sábado, 9 de julio de 2016

Erotomanía


El fin de curso se nos venía encima desde que el tutor anunció las últimas fechas del examen. Todos parecían inquietos, pero a la vez alegres; unos porque las notas significaban poder acceder a los estudios superiores, otros porque independientemente de su indeciso porvenir, tendrían unas inigualables vacaciones. Este verano iba a ser un periodo único, irrepetible. El mundo volvería una y otra vez a la misma estación, pero aquella generación ya no sería la misma que la nuestra, las emociones ya no tendrían la misma intensidad; era en efecto un despertar, la cristalización de una memoria que marcaría el resto de nuestros días, o al menos especialmente la mía. Tal como lo recuerdo fue el principio de un ciclo que me informaba de que algo dentro de mí no funcionaba bien, que mi vida iba a ser muy amarga.

Todo empezó con una simple mirada. Era ella, la señorita N; nunca había visto nada igual, las chicas no parecían llamarme la atención, pero ella era totalmente diferente. Su inteligencia me hipnotizó y desde que empezó a abrir la boca y contestar a las respuestas del profesor de matemáticas, me di cuenta que no era ya la persona más inteligente de la clase. Sus demostraciones en clase despertaron en mí la contradicción. Me sentía mal con su superioridad, pero a la vez quería que ella fuera mi consuelo, saber de ella con una curiosidad que no podía definir. Era francamente guapa, exótica, diferente, pero todas sus virtudes corporales sólo eran una sombra comparadas al resplandor de su alma. Evidentemente tendría sus sombras y errores, pero quien me conozca sabrá que tiendo a ver los defectos de las personas antes que sus virtudes y ella era, en términos objetivos, casi perfecta.

Aquella tarde capté una mirada furtiva y traté de pensar la manera de captar su atención, de darle a entender que quería conocerla pero que un mar de miedos me lo impedían. Apelé a su inteligencia y a la benevolencia del destino y este pareció ser indulgente conmigo porque aquella misma tarde ocurrió un milagro, ella pareció entender mi ambigüedad. Estaba sentado en un banco esperando a que me recogieran en coche cuando alguien se sentó detrás de mí. Noté su presión y un giro rápido me permitió ver su largo y negro pelo. Era tan suave que el viento lo catapultaba sobre mi nuca. No dije nada y ella tampoco. Habría parecido una coincidencia, pero al día siguiente ambos coincidimos en el mismo banco. Desde entonces pareció un juego, yo me sentaba y al poco rato ella aparecía y hacía lo mismo. Como una sombra se sentaba en el otro lado. Uno de sus estornudos fue la única comunicación verbal que tuvimos durante aquellos últimos días de clase. Ni siquiera me atreví a contestar o aprovechar aquel suceso para romper el hielo. Simplemente me senté y disfruté de su presencia con una mezcla de felicidad y miedo. Aquellos días eran extraños, parecía mareado, los colores habían cambiado en mi percepción del mundo, todo era más amarillo, más brillante. Todo excepto su sonrisa. Siempre había sido maravillosa.

El último día me relajé y coloqué mis manos hacia atrás, respaldando mi espalda en el aire vacío, formando un arco de complacencia disimulada. Entonces nuestras manos se juntaron y permanecimos así en silencio cinco minutos hasta que advertí el coche que iba a separarnos. Me levanté y me marché, olvidando los primeros segundos que aquella era la última tarde de clases. Cuando el coche arrancó miré hacia atrás y ella ya no estaba, se había ido del banco. El corazón pareció darme un vuelco porque no encontraba el modo de volver atrás. Me imaginaba una y otra vez girando la cabeza y diciéndole algo, pero los pensamientos no cambiaban el presente. Esa noche, sin embargo, sólo algo pudo mitigar la ansiedad que me estaba devorando. Me llegó un sms de un teléfono desconocido que me decía cosas bonitas. Eran una cadena de frases apresuradas donde se entremezclaba el abatimiento, el miedo, la ternura y el enfado. Pasé la mañana leyendo aquellos mensajes y apenas dormí alimentado con esa nueva esperanza. Sus sentimientos eran tan familiares, tan parecidos a los míos que todo cobraba sentido. Ella sentía cosas hacía mí, pero sentía el mismo miedo que la frenaba. Sin embargo, no podía dejar de pensar que era yo quien había fallado realmente. Ella dio un primer paso con su mirada, un segundo paso con su compañía y un tercero con sus mensajes. Entonces recordé que la semana siguiente debíamos ir al instituto una última vez para recoger los papeles. El mundo amanecía de nuevo. Estaba pletórico, lleno de una alegría que me desbordaba. No podía esperar al lunes. Ese día se solucionaría todo y podría conocerla por fin.

Cuando llegó el día me presenté en la secretaría a primera hora y anduve por los pasillos durante varias horas. Fue una eternidad en términos mortales. Mi corazón acelerado a duras penas podía responder ante esta última oportunidad. Cuando la vi caminé hacia ella. A pesar de la alegría me seguía dominando el miedo y la prudencia. Entonces me puse frente a ella y le cogí la mano. Ella sin dejar un tiempo de reflexión, la apartó de manera brusca y dirigió hacia mí una retahíla de insultos que me dejó fuera de juego. Se fue con una sonrisa muy soberbia en su rostro a realizar los trámites y yo no pudo permanecer allí mucho tiempo. Decidí huir, como hacía siempre, de aquella situación. Caminé hacia un parque y me senté en un banco. Miré el móvil pensando que me habría mandado alguna disculpa y que su comportamiento se debía a que no quería que nos vieran juntos. Mi pensamiento estaba acelerado y buscó mil razones. Sin embargo, yo no pude encontrar aquellos mensajes en el móvil. No había rastro de ellos ni de ningún teléfono desconocido. Entonces volví a sentir la presencia en mi espalda y el rozar de un pelo en mi nuca. Me giré, pero allí no había nadie. Durante el largo recorrido a casa los colores se iban tornando más grises, más opacos y faltos de vida. El cielo azul del verano había dejado de tener brillo y sólo la oscuridad de mi habitación pudo durante los siguientes meses ocultar la vergüenza de lo que me había ocurrido. Aquellos meses de selectividad me rompí por dentro y desde entonces el verano ya no volvió a mi vida. A veces todavía la siento. Entonces cierro los ojos y respiro. Me recuerdo a mí mismo que ya han pasado quince años.

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