viernes, 22 de abril de 2016

La Desviación Típica



I

Mi obsesión por los mejillones empezó hace ya casi un año; normalmente estos periodos crepusculares empiezan con un pensamiento incoherente con mi esquema mental o una duda que sólo puede ser resuelta mediante extraños acertijos filosóficos que aplazan las preguntas algunas semanas. Un ejemplo de ello fue aquella vez que me pregunté si las nubes creaban sombras en la tierra o si éstas eran realmente el reflejo enaltecido de algo que repta invisible por la tierra, mezclándose con las personas de carne y hueso. A veces, la manera de solucionar estas situaciones me llevó a problemas con la policía o el ayuntamiento. En otros casos, la solución fue más simple, como cuando tuve dudas si el efecto Coriolis influía en la dirección o giro del agua de los retretes. En tal caso, después de varias docenas de metros cúbicos de agua desperdiciados, comprendí que los dibujos americanos nos habían estado engañando y manipulando durante años como idiotas.

No obstante, esta vez mi incursión en la estadística me jugó una mala pasada. Todo empezó aquella tarde borrascosa, cuando destapé una de esas latas de mejillones y descubrí que había 6, incluyendo trozos de lo que parecía haber sido un mitiloide con mala suerte. En la superficie de cartón ponía expresamente: “6-8 unidades”. Nunca me solía fijar en esos subtítulos comerciales, pero la siguiente vez que vi otra lata algo se debió despertar en mi cabeza de manera tan enérgica que apenas pude dormir en toda la noche. No entendía como en un producto que perfectamente era cuantificable, el contenido se expresaba en un intervalo numérico. Tal era la ansiedad ante la dificultad que presentaba saber si uno se iba a encontrar con 6, 7 u 8 mejillones, que tuve que empezar a planificar una solución. Las quejas que mandé a la empresa no tuvieron respuesta, aunque nunca les llamé por teléfono porque consideraba que aquellos temas eran demasiado serios y debían tratarse en persona o a través de medios más formales. La cosa era muy grave, una persona no podía comprar un disco de música sin saber cuántas canciones incluía o gastarse 50 euros en gasolina sin saber si había llenado el depósito o sólo habían caído por el surtidor un par de gotas. Animado por un impulso científico, compré varios cientos de latas de la misma marca y un libro de estadística por internet.

Pasaron los días abriendo latas y bajando la basura, contando las piezas y anotándolas en programas informáticos, notificando también la fecha de caducidad, fecha y hora exactas de la apertura y documentándolo todo con notas adhesivas y una cámara que captaba todo el momento, incluyendo mi rostro lleno de temor y desasosiego. Los datos fueron acumulándose y fueron ya varios miles de ejemplares los que fueron perfectamente cuantificados. Para aleatorizar la muestra procedí a comprar los elementos en diferentes supermercados, en diferentes horarios y barrios. La segunda fase fue más merecida pues sólo me costó un par de días juntar todos los datos y establecer algunas conclusiones. Analicé todas los números y combinaciones posibles, saqué la desviación típica, la varianza, la media, la moda y toda una serie de medidas simples. Más tarde empecé con las correlaciones y el control de variables para tratar de encontrar algún patrón que me permitiera abrir la lata sin sorpresas añadidas. Las correlaciones entre la posición inicial de los mejillones al abrir la tapa y la posición de los ejemplares de la fotografía de la portada resultaron nulas, así como tampoco pude demostrar ninguna relación entre diferentes medias dependiendo de la fecha de caducidad. Sin embargo, tras cientos de emparejamientos y estadísticas complicadas, análisis de conglomerados y covariaciones, encontré algo que, aunque me alivió momentáneamente, despertó en mi un recelo fundamentado que me iban a provocar nuevos interrogantes. Descubrí que la media de las piezas encontradas estaba muy cercana al 6,3, siendo 6 el número de piezas más frecuente, algo sospechoso sabiendo que la media teórica debía estar más cercana a 7 tal como anunciaba implícitamente la caja. Estas diferentes significativas fueron demostradas tras toda una larga serie de estadísticos frustrantes. La conclusión era evidente, la marca había mentido deliberadamente, a sabiendas que el margen de las piezas se estimaba entre 6 y 7 y no entre 6 y 8 unidades. Aunque estaba menos ansioso porque a partir de ahora el margen de sorpresa iba a ser menor tras cada aperitivo, el hecho de que la empresa me engañara suponía otro problema de mayor calibre.

II

Esa noche, sin embargo, todo cambió. Una llamada de teléfono intempestiva me alertó sobremanera. Al contestar escuché unos suspiros seguidos de un silencio inquietante. Fueron varias las llamadas en ese tono hasta que un día una voz robótica dijo que sabía quién era y qué estaba haciendo, que dejara de investigar o habría consecuencias. Evidentemente lo sabían todo. La compra masiva de conservas había despertado alguna especie de protocolo de investigación; seguramente habrían localizado mi barrio a través de los lugares de compra y más tarde las cookies revelarían mi compra de libros de estadística. Durante varios días no pasó nada nuevo, pero una mañana de golpe, fui al supermercado y algo trastocó mi alma, las cajas de mejillones anunciaban ahora: de 7 a 15 mejillones. Era evidente, querían volverme loco. Y lo consiguieron. Sólo el ayuno y la comida preparada podía calmar la ansiedad que despertaba tal incertidumbre.

Un día, al volver a casa, todo había sido registrado. Mi propiedad había sido saqueada; se habían llevado mi ordenador, pruebas incriminatorias, papeles, fotografías y tarjeas de memoria con los videos de todos los estudios. Ni siquiera llamé a la policía, arreglé todo ese desorden y seguí con mi vida como si todo aquello hubiese sido una simple pesadilla. Era el miedo lo que me paralizaba, esas personas debían ser muy peligrosas. A partir del séptimo día empezó a llegar a mi buzón un paquete especial con el dibujo de un mejillón y una lata en su interior. Cuando la abrí, había siete magníficas piezas exuberantes e impolutas que nunca antes había visto. A la semana siguiente llegó otro paquete y a la siguiente otro, así de manera indefinida durante todo este año. En cada una de aquellas latas había siete piezas, siete como los días de la semana, como las edades del hombre, como los planetas conocidos en la Edad Moderna. Ahora, aquejado de una terrible gota, comprendo que todos estos envíos forman parte de la recompensa por callar la boca, por no mostrar al mundo el caos en el que se encontraban.

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