martes, 9 de febrero de 2016

Papel contra Piedra


I

Aquella noche fue muy extraña, miles de torres habían sido levantadas a lo largo de toda la ciudad y desde mar adentro podía verse la tierra como una de aquellas famosas metrópolis americanas, con sus rascacielos y oficinas de hierro y cristal grisáceo. No obstante, la luz lunar impedía descubrir el color dorado de aquellas construcciones, parecían de madera y algunas podían serlo en realidad, pero la inmensa mayoría eran de ladrillo cocido. Eran torres que cada comunidad había construido para canalizar mejor los sueños. Si en la tenue revolución industrial, las torres eran simples chimeneas gigantes que envenenaban el firmamento, estas eran puntos de escape de las pesadillas, desagües de malos pensamientos inconscientes y de criaturas de la noche. La iniciativa, tomada por el gobierno y apoyada por los diferentes grupos populares parecía una buena medida para vencer la atmósfera de negatividad que había sido acumulada, sin embargo, todos obviaron que la acumulación excesiva de aquellas malas vibraciones estaba creando una alteración drástica en el tiempo de la ciudad. Los vientos susurraban nombres muertos y un extraño olor a maldad parecían predecir que pronto haría su aparición una de las tormentas más terribles de todos los tiempos.

Mientras, en el sueño de un inconsciente, siete verdugos forjaban una llave sobre un fuego improvisado. Estaban en medio de una sala cuadrada, unos barrotes de hierro oxidado dividían la estancia en dos partes semejantes, en una estaba el fuego sobre el que los siete encapuchados moldeaban la llave y en la otra parte solo una oscuridad inasumible. El fuego se asentaba sobre una pira de libros en llamas; no había piedra o soporte que delimitara el fuego y éste no se extendía más allá de lo necesario, parecía que algo contenía aquellas llamas en una especie de cubo perfecto que albergaba todo el calor de la instancia. De la celda sobresalían dos brazos, cada uno en uno de los extremos de la prisión. Parecía que aquel ser estaba dividido por la propia oscuridad que le alimentaba. Los brazos parecían muertos, traslúcidos y con unas uñas moradas que podían desgarrar la carne de cualquier persona o animal. De fondo se escuchaban unas burbujas, como si alguien estuviera preparando algo en un caldero. Pero no había caldero alguno, todo aquel ruido salía de una boca infernal de aquel ser todavía incompleto. Miles de burbujas flotaban a su alrededor, produciendo unos ruidos lastimosos. Cuando la llave quedara al rojo vivo los siervos de aquel mal encerrarían a su señor. No lo liberarían, lo encerrarían usando la llave, de esta manera lo inmortalizarían, lo harían uno con los sueños, le darían el poder necesario para convertir aquella prisión en su trono. Cuando aquellas burbujas terminaran a su señor y la llave cerrara la celda, su alma quedaría unida al cielo y de su andrajosa boca saldría el verbo capaz de mandar sobre todos los sueños.

II

En otro lugar, varios personajes se reunieron en una azotea misteriosa. No tenían armas, pero habían logrado construir un avión de papel gigante, con él surcarían los cielos hasta encontrar el peligro del que le habían advertido los extraños ruidos que desde hacía semana escuchaban. Cuando las condiciones fueron propicias todos subieron en aquel artilugio y surcaron el cielo lleno de grandes humaredas, un forzudo dio el último empujón a la nave y ésta surcó el cielo catapultada por la fuerza de mil hombres. La policía había llegado tarde y sus disparos apenas habían hecho un par de agujeros en la superficie. Habrían hecho necesarios muchos para derribar aquel avión de papel, pues no lo movían sus alas estáticas, sino la voluntad de varios elegidos que habían decidido unirse para vencer al gran mal de la humanidad. Durante la travesía vieron miles de imágenes fantasmales proyectarse desde el cielo hacia la tierra intentando desviar su atención o dañar la nave, parecía que pronto empezarían a caer rayos y centellas sobre la ciudad, pero podían evitarlo si localizaban el templo escondido del cual saldría el dios de las tinieblas, un ser que absorbería las almas de todos los seres humanos con la simple mirada.

Juntos, apreciaron esos últimos momentos de la creación. Vieron una ciudad viva pero durmiente, adornada por miles de chimeneas doradas que alimentaban un cielo cada vez más desquiciado. Echarían de menos aquel lugar, pero sabían que su decisión era necesaria, debían renunciar a aquel mundo resplandeciente que les haría esclavos perpetuos de la noche. Los cuatro estrecharon sus manos y a pesar de que no se habían conocido hasta aquella noche, todos sentían que durante todas sus vidas habían estado unidos, aunque muchos pertenecían a tiempos y lugares tan diferentes entre sí.

Durante los siguientes minutos, todos parecían perdidos pero la luz de la luna les mostró el camino. Una de las casas de la ciudad brillaba con mayor intensidad. De sus ventanas salían burbujas negras que no presagiaban nada bueno. Con total determinación, el capitán de aquella aventura rasgó algunas partes de papel y encaminó aquel avión hacia la posición precisa. Ni los vientos huracanados que se levantaron en aquel momento ni una plaga de burbujas pegajosas pudieron cambiar el fatal destino del mal. El avión se estrelló irremediablemente contra aquella construcción y a pesar de doblarse con el impacto, toda aquella estructura se vino abajo. El estruendo hizo que miles de soñantes despertaran de aquel éxtasis enfermizo y las chimeneas dejaron de alimentar la tempestad, que poco a poco se disipó hasta desaparecer. Nada quedó del avión y de sus tripulantes, así como de los siete siervos y el mal que iba a nacer entre los sueños puros. La ciudad despertó con sensaciones contrariadas, muchos encontraron mal las decisiones de los líderes, pero en el fondo aceptaron el derribo de todas aquellas torres oníricas. Sobre una plaza, en frente del puerto, construyeron un avión de papel y cuatro figuras emborronadas en honor a aquellos cuatro héroes que dieron su vida por despertar a una ciudad que, por temor a las pesadillas, por poco había quedado atrapada en sus propios sueños.

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