atormentados y algunas invenciones ocurrentes que no eran sino meras sombras de lo que aquel lugar había significado en realidad. Sin embargo, pronto aquel templo empezó de ser un misterio y se convirtió en leyenda. Algunos incluso lo situaban en el Langedoc francés o alguna parte de Bohemia o Sajonia. Fueron muy pocos los que se adentraron en aquel saber y llegaron a conocer algunas piezas clave que explicaron todo aquel movimiento, su lugar exacto y las personas que todavía podían explicar el sentido de todo aquel ceremonial. Mientras tanto, dentro del templo, amparado por el polvo y la inmortalidad, habitaba un viejo autómata, capaz de escribir y manejar los secretos de su hogar con gran maestría. En su infinita paciencia, vigilaba el interior más vestigial del templo, esperando activarse con la llegada del elegido para empezar a escribir y desvelar todos los misterios que habían hecho posible la creación de un nuevo mundo.

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