domingo, 14 de febrero de 2016

Eros 2.0

 
I

Aquella mirada carnavalesca incitaba sin tapujos a establecer una comunicación más fluida y Valentín así lo percibió. Nunca solía establecer una comunicación directa con las personas desconocidas, más bien eran sus amigos o conocidos más cercanos los que le terminaban presentando a alguien nuevo. Sin embargo, quizá la expresión de aquella sonrisa tan alegre o un cambio interno que demandaba iniciativa propia, hicieron que él se lanzara a aquel fortuito encuentro. Las compañías de aquella señorita inmediatamente se alejaron del escenario al percibir al acompañante y ellos dos quedaron a solas para conocerse con la intimidad del atronador sonido de dos grandes altavoces cercanos. No era necesario el silencio, ambos cómplices a medias de aquella escena parecían interpretar el papel que el destino les habían indicado; fraguaban rápidamente una intimidad que fluía en el ambiente, despertaba en ambos una candidez que llevaba al deseo y a la imaginación.

Poco después llegó el primer coqueteo con las manos y a los pocos minutos aquella hermosa mujer le lanzó un beso que Valentín no pudo ni siquiera recoger. Sus labios quedaron paralizados ante la ternura de una desconocida cuya alma parecía conocerlo a fondo. Su timidez empezaba a dispersarse con las primeras tentativas de encuentro. Ambos se juntaban cada vez más hasta que algún susurro encarnecido en su oreja le propuso pasar a un nivel más privado. Valentín estaba desconcertado, dividido en un dilema que rápidamente quedaría resuelto, por una parte, deseaba aquel encuentro tan profundo, pero por otra, tenía miedo de estropear las cosas, de convertir aquel encuentro tan especial en algo que desapareciera al día siguiente. Nunca solía fantasear con relaciones esporádicas o a corto plazo, pero aquella noche se sentía tan absorbido por su calor que le daba igual si aquello desaparecía al día siguiente, ansiaba por encima de todo ser uno con aquella preciosidad y dejar por un día los protocolos y las acciones deliberadas.

II

Ella acercó su cuerpo hasta no dejar que ninguna distancia se interpusiera entre ambos. Era tan hábil con las manos y las piernas que lo masajeó discretamente por todo el cuerpo sin que nadie lo notara. Valentín estaba extasiado con aquella cercanía sin prejuicios, se le erizaban los pelos de todo el cuerpo, especialmente los de la nuca y los brazos y sus ojos empezaban a cerrarse con cada tórrido abrazo, parecían mirar hacia sus adentros, tratando de sentir más aquella cercanía, impidiendo quizá descubrir que aquello podía no ser real. Valentín sentía que ella cogía sus manos y entonces se separaron. No era una separación angustiosa pues sus manos seguían más juntos que nunca. Ella siguió adelante y lo guio en medio de aquella masa indefinida de personas, como Orfeo había guiado a su amante a través de los infiernos, ella lo sacó de aquel remolino de ritmo y sudor hasta que ambos quedaron solos en medio de la calle, caminando hacia un lugar desconocido que debía estar cercano al paraíso.

Cuando llegaron a aquel lugar, Valentín apenas se fijó en los detalles y en el desorden generalizado de aquella habitación; parecía ser impropio de alguien que tuviera la más mínima noción de orden. Sin embargo, todo estaba limpio, aséptico. Era una contradicción que ni siquiera llegó a percibir nuestro protagonista, estaba tan esclavo de sus deseos que con cada uno de los besos de aquella mujer debilitaba todo su ser, esperando ser recogido y rescatado de una realidad demasiado bonita para ser cierta. Entonces las manos de ella parecían volverse más suaves y alcanzaron el interruptor de la luz para dejarlos en la más sincera oscuridad. Valentín sintió un pinchazo, pero no advirtió ni siquiera el lugar del cuerpo, las manos de ella seguían manoseando cada uno de los poros de su cara, adivinando un rostro vivo que podía ser reflejo de un alma. No pasaron más de diez segundos cuando sus ojos se cerraron y aquella realidad se entremezcló con un sueño extraño donde seguía sintiendo aquellas manos en medio de un frío que se iba incrementando por momentos. Sentía un frío aterrador y se sentía cada vez más liviano, frágil, desnaturalizado.

III

Cuando se despertó el frío y el dolor acudió a su cuerpo. Se vio a sí mismo en una bañera cubierto de hielo. Sus ojos vidriosos medio abiertos sólo veían un panorama desdibujado. Vio su cuerpo blanquecino y desnudo como si no fuera el suyo, vio la herida en el vientre y el gran agujero que recorría su ser. Le habían quitado los riñones y gran parte de los órganos internos y su ataque de pavor despertó en medio de una agonía que empezaba a arrebatarle los sentidos. Antes de caer en la inconsciencia última del ser, escuchó los pasos. Parecían de mujer. Todavía le faltaban los pulmones y el corazón.

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