jueves, 17 de marzo de 2016

Eos



Ayer caí en un velo de soñada eternidad. Me dejé llevar por unas manos suaves y por una sonrisa nocturna capaz de avivar el firmamento. En la nocturnidad de sus abrazos, me fundí en su candor, en el enfático despertar de un animal reposado. Con los ojos abiertos, vi en el firmamento la constelada virtud de pequeñas perlas relucientes que, sin excepción, parecían brillar en la oscuridad como estrellas sin destino, independientes, fugazmente vivas. Mientras, me hundía con sus abrazos, me perdía en su enmarañado pelo cardado, que me daba unión, fortaleza, vida. En ella morí y renací como ser, como alma mortal que abraza el tiempo y rinde homenaje a lo divisible. En su piel descubrí el lenguaje prohibido, cánticos de tierras lejanas e historias ancestrales que eran transmitidas con la simple emoción. No sé cuánto tiempo permanecí en sus sombras, contando las horas y los acertijos, las risas y los llantos, los besos y los silencios. Todos aquello le pertenecía, se unía a ella como una totalidad sin alma, como un alma sin límite. Yo estaba allí, en sus adentros, conjugando la necesidad y la fuente, la espina y el espejo, la nube y la vela. Perdido y recobrado por aquella mano de porcelana, navegué en un mar incierto de aguas tranquilas, salvaguardado por los auspicios de una diosa benevolente, infinitamente alegre, protectora del corazón y portadora de sentimientos cálidos.

Entre tanto, confluían en mí sentimientos extraños, contradictorios con la fuerte brisa que sacudía todo mi ser. Había miedo, soledad, incertidumbre y una irritación que hacía que toda aquella obra recién nacida pudiera tambalearse con la más simple duda. Temía la liviana naturaleza del tiempo, el espectral reloj de arena que marcaba sin cesar el inminente momento en el cual todo aquello iba a terminar. Me afanaba por seguir tocando el éxtasis de la memoria, oliendo el perfumado firmamento del segundo cielo; sin frenar mi deseo besé su frente blanquecina. Sus ojos se abrieron y se hizo la luz en la noche. Dos ojos azules como piedras preciosas, como dos templos consagrados al verdadero amor. Nada podía apartarme de ella, nadie podía arrebatarme aquel santuario de perfección celeste, de inmaculada felicidad, lloraba sólo con pensar que podía perderla de nuevo, olvidar su nombre, renacer sin su recuerdo. Tuve un miedo terrible de perder aquella unión consagrada, de ganar la soledad mortal con la que había sido maldecido. Retomando la serenidad, escuché su voz en forma de susurros, eran las palabras exactas que quería escuchar, las palabras que la diosa había percibido en mi interior. Me preguntó cuánto tiempo quería permanecer allí con ella esta vez. Le dije que siempre, que ya no quería volver a olvidarla. Ella me abrazó más fuerte que nunca y me acarició las mejillas. Entonces afirmó que estaría siempre conmigo, cada noche más que la noche anterior y así hasta el fin de los tiempos.

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