viernes, 19 de febrero de 2016

Narciso de Río Seco



Aquella mirada generaba nausea en cualquier persona capaz de mirar con una perspectiva más profunda. Su rostro colosal y cuadriculado combinaban con una sonrisa falsa que afirmaba una satisfacción rotunda e inmensa consigo mismo. Pero no era una mera fijación hacia sus adentros, aquel hombre despreciaba el mundo que lo rodeaba, los demás solo eran herramientas, rostros en los que reflejar sus deseos y satisfacciones regias. Sus labios afilados afirmaban hablar de los demás a sus espaldas y entre aquellos dientes perlados debía esconderse una lengua viperina capaz de socavar la herida más profunda. Esa mañana el día parecía perfecto, como su persona; había cogido sus herramientas de profesional y después de algunas reverencias politeístas concentradas en el espejo de su habitación, salió de aquella casa que inspiraba triunfo y victoria para adentrarse en uno de los rituales más extravagantes de nuestros tiempos post-modernos.

Caminó lentamente hacia aquel lecho de hierba donde antes había un río. Le gustaba aquel lugar seco porque reflejaba la ausencia de humanidad en sus venas. Era un fin de semana cualquiera, la gente de la ciudad iba y venía, corriendo o sonriendo cuando le veían con aquella camiseta tan ajustada y una sonrisa capaz de despegar las córneas de la propia medusa. Después de algunas reverencias al vacío, cerró los ojos e inspiró profundamente, dando lugar a una especie de pantomima histérica y atropellada que no podían más que salir de un alma analfabeta y ajena a cualquier tipo de cultura. Con sutil manejo de las manos y de una imitación grotesca de algo que parecía semejarse a una especie de tai-chi, aquel individuo manejaba el aire de izquierda a derecha y convirtiéndose en el mismísimo Eolo, inspiraba el aire de una manera rítmica, haciéndolo suyo, al igual que todo lo que su imaginación llegaba a alcanzar. Pronto llegaron las fantasías que solían rondar sus adentros. Él las alimentaba con la oxigenación anormal de sus pulmones, incrementaba el realismo vivido y se fundía con ellas. Había leído por internet que aquello se llamaba iluminación.

Aquel soliloquio carnavalesco empezó con unos movimientos muy estereotipados, pero pronto empezaron ciertos gruñidos más parecidos a los de un alce en celo que a los de un ser humano. En su mente aquellos sonidos eran la clara expresión de la energía interior de su alma. Su excelente sonoridad indicaba que ya estaba listo para la segunda fase. Pronto empezaron unas combinaciones esperpénticas entre los brazos y los pies perfectamente sincronizados. Mientras, fantaseaba con un mundo que lo observaba, que veía la iluminación de su rostro y los colores celestes de su aurea divina. Se veía a sí mismo como un santo budista y cientos de personas a su alrededor, venerando su cuerpo de mármol, su afeitado tan perfecto y sus potentes bíceps de gigante. No obstante, sus fuertes músculos marcaron de manera improvisada un ritmo frenético de patadas y giros en el aire que culminaron con un fuerte rugido de bestia. En ese momento hizo una reverencia a su ego desdoblado en el aire y abrió los ojos. Varias decenas de personas lo miraban mientras realizaban su caminata matutina. Era una mañana soleada y él se veía a sí mismo como el causante de todo aquello, como un dios-sol reencarnado en hombre para la culminación de la gran obra, es decir, tener un chalet con piscina.

Las miradas ajenas se volvieron reverencias en su interior cuando nuestro hombre volvió a cerrar los ojos. Esta vez fantaseaba con gente adorándole y madres entregándoles a sus hijas veinteañeras como ofrenda a un dios omnipotente. En ese justo momento notó los sudores en su frente y decidió realizar el movimiento más complejo y preparado para el que había estado entrenándose años. Lentamente se quitó la camiseta y se secó la frente. Había sido un movimiento tan extraño que muchos realmente se fijaron en la intrincada maniobra. Desde lejos, se escucharon algunos rumores femeniles y nuestro hombre siguió con sus fantasías de adoración, esta vez acrecentadas por la supuesta cercanía de un pequeño grupo de mujeres corriendo. Disimuladamente entreabrió uno de los ojos y las vio. Recibió complacido sus miradas y conforme se acercaban sentía su cuerpo más vivo que nunca, se conectaba con una energía mística a la que a duras penas podía resistirse. Se imaginaba copulando con todas aquellas mujeres mientras marcaba con total vigorosidad sus abdominales. Luego su fantasía se desbordaba y se veía dominando todo el lecho del río, mujeres y hombres incluidos. Su fantasía no tenía límites, al igual que su sabiduría y su iluminismo. Era en aquellos momentos una antorcha ardiente que sólo un mar de deseos podía apagar. Cuando una de las mujeres le propinó un piropo, todo su cuerpo se estremeció, encontró el foco de todo aquel erotismo y cerró los ojos para recibir una última fantasía, la visión de su propio cuerpo desnudo. Entonces cayó hacía atrás, emitió un rugido propio de mil rinocerontes y casi se desmayó de la descarga fisiológica que había acabado de experimentar. Cuando abrió los ojos, ya no había nadie, sólo él, que, al fin y al cabo, lo era todo.

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