domingo, 29 de mayo de 2016

El Viaje de Moebo


I

Cuando cumplió la mayoría de edad, Moebo acudió al templo y allí los sacerdotes afeitaron su rostro, negando una primera barba que debía ser entregada primero a los dioses como vínculo entre lo sagrado y lo profano. Luego untaron su cuerpo con aceite y colapsaron la religiosa estancia con inciensos místicos que lentamente penetraban en sus pulmones. Las voces de los fantasmas antepasados se entremezclaron con los cánticos antiguos y los ruidos de una gran placa de oro que parecía agitar la realidad con gran temblor. Entre susurros y leyendas encontró las palabras sabias del gran espíritu, aquel cuyo timbre se hacía inconfundible. Su mera fijación hizo que las demás voces quedaran en un segundo plano y mientras aquel espíritu inmortal dictaba las palabras secretas en los oídos del joven, una mano parecía posarse sobre sus hombros. Le inspiraba seguridad, pero también un gran pesar, esa carga permanecería allí toda la vida y eso significaba que ya no volvería a ser un niño. Sin decir palabra, Moebo salió del templo y dejó que el fuerte resplandor lunar se reflejara en su torso empapado. El frío viento del anochecer despejó sus pulmones y su espíritu. Sin ser conocer de ello, le dio el último impulso vital que necesitaba para embarcarse en el mar imperecedero.

Se dirigió al muelle y allí cogió una de las pequeñas barcas libres. La madera y la hojarasca revelaban su fragilidad y entre su superficie sólo pudo advertir una pequeña calabaza repleta de agua, un arco, tres flechas, un puñal de obsidiana y un largo palo de nogal que le iba a permitir navegar sin depender del viento. Sin pensar en el devenir, Moebo se embarcó y surcó el lago con aquella barca de poco calado. Cuando el momento fue propicio, un pequeño golpe con el palo le permitió separarse de las aguas y surcar el viento de la noche. Entonces su barca se movió por los remolinos del viento, rumbo a unas nubes que parecían concentrarse a una vasta altura. Sabía que con un pequeño fallo su barca caería de nuevo a las aguas del lago, pero Moebo no falló ni una sola vez, siguió los susurros del viento y cambiaba de dirección con cada capricho de la noche. Sin vacilar, se dirigió hacia las nubes y allí las turbulencias se volvieron un desafío.

II

En medio de la oscuridad de las nubes, que no dejaban ver ni sol ni luna, escuchó las voces de los perdidos y las direcciones de los fatales destinos que él no deseaba tomar. Allí, en medio de aquel mar de nubes se abrían agujeros, vacíos sustanciosos que tentaban al joven a abandonar su partida y volver a la luz. Sin embargo, siguió su promesa y se guio en la oscuridad, pues era la única vía que le iba permitir ver la encrucijada sagrada. Conforme se acercaba al cielo verdadero, Moebo sintió una sed terrible y la calabaza apenas pudo calmar la deshidratación que padecía su cuerpo. Sospechaba que no debía tratar de sacar agua de aquel lugar, pero su agotamiento hizo que no aguantara más y finalmente sacó la calabaza seca tratando de rellenarla de algún líquido, aunque fuera espectral o vaporoso. Sin embargo, cuando se reclinó para rellenar aquel objeto, la barca se movió y alguien o algo pareció agarrar la calabaza con sus manos. Moebo, escuchó un sorbo salir de su calabaza como si alguien estuviera bebiendo del vacío de su contenido. Sintió entonces un miedo terrible y dejó caer el recipiente, había alimentado a un espectro.

La barca volvió a moverse, esta vez con una violencia más marcada y el joven se sentó en la barca por miedo a caer. Agarró el puñal y permaneció sentado esperando las consecuencias de su actuación. Entonces una mano se posó sobre la proa seguida de otra mano y con un movimiento ligero, un cuerpo desconocido se subió de una manera muy rápida al barco, permaneciendo casi en total penumbra, pero delatando una silueta femenina que hizo que el joven por un momento bajara la guardia. Cuando menos se lo esperaba aquel ser se abalanzó sobre él y Moebo, en un reflejo primitivo, hizo uso de su puñal de una manera muy contundente. Ante sus ojos vio como aquella cabeza de calabaza gigante se partía en dos y un río de agua empezaba a brotar de su herida. Los chirridos de la bestia pronto cesaron y la barca empezó a llenarse de agua y a punto estuvo de naufragar si no fuera porque aquel joven cogió el cuerpo a tiempo y la arrojó sobre las nubes. Renunciando a todo aquel río de agua, Moebo hizo uso de sus manos para vaciar su barca. Al final no quedó ni una sola gota. Mientras, la calabaza soltaba un mar de lágrimas y las nubes se cargaron de humedad. Sobre el pueblo de Moebo empezó a caer una ligera lluvia y los sacerdotes oraron por su bienestar, porque sabían que, si el joven bebiera de aquella agua, el deseo ocuparía su alma y jamás podría desprenderse de él. Después de vaciar la barca, el joven permaneció tumbado sobre su lecho, hambriento y sediento, soportando una emoción que unos días antes habría terminado en llanto. Nadie iba salvarlo, sólo él podría, con su voluntad y su espíritu, encontrar la verdad del pueblo de los Jalem. 

Cuando las incipientes e inacabadas lágrimas se secaron de sus ojos sin dejar huella, Moebo pudo ver las estrellas. Entonces leyó el firmamento y buscó la dirección, descifrando a través del conocimiento adquirido, mezclando la intuición con la creciente capacidad de deducción que pronto parecía haber despertado en su mente. Antes de que las nubes quedaran totalmente ennegrecidas, en medio de aquella creciente oscuridad, Moebo encontró el puerto de los Jalem y navegó hacia sus misterios. Cuando llegó a tierra, un hombre se acercó a él y vertió una jarra de agua sobre un cuenco; sin pronunciar palabra se quedó allí de pie, indiferente, esperando que terminara de beber para ofrecerle un racimo de uvas rojas. Cuando el joven terminó de comer, el hombre señaló el horizonte y empezó a hablar con un extraño acento. Moebo no entendía su idioma, pero parecía intuir lo que quería decir. Sin esperar más hospitalidad, marchó de nuevo con su barca y se embarcó hacia ese horizonte cada vez más cercano, cada vez más real.

III

Cuando llegó allí, vio otras barcas y hombres grises señalando los abismos vaporosos que conformaban las nubes. Unos remaban y otros disparaban sobre el viento, tratando de cazar algo que él no parecía advertir. Perdido en aquel mar de signos indescifrables, sólo pudo acompañar a aquellos hombres grises y aprender de aquello que pudieran enseñarle. Sabía por rumores que los hombres del pueblo de Jalem cazaban los rayos y conocían los secretos de los mares celestiales. Sin embargo, en su caso la experiencia se distanciaba mucho de los cuentos. Cuando los vio acercarse al horizonte y disparar al silencio, empezó a ver con otros ojos y sintió que estaba despertando a otra realidad. Pequeñas hebras dinámicas, captadas a través de un sentido que no podía describir, se movían por su alrededor. Moebo, cogió el arco y las flechas y probó a lanzar. La primera flecha, lanzada al azar, se perdió en el abismo. Respiró entonces profundamente y trató de ver aquel ser en el horizonte y no a la flecha. Entonces se produjo algo indescriptible, tras disparar sintió como el eco devolvía un sonido metálico, como si hubiera algo allí invisible, esperando ser descubierto. La tercera flecha fue lanzada sin miramiento, Moebo apuntó y disparo dejando la cuerda del arco casi inservible de la fuerza que sentía ahora. Entonces el cielo se incendió y un gran rayó pareció cruzar el firmamento y caer, como una bestia abatida, sobre el mundo de los mortales. Los hombres grises hablaron al unísono y sonrientes, despidieron al joven antes de volver a su sagrado puerto, allí donde los misterios nunca eran desvelados.

Cuando el joven miró de nuevo el mar, la tormenta estalló sobre sus pies y miles de rayos se esparcieron por el mundo, revelando una gran escalada de nubes que descendían en forma de torbellino hacia el mundo donde él pertenecía. En medio de aquel mar vio cientos de miles de bestias surcar aquel horizonte inestable; eran dragones nadando en grupo, alimentándose de los rayos antes de volver a las aguas celestiales, el lugar del que procedían. Moebo descendió por aquel mar embravecido y retornó al mundo, no sin antes dejar su vista maravillada por aquellos tesoros que había encontrado. Con difíciles temblores y maniobras la barca se posó sobre las aguas del lago y Moebo siguió remando bajo la lluvia, consciente de aquel mundo que dejaba atrás y del desgaste que había sufrido su espíritu durante el proceso. Cuando volvió al muelle algunos curiosos fueron a recibirlo como un extraño venido de tierras lejanas. Había pasado mucho tiempo desde que un joven había marchado hacia su muerte. La persona que tenían delante no era un joven, sino un hombre nuevo nacido en la medianoche.

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