viernes, 10 de junio de 2016

Muerte de una Mosca



Aquella mañana, cuando me levanté y no escuché el zumbido de mi viejo amigo, supe que algo no andaba muy bien. Los claroscuros del amanecer se aderezaban con mi renovado despertar y pronto pude ver en el fondo de la habitación un pequeño bulto redondo que permanecía apegado sobre la vieja pared de mi habitación. Entonces el zumbido de sus alas enloqueció la turbia atmosfera y aceleraron la fatal sensación de amargura que sentía detrás de mis ojos. El batir de sus cansadas alas sonaba forzado; mi viejo amigo se movía de una manera lenta, pesada. Con gran desgaste llegó de la pared a mis pies y se posó sobre mí, ansiando una cara amiga que velara por su seguridad. Su cuerpo rechoncho y peludo, sus ojos de diamante pulido y sus alas de hada, todo ello parecía desgastado, viejo, polvoriento. Movía su trompa hacia fuera y hacia dentro, incapaz ya de saborear la vida y en sus múltiples miradas, descubrí en potencia una tristeza incapaz de expresarse. Me miró con un gesto articulado, complicado y tembló ligeramente antes de estirar las patas. No dijo nada, sólo enmudeció. En ese momento su trompa se soltó inanimada y supe que mi amigo había muerto. Nunca olvidaré su mirada neutra y mi cara triste reflejada en cada uno de esos trocitos de cristal hecho vida. Abracé su cuerpo sin lastimarlo y me encontré solo, inconsolable. De nada servía ya rezar por alguien que ya no estaba presente. No había dejado en vida ningún huevo o larva. Se iba solo con su memoria, limitada, pero profunda y compleja.

Los días venideros fueron difíciles. Su cuerpo fue llevado a una capilla ardiente y no fue embalsamado, tal como dictaba su último testamento. Unos hombres de la guardia cargaron su cuerpo sobre la carroza y se procedió al desfile. Su cuerpo parecía más grande, hinchado, a veces incluso sus alas se movían con el clamor de la gente, imitando la cordialidad que mantenía en vida. No pude asistir a su homenaje, no me atreví, pero tal y como me contaron acudieron casi todos los habitantes de la capital. Era una mosca muy querida y medio país había escuchado alguna vez sus peripecias. Todos dejaban una flor al paso de la carroza y las lágrimas de las personas honradas apenas hacían gloria de una leyenda que había terminado. Los oficiales que iban detrás del carruaje golpeaban el suelo con total vigor, marcando el ritmo y ensalzando los corazones de los asistentes, dándoles a entender emocionalmente que aquel ser ya nunca volvería a ser, que ya no volvería a nacer. Su cuerpo fue depositado en un gran hoyo excavado en el monte. Kilos de azúcar se vertieron para endulzar la tierra del descanso. Todo exceso era poco para mi amigo. Cuando el carruaje llegó a su destino, los oficiales cogieron el cuerpo y lo depositaron en el hoyo. Su cuerpo parecía más grande, habiendo duplicado o triplicado su tamaño. Hizo falta un batallón entero para movilizarlo y tal era su última envergadura que no pudieron meter como ajuar todas las flores que habían sido recogidas para la ocasión. Finalmente se echaron algunos litros de agua de rosa y néctares variados y se cimentó la superficie con arena fina, arena de playa.

Recordé por última vez, desde mi aislamiento, aquellos días donde todavía era una pequeña mosca que me hablaba posada sobre mi nariz y todas esas horas de playa al lado del mar mirando el rumor del oleaje. Mi amigo me contaba todos los secretos del viento y de las flores, me animaba a pensar en cosas que nadie antes había pensado. No supe nunca cuántos años estuve a su lado, pero me parecieron minutos. A su lado, todo parecía circunstancial, el tiempo no era nada cuando estaba amenizado con su ingenio y sus famosos chistes. También recordé cuando jugábamos al balón o sus advertencias sobre la vida noctámbula. La última vez que me habló fue aquella vez que posó su pata sobre mi mano para que dejara de navegar y me fuera a la cama. Le obedecí rápido y me fui a dormir. Si hubiese sabido que aquella fuera la última vez que íbamos a hablar, me hubiera pasado toda la noche a su lado, hablando y rememorando viejas aventuras. Quizás él lo sabía, pero no quería alargar mi sufrimiento y prolongar una despedida más de lo necesario. A veces me habló del cielo de las moscas y de un lugar donde los pensamientos se hacen vida. Desde entonces, me acercó a la orilla del mar y miro al cielo, intentando ver su forma en las nubes, en las olas, en la brisa, pensando en el reconfortante abrazo de mosca que tantas veces me ha animado.

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