sábado, 18 de junio de 2016

Instinto Maternal


Philippe Halsman, Pregnant Woman & Cat, 1950

La luz del mediodía era muy tenue, demasiado débil para ser verano; caía poco alentadora sobre la cara de Lorena, cabizbaja y melancólica por un sueño frustrado que había obsesionado su ser durante los dos últimos años. Desde su ventana veía un mundo que le había negado lo que según ella era lo más valioso en una mujer, el derecho a ser madre. Hacía años lo había intentado con su pareja, produciendo un desgaste emocional que a largo plazo había dado pie a la ruptura. Los médicos no habían encontrado ninguna anomalía y su marido se había negado a aceptar la inseminación artificial al considerar que detrás del impedimento se escondía un mal designio. El divorcio fue rápido y muy beneficioso para ella; pronto lo olvidó, pues en su cabeza sólo había cabida para el ser que se iba a gestar en su interior. Las relaciones esporádicas hábilmente manipuladas y los encuentros casuales con desconocidos tampoco le dieron ningún fruto y así pasaron estos dos últimos años, disociada, pasiva y somnolienta por el día y cazadora errática por la noche.

Pasaron las horas y el atardecer vino acompañado de un nuevo despertar. La motivación primordial empezó a acelerar su corazón y como ocurría de vez en cuando, un nuevo brote de esperanza surgió en su mente, amenizado con imágenes tiernas y con el sentimiento naciente de sentirse protectora de alguien, de ser la figura protagonista de una nueva vida. Sin embargo, esa noche Lorena se fue a dormir apaciblemente, cansada de tanta ensoñación y deseo diurno. No recordó sus sueños, pero en medio de aquella tormenta de imágenes, se podían ver figuras anfibias navegando en un mar primordial, verde, lleno de algas y huevos de seres extraños ajenos a la evolución terrestre. Fue un sueño tan extraño que no recordó nada, sólo se dejó contagiar por un halo de alegría y emociones positivas difíciles de discriminar pero que asentaban y compensaban el mal humor que le venía abordando desde las últimas semanas.

A la mañana siguiente acudió a unas oficinas a solucionar algunos problemas burocráticos. Hacía tiempo que no trabajaba, pero tenía unos cuantiosos ahorros que le garantizaban su independencia. Cuando llegó al ascensor y pulso el botón para bajar, una corriente eléctrica recorrió su cabeza y terminó en sus pies. Fue un escalofrío tan grande que a punto estuvo de estornudar. No lo hizo, simplemente esperó de pie y esperó al ascensor. Mientras, una lágrima caía por una de sus mejillas. Cuando sus puertas se abrieron no pudo evitar una sensación de explosiva angustia. En el interior se encontraba una mujer relativamente joven, con una barriga prominente que anunciaba ya varios meses de embarazo. Ella no vio su cara, pero le hizo una pregunta lógica al ver que no se entraba al ascensor. Lorena se hizo la despistada y entró rápidamente, antes de que las puertas se cerraran y el ascensor continuara su descenso. Se colocó a su derecha y no pudo obviar mirar furtivamente aquella barriga tan deseosa. Se imaginaba ser portadora de aquella bendición y la felicidad se hacía con ella.

Algo debió pasar en aquella atmósfera cada vez más turbulenta, pues tras varias miradas entrecruzadas ambas mujeres empezaron a agarrarse del pelo y luchar encarnizadamente. Nunca una pelea había sido tan desesperada en cuanto a gritos y respiraciones forzosas. Quizá la madre, con un extraño instinto desconocido por nosotros, averiguó las razones de aquella extraña mujer. Tras varios empujones y patadas, la madre cayó al suelo y Lorena, animada por un extraño poder instintivo le subió la falda, dejando al descubierto el estado de su embarazo. Con poca paciencia le bajó la ropa interior y haciendo ella lo mismo, juntó sus partes íntimas a las de la madre, agarrando la pierna ajena y colocándose en una extravagante posición entrecruzada. Algo debió pasar, sin duda algo biológicamente sobrenatural, pues haciendo una fuerza sobrehumana, los genitales de Lorena, a modo de ventosa, arrastraron al feto a su interior, dejando a la mujer desmayada por la visión de aquel acto tan monstruoso. Cuando el proceso se completó, dejó aquel cuerpo reposando en el interior del ascensor, le recolocó la ropa y esperó que las puertas se abrieran para salir corriendo de aquel lugar. No tenía tiempo para pensar en la desgracia ajena, tal era la ceguera y la obsesión que tenía que no hizo ningún reparo en planificar la ruta de escape y evitar la presencia de las cámaras.

Cuando encontraron a la mujer en aquella posición, con moratones, pensaron inmediatamente en un intento de violación; cuando despertó y preguntó por su bebé, sin embargo, vieron que la cosa podía ser más grave. Los detalles sobre su embarazo y la mujer desquiciada del ascensor pronto despertaron el protocolo psiquiátrico y la policía abandonó el caso al considerar que las lesiones podían haberse dado tras golpear las paredes del ascensor o haberse producido en otro momento. Pronto, la investigación y varios análisis de sangre abrirían miles de interrogantes, pero mientras tanto, Lorena permanecía en su sofá, sonriendo, admirando y tocando aquella hinchada barriga que indicaba a todas luces que pronto iba a ser mamá. Era un niño y se llamaría Daniel; una madre entendía de esas cosas.

2 comentarios:

  1. Inquietante relato

    A veces la necesidad de ser madre convierte ese instinto maternal en algo más que animal , como tu le llamas sobrenatural


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    1. Gracias por comentar. Internet parece un vacío muy inmenso.

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