lunes, 11 de abril de 2016

Sugar Man



Algo debió acontecer durante el fenómeno onírico o los extraños procesos metabólicos. Quizá se debió a una dieta inadecuada donde abusara de los carbohidratos, a las desconocidas reacciones que los transgénicos causan en el hígado o a un experimento científico mal diseñado; seguramente jamás lo averiguaré. Lo cierto es que esta mañana me levanté y me había convertido en un hombre de azúcar. No hablo evidentemente de una hiperglucemia o del sentido poético del sentir; simplemente me había convertido en un terrón de azúcar gigante con forma de persona. Podía caminar y correr, hablar con total normalidad, animado quizá con alguna magia misteriosa o por cuerdas vocales de fina sacarosa. Pensando inicialmente que era una alucinación propia de la edad adulta y de la crisis social en la que nos vemos sumergidos, decidí aumentar mi dosis de haloperidol y marchar hacia el supermercado para hacer la compra. En mi mente concebí una nueva lista de la compra, normalmente siempre compro las mismas cosas, aunque tenga ya la despensa llena o haga meses que no pruebe cierto tipo de alimentos. Esta vez acudían a mi mente cientos de alimentos que no suelo consumir habitualmente, había miel, cereales americanos con regalo dentro, pan, donuts, kétchup, cátsup y patatas, muchos kilos de patatas. Me imaginaba a mí mismo sumergido en un gran bol con leche, cereales y bollos; debía llenar la bañera y para eso me harían falta muchos alimentos. Así pues, cogí la billetera y partí hacia ese templo del consumo temporal, hacia esa secta de la repostería convertida en soberana y dueña de todo paladar valenciano pero cuyo nombre no deseo mencionar.

Estando en la sección de lácteos, vi asombrado el descuento de algunos yogures desnatados y sin sabor. El mero hecho de pensar que se iban a dulcificar en mi boca y que yo me iba a fundir en ellos provocó que se me saliera la baba y empezar a gotear una extraña mezcla de pasta blanca altamente azucarada. A todo esto, se acercó una señora mayor y me preguntó si todo aquello que soltaba era azúcar. Le dije que no, que era droga, pero ella no me creyó y se tiró al suelo tratando de meter toda aquella bilis en su bolso. Alguien debió correr la voz y la gente empezó a gritar: ¡azúcar gratis! Pronto una legión de personas me rodeo y me empezó a arañar de una manera un tanto maleducada, arrancándome algunos trozos de mi superficie blanca y porosa. Los más atrevidos llegaron incluso a morderme las pantorrillas y algún que otro pervertido incluso trataba de untarme en alguna especie de bizcocho que no paraba de rebozar contra mi cuerpo. No tuve más remedio que escapar de aquel matadero como pude, golpeando a la gente y estampando mi carro contra la multitud que me cerraba el paso. A duras penas pude llegar a la sección de las cajas cuando un grupo de fanáticos vestidos con la indumentaria de la empresa me tiraron contra el suelo y trataron de maniatarme. Si no fuera por el poder de la fructosa no habría podido salir de allí. Los golpeé y ellos quedaron pegados al suelo fruto de mi nueva caramelizada esencia. Cuando salí a la calle un grupo de curiosos se acercaron. Mi llanto, fruto de la emoción del momento, les convirtió en potenciales agresores y poco tardaron de tratar de detenerme con escusas baratas. Algunos querían que simplemente me fuera a su casa por el simple hecho de que tenían hambre y que las cosas estaban muy mal.

El reguero de azúcar que iba dejando, fruto también de mis heridas, delataba mi trayectoria y hacía que una muchedumbre enfervorecida me siguiera allá donde iba. Intentando dejar la menor cantidad de sustancia posible y rodeando mi casa varias veces para despistar a los acosadores, me metí en mi portal de un salto. Nada fue más eterno que la estancia en el ascensor y la neurótica maniobra con las llaves para entrar en mi casa. Una vez dentro cerré con llave y coloqué el sofá delante de la puerta por si las moscas. Junté las cortinas y miré por la ventana; toda la ciudad se había vuelto loca e iba por la calle con palos y redes tratando de obtener a su presa. Todos querían comerme, me encontraban irresistible. Unos partidos querían nacionalizarme y otros en cambio privatizarme, pero desde luego nadie parecía indiferente, todo el mundo parecía tener voz y voto menos yo. Las advertencias y los peligros de mi ingesta seguramente apenas podían frenar la sucia sed de azúcar que aquellos miserables parecían necesitar. Llamé a la policía y les traté de explicar la situación, pero me colgaron y algunos periodistas con los que pude hablar me dijeron que me conseguirían protección privada, pero a cambio de una parte sustancial de mi cuerpo. Al final desistí y me tumbé en el sillón. Las noticias sin embargo ahora me parecían entretenidas y la música me quitó aquellos nervios que me habían acompañado durante toda la mañana. A duras penas podía sentir las heridas que me habían infligido y el dolor se iba marchando poco a poco. Ahora mismo se acerca la noche y temo por todo lo que pueda pasar. Por una parte, temo despertarme al día siguiente y seguir siendo azúcar; por otra parte, temo despertarme, volver a ser de carne y hueso y sentir todas esas partes que me han robado, todas esas partes de mi cuerpo que se han comido.

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